«La calma furiosa», una antología de Aleyda Quevedo Rojas en cinco poemas y su prólogo
Aleyda Quevedo Rojas (Quito, 1972). Poeta, ensayista literaria, gestora cultural, comunicadora y editora. Trabaja como consultora de comunicación y artes. Es editora, junto a Edwin Madrid, del sello independiente Ediciones de la Línea Imaginaria.
Sus libros publicados son: Cambio en los climas del corazón (1989), La actitud del fuego (1994), Algunas rosas verdes (1996), Espacio vacío (2001), Soy mi cuerpo (2006), Dos encendidos (2008), La otra, la misma de dios (2011), Jardín de dagas (2015), Ejercicios en aguas profundas (2020), Herbolario íntimo (2022), En el río del lenguaje. Ensayos + entrevistas (2025). Todos con segundas ediciones publicadas dentro y fuera del Ecuador. Mantiene dos libros inéditos de poesía.
Su poesía reunida apareció en 2017 bajo el título de Cierta manera de la luz sobre el cuerpo, con un amplio estudio del escritor y crítico cubano Jesús David Curbelo; otras antologías de su obra publicadas son, El cielo de mi cuerpo (2010) en Cuba; Estremecimiento del tilo (Agulha ediciones, 2025) en Brasil; y la más reciente, La calma furiosa (Editorial Ojo de Cuervo, 2026) en El Salvador.
Seleccionada entre los 40 poetas más influyentes de la lengua castellana en la antología El canon abierto. Última poesía en español (Visor, 2015), edición a cargo de los investigadores Remedios Sánchez García y Anthony Geist.
Es Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade. Escritora invitada de la Residencia Literaria 1863, en La Coruña, Galicia. Ganadora en dos ediciones de las convocatorias de fondos públicos a la creatividad e innovación por el Ministerio de Cultura del Ecuador.
A continuación, compartimos con vosotros el prólogo de la antología poética La calma furiosa (escrito por la poeta uruguaya Ana Lafferranderie), publicada hace pocas semanas en San Salvador. Además, esta publicación se complementa con cinco textos de la poeta ecuatoriana que forman parte de esta recopilación.
Prólogo de La calma furiosa (2026)
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«Un mundo de agua/me recorre como navaja», dice Aleyda Quevedo Rojas en uno de los primeros poemas de este libro, y así condensa filo y frescura, herida y renovación. Su poesía limpia, clarifica, refresca a la vez que realiza agudas incisiones y deja en evidencia las heridas del ser. El mundo poético de Aleyda es esencial: nos acerca a vivencias primarias, fundacionales, a través de la sugerencia del lenguaje y los caminos del pensamiento. Allí, los elementos de la naturaleza son parte de la experiencia y de la propia subjetividad. Se integran para hablarnos, una y otra vez, de nuestra propia condición vital. Naturaleza y cuerpo son, en este universo poético, una unidad perfecta e indisoluble: la subjetividad es cuerpo y el cuerpo es naturaleza en todas sus manifestaciones.
Estamos ante un conjunto de poemas pulidos, de una belleza fina —por momentos deslumbrante— que van dando cuenta de un recorrido diverso y a la vez compacto, armonioso. Poesía de fuerte carga subjetiva, intimista, que pone a jugar pensamiento y emoción de manera honesta, sugerente, arriesgada, personal.
Esta antología nos ubica ante la sorpresa de una voz madura desde sus comienzos. Seamus Heaney señala, en uno de sus tantos ensayos: «Después del primer encuentro con la poesía como un hecho extraño de la cultura, el paso de los años permite interiorizarla hasta que se vuelve una segunda y arraigada naturaleza». Siguiendo a Heaney, pareciera que la poesía fuese en Aleyda una naturaleza arraigada desde siempre. Encontramos un universo consistente, parejo, en el cual se revela una profunda capacidad para jugar con el lenguaje, intervenirlo, desarticularlo hasta hacerlo decir su verdad. La poeta es consecuente en su disposición a cargar la lengua de significado, llenarla de sentido. Un gesto sostenido de compromiso con el lenguaje, que es también una toma de posición respecto de la poesía actual.
Este libro nos permite descubrir una poesía de gran sensorialidad, que se vale de texturas y sabores, de las referencias al tacto y la humedad, a los aromas de las flores, los animales en movimiento, el agua en sus múltiples formas, los ciclos de las estaciones y su expresión. Elementos que aparecen incorporados a la subjetividad, integrados al cuerpo y a la experiencia; nunca con afán meramente descriptivo.
. «Que empiece a llover
. para saber
. de todo aquello
. que me enciende»
Sensualidad y carnalidad. Estamos frente a un cuerpo deseante, anhelante, que se proyecta desde su intimidad a través de una exquisita sensorialidad, fusionándose con los espacios y elementos de la naturaleza, en relación con lo cósmico.
. «Una flor
. flotando en el agua
. al son de sus ciclos oxigenados
. Mi vagina abierta al agua de flores
. en perfecta alineación con las estrellas»
Estos poemas expresan una conciencia de la potencialidad del propio ser femenino, y un vínculo cómodo y gozoso con la feminidad. Pero también con los territorios de la masculinidad como constitutivos de la vida y de la propia identidad.
Aleyda nos ofrece, además, una mirada sobre la belleza del cuerpo en comunión con el universo y con la idea de dios. La poeta construye un mundo en el cual la corporalidad y el deseo establecen una relación directa con lo divino. «Soy bella como dios», afirma. Como señala la poeta dominicana Soledad Álvarez, la obra de Aleyda nos ubica ante «una poesía celebratoria del eros, y del cuerpo; pero no del cuerpo-objeto que se tiene y es poseído, sino el cuerpo ente sagrado, morada del ser, recinto de Amor».
Debemos decir también que la poesía de Aleyda Quevedo Rojas nos acerca a un misterio. Enuncia con claridad y precisión, a la vez que se abre a nuevos planos, desplaza sus sentidos, rompe las imágenes creadas para que irrumpan otras y otras. La poeta mira, busca, alcanza por un instante lo que persigue, luego lo pierde y acepta esa situación. Entonces dice: «me miro y no alcanzo/a descifrarme», luego: «nuevamente me miro/empezando a descifrarme”. Y recordamos a Edmon Jabès: «escribir es enfrentarse a un rostro desconocido”. O pensamos en la poesía como esa «venturosa incursión por lo ignorado» a la que refiere Susana Thénon. Misterio, enigma, develación que es siempre parcial.
Aleyda nos lleva con estos poemas a pensar en la función del más puro lenguaje poético que, alejado de los usos automáticos de la lengua, permite iluminar lo que se escapa, movernos en lo desconocido, comprender por un rato —el del poema— algo que nunca se llega a capturar del todo. Poesía, nos dice, es mirar lo que se transforma, iluminar lo que ya está mutando, porque así son los procesos vitales, así es la vida.
La relación que Aleyda Quevedo Rojas establece con la poesía funciona como puerta privilegiada para acceder a estos textos. La poeta asume su condición, nada va a detenerla. Con su poesía, aun en el dolor, está orientada a ser y a andar.
«El cuchillo/que viste desde niña/ siempre fue para ti /como los seres que crujen/bajo la cama/reclamándome sus angustias», dice en uno de los poemas más bellos del libro, en el cual dialoga con la poeta Olga Orozco, a partir de una profunda identificación. Este poema nos da una clave: la poeta recibe un reclamo y se siente invocada, acepta su destino al intuir, registrar, reconocer a esos seres que acechan bajo la cama, o —como en otros poemas— a esas presencias o animales en el cuerpo, escorpiones en una caja que deberá ser abierta.
Eso que está allí desde la infancia como un sino ante el cual sólo queda investirse, aceptar con suavidad la tarea como el modo propio e ineludible de existir.
«Despacio/ sueltas tu calor/ Tu lengua/ ejerce la función/ para la que fue creada». Calor que se desprende lentamente, lengua que asume, con naturalidad, su vocación.
La poesía, nos dice Aleyda, expresa y aviva el deseo, sus zonas luminosas y sus zonas oscuras. Las intensifica, las desnuda, y —en ese sentido— nos deja a la intemperie, con los ojos abiertos frente a la finitud y las verdades ligadas a la materia del cuerpo. Pero es, al mismo tiempo, reparación, refugio supremo y salvación frente al dolor. En el poema «Oración» Aleyda pide a la poesía que la ayude a bailar, a seguir soñando «a la hora en que nacen los condenados».
La poesía en el universo poético de Aleyda Quevedo Rojas expresa entonces el amplio abanico de lo vital. Es fuego en el frío. Ardiente cuerpo a la intemperie, descenso en aguas donde siempre se vuelve al goce de vivir. Poesía que es amor y erotismo en la más pura unidad vital. Es encuentro que provoca fricción y es secar al sol «incalculables gotas», extraer calor de las zonas congeladas después de haberlas reconocido, sacar «humores gélidos del corazón».
Si la tarea asumida por Aleyda es la de «cuidar el jardín hasta que llegue la decepción», nosotros, cómplices lectores, asumimos con ella ese cuidado.
Tomamos su señuelo para volver al océano, humanos, animales, cuerpos temerosos, oscuros y gozantes, que se animan a la transformación y a la metamorfosis que ofrece la experiencia de estar vivos. A eso nos conduce este trayecto. Una lectura que deja huella, modificándonos, acercándonos a zonas de nuestro propio misterio. Al finalizar la lectura, estamos —inevitablemente— en nuestro fuero íntimo; como diría Aleyda, «kilómetros adentro» de una flor muy pequeña.
. Ana Lafferranderie
. Buenos Aires, 2025.
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De La calma furiosa (Editorial Ojo de cuervo, 2026)
Algunas rosas verdes
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Esta mujer de hechizos
de mentiras y yeso
teje las medias
más cálidas
para el día de su muerte
Una cruz
una caja de madera
algunas rosas verdes esperan por ella
No hay temor a la muerte
Solo pido
sea justa.
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De La calma furiosa (Editorial Ojo de cuervo, 2026)
Poema del deseo
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Lobos negros en las montañas
se juntan al acecho
Carne dulce
para los sonidos de la tierra baldía
el hilo mortal y denso de la saliva
Lobos surgidos en la penumbra
allí donde las montañas se juntan
y el deseo llama al deseo.
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De La calma furiosa (Editorial Ojo de cuervo, 2026)
Música japonesa
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¡Ah! de las horribles pasiones que recorren mi cuerpo
insoportables cuando los ojos de otros miran
En nombre del Señor, el más poderoso
voy hacia el despeñadero de cuerpos desconocidos
que me aman y emocionan
Señor, no me abandones en arenas
de almas en movimiento
Soy tuya
camino descalza y pulcra en mitad del desierto
preparada para el goce o la muerte
Más allá de la seducción
guía mis pasos en el amor.
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De La calma furiosa (Editorial Ojo de cuervo, 2026)
Metamorfoseada
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Cuerpo y aliento ingresan al agua haciendo uso del mecanismo de la libélula. Hablo del cuerpo y del aliento en estado puro. Sin equipo. Pez o criatura parecida.
Libre y despojada de deseos sin teorías de instructores de buceo. Tensión del cuerpo y fluidez constante en el ritmo del aliento para entrar en el agua. Libélula de látex equilibrio respiratorio. El agua se vuelve un ramaje de cristal de cuarzo. Densa estructura de burbujas. Campo de corales donde eres tan liviana y tan compleja planta acuática. Las profundidades que logra alcanzar tu espíritu te rescatan del mundo que arriba apesta.
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De La calma furiosa (Editorial Ojo de cuervo, 2026)
Arranco todas las flores de mi cuerpo
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Arranco todas las flores de mi cuerpo
para ofrecértelas, Señor.
Allá voy, más desnuda sin las diminutas flores
del torso, más desvestida que nunca
sin las dalias que crecían en mi espalda.
Voy saltando las piedras ciegas de la desdicha
y el viento me ayuda a alcanzar la arena.
Señor de las Angustias, todopoderoso mío,
me despojo incluso de la flor pasionaria
y de la corona de heliconias que adorna mi pubis.
Desnudísima, para entregarme a ti,
sin los lirios de la nuca o los girasoles de las nalgas,
pulcra, tal vez insondable isla de misterios
Y no más rosas, ni margaritas, ni violetas
encandiladas en mis senos.
Limpia estoy, vuelta promesa.
Brillante y sola para entregarme a ti
sin las astromelias del sexo,
sin la flor azul del corazón.
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De La calma furiosa (Editorial Ojo de cuervo, 2026)

