«Pelota de trapo, calles de asfalto», una crónica urbana y futbolera de Jorge Martillo Monserrate acerca del «indor»

El poeta y cronista ecuatoriano Jorge Martillo Monserrate al pie de una de las decenas de ramales navegables que tiene el Estero salado de Guayaquil, a inicios de la década del noventa del siglo XX. Foto de Liliana Miraglia.
Jorge Martillo Monserrate (Guayaquil, 1957) es considerado el cronista más importante del último medio siglo en su ciudad natal, la más poblada del Ecuador, en la que desarrolló como freelance durante décadas su actividad periodística, profundamente enraizada en los azares de la vida cotidiana que se nutría tanto de la cultura popular local como de la alta cultura, desde la que se tornó en un explorador obstinado del pasado y el presente de personajes y rincones que mutaban en su propia escala en medio de un macrocosmos, entre la desmesura y la permanente amenaza del olvido.
Estudió Literatura en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil (UCSG), en la que conoció a los futuros escritores Raúl Vallejo y Fernando Balseca. Luego, a mediados de la década del setenta, los tres pasaron a convertirse en los integrantes más jóvenes del grupo literario Sicoseo, compuesto además por Jorge Velasco Mackenzie, Fernando Nieto Cadena, Carlos Calderón Chico, Fernando Artieda, Fernando Itúrburu, Mario Campaña o Hugo Salazar Tamariz. Con el transcurso de los años, en su entorno también se lo fue conociendo como «El Conde» o simplemente «Martillo».
Sus crónicas fueron publicadas en distintas etapas por medios escritos como El Expreso, Revista Diners, Soho y El Universo. En este último por cerca de cuatro décadas, en las que dado el volumen de lectores a los que llegaban sus textos en una época de su vida era considerado el cronista más leído de su país. Adicionalmente, fue libretista en el canal de televisión SÍ TV.
Es autor de las colecciones de crónicas Viajando por pueblos costeños (1991), La bohemia en Guayaquil y otras historias crónicas (1999), Guayaquil de mis desvaríos (2013), El carnaval de la vida de Julio Jaramillo (Editorial Cadáver exquisito, 2019) y la antología Crónicas del manglar (Canutero Editorial, 2024). También mantiene inéditas otras recopilaciones periodísticas como Señales de vida, Crónicas del Guayaquil profundo, Guayaquil me matas y otras descargas, A bordo de la crónica, Historias prohibidas de amor, sexo y otros textos, entre otros títulos.
En paralelo a la escritura periodística, es autor de algunos poemarios fundamentales en la poesía ecuatoriana, tales como Aviso a los navegantes (1987), Fragmentarium (1991), Confesionarium (1996), Vida póstuma (1997), Últimos versos de un poeta decadente (2004) y El amor es una cursilería que mata (2010). La obra poética de Martillo Monserrate fue recopilada en la antología Aquí yace la poesía (2016), editada por la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, en la que además se incluyeron libros inéditos del autor como Maremagnum y Prendas interiores.
Ha sido ganador de los premios de poesía Aurelio Espinosa Pólit y Medardo Ángel Silva. En 2024 fue reconocido con el Premio Eugenio Espejo, el equivalente a un Premio Nacional de literatura en Ecuador, siendo el primer autor de este país que dedicó una proporción tan significativa del total de su obra al oficio del periodismo.
A continuación, compartimos con vosotros la crónica «Pelota de trapo, calles de asfalto» de Jorge Martillo Monserrate. Cabe subrayar que este texto fue publicado por primera vez en el suplemento Paratodos de Diario El Universo entre 1987 y 1989. Posteriormente, sería recopilado por primera y única vez en libro bajo el título La bohemia en Guayaquil y otras historias crónicas (1999), editado en aquella ocasión por el Archivo Histórico del Guayas, en la colección Guayaquil y el río, con un prólogo de Carlos Calderón Chico.
En el interior de «Pelota de trapo, calles de asfalto», Martillo Monserrate rememora sus años de adolescencia en los que vivió en el mencionado barrio guayaquileño de Los Ríos y Letamendi, lugar que como muchos en la ciudad portuaria ecuatoriana durante los fines de semana y los feriados era conquistado por la práctica del «indor», adaptación local del fútbol en plena vía pública, en la que se cerraba paralela y espontáneamente cientos de calles con el fin de practicar este deporte. Inclusive, era habitual que en él se empleen zapatos específicos de tela con una planta y una punta de goma, a la vez que se disputaba con una pelota de cuero cocida a mano, rellena a presión de pequeños trozos de caucho reciclado, que por su peso y dureza se asemejaban más a los balones de antaño del fútbol que a los actuales. El «indor» es una actividad deportiva cada vez menos practicada entre las nuevas generaciones como producto de las regulaciones que se han ido imponiendo con el tiempo, las nuevas tendencias y ofertas de entretenimiento que nacieron con el internet y la inseguridad en el espacio público.
Pelota de trapo, calles de asfalto
La de trapo se pone en movimiento. El sol es una pelota de fuego que nadie se atreve a patear. El primer encuentro será únicamente entre los de la misma esquina. Ya en el segundo de la tarde, jugarán los triunfadores y otro equipo que se armó en el trayecto, los encuentros más vibrantes son disputados entre equipos de barrios contrarios. Cada esquina tiene su seis ideal, su especie de selección.
Escribe | Jorge Martillo Monserrate
Cuando me contaron que habían matado al Negro Iván, mi memoria se desperezó como un lagarto que abre sus fauces y de pronto recordé los sábados de indor. Sábados en que la libertad y la fantasía como dos hermosas musas nos convocaban para propinarle una soberana goleada a la rutina. Recordé la calle Letamendi atravesando, como el puñal que mató al Negro, la calle Los Ríos. Recordé a la gente de la esquina, a «Barbadillo» Freddy, al «Monito» Armando: caminantes eternos.
¿Por qué la muerte con el atroz zumbido de su guadaña convoca a los recuerdos? Muerte de amigos, muerte de amores, muerte de frágiles esperanzas. Recuerdos. Memorias de la calle. Historias efímeras como el algodón de azúcar. Imágenes rescatadas de baúles y el último escondrijo de la memoria. El enamoramiento con la muchacha más linda del barrio, o sea del mundo. Tardes de indor y goles. El Negro agarrando la pelota en la mitad de la calle, alzando apenas la cabeza, frena a raya sacándole chispas al cemento, aplasta la de trapo y después de engañar al primero que le saca a la marca, sale picando por el bordillo y elude al segundo con una finta, corre otra vez como si hubiera visto al diablo, corre sin escuchar el grito de «pásala negro pásalaaa» sino que vicioso gambetea a otro descamisado que le sale al frente, le hace la quimba al patazo, se abre un poquitín al centro, mira con el rabito del ojo la salida del arquero que cubre la piedra derecha y entonces chutea al cuero hacia la piedra izquierda, rodadita, besando al gris asfalto, ve el tardío estirón del arquero, ve la volada traspasando la línea imaginaria del pórtico contrario y corre gritando gooooooool con la bemba enrojecida como un tomate, con la garganta seca, con la camiseta pegada al cuerpo sudado, con los polines chorreados sobre los tobillos como lágrimas de rímel. Sí, el Negro Iván corría como un demonio, siempre nos dejaba el polvo, siempre quería ganar, hacer todos los goles, pero la muerte le ganó, así como nos irá derrotando a todos nosotros.
Los sábados el sol brilla más
Sábados de indor, el sol brilla más. Es la yema de un huevo sobre la sartén ardiente. Su fuego besa el asfalto, lo muerde y a lo lejos parecería que hasta sacara humo. Las calles son calderas. Las nubes esquivan al sol que furioso vomita destellos que pintan de dorado la tarde. La siesta es sudorosa, el sueño se suspende como por decreto a las tres y la esquina deja de ser una isla desierta. Empiezan los chiflidos, «ya voy» salta ventanas, el «quien tiene la pelota», el «mamaaaaaaaaá, donde están mis zapatos de caucho» rompe la quietud de la tarde. Los gritos superan a la guaracha que suena como una risotada desde algún tocadiscos vecino.
Empieza la ceremonia, el rito de todos los fines de semana. El ir en busca de piedras grandes. Contar minuciosamente los pasos de los arcos y colocar en el sitio exacto las piedras. Se escoge a los integrantes de los equipos. Un seis casi siempre. El seis está conformado así: El arquero (siempre es un gordo o el cojo del barrio. Muy rara vez, un suicida que sueña llegar a los grandes equipos a base de piruetas y acrobacias); dos defensas, un volante armador y dos delanteros.
Como nadie quiere jugar en medio de las piedras, el arquero es un puesto siempre vacante. Habrá que poner allí al menos hábil. Los defensas tienen que ser fuertes, dar duro en los tobillos de los contrarios. Saber todos los trucos sucios, pegar con y sin bola. Uno siempre se queda atrás y el otro tiene la opción de salir jugando con la cabeza en alto y repartir pelotas para iniciar la jugada ofensiva. El volante es el más talentoso. Es el jugador–artista–héroe. Tiene que manejar la pelota de trapo a la perfección. Está encargado de armar y desarmar jugadas en la media cancha. Alimenta a sus delanteros con pases profundos, sorpresivos. Él crea y otorga pases para que los otros, la empujen y concreten los goles. Es un dador. Es el gambeteador del barrio, elude, a base de quiebres y juego de cintura, a sus contrarios, piensa rápido, corre pausadamente, casi nunca dispara al arco contrario.
Los delanteros son hábiles, veloces, vivarachos y chutean fuerte. Son los depositarios de los golpes y los insultos de sus contrarios. Antes del encuentro se apuesta (casi nunca se juega por deporte), se pacta a cuantos goles es el encuentro o mesa y se acuerda si se va a jugar con carros o sin ellos. Al pasar los vehículos se para el juego o se juega causando los problemas de ley.
Hay que ponerse de acuerdo si los goles son rodados o de rodillas para abajo. Los que hacen de capitanes guardan la apuesta, el equipo que marca el primer gol será el encargado de guardar el botín hasta el final del encuentro.
La de trapo se pone en movimiento. El sol es una pelota de fuego que nadie se atreve a patear. El primer encuentro será únicamente entre los de la misma esquina. Ya en el segundo de la tarde, jugarán los triunfadores y otro equipo que se armó en el trayecto, los encuentros más vibrantes son disputados entre equipos de barrios contrarios. Cada esquina tiene su seis ideal, su especie de selección.
Siempre el jugador más talentoso será el héroe de su barriada. En estos encuentros se juega el honor de la esquina y cada una de ellas tiene su nombre. Estos nombres son el símbolo de referente barrial, trata de atrapar un hecho, un nombre de calle, la particularidad más notable.
Así los de una esquina: la Esquina de los Fluminenses (por el nombre de la calle Los Ríos), otros Milán, Vendaval, etc. En estos partidos interbarriales, el insulto, la amenaza, la riña y la bronca generalizada será lo usual. Las barras en los bordillos superiores alientan a sus favoritos.
Los vecinos viejos salen a los portales a ver jugar a sus hijos y hermanos, a recordar otras tardes de indor cuando ellos no eran observadores sino protagonistas.
En estas tardes, la tienda de abarrotes venderá abundantes gaseosas, cigarrillos y algunas jabas de cerveza. Los frascos oscuros de cerveza se irán acumulando hasta formar un bosque ebrio, una torre de Babel de cristal y espuma. Y la espuma en los labios de los bebedores será tan efímera como lo es la alegría. En el partido, los puñetes bajos, las patadas alevosas, los rodillazos, las malas palabras, lo goles coreados por las barras. Los sobrenombres saltarán como un pez antes de caer en la red. Las muchachas tras las cortinas espectando los partidos.
Anotar un gol es lo más deseado. Convertir goles es ser socio íntimo de la victoria. Es olvidar frustraciones y problemas de todos los días. Es ser dador de la fortuna. Quebrar las reglas y tácticas del equipo contrario. Jugar en equipo es aprender a ser solidarios, olvidarse de la soledad y ser parte de un colectivo armónico. Y en la cancha de asfalto las jugadas son vistosas, la pelota resbala por el piso. No hay que elevar la bola, habrá que bajarla con el pecho, con el muslo. Elaborar jugadas de lujo. Quiebres, pisar la de trapo. Dominarla con la cabeza, hacer un pase de taquito. Proteger la pelota con el cuerpo, esconderla, maniobrarla con la parte interior del pie, ser un artista con la esférica. Patear duro y correr a cantar el gol.
Cae la tarde como un pájaro muerto a pedrada, el sol se oculta tras el Cerro Azul, se ahoga en el Estero Salado y rodeado de jaibas. El último partido es casi a oscuras. Es la última oportunidad de lograr un triunfo, caso contrario la noche del sábado será triste, las cervezas estarán amargas y tibias, la muchacha más linda del barrio no querrá besar al perdedor y la goleada dolerá hasta el próximo sábado cuando el desquite será el fruto tan deseado.
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De La bohemia en Guayaquil y otras historias crónicas (1999)
