A 150 años de la muerte de Lautréamont

Escribe | David Marroquí Newell


Isidore Lucien Ducasse (Montevideo, Uruguay, 4 de abril de 1846 – París, Francia, 24 de noviembre de 1870), es el escritor que se esconde tras el personaje comúnmente conocido como el Conde de Lautréamont. Su figura está rodeada de un halo de misterio, por un lado, por el gran desconocimiento que hay hacia su figura, por el otro, por tener una corta obra en la que, no sólo la conciencia del mal o el propio mal es su tema principal, sino porque pareciera que se rinde culto a lo maligno, al mal como esencia.

Los cantos de Maldoror es, sin duda, su obra más emblemática, libro que imprimiría por completo en 1869 (un sólo libro) en Bélgica, pero que el editor se negó a vender por el temor a que fuera acusado de blasfemia u obsceno, dado el carácter de la obra. Sin embargo, poco antes de morir, como una premonición, ya en 1870, Isidore Ducasse le rogó a su editor, Lacroix, que sacase una tirada de diez ejemplares, cosa que hizo por contentar a su autor. Los cantos de Maldoror se convertirá en fetiche cuatro décadas después por los poetas surrealistas franceses. Serán estos los que se van a adentrar en el mundo de Lautréamont, leyendo y estudiando sus obras, para acabar por convertirlo en símbolo. Tal vez, sin los surrealistas, Lautréamont no sería tan conocido actualmente y sus obras hubieran pasado igual de desapercibidas a como lo hicieron antes de ser recuperadas por ellos.

Los surrealistas iban a comprender pronto la revolución artística que suponía el poeta. Acostumbrados al romanticismo y al modernismo, a menudo a cantar a la belleza, los surrealistas iban a tomar como referencias a figuras como la de Lautréamont, Rimbaud o Baudelaire con su obra Les Fleurs du mal, donde se distorsiona la belleza y se atiende también a la fealdad. Les Fleurs du mal es el gran ejemplo de esa perversión: utilizar un elemento bello dentro de nuestro imaginario colectivo y transformarlo en algo malvado. Lautréamont va un paso más allá, desde luego, y las vanguardias están al tanto de ello. La lista de artistas que recogen parte de su herencia o se iluminan con la figura de Lautréamont sería larga, desde André Breton, considerado padre del movimiento surrealista, pasando por Alejandra Pizarnik, Vicente Huidobro o Vicente Aleixandre, hasta Salvador Dalí, quien lo ilustra una y otra vez.

La obra completa del Conde de Lautréamont es contrevertida, incluso en la actualidad. Esa maldad y esa violencia casi llevada al culto se hace una lectura difícil de digerir, o incluso despreciable para la sensibilidad de muchos de lectores y lectoras. Por ello, y teniendo en cuenta el contexto de su época, se piensa que Isidore Ducasse escogió escribir con seudónimo. Nadie podría decir a ciencia cierta qué significa realmente el seudónimo de Conde de Lautréamont. La versión más aceptada es claramente el juego de palabras. Conde de Lautréamont vendría a significar «Conde del otro mundo», haciendo alusión al mundo de los muertos, al inframundo, o al infierno, tal vez. Lo que está claro es que la idea sería que es el conde que viene del otro mundo, un señor que no es del nuestro. Hay, también, quien habla de la idea de que, al referirse al «otro mundo», se refiere al otro lado del Atlántico, una alusión a su origen americano. Para alentar la imaginación, la primera teoría es más interesante. Su enigmático seudónimo, con el que firmaría Los cantos de Maldoror, es uno de los alicientes para la ensoñación de los poetas surrealistas.

En esta serie de artículos, a 150 años de su muerte, nos adentramos en la figura de Isidore Ducasse, alias Conde de Lautréamont, desde el punto de vista de diferentes escritores, escritoras y poetas, siendo estos los que, de alguna forma, nos muestren la figura de este poeta y cómo ha influenciado en la literatura posterior de su tiempo.

Quiero destacar, además, en una humilde opinión (y es sólo una opinión, que la obra de un poeta o un escritor no tiene por qué ensalzar lo que dicha obra describe. Parece destacarse de Los cantos de Maldoror una apología de la violencia, una mente perturbada, o un hombre que aprueba las acciones de su personaje, Maldoror («Mal d’Aurore», es decir, «Mal de la aurora»), una figura demoníaca que reniega de Dios y de la humanidad; pero la verdad es que el cantar de un poeta puede simplemente mostrarnos la realidad, o lo que hay detrás de la realidad, mostrarnos el alma humana, y ese alma humana no es siempre un halo de bondad. Lo que llamamos maldad y sus diferentes impulsos, no son más que otras emociones humanas que no podemos olvidar que están ahí y tienen su influencia. Es posible que eso sea lo que embelesó a los poetas surrealistas: Ducasse cantó sobre la conducta humana moralmente más reprobable sin ningún tapujo, haciéndolo a través de las palabras de un ser que ni siquiera lo era. Repito que es una opinión y siempre cabe la posibilidad de estar errado, pero me resulta muy interesante estas declaraciones del autor sobre sí y sobre su obra:

¿Lacroix ha consentido en la edición o qué ha hecho? ¿O es que la ha rechazado usted?. Él no me ha dicho nada al respecto, y yo no lo he visto desde entonces.

¿Sabe?, he renegado de mi pasado. Ya no cantó más que a la esperanza; pero, para ello, es preciso primero atacar contra la duda de este siglo (melancolías, tristezas, dolores, desesperos, lúgubres relinchos, maldades artificiales, orgullos pueriles, cómicas maldiciones, etc., etc.). En una obra que llevaré a Lacroix a primeros de marzo, tomo en consideración las más bellas poesías de Lamartine, de Victor Hugo, de Alfred de Musset, de Byron y de Baudelaire, y las corrijo en el sentido de la esperanza; señalo qué habría hecho falta hacer. Al mismo tiempo corrijo seis piezas de las peores de mi santo libro.

Juzguen ustedes. Tal vez los surrealistas pasaron por alto este arrepentimiento, si es que se toma como un arrepentimiento o como una forma de excusar que, una cosa es la obra, su personaje y su voz poética, y otra el poeta. Lo que sí está claro es que su temática y la forma de afrontarla, asustaba, tanto en su momento, e incluso ahora; y el misterio que rodea su figura ha apasionado y hecho volar la imaginación de autores y autoras hasta convertirlo en un mito.

«El conde de Lautréamont», un perfil de Rubén Darío

Un texto de Alejandra Pizarnik: «En un ejemplar de `Les chants de Maldoror´»

«Sudamericanos», un poema de Juan Gelman sobre Lautréamont

«Acerca de Lautréamont», dos textos de Jacobo Fijman

«Epitafio al Conde de Lautréamont», un poema de Mahfúd Massis

Gonzalo Rojas y su «Carta al joven poeta para que no envejezca nunca»

2 comentario en “A 150 años de la muerte de Lautréamont”

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