La memoria introspectiva, el erotismo y la esperanza en «Tránsito y fulgor del barro»
Escribe | Liyanis González Padrón
Editorial: El Pez Soluble (2025)
N° de páginas: 70
ISBN: 978-99983-916-2-8
Autor: Aníbal Fernando Bonilla
Idioma original: castellano
La poesía que surge de la memoria introspectiva no se limita a explorar el pasado como un espacio clausurado. En ella, el recuerdo es materia viva que dialoga con el deseo y se proyecta hacia la esperanza. En Tránsito y fulgor del barro (Ediciones El Pez Soluble, 2025), Aníbal Fernando Bonilla no sólo encuentra vestigios de lo que fue, sino una fuerza que irrumpe en el pasado para transformar su presente. En este libro (segunda edición, la primera estuvo a cargo de El Ángel Editor en 2018), la poética se convierte en un tránsito donde «presencia y ausencia», «eros y anhelo», «promesa y pérdida», coexisten en una misma tensión fecunda. Así se erige este poemario como una tentativa de fijar los intensos destellos de lo que inevitablemente parece desvanecerse.
En su acto creador, Bonilla va descubriéndose como un ser de capas superpuestas. Algunas de sus memorias se develan como: «rocas que resisten la humedad y la fatiga del tiempo». De esa manera, la imagen mineral sugiere dureza y resistencia frente a la erosión, sin embargo, la memoria introspectiva deriva en la nostalgia, donde las vivencias, pese al olvido y al desgaste de los años, permanecen intactas. El poeta vuelve a ellas no para contemplarlas pasivamente, sino para interrogarlas, para medir su duración interior. Cada metáfora, cada encabalgamiento, cada pausa entre los versos reproduce el latido íntimo del recuerdo. Cada poema es un golpe preciso que desprende fragmentos del pasado y los expone a la luz.
Pero no toda memoria es roca. Existe también ese recordar que proyecta el pasado hacia la conciencia de momentos reveladores, por ejemplo, cuando alude a la «reminiscencia de los años mozos como lenta espera del ocaso», resume una paradoja: la juventud evocada desde la madurez que aparece marcada por su final. El autor comprende que los momentos de plenitud contienen en sí su origen de desaparición. Recuerda para aceptar lo vivido porque fue promesa y pérdida al mismo tiempo. No idealiza sin fisuras, examina cada emoción con la lucidez de la transitoriedad grabada en el barro que se sustenta sobre aguas movedizas.
Por otra parte, el pasado no está exento de dolor. Recordar también implica reconocer lo perdido, lo irrecuperable. De ahí surge la imagen: «poema como mortaja del mundo en la cadencia del tiempo». Al concebir el poema como una mortaja sugiere que la escritura es un acto de duelo. La palabra, en su fugacidad, muere constantemente.
La introspección emerge, incluso, en la conciencia de lo cotidiano. Aquello que al poeta le parecía trivial adquiere una densidad inesperada. Es entonces que observa su vida y descubre: «lo cotidiano suspendido en la bruma de la insensatez». Esta suspensión indica un distanciamiento, el yo se contempla a sí mismo desde afuera como si su propia existencia intentara un fluir inconsciente. En consecuencia, el término «insensatez» disipa parcialmente la «bruma» con la intención de nombrar el hecho cotidiano y adentrarse en su insignificancia para convertirlo en un gesto de reconciliación con su vida presente.
Desde otra arista, la memoria introspectiva en la poesía de Bonilla también desciende a los territorios del deseo. En Tránsito y fulgor del barro convergen recuerdos, imágenes y sensaciones que no se limitan a lo intelectual o espiritual. El cuerpo —con su intensidad y vulnerabilidad— ocupa un lugar central en esa memoria. Si en algunos poemas la palabra se erigía como roca frente al tiempo o como mortaja frente al mundo, en otros, el poeta reconoce que también es piel, tacto, saliva, respiración. Entonces, lo erótico no es un añadido superficial en este libro, adquiere una dimensión esencial. Un ejemplo de ello es: «sabor de mar, de lujuria, de pesadumbre, de sexo inagotable». Aquí, la voz poética activa una cadena sensorial en el lector. El mar, símbolo de profundidad y movimiento perpetuo, se funde con el deseo desmedido. Sin embargo, la imagen introduce la «pesadumbre» como una carga emotiva. Es así que el erotismo no aparece como celebración liviana, más bien surge desde una fuerza ambivalente. El «sexo inagotable» sugiere abundancia, pero también desgaste. El tono se vuelve intenso y casi torrencial, una mezcla de placer y expansión del anhelo. Por ende, el deseo está condicionado de conciencia, de memoria, de una cierta melancolía que acompaña al goce.
En la introspección poética, el cuerpo no es solo objeto del deseo es también un espacio del lenguaje. Cuando el poeta afirma que: «las palabras cortejan al cuerpo sin misericordia», expresa una inversión significativa. No es el poeta quien seduce mediante las palabras, son las palabras mismas las que se convierten en agentes eróticos. El lenguaje adquiere carne, intención, deseo propio. El «cortejo» implica aproximación, insistencia, promesa. Sin embargo, la ausencia de «misericordia» añade una nota de intensidad. El tono erótico se vuelve penetrante e invasivo, se manifiesta en la tensión entre «palabra y cuerpo» como una fricción constante. La escritura, entonces, deja de ser contemplativa y se vuelve táctil.
En este poemario, el erotismo también es evocación. El verso: «el nombre de la mujer que muerde mis sueños» introduce una dimensión más íntima y psicológica. La carencia de un «nombre» se convierte en marca indeleble, mientras que «morder los sueños» sugiere intensidad y perturbación. La mujer evocada no es una figura distante, es persistencia que irrumpe en el espacio onírico del poeta y transforma el sueño en estado de posesión: fuerza simbólica del recuerdo. El cuerpo femenino afirma la intensidad sensual que persiste aun cuando ese cuerpo ya no está presente. La memoria es una forma de lucha contra la ausencia. El deseo en la intimidad del pensamiento se convierte en el signo de una pasión que no se extingue.
Cuando Bonilla declara: «quiero que mi ausencia resuene en el último estribillo del día» transforma su vacío en eco. Es precisamente en ese sentido donde la esperanza emerge como contrapunto necesario en algunos poemas. El término «estribillo» remite a la repetición y la permanencia. El anhelo de resonar más allá de la presencia física revela una aspiración de trascender. Entonces, la memoria introspectiva del poeta ya no se limita a mirar al pasado, busca proyectarse en el tiempo, dejar huella después de su partida.
En el verso: «que mi ausencia despierte la pasión perdida y abra senderos en la luz del fuego», la esperanza se intensifica. Aquí, la ausencia no es una desaparición estéril, sino un gesto capaz de reavivar lo que parecía extinguido. Versos que sugieren una orientación optimista, energía renovada, la afirmación de un futuro. El autor acepta que el tiempo erosiona, pero la memoria es un puente, una metáfora de tránsito y renovación que moldea su origen, su identidad, su reconocimiento. La palabra reafirma la promesa de que, incluso después del fuego, puede abrir senderos luminosos hacia una nueva intensidad de su ser.
En suma, Tránsito y fulgor del barro integra memoria introspectiva, erotismo y esperanza en una misma cadencia poética. En esa integración, Aníbal Fernando Bonilla revela su acto de fe con la poesía, la permanencia simbólica de su propia existencia en el mundo poético. Por ello, celebro este libro como el fluir de una obra que no anula la finitud del barro: lo ilumina.

