Luis Fernando Díaz. Un escritor solitario
El último ganador del Premio Copé 2024, cuenta que escribió el relato solo, en medio de la pandemia y desempleado; postula a Rulfo, Onetti y Vallejo como sus autores de cabecera; comenta que el estado actual de la literatura peruana sigue siendo masculina y centrista. Y adelanta parte de su nuevo proyecto literario Una agonía luminosa, novela ambientada en la década del noventa durante la dictadura de Alberto Fujimori.
Escribe | Álvaro Marrocco
. «Si te tomas en serio lo de influir en el mundo, apaga el smartphone, cierra las
. pestañas del navegador, arremángate y ponte a trabajar».
. Cal Newport
«Como en ninguna otra etapa, establecí un ritual, que a través de aquellos meses cumplí sin evadir sus límites: despertar de acuerdo con un horario de oficina, escribir durante diez horas continuas (…) leer por tres horas adicionales (recopilando notas para la construcción del relato: la geografía de La Herradura, los cambios de la ciudad en la segunda mitad del siglo XX, los torneos pugilísticos y los discursos de la hípica), trasladar durante la noche lo avanzado en una máquina de escribir Olivetti». El fragmento citado es parte del discurso que brindó Fernando Luis Díaz (Lima, 1995) en el auditorio del Centro Cultural Petroperú luego de recibir el Premio Copé (Género cuento) por «Dies irae» en septiembre del 2025.
En tiempos donde muchos autores jóvenes (y no tanto) hacen de la exposición en redes sociales una forma de mostrar su trabajo literario, a decir: su vida, sus lecturas, su biblioteca y demás cuestiones; existen otros que carecen de perfiles en plataformas, o bien, que apenas los utilizan. Contactar a Luis Fernando fue toda una aventura digital. En redes es difícil encontrarlo. Pedir el mail a la Unidad de Gestión Cultural de Petroperú fue una acción necesaria para dar con el escritor. Al respecto el autor agrega: «La verdad es que publico poco en redes sociales. Como autor, prefiero un diálogo indirecto con el lector a través de las obras. Es necesario establecer cierta oscuridad sobre la proximidad entre el escritor y el lector».
Algunos dirán que la literatura de verdad, se hace en otra parte, fuera del sistema de consumo. El narrador sostiene: «el trabajo de la escritura se ejerce en una dimensión solitaria». El escritor argentino Ricardo Piglia, en su libro Crítica y ficción (1986), sostiene que el capitalismo desconfía de los escritores, porque escriben en soledad, y utilizan el tiempo de manera «improductiva».
Sus inicios en la literatura
«Me considero un lector. Aún evoco aquel libro con letras azules y tapas recubiertas de tela, sobre el cual mi mirada se detenía en la infancia examinando las imágenes y los grabados interiores de escenas clásicas de los hermanos Grimm», rememora el autor. Luego continua: «Mi primera aproximación auténticamente literaria fue durante la adolescencia. Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, La muerte en Venecia de Thomas Mann, La metamorfosis de Franz Kafka, entre otras. Sin embargo, el primer libro que definió esa época fue Las flores del mal de Charles Baudelaire. Descubrí la mayoría de los escritores y de los libros en mis visitas a la Biblioteca Nacional o través del servicio de préstamo de textos en algunas bibliotecas locales, y más adelante en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde culminé mis estudios en Literatura». Finalmente cierra: «Con los años formé una biblioteca personal, pero aún conservo la memoria de esa etapa inaugural de
revelaciones e inquietudes».
En el año 2016, con veinte años consiguió un reconocimiento por su cuento «Ablución». En aquella época, su escritura se encontraba influenciada por la literatura de Kafka y Borges. Especialmente, por el cuento «El jardín de senderos que se bifurcan». Con veinte años, los laberintos y los espejos, los tigres y los dobles, generaban en el cuentista, un grado extraordinario de interés:
«Borges nos otorgó a los escritores, especialmente latinoamericanos, un nuevo horizonte: colmado de símbolos y objetos metafísicos, como en ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’ o ‘El Aleph’, que irrumpen en lo real».
En el Perú, el Premio Copé es uno de los certámenes más importantes y ha aportado a la construcción de una tradición literaria. «Dies irae» fue el cuento que lo catapultó como joven promesa, el cual compuso cuando tenía 25 años. Fue escrito en un período de seis meses, a principios de la pandemia. «Desempleado, como muchos dentro de aquel contexto, deseaba retratar la prometedora infancia y la desilusión y el desencanto de la madurez». Ahora, con treinta años, su escritura toma un sendero privado. Prefiere cierta distancia. «No he participado en talleres literarios, ni en círculos, o grupos generacionales. Escribo poco, y corrijo mucho». finaliza el escritor.
«Dies irae» es el último cuento ganador del Premio Copé Oro de la XXIII Bienal de Cuento; allí narra la historia de Emilio y Jacobo, quienes se debaten en ambientes impenetrables, como en una pintura de Hopper: habitaciones oscuras, tabernas agonizantes e invisibles, horizontes cerrados. Mientras se asiste a la gloria y al ocaso del protagonista, un boxeador, su destino se contempla desde la mirada de los otros, un juego inexorable de espejos donde se procura abolir el azar.
Luis Fernando Díaz antes obtuvo el Primer puesto en el género cuento de los XIX Juegos Florales Universitarios de la Universidad Ricardo Palma, fue finalista en la XXVII edición del Concurso «El cuento de las 1.000 palabras» de la revista Caretas, fue ganador del Primer lugar en el concurso de microrrelatos organizado por el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú, bajo el marco del Cuarto Festival de la Palabra, consiguió una mención honrosa en el XVIII Concurso Nacional Juvenil de Cuento «Germán Patrón Candela». Además, alcanzó el Tercer lugar en el Concurso de ensayos «Esquirlas del odio. Percepción de los jóvenes de hoy sobre Sendero Luminoso», organizado por el Ministerio de Cultura, el Instituto de Estudios Peruanos y el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social. Actualmente, se desempeña como docente y se dedica a la investigación de la poesía peruana de vanguardia.
Nuevas y viejas literaturas en el Perú
Hace un siglo, –comenta el escritor– fueron las regiones del Perú las que contribuyeron a la creación de una imagen subvertida de la literatura nacional. Asociaciones intelectuales como el Grupo Norte o el Grupo Orkopata fundaron una nueva sensibilidad artística. Hoy en día, la producción literaria experimenta una crisis en múltiples dimensiones, por un lado, el cosmopolitismo favorece una integración dentro de un escenario colectivo y global. Mientras que, en un plano diferente, restablece los conflictos y las diferencias entre la capital y los departamentos. En un contexto que se alimenta de lo inmediato, la conmemoración de ciertas efemérides instala otra fuente relevante para las editoriales. Por ejemplo, como parte del centenario de la publicación inicial de la revista Amauta de José Carlos Mariátegui, La Balanza Taller Editorial reedita este año una versión facsimilar de aquella pieza clave del vanguardismo latinoamericano.
«En Perú, la literatura escrita por mujeres, aguarda un reconocimiento», enuncia el narrador, luego agrega: «En Argentina, la escritora Mariana Enríquez cuenta en una entrevista que la unión de las escritoras vigentes reside en el compartir de una subjetividad: un continente entrelazado por una represión común bajo dictaduras o guerras civiles. Samanta Schweblin, Mariana Enríquez y Gabriela Cabezón Cámara exponen, por medio de sus novelas y cuentos, ese sentido y obsesión singular por ciertos tópicos. Por ello, el horror es una constante en estas escritoras». Revertir aquel estado es indispensable para entender en su conjunto la experiencia literaria.
En relación a los nuevos narradores de su país remarca a Hugo Velazco Flores o Stuart Flores, quienes han recobrado, recientemente, un interés por la edificación de una novela total a través de sus últimas obras, Invisible como los elefantes (2025) y Preludio a los delirios de un joven pianista sin cabeza (2025), respectivamente. Por ello, son una promesa significativa.
—¿Qué novelas Mario Vargas Llosa te marcaron?
—Mario Vargas Llosa nos enseñó a muchos lo que significa el oficio de escritor. Las renuncias y los compromisos que se fundan en torno al lenguaje y sus límites. Como he referido antes, mi adolescencia se enmarcó en las fronteras de la lectura. En esa etapa, leer La ciudad y los perros (1963) y Los cachorros (1967) me reveló la singularidad de una forma de narrar la cotidianidad de la experiencia urbana y los contrastes comunitarios que perduran en el presente. Sin embargo, La guerra del fin del mundo (1981) y Conversación en La Catedral (1969) son dos novelas que me explicaron la condición latinoamericana y peruana, respectivamente: el dominio del poder y de la opresión, la imposición del olvido y de la corrupción (física y moral) sobre los individuos y las sociedades. Tengo el hábito de no realizar una segunda lectura de una obra cuando esta coincide con un período excepcional. Ello me ocurre con La guerra del fin del mundo, no la he leído otra vez desde que a los quince años la agoté febrilmente durante un día. Canudos habita en un espacio clausurado de mi formación como lector. En cambio, recurro a Conversación en La Catedral esporádicamente para aprender de sus técnicas y de la frustración de Santiago Zavala, insignia de un destino imperfecto.
—¿Qué otros narradores latinoamericanos forman tu canon?
—Para nuestra concepción de lo latinoamericano, Pedro Páramo (1955) es la naturaleza y la búsqueda del enigma. Para mi escritura personal, Juan Carlos Onetti reveló una manera esencial de contemplar el destino de la conciencia. Su narrativa muestra una modalidad invisible que halla en los silencios una evasión de la existencia. Los personajes fracasan, y mueren sin hacerlo realmente. César Vallejo representa, como escritor, una comprensión de la fatalidad y de la esperanza, un compromiso con el lenguaje que vacila frente a los límites del dolor y del sufrimiento personal y ajeno.
—¿Qué podés adelantar de tu proyecto de novela Una agonía luminosa que se ambienta en los años oscuros del régimen de Fujimori en el Perú?
—En este momento, experimento una influencia singular por el título: Una agonía luminosa. El proyecto de una novela ambientada en la dictadura de Alberto Fujimori durante la década del noventa. Desea ser, a su vez, una historia de espectros, monstruos y fantasmas, a partir de los testimonios de las familias de las víctimas de las desapariciones forzadas. El horror, instalado por un gobierno cívico-militar, es un horizonte tangible, y una amenaza permanente para las precarias democracias latinoamericanas. La concepción de Una agonía luminosa tiene como centro ese carácter fundamental de la memoria, una evocación y una reivindicación de la justicia (aún inconclusa) frente a los crímenes atroces y el olvido de nuestros muertos.
En la estructura, aún en formación, de Una agonía luminosa se reúnen diferentes épocas y ciudades a través de un ritmo oscuro, onírico y coral. La composición es organizada bajo el signo de un tríptico barroco. Como en una pintura de El Bosco, el testimonio funda un horizonte habitado por penitentes, espectros y monstruos. Por un lado, las desapariciones y las esterilizaciones forzadas emprendidas por el régimen fujimorista. Por el otro, la impunidad de los militares que perpetraron los principales crímenes durante la década de los noventa. En el año de 1995, por ejemplo, la dictadura de Alberto Fujimori avaló, al igual que en otros países latinoamericanos, una ley de amnistía general que favoreció el cierre de casos de violaciones de derechos humanos, como los ejecutados por el Grupo Colina, escuadrón militar que secuestró, asesinó y desapareció en fosas clandestinas a nueve estudiantes y un profesor de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta. Como cierre de la novela, se describe la búsqueda de la justicia por parte de las familias de las víctimas, una demanda que aún confronta en el presente el silencio sobre las muertes y los crímenes del autoritarismo. En la narración, la ausencia, el dolor y la soledad invaden de sombras el lenguaje. Es la única forma de ejercer la memoria desde la escritura.

