El dolor de un apellido

Escribe | Sofía Semo


En nombre del padre (2025) de Vanessa SpringoraEditorial: Lumen (2025)
N° de páginas: 320
ISBN: 978-84-264-3249-0
Autora: Vanessa Springora
Traductora: Noemí Sobregués Arias
Idioma original: francés


El nombre de Vanessa Springora sacudió las librerías a inicios de esta década con la admirable pero desgarradora memoria titulada El consentimiento (2020). En este primer libro, la autora relató el acoso y la relación de dominación a la que fue sometida cuando apenas tenía catorce años. El abusador era un hombre treinta y cinco años mayor que ella, quien, a su vez, era y sigue siendo un famoso escritor, editor y crítico literario francés. En plena gira editorial de esta primera obra, Springora recibió una llamada de la policía informándole que habían encontrado el cuerpo sin vida de su padre. Con esta crudeza inmediata arranca su segundo libro: El nombre del padre (2025), una obra que mantiene el estilo honesto de sus memorias narrativas.

Tras la llamada de la policía, Springora emprende una investigación moldeada bajo una horma lacaniana sobre su apellido paterno, combinando crónica, ensayo, y periodismo narrativo, para rastrear el enigma de su apellido paterno: «Springora». Un apellido inventado, de raíces checas y cuya rareza se convierte en el hilo conductor de esta historia, así lo describe la autora: «A lo que este apellido me permitía era a un origen nebuloso, a un lugar del que no sabía nada, y durante mucho tiempo me negué a interesarme por él, porque lo había recibido de un padre que me había abandonado» (pág. 20-21).

El punto de partida es la visita al apartamento de su padre recién fallecido: un perfecto desconocido para la narradora. De manera paulatina la identidad de este hombre se va revelando a través de los objetos que acumuló en el lugar donde vivió y murió. El estado del apartamento está descrito con un nivel de detalle meritorio permitiéndonos percibir la pena, el abandono y la suciedad en las que su padre terminó su vida. Cientos de libretas con anotaciones y copias a mano de notas enciclopédicas, revistas pornográficas homosexuales, recibos de alquiler de un apartamento que nunca habitó, fajos de currículums con profesiones falsas, y platos sucios que llevaban años sin tocar el jabón. En contraste resalta –en el mismo apartamento– una habitación impoluta y limpia que había pertenecido a la abuela Huguette, madre del fallecido. Poco a poco Springora nos delinea el perfil de su padre, un hombre mitómano, impenetrable, de inclinaciones fascistas y sexualmente reprimido.

En medio de esta taxonomía doméstica, la protagonista encuentra dos fotografías de su abuelo, Joseph Springora, portando el uniforme nazi. El hallazgo de estas fotografías echa a la basura la versión oficial que se contaba en familia, según la cual su antecesor, el abuelo Joseph, había sido reclutado a la fuerza por el ejército alemán para luego e inmediatamente convertirse en desertor. Escribe la autora: «Al buen soldado Springora le gusta enviarle fotos en uniforme a su novia» (pág. 285). Mientras más escarba en los entresijos del apartamento, más se pregunta por la opacidad de su apellido, la mitomanía y el origen de la frustración de su padre. Esas fotografías responden mucho, y a la vez, abren toda una cascada de interrogantes sobre la vida de su abuelo, a quien la autora decide aferrarse para entender su historia individual oculta.

La primera mitad del libro es un manotazo en la mesa para los que creían que el psicoanálisis en la literatura ya estaba agotado. Estamos ante un ejemplo potente del sujeto dividido lacaniano: un sujeto que no es un «Yo» integrado y coherente, sino un ser escindido entre lo que dice y lo que quiere decir, o lo que desea. Hábilmente, Springora construye una manifestación material de la identidad imposible de su padre a través de los objetos de ese apartamento. Como ella misma reconoce, cruzar la puerta de ese espacio es entrar en un umbral extraño: «En este piso donde mi padre acabó sus días descubro también toda una parte desconocida de su existencia. Me siento un poco voyerista ante esta intimidad desvelada. ¿Tengo derecho a profanar sus secretos? Al fin y al cabo, él me ha obligado» (pág. 60). Y no es que la protagonista realice un inventario póstumo, sino que presenta un reconocimiento de los silencios y el vacío que su padre representó. Esta búsqueda de los secretos de su línea paterna se alínea con el clásico fenómeno subconsciente de la tercera generación: aquella necesidad de interrogar a la segunda generación para saber qué escondía la primera.

La autora nunca traiciona la intención que da vida a esta obra: desentrañar el secreto paterno. Por lo que decide encauzar la trama hacia la vida del abuelo como policía nazi y posible partidario del nazismo. Verdades y suposiciones se entrecruzan constantemente. Como consecuencia de esta decisión literaria, la fuerza de la voz del padre, que dominaba en la primera parte del libro, se desvanece hasta perderse entre las varias páginas de una investigación histórica y ensayística. La autora interviene de vez en cuando para aludir al hilo conductor. Un ejemplo está en el capítulo «El verano nazi», en el que la autora recuerda un episodio sucinto pero que perduró en su memoria: unos días después de la muerte del abuelo Joseph, la autora, que en ese momento era apenas una niña, recuerda ver a su padre dibujando esvásticas y un retrato de Hitler mientras hablaba por teléfono. En este capítulo vuelve a asomarse Lacan, marcando con puntería el título de la obra. El nombre del padre, un concepto que representa la ley, el orden simbólico, la estructura, y que muchas veces lo vemos personificado en la culpa y lo oculto.

Este libro cimbró la crítica literaria en Europa, sin embargo, en otras regiones se asimiló como una historia distante, y no por falta de vigor, originalidad o agudeza literaria –cualidades que abundan en esta obra traducida al español por Noemí Sobregués Arias–. Más bien, porque fuera de Europa las historias de los herederos del nazismo, o de los descendientes de los países que la componen, están un tanto desvinculadas de historias regionales de violencias y de silencios. Aún así, esta obra se debe abordar desde una memoria íntima familiar, entroncada sí, en la memoria colectiva de la Segunda Guerra Mundial: un conflicto bélico, como todos los conflictos de esta índole, marcado por las ausencias. De tal manera, el recuerdo de la ausencia de personas, las desapariciones, las verdades contadas a medias y de todo lo no dicho se guarda en la mente de la gente, en sus objetos y pertenencias y, como es el caso de esta novela, se proyecta en el nombre paterno.

El nombre del padre es valioso para seguir el camino de las ausencias. Para aquellos a quienes la memoria familiar esté aunada al silencio y a lo no dicho, los dilemas de esta novela les resultarán familiares. Como muestra de la gama literaria de esta línea narrativa sobre el vacío paterno, pienso, por ejemplo, en Juan Rulfo con Pedro Páramo (1955); Rita Indiana con Papi (2005); Sara Jaramillo con Cómo maté a mi padre (2020) y tantos más. Esta obra brilla al ponerla en diálogo con la interrogante que atraviesa muchas historias de vida: ¿Qué hacer con el nombre que heredamos?

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