«Acerca de Lautréamont», dos textos de Jacobo Fijman

Jacobo Fijman (Orhei, actual Moldavia, 1898–Buenos Aires, 1970) fue un poeta que vivió marcado por su infierno interno, intercalando estados de relativa normalidad con otros de aislamiento, que desembocaban en la lucidez mística de su poesía, al margen de la literatura argentina de su época.

Tal como hizo su compatriota Julio Cortázar, quien incluyo en su libro Todos los fuegos el fuego (1966) el cuento «El otro cielo» inspirado en el enigma de Isidore Ducasse o más conocido como el Conde de Lautréamont, Fijman también dedicó dos textos al poeta francés. Ambos textos sobre Lautréamont aparecen vinculados al libro Estrella de la mañana (1931), al que en las ediciones posteriores, publicadas muchos años después, se le agregaron los textos dispersos que Fijman había publicado en revistas.

Ambos textos forman partes de un total de 17 poemas no reunidos en libro que «son los pocos que han aparecido publicados, gracias a Vicente Zito Lema, en el número 1 y único de la revista Talismán, Buenos Aires, mayo de 1969, dedicado por entero a Jacobo Fijman cuando éste todavía vivía; y en Crisis, número 11, Buenos Aires, marzo de 1974, dentro de un informe más amplio titulado El hospicio. Testimonios y lenguaje de los oprimidos». No obstante, no se detalla a cuál de las dos publicaciones pertenecieron los textos acerca de poeta uruguayo-francés.

Lo imagino rubio. De ojos celestes. Alto varios metros. La piel azul y las manos huesudas. Dotado de una gran imaginación. Pero satánico.

Atormentado por las cosas reales y vulgares y por las ideas que se hacía del más allá de la muerte y de la muerte misma.

Era lo que diríamos hoy, un introvertido. Se lo supone fino, elegante, de una dentadura tremenda; con colmillos.

Debe estar ahora no en el infierno sino en el hades, que es el reino de la muerte.

Él está como dormido; insomnis mortis.

Durante su vida debe haber abusado de las drogas que llevan a los otros paraísos, los paraísos del mal.

Eso, es lo que se deduce de sus escritos. Donde se hace sentir su soledad y su desesperanza.

No tenía nada de religioso. Era un muerto, como diría un teólogo moralista.

No supo nunca más que de penas y no dio nunca con la contricción, ese dolor perfecto, ni con la tricción, ese dolor imperfecto al que se entregan los pecadores arrepentidos para que se les restituya a la primera gracia y continuar su vida penitencial hasta arraigarse en un estado de paz y esperar la buena muerte.

Pero él no da señales de haber tenido ninguna instrucción religiosa —aunque nombre mucho a Dios— que lo pudiera llevar a la salud espiritual.

Sin embargo, a pesar de todo lo quiero y lo voy a ayudar.

Este hombre atormentado, buscó con avidez; pero por sí mismo no dio con nada más que con el sufrimiento y la demencia de gran poeta.

Nació en el Uruguay, y se supone que haya muerto. Aunque nadie lo sabe.

Es como si no hubiera existido como ser físico.

Era de agua. Era flemático de temperamento y lo concibo como existiendo en un mar agitado y oscuro.

Dios no quiso que lo conociera, no quiso concederle la gracia que concede al resto de los mortales, a los fieles que componen el cuerpo místico de Cristo.

Lautréamont era soberbio; se negó a rebajarse a ser un niño.

No amó las cosas de la tierra como las aman algunos privilegiados de complexión melancólica. Él amaba lo que no sabía; buscaba a Dios pero no dio con Él. Se supone que Dios no quiso darle los beneficios que entrega a criaturas más inferiores que su naturaleza.

Lautréamont me conocía y me conoce. Como Juez he tenido que verlo. Me pidió que no lo olvidara. Que intercediera por él ante Dios que es mi amigo.

De Estrella de la mañana. Poemas dispersos (1931).

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Hace un tiempo nos encontramos en otra región. Cuando lo vi, estaba como despejándose del sueño. Estaba con aguas, con algas, pero no con peces. Los peces se habían ido. Estaba acostado en el mar. Yo caminaba sobre las aguas y lo llamé: Lautréamont, Lautréamont, le dije, soy Fijman.

Y él me contestó que me quería. Que seríamos amigos ahora en el mar, porque los dos habíamos sufrido en la tierra. Pero no lloramos. Nos abrazamos. Después quedamos en silencio

De Estrella de la mañana. Poemas dispersos (1931).

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