El Aleph que todo lo ve
Escribe | Gonzalo Montes Amayo
El otro día me autodiagnostiqué déficit de atención, medio en broma, medio en serio, pues no encontraba otra explicación a que, desde hace años, piense cosas muy extrañas y no sea capaz de centrarme en ninguna. Porque la (ir)realidad es que mis ideas se acumulan en bibliotecas de infinitas escaleras de caracol, sin orden alguno, como si mi mente fuese capaz de recorrer distintos universos a la vez.
Soy capaz de transitar distintos estadios emocionales en cuestión de nanosegundos; de comportarme bien y mal, de ser egoísta y generoso, siempre bajo el mismo hilo conductor: la obsesión y la búsqueda insatisfactoria de una certeza imposible, la de que todo lo que ocurre responde a un sentido lógico. En definitiva, me cuesta entender el caos que en ocasiones se apodera de mis pensamientos; que los pensamientos negativos dejen escaso espacio a los positivos y que los positivos, por el contrario, terminen desplazando a los negativos, contrariando de alguna forma la segunda ley de la termodinámica… Pues en mi caso no siempre se cumple: mi entropía disminuye con el tiempo y, a veces, incluso pienso que vivo sobre un solenoide que genera su propio campo magnético y que me impide pensar con normalidad.
Alguien me dijo que escribía porque tenía demasiadas cosas en la cabeza. Quizá sea cierto. Continúo pensando, en todo caso, que soy un tipo poliédrico; de ahí que me guste la frase memento mori, montar buenos shows y, especialmente, Jorge Luis Borges, quien reúne en sus escritos gran parte de mis elucubraciones sobre cómo la vida se une y se separa por senderos que se bifurcan entre la filosofía, la metafísica y la literatura, como si todas ellas fueran habitaciones conectadas por pasillos secretos.
Quizá por eso hoy, he decidido escribir sobre Borges. Un tipo extraño. De biografía más bien aburrida, o, mejor dicho, muy aburrida. Nació a finales del siglo XIX en Buenos Aires; prefería leer «del revés» a jugar a la rayuela. Después viajó a Europa con su familia culta y regresó a Argentina, donde escribió gran parte de sus relatos hasta morir viejo, ciego y con cáncer en Ginebra, hecho desde el que han transcurrido casi cuatro décadas que se completan esta semana. Un escritor y filósofo intimista con un gran mundo interior por lo que su ceguera poco afectó a su manera de ver el mundo; un mundo que se expandía como una especie de sofisticado Big Bang hacia su interior; nada de galantear por las ciudades a la luz de las farolas.
En resumen, Borges exploraba constantemente todos los mundos posibles que pudieran pasar por nuestra cabeza y describía con ironía y cierta complejidad la nada sencilla estructura mental humana: obsesiones disfrazadas en algoritmos extraños; realidades y universos paralelos; la mortalidad; la ambigüedad moral de las personas; el amor nostálgico; las bifurcaciones del tiempo; la imposibilidad de que exista una verdad absoluta o que la realidad exista mientras alguien no la perciba. Y todo esto lo escribía a principios y mediados del siglo XX…
Todo tan humano y confuso que nunca se sabe hacia dónde nos arrastra, pues las verdades dejan de ser absolutas, cada decisión que tomamos crea diferentes futuros y las cosas más que cosas son símbolos. ¿Verdad?
Respecto a sus relatos en concreto, destacaría los que para mí son la columna vertebral de su obra. Sin duda, el primer cuento que mencionaría sería «El Aleph», del que la versión oficial dice que lo que Borges pretende mostrar con su escrito es la imposibilidad de verlo y comprenderlo todo, tesis con la que estoy de acuerdo. No obstante, para mí «El Aleph» representa algo más; me recuerda a una especie de ojo que todo lo ve y que al mismo tiempo sirve como una puerta «espiritual» para adentrarse en dimensiones ocultas o universos paralelos, y encontrarnos bajo otras circunstancias, incluso dentro de una cáscara de nuez. En el fondo, es como si a través de «El Aleph» fuésemos capaces de juntar las aristas de nuestros pensamientos en un punto de convergencia absoluta.
Quizá «El Aleph» no fuese más que una singularidad de la conciencia.
El siguiente relato que señalaría sería «El inmortal», un cuento que plantea dos ideas: que una sola persona inmortal es, en el fondo, todas las personas, y que es precisamente la mortalidad lo que da sentido a la vida. La primera idea me resulta mágica; la segunda, en cambio, me parece algo más manida. Sin embargo, la primera encierra tantas verdades que incluso produce escalofríos detenerse a pensar en ella. De algún modo, Borges parece decirnos que las personas no somos más que un cúmulo de experiencias. No hay en ello espiritualidad, pero tampoco materialidad: únicamente experiencia. La vida solo es vida mientras se vive, mientras se acumulan experiencias, ya sean buenas o malas, afortunadas o desafortunadas. El inmortal no son todos los seres humanos por una cuestión mística, sino porque una eternidad termina agotando todas las posibilidades de la experiencia humana.
Inquietante pensar que, de una forma u otra, siempre seamos finitos, aunque en su cuento «El jardín de senderos que se bifurcan» precisamente uno de los protagonistas busca una novela infinita o un laberinto imposible de resolver, como suele ser la propia vida de cualquiera de nosotros: cuando un hombre toma una decisión, elige una posibilidad y elimina la otra, pero si como ocurre con «El inmortal», ninguna queda realmente descartada… ¿Qué nos queda entonces? ¿La horca?
El último que comentaría no sería un cuento en concreto, sino el conjunto reunido en Historia universal de la infamia (1935), un libro considerado menor por muchos críticos: barroco, excesivo, de adjetivación intensa y más preocupado por la estética que por el fondo. En parte, podría estar de acuerdo en que, a veces, Borges parece más interesado en ciertos artificios literarios que en construir historias verdaderamente redondas.
Sin embargo, para mí es, de todo lo que he leído suyo, el libro que tiene más claro aquello de lo que quiere hablar: el mal, y, peor aún, la idea de que para algunos el mal ni siquiera es mal, sino una forma del bien. En definitiva, de algún modo el libro cuestiona la idea de derecho natural y de una moral universal. ¿No es esto aún más importante que hablar de dimensiones, teoría de cuerdas, universos paralelos o laberintos interiores?
De hecho, si hay algo de la escritura de Borges que a veces me genera dudas, es precisamente que también tiene sus peligros: uno puede llegar a pensar que la moraleja es más profunda de lo que realmente es y confundir la genialidad con ciertos artificios borgeanos, como esos finales abiertos que en ocasiones producen una sensación de falso misterio.
Un falso misterio, como sucede cuando Borges habla del amor: nunca se sabe del todo si para él el amor es imposible, si necesariamente debe ser físico o recordado, o si parte de esa visión no es más que un reflejo doloroso de sus propias experiencias personales. Lo desconozco, aunque prefiero pensar que no fue así; que Borges amó de verdad, que lo sintió, lo disfrutó y lo sufrió, al menos a partes iguales.
Por eso, me gusta imaginar que, si Borges amase como se ha de amar, quizá podría usar unas palabras que yo mismo escribí en mi novela El despertar de los infelices:
Si de verdad fuera cierto que existen diversos universos paralelos, infinitos, desdoblados e inobservables, y que, ante un evento cuántico con múltiples posibilidades, el universo se dividiría en diferentes ramas, si existiese un tú y un yo, ambas eternidades desconocidas para nosotros, deambulando por distintos universos, si todo esto fuera cierto, te buscaría y no pararía hasta encontrarte.
Pero me temo que Borges, como una descarada pitonisa académica, lo único que quiso fue advertirnos sobre los riesgos de la sobreabundancia de información, de las medias verdades y, tal vez, de que nadie es estático, sino que todos nosotros somos realidades múltiples y fragmentadas…
…El Aleph que todo lo ve.

