Cinco textos del poemario «Molino rojo» de Jacobo Fijman

 

Jacobo Fiejman

Jacobo Fijman.

 

El nombre de Jacobo Fijman (Orhei, actual Moldavia, 1898–Buenos Aires, 1970), como poeta, resulta casi desconocido hasta en la propia Argentina, país en el que vivió gran parte de su vida, tras migrar junto a sus padres en la niñez desde un remoto pueblo de lo que en aquella época era el Imperio Ruso.  Esto, se debió en gran parte a que, tras confusos incidentes, desde su juventud fue internado en hospitales psiquiátricos en varias ocasiones. La última, comprendida por un período de 28 años hasta su muerte, acaecida en la soledad del internamiento hace casi medio siglo.

En 1919 se produjo la primera de muchas anécdotas que lo llevaron al margen. En medio de un confuso incidente, un policía lo halló ensimismado frente a una vitrina, a lo que el poeta respondió mirándolo a los ojos: «Yo soy el Cristo rojo», mientras abofeteó al uniformado, acto tras el que fue detenido. A inicios de 1921, se produce el primer internamiento del poeta, por decisión familiar, en un hospital psiquiátrico por un lapso de seis meses. Después de esto, se mudó por un año a Montevideo para trabajar en una editorial, al mismo tiempo que empezaron a aparecer sus primeros poemas en revistas argentinas. Viajó entre 1924 y 1925 por Paraguay y Brasil.

A su regreso estableció contacto con el grupo porteño Martín Fierro, entre los que se encontraban Jorge Luis Borges, Leopoldo Merechal –lo incluyó como el personaje Samuel Tesler en su novela Adán Buenosayres (1948)–, Macedonio Fernández, Eduardo Mallea y Oliverio Girondo. Dos años más tarde, este último poeta ayudará económicamente a Fijman para que emprenda viaje rumbo a Europa, donde entró en contacto con varios de los autores de renombre y con los protagonistas de la vanguardia europea en París como André Gide, Paul Claudel, Le Corbusier, André Breton, Paul Éluard o Antonin Artaud.

Fijman, judío de nacimiento, fue bautizado en la fe católica en 1930. Al poco tiempo, consigue un puesto como profesor de francés en un colegio, labor en la que no duraría mucho. Paralelamente, había iniciado un camino hacia el misticismo, pese a que un año después fue rechazada su petición de ordenarse sacerdote con unos monjes benedictinos en Bélgica, adonde acudió con el dinero ahorrado como docente.

Tras su segundo regreso a la Argentina, empezó el estudio metódico de escritos religiosos y poesía mística en la Biblioteca Nacional a lo largo de una década, hasta que su carácter, ante una desavenencia con las autoridades del lugar, provocó que le sea prohibida la entrada al recinto. Poco después sería nuevamente internado en el Hospital Neuropsiquiátrico Dr. José Tiburcio Borda, siendo esta la vez definitiva por 28 años en la que es diagnosticado como «enfermo crónico» y oficialmente de padecer «psicosis distímica», a lo largo de los cuales fue tratado con electroshocks hasta su fallecimiento en 1970.

No obstante, al final de su vida una publicación de la revista Gente de octubre de 1969, confirmó que tenía permitida permanentemente la salida y que su estadía en el hospicio obedecía, hace mucho tiempo, a la precariedad material total que lo esperaba afuera. Sobre su cuestionada vida, el propio Fijman dijo: «¿Mi biografía? Cogito ergo sum; eso es todo. Aunque mi libro; Molino Rojo, atestigüe lo contrario». Sin duda, se trata de un artista malherido que rasgó jirones de aquello que volcado en versos llamaba «¡La danza de la tierra!» y la «sinfonización del universo», como en su poema «Alegría».

Gracias a la iniciativa de amigos como Vicente Zito Lema, Aldo Pellegrini y Enrique Molina, se publicó en mayo de 1969 el único número de la revista Talismán, con una edición monográfica titulada «Jacobo Fijman, poeta en hospicio».

En vida apenas publicó tres libros: Molino rojo (1926), Hecho de estampas (1929) y Estrella de la mañana (1931). Otros libros que después fueron atribuidos a sus años de encierro son Letanía del agua perfecta y otros poemas (1930-1934) y Cántico trascendente y otros poemas (1952-1969). Muchos años después, tras su muerte, se reeditaron sus obras en la Argentina. Han sido varios los intentos, muy dispersos entre sí, de reunir en un sólo volumen toda su poesía. El primero fue Obra poética (1983), editado por La Torre abolida. Casi 15 años después, Editorial Leviatán publicó Obra poética I y II en 1998 y 1999, respectivamente. Después, se editó Obras (1923-1969), a cargo de Signos del topo en 2005. El mismo año que apareció su Poesía completa, en versión de la casa editorial Pez Náufrago.

A través de la obra de Fijman se podría comprobar la frase de Arthur Rimbaud en Cartas del vidente (1871): «Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente. El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos». Que, en el caso de Fijman, aparecen y desaparecen titilando en distintos versos de su obra en una fórmula encantatoria en la que los sentidos parecen superponerse en versos tales como («tosen las muecas») del poema «Canto del cisne»; («Ronronean las luces como gatos») de «Tarde violeta»; («aromadas de estrellas») de «Barrio»; («Tañía el sol sus llamas»), («Jadean los aromas») y («Silencios verdes de los bosques rojos») en «Mañana de sol»; («El timbre de mis ojos/ esparce intimidad») de «Ocasos»; («El olor de la luz era sagrado: música de horizontes (…) himno de soles») en «Copula». Como vemos, la soledad y el dolor que conlleva este aislamiento lacera al poeta al punto de que los colores y todas sus combinaciones son fundamentales para describir sus estados alucinatorios, los cuales son conducidos únicamente a la creación poética.

El principal promotor del surrealismo en Argentina, Aldo Pellegrini afirmó que «Las vivencias de la reclusión, los fantasmas de la locura, las angustias del apartamento constituyen los temas del primer libro de Jacobo Fijman (Molino Rojo), con una intensidad pocas veces alcanzada por la palabra».

A continuación compartimos cinco poemas de Jacobo Fijman, todos correspondientes a su primer libro Molino rojo (1926).

 

Canto del cisne

Demencia:
el camino más alto y más desierto.
Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y descargan sus golpes
afónicas lamentaciones.
Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en el camino más alto y más desierto.
Se erizan los cabellos del espanto.
La mucha luz alaba su inocencia.
El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro
Cuerdas de los silencios más eternos.
Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?
Se acerca Dios en pilchas de loquero,
y ahorca mi gañote
con sus enormes manos sarmentosas;
y mi canto se enrosca en el desierto.
¡Piedad!

De Molino rojo (1926).

Mañana de sol

Tañía el sol sus llamas
en los cántaros húmedos del viento
de rocío y paisaje
que alargaba el elástico sendero.
Desentumecimientos.
Carnes del trigo;
espigas en mis manos.
Jadean los aromas;
temblequea cual besos los caminos.
Silencios verdes de los bosques rojos
apretados de gozo y alegría.
¡Enloquece en mis ojos la mañana!

De Molino rojo (1926).

Tarde violeta

Cae de bruces un silencio frío
en el ocio violeta de la tarde.
¡Perplejas añoranzas!
Se tuercen las paredes de mi estancia.
Ronronean las luces como gatos.
El caserío soñoliento
engrisa las campanas.
El viento tiene los pies desnudos.
Se ensordece la tarde
arrastrándose, lentamente.
¡Perplejas añoranzas!
De reojo me miran los sarcasmos.

De Molino rojo (1926).

Sub-drama

Desolaciones.
Altos silencios
que balancean sus cabezas truncas
esencialmente.
Han caído mis esperanzas
como palomas muertas.
Desbandes.
El canto de mí mismo se alucina.
Cristales rotos.
Murga carnavalesca.
¡Las risas rojas!
Cifras desafinadas y arbitrarias;
¡El dolor más eterno!
Me trasvasa el espanto sus caminos.
Pavor de candelabros;
Romance de agonía.
¿Quién soy?
Ha perdido su espacio
completamente el universo.
Se cierran las estrellas en mis ojos.
Nadie y nada.
Terribles apariencias
aplastan el cristal de sus sarcasmos.
Pasa un convoy de brujas caprichosas;
cuelgan mis extensiones deformadas.
Mi corazón es una isla roja
en que destacan sus banderas negras
los días de mi anhelo.
Las miradas ardientes de mis ojos,
¿En qué se apoyarán mañana?
Canciones de mi ser,
hemisferios de dicha,
volúmenes de aromas
¿En qué tambor de soles
se agitarán mañana?
Orientes y Occidentes.
Se quebrarán mis ejes.
Lo sé.
¡Llueve sin latitud el dolor más eterno!
Han caído mis esperanzas
como palomas muertas.
Pavor de candelabros; romance de agonía.

De Molino rojo (1926).

Madurez

Soles ancianos;
madura el horizonte en los caminos.
Tu piedad es alondra en mis mañanas.
¡Hazme nuevo en los cantos de tu vida!
Mi sueño es un aroma
gris y ya viejo de sí mismo.
¡Ah, cómo son de tristes las madureces!
Mi soledad es pura,
como un desierto
lavado en las estrellas;
alta cual la montaña
en que resbalan mis espantos.
Todas las albas de la eternidad
dejáronme las huellas de sus anunciaciones;
pero mi sueño es gris y viejo.
¡Madura el horizonte en los caminos!

De Molino rojo (1926).

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