Seis poemas de «La luz no es de nadie» de Luis Acebes

Luis Acebes

Luis Acebes (Madrid, 1966) realizó estudios de Derecho y Ciencias de la Información, aunque se dedica profesionalmente al mundo de la creatividad publicitaria y la consultoría creativa de marcas.

Ha publicado los libros de poesía Música ligera (Poesía Eres Tú, 2008), Explosiones nucleares en una caja de zapatos (Vitruvio, 2013), Corte a sección de mi vida con un cuchillo blanco de plástico (Ediciones En Huida, 2015), Fatiga terrestre (Ediciones En Huida, 2016), El don de la enormidad (Trea Editorial, 2019), Instrucciones para bailar la bamba (Trea Editorial, 2023) y La luz no es de nadie (Editorial Pie de página, 2024). Así como un libro de relatos autobiográficos, Los días del mundo (Karima Editora, 2015).

Colabora habitualmente con revistas literarias de España y Latinoamérica.

Los poemas de Luis Acebes que ponemos a vuestra disposición pertenecen a su último libro, La luz no es de nadie (Editorial Pie de página, 2024).


Las canciones de amor

.
.
.
Las canciones de amor trabajan solas
en oficinas prestadas, atentas
al reloj de arena de su época, como
parturientas que llevasen comisión
por cada nacido. Viven apartadas
en hoteles baratos y bloques
con patios que convierten
en academias para silbar. Mis padres
con las suyas. Los tuyos. Los otros.
De alguna forma acabamos aquí
por ellas. Y mira por dónde, en hoteles
igual de baratos, aunque de noche
acerquemos el oído
a sus paredes ligeras
rezando para que nos digan algo:
buenas noches, descansa,
vivir es fácil, los peces
saltan, el algodón está alto.
.
.
.
De La luz no es de nadie (Editorial Pie de página, 2024)

Posible epitafio

.
.
.
Luis Acebes hizo lo que pudo.
Bueno, no siempre. Hubo
muchos días de sofá
creyendo que el techo
acabaría en mapamundi
con naves romanas cargadas
de ánforas de aceite
para las legiones de Asia.
El contador de pasos perdidos
dio tres veces la vuelta.
Una galería de elipses y
espirales adornan
los anexos de su biografía.
Este tipo hizo muy poco,
se conformó con el pan
apalabrado, cortesía del futuro,
que llegaba en cestas cotidiano
y barnizado por la lluvia.
Analicemos sus músculos,
semejante masa no habla de brío
ni del uso de metales en la batalla.
Píndaro no le cantaría
ni con mil monedas en la mano.
Fue un explorador aficionado,
uno más del ministerio. Sus trajes
grises y esas gafas que llevó
los últimos años
hablan de una condición
sombría. Hizo más bien poco.
Jugó a dejarse hacer por la vida.
Fue la plastilina de la luz,
la cuchara
chocando a ciegas
con los bordes
de la taza del silencio
que nunca tocaron sus labios.
.
.
.
De La luz no es de nadie (Editorial Pie de página, 2024)

Berlín

.
.
.
Bicicletas por avenidas rectas
que parecían obedecer un metrónomo
escondido en el centro del mundo.
Caminar. Pastelerías. Mi amigo
de entonces, qué fue de él.
Estará en esas jaulas que fabrica
el tiempo. Era verano
aunque para el cielo no.
Luego está esa chica de pelo corto
que nos acompañó una noche
y juraría que me cogió de las manos
al llegar al hotel. La cerveza
brilla más ahora,
lejana como una ciudad árabe
salida del túnel de un sueño.
Digo Berlín y no siento nada.
Estaré muerto.
Enterrado por el camino.
Nadie es tan paciente para relatarse
como el que olvidó casi todo.
Las nubes eran polvo de mármol,
un chicle dejado al sol mil años,
un poema de Cavafis leído
en un atasco por alguien
que nunca nos conoció.
.
.
.
De La luz no es de nadie (Editorial Pie de página, 2024)

Madrid, a las tres de la tarde

.
.
.
Madrid, a las tres de la tarde,
en una calle
de mi biografía remota,
de esas en las que, consumada
la nostalgia, cuesta tanto respirar.

Y luego la primavera, con su
provinciano optimismo
de recién bajada de un tren.

Mi amigo estaba cansado.
Hasta la cerveza
se convirtió
en un trofeo inmerecido
que su mano soportaba.

Lo que nos hace el tiempo
tan despacio,
cirujano que opera a oscuras
y nos deja
a medio coser.

Hablamos de su madre muerta
y del mundo
que se fue con ella,
lo que decía Richard Ford,
esas palabras
que tantas tardes
engranaron.

Madrid,
a la hora siniestra
de una primavera no pedida,
flores para otros
que plantaron su casa
en el solar alquilado
de nuestra felicidad.
.
.
.
De La luz no es de nadie (Editorial Pie de página, 2024)

Colección

.
.
.
Si mi colección
de noches oscuras
es como la de otros,
no lo sé.
Hay estudios detallados
sobre hábitos alimenticios
en varones urbanos
de entre treinta
y cuarenta y cinco años.
El mundo está lleno
de información. Escaparates
y escaparates
llenos de perros con carteles
en los que pone “perro”.
O manzanas.
O el tiempo
que dedicamos al vacío.
Lo que no abunda
es el conocimiento
sobre nuestra humanidad,
esa leve muesca que repite
a ratos un nombre.
No sabemos
nada del tiempo
que nos es dado,
pero nos sentamos
y lo forramos
como si no fuera
un libro prestado,
con esa fe vaga
con la que la costumbre
nos convence al oído
de su propia eternidad.
.
.
.
De La luz no es de nadie (Editorial Pie de página, 2024)

La gota fría

.
.
.
A las seis llega la gota fría, dijiste
con el dedo apuntando al cielo
y esa ropa de estar en casa
que te da por comprar en el chino.
Parecías un atleta viejo, extraviado
de una comitiva olímpica
que te olvidó. Quizá la vejez
juegue a eso con cada uno
de nosotros, libérrimos ángeles
de la franja media del mundo.
Tomamos refrescos sin cafeína
en la terraza. Las nubes iban
atropellándose unas a otras,
cocinando esmeradas tu profecía.
Luego me hablaste de Dios y
de la muerte, el reverso
de una tarjeta que la vida
va girando en pos de cierta
física de la resignación.
Yo estuve torpe. Salté
perorando una fe verdadera,
alejada del espíritu promocional
de la vida eterna: bondad
a cambio de un buen asiento.
Quién soy yo. Nos separan
treinta y dos años en los que
fui ciego a quién y cómo eras.
Me perdí tu infancia. A cambio
me dio por imaginarla vanamente
en algunos versos alquilados.
Ya en casa, viendo el capítulo
de una serie inglesa, comenzó
a llover. La gota esa que decías
multiplicó su rabia en la boca
cansada de la noche. Somos
como las copas de los árboles,
zarandeados por la inminencia.
Y volví, casi como el que reza,
a pensar en ti, en lo que harías:
tu mano separando una cortina,
ya en pijama, quizá sintiendo
que Dios tampoco creció
y sigue hablando con tormentas
e hijos que no hacen más
que matar a sus padres
con dagas de plástico que ningún
general romano osaría empuñar.
.
.
.
De La luz no es de nadie (Editorial Pie de página, 2024)
DEBUG: El contador dice 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *