La cárcel de los sueños
Escribe | Gonzalo Montes Amayo
«Que toda la vida es sueño, / y Los sueños, sueños son», dice la frase más famosa de una de las obras cumbre del Siglo de oro, pero no lo creo. Yo tengo muchos, algunos ciertamente extraños, teratológicos, en los que confundo lo real con lo irreal, lo sucedido con lo que podría suceder. También, por supuesto, tengo sueños relacionados con lo vivido: sueños lúcidos y recurrentes, pesadillas y sueños surrealistas, como el del otro día, en el que tuve la certeza de estar negociando mi potencial muerte.
El sueño transcurrió entre la fase REM y la vigilia matutina, en esa sinapsis en la que «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» crea mundos imaginarios, según el «primo» del Río de la Plata del homenajeado de hoy, Mr. Mircea Cărtărescu.
Me encontraba en una habitación sin techo, sentado a la manera budista sobre una alfombra, intentando resolver un colorido cubo de Rubik. Mientras lo sostenía y calculaba mentalmente las opciones que había para solucionarlo (aproximadamente 4,3 × 10¹⁹ configuraciones posibles), apareció un carcelero con bombín inglés y traje de chaqueta roja con rayas verdes, colores de sangre y esperanza.
Me dijo que debía elegir entre morir allí, acompañado por la soledad que navega por sistemas kársticos, o intentar resolver el cubo y salir en libertad de aquella cárcel bidimensional. Eso sí: si fracasaba, viviría el resto de mi vida onírica en una agonía eterna.
Le pregunté cómo sería aquel dolor que soportaría durante la eternidad, pero el carcelero se quitó el bombín y, con una reverencia, como quien se presenta ante un rey y jamás ante un condenado a muerte, se giró sobre sus talones y se marchó, dejándome en la más absoluta penumbra.
Tras debatirlo con «El Mendébil» o con «los que no han nacido, los que viven, los que no han muerto y los que ni han nacido, ni viven, ni han muerto», es decir, con las estrellas, elegí morir.
Y de inmediato desperté en una habitación de tres dimensiones.
Tiene sentido: me da miedo lo desconocido y me gustan las estrellas, porque pienso que están en el cielo para darnos luz y que no existe el riesgo de que se nos caigan sobre la cabeza, como le ocurre a uno de los personajes del maestro Cărtărescu, tremendo escritor al que, con absoluta sinceridad, no sé muy bien cómo homenajear en este artículo.
El dónde es sencillo, pues para homenajear a alguien hay que situarlo en un espacio determinado por su longitud, su anchura y su altura. Bucarest, por ejemplo. El cuándo —el siglo XXI, pongamos— parece igual de sencillo; sin embargo, con el maestro de hoy se convierte en lo que determina nuestra propia existencia.
Para él, las historias están ahí, ya ocurridas desde siempre; por eso vivimos en un continuo «uróboros». Y quizá por eso sus protagonistas, al igual que yo, en momentos de desesperanza: «no pueden recordar el futuro ni el tiempo anterior a su nacimiento», como si su vida, y también la nuestra, estuviera formada por pequeños fragmentos ordenados en infinitas bibliotecas de caracol que, a medida que el tiempo avanza o se consume, vamos retirando en un «infinito de infinitos».
Cumplimos años y nos los vamos fumando hasta que, al final, en ese último suspiro que todos conocemos y desconocemos a la vez, el aire que inunda nuestro espacio circular se convierte en ceniza.
Cărtărescu lo sabe, lo explota y lo retuerce. Por eso escribe siempre en círculos, desde norias que giran en sentido contrario a las agujas del reloj. Solo desde una escritura a contracorriente se puede entender vagamente que todo lo que escribe es una vida en mil vidas, y que los sueños pueden ser tan reales como el pinchazo de un arácnido.
También sabe que en algún lugar del universo existe algo o alguien gemelo de nosotros, ya sea hombre o mujer; que somos insignificantes ante la inmensidad del océano; que, si no comemos, morimos como el protagonista de «Un artista del hambre» de su otro primo praguense; que los ácaros tienen su propio mundo, por pequeño que nos parezca.
Y todo eso se repite en cuanto escribe, empezando en Nostalgia (1993) o en el trayecto de su Poesía esencial (2021), como si sus obsesiones necesitaran dividirse en un relato y en otro y en otro y en otro, en una interminable mitosis, hasta desembocar en una sola obra, la cumbre literaria de nuestro siglo: Solenoide (2015).
Una novela desmadrada como un viaje de hongos alucinógenos, narrada en primera persona, sobre un joven poeta que fracasa en su primera lectura pública y abandona la ambición literaria. Se hace profesor de rumano en una escuela incolora de la periferia de Bucarest, en plena dictadura de Ceaușescu. Allí escribe un diario secreto donde mezcla su rutina, sus sueños y los recuerdos obsesivos de su infancia. Compra una casa bajo la que hay un solenoide que permite levitar y descubre una red de solenoides ocultos por toda la ciudad. Poco a poco se une a quienes buscan una salida de este mundo, que él siente como una cárcel, hacia otra dimensión.
Una trama como cualquier otra…
Tal vez por eso, por lo lisérgico de la sinopsis, no sabría cómo definir Solenoide ni cómo hablar de tan majestuosa obra con los ojos de un anarquista literario. Solo se me ocurre hacerlo desde los sentimientos encontrados que me ha provocado, incluso en las páginas que tuve que releer porque es imposible mantener la concentración al cien por cien durante toda su lectura.
He sentido, por ejemplo, que la vida no avanza en línea recta, sino que se enrolla, y que los sueños forman parte de nuestra existencia, como «la de aquel viejo que enloquece de soledad».
He sentido que el tiempo es la dimensión más importante y que de ahí nace la trascendencia de la escritura, pues «solo deberíamos leer libros que nos hieran, que nos apuñalen», como dijo Franz Kafka.
He sentido que el satori tal vez existe, ya sea como una comprensión intuitiva de la naturaleza de la realidad o como la sensación de unidad entre uno mismo y el mundo.
Y he sentido que la infancia no está simplemente antes, sino dentro de nosotros, como están dentro de mí los recuerdos que me constituyen, aquello de lo que estoy hecho, la materia que me mantiene erguido. Porque futuros hay millones en el firmamento, pero pasado solo hay uno.
Y en el presente siempre está nuestro pasado: en los olores que reconocemos a miles de kilómetros de la casa de la infancia; en los amigos que deseamos volver a ver; en el amor de un padre y de una madre; en el dolor de los recuerdos que nos gustaría borrar, pero que siguen ahí, clavados como estacas en el corazón.
(Quizá no seamos insectos, pero sí vampiros).
Esos recuerdos son la fuente de todas las historias que, aun sin haber sido escritas, existen ya en aquellas infinitas bibliotecas de caracol. Los sueños forman parte de nuestra existencia «y nos reflejan de manera realista», igual que los recuerdos que explican lo que hemos vivido y las vidas que podrían haber sido si hubiéramos tenido otros recuerdos.
Porque quizá los recuerdos podrían también estar formados por cuerdas diminutas que, al vibrar de distintas maneras, crean el universo.
¿Así es Solenoide?
¿El tótem literario de nuestra época?
No lo sé.
Tal vez por eso Solenoide me ha resultado tan difícil de explicar: porque hay libros que uno lee y libros que no necesitan lectores, porque lo leen a uno.
Cuando lo terminé, tuve la sensación de que Cărtărescu no había conseguido devolverme a mi infancia, sino demostrarme que nunca había salido de ella. Que seguía allí, en mi propia cárcel, incapaz de explorar dimensiones distintas de las tristemente conocidas.
Brindemos por ello en un cráneo con vino.

