Invasión alien en formato poesía
Escribe | Rafael Sánchez Montojo
Editorial: Ultramarina C&D (2026)
N° de páginas: 96
ISBN: 9791399056785
Autor: Andrés Plascencia Madrid
Idioma original: castellano
El primer poemario de Andrés Plascencia Madrid (Querétaro, 1996) es una invitación a vivir desde dentro el descontrol y el extrañamiento de uno mismo y del mundo. Una demostración sublime de cómo la poesía es capaz de combinar lenguaje y sentido para ofrecernos una experiencia singular, más allá incluso de lo meramente humano.
Si bien es cierto que, hasta en sus formas más exigentes —de Olaf Stapledon a Stanisław Lem y Philip K. Dick— la ciencia ficción ha construido relatos para pensar el presente desde un futuro hipotético, Plascencia prescinde de esa mediación y nos introduce directamente en las entrañas de un lenguaje que no solo describe lo insólito e inquietante, sino que se convierte en ello y, de paso, siembra en quien lee la semilla de la transformación.
A estos efectos, el título En el diván del psicoanalista me tumbo a leer ciencia ficción (Ultramarina C&D, 2026) resulta revelador: mientras que el psicoanálisis remite a la exploración del inconsciente, la ciencia ficción permite proyectar escenarios posibles. Y es aquí donde ambas dimensiones se superponen: lo alienígena deja de ser externo para convertirse en una forma de otredad íntima. El sujeto del poemario nunca es del todo estable: se observa, se desdobla, se vuelve ajeno, pero sin dejar de ser uno mismo.
El resultado es una obra alumbrada por «ninfas y cíborgs» que propone un recorrido por distintos aspectos de la condición humana y de la experiencia individual como son la muerte, el sexo, la frustración o la soledad, esta última como vía de escape o única alternativa posible a una realidad que no se entiende por cuanto tiene de maleable, de construcción interpretativa, poética y siempre en tránsito («todo es un juego / de piezas de construcción / no significa nada»).
Según explica el propio Plascencia en la nota final del libro, el poemario «es un producto de lecturas y más lecturas». En él se dan la mano, autores y autoras como J. G. Ballard, Maurizio Lazzarato, Tamara Kamenszain, Benjamin Labatut, Roger Bartra o Ursula K. Le Guin, entre muchos otros, para construir «una propuesta de mundo, plenamente consciente de sus condiciones de producción».
Esa dimensión es clave, porque desplaza también la idea de sujeto. Si el texto es montaje, el yo también lo es. De ahí formulaciones como «solo somos apariencia futura» o imágenes donde la identidad se desborda («no puedo ser otra cosa que yo-árbol»).
Desde el comienzo se anuncia esa intención de mudar hacia otro ser («hablar el signo de la máquina») como una forma de aliviar el naufragio del individuo contemporáneo. Pero ese nuevo ser o «novo homo / hummus nuevus» no implica una diferencia esencial con el anterior, se trataría, más bien, de una cuestión de grados de control («la diferencia entre un robot y un humano / es la distancia entre el cable / del titiritero y sus marionetas»).
Se impone, así, una verdad incómoda y metafórica que es a la vez símbolo y destino: no estamos frente a la máquina, sino dentro de ella. Y, sin embargo, el cuerpo sigue apareciendo («un hormigueo en la nuca / en la oreja»), como una forma de resistencia. Esa tensión entre lo corporal y lo mecánico constituye uno de los motores del libro.
El tono general combina ironía y reflexión con momentos de violencia y deseo de ruptura («qué les importan a las entrañas / ser consideradas / unas bellas artes / un boom y todo queda / tan bellamente acomodado / al fondo del salón antes blanco»). Lo cibergore convive con una forma de espiritualidad que ya no es religiosa, sino tecnológica («todo es demasiado pos- / inútil y definitivamente sacro / ojalá tener un acueducto / y un dios mecánico / que ingeniere un poco mejor esta realidad y su pasado»), donde lo más cercano a la gloria divina sería permanecer dentro de un sistema, como en un videojuego, y lo más parecido al catecismo el mando de una consola («tu caos es simple y llanamente / un catecismo ilustrado / a imagen y semejanza del mando de la consola»).
Formalmente, el libro avanza por acumulación y repetición. El pensamiento permanece atrapado en un bucle infinito («un inútil circuito que da vueltas sobre sí mismo»). A esto se suma un lenguaje que incorpora lo digital («arrastra el dedo por la pantalla») y una imaginería de desastre tecnológico («Chernóbil en mi corazón») que sitúa el progreso en un terreno ambiguo («un catastrófico monte de basura / hacia allá vamos todos / o desde allá venimos»).
Pero frente a la tradición crítica que veía en la tecnología una amenaza, en la poesía de Plascencia aparece algo más incómodo: una especie de aceptación. El propio texto lo formula como «una celebración de heridas». El dolor no desaparece, pero tampoco se dramatiza: se integra, incluso se vuelve imagen. La transformación de la famosa «negra leche del alba» de Celan en «fría cocacola del alba» resume bien el gesto: lo trágico absorbido por el consumo, lo histórico convertido en producto y, por ende, en objeto de deseo.
El poemario integra, además, toda una serie de referencias a la cultura popular (Lady Gaga, Shakira o Andrew Bird) y al mundo de las redes sociales, así como alusiones a la vida personal del poeta que añaden una capa de ternura y humanidad al conjunto («te llamabas a ti mismo chico cuántico / porque te gustaba coquetear desde el anonimato / y la incertidumbre de tu timidez»), («una infinidad de universos / donde existirían una infinidad de padres / donde existiría al menos uno que utilizaría su móvil para llamarme»).
En definitiva, En el diván del psicoanalista, me tumbo a leer ciencia ficción es un libro exigente, imaginativo y de una gran riqueza conceptual que por momentos puede resultar incómodo, aunque siempre coherente con su propuesta. No pretende ofrecer soluciones ni construir un discurso cerrado. Más bien sostiene una pregunta: ¿qué significa ser humano cuando lo humano ha dejado de ser una frontera clara, cuando el individuo ha quedado reducido a mera forma de vida para ocupar el corazón de la máquina?
Y quizá sea ahí donde resida su mayor acierto: en no resolver esa pregunta, mantenerla abierta, incluso —y esto es lo más perturbador— con cierta ironía y fascinación.
«que todo son máquinas
máquinas de vapor chu chu
máquinas de guerra pium pium
máquinas de producción de
significantes
bla bla».

