Leica Format: Identidades en puntos fuga

Escribe | David Marroquí Newell


Editorial: Automática Editorial (2021)
Nº de páginas: 408
ISBN: 978-84-15509-67-7
Autora: Daša Drndić
Traductor: Juan Cristóbal Díaz
Prólogo: Miguel Roán
Idioma original: croata

 

Podría salir de viaje a cualquier lugar: llevaré mi ciudad en la maleta y en las arrugas de mis facciones, como errores patentes; en aquellas he envejecido y de estas no me puedo liberar, ya no soy capaz de distinguir entre ella y yo mismo.

György Konrád

Una ciudad, antigua, vieja, con historia entre sus pliegues y sabor a Mediterráneo, en concreto a la extremidad del Mediterráneo desplegada hacia el Adriático, allí donde la complejidad de la vida se entrecruza con su propia belleza, en su estilo más puro, incluyendo la faceta más cruda de la especie humana. Aquí ocurre el amor, el cariño, los horrores, la enfermedad. A ella llegamos, a la orilla de sus edificios y a la sal de sus ventanas siendo quien creemos que somos, siendo alguien, pero que tal vez no tengamos ni un atisbo de idea siquiera en nuestro interior de lo que vemos en el espejo, que tal vez llevemos una ciudad a la nueva ciudad; una ciudad que se refleja en nosotros mismos y es reconocible en otras ciudades.

Me resulta difícil describir una obra como Leica Format. Más allá de hablar de su compleja brillantez a la hora de agarrarnos de la mano y llevarnos por el paseo laberíntico resultado de sus páginas, es difícil aferrarse a una idea concreta. Estaba asustado, lo reconozco, cuando a mitad del libro me preguntaban de qué trataba y no sabía responder más allá que vagas apreciaciones o impresiones. «No tengo ni idea», era mi habitual respuesta; y sinceramente, no la tenía. El día que la dichosa pregunta me cogía más elocuente, lograba balbucear alguna cosa en relación a párrafos que había leído recientemente. ¿Pero cómo podría escribir sobre un libro en el que, habiendo ya cruzado su ecuador, no tenía ni la más remota pista de lo que contenía en su interior? Y he ahí la magia de Daša Drndić: repentinamente lo ves todo claro y comienzas a entender.

Leica Format, a partir de su extraño nombre, nos está marcando el camino. Para los no duchos en materia fotográfica, el formato Leica es el nombre que comúnmente se le da a un formato concreto de película o sensor de imagen dentro del mundo de este arte. Daša Drndić tiende a poner nombres a sus libros en diferentes idiomas, nombres que no puedan ser modificados o no tenga sentido hacerlo en las diversas traducciones que puedan surgir de él. Es muy precisa y le gusta la precisión en el lenguaje, algo que se va a apreciar a lo largo de la novela. Por tanto, teniendo esto en cuenta, aunque parezca que el nombre nada tiene que ver, sería fútil pensar de esta manera. Estimo que se puede entender este nombre como una alusión al propio formato del libro. A caballo entre lo autobiográfico, el ensayo y la novela, Leica Format se entiende si se mira desde una perspectiva fragmentaria, como si de fragmentos fotográficos se tratasen, dispuestos a la medida de la historia; o tal vez me equivoque, y realmente responda a un elemento aleatorio introducido por Daša Drndić, cosa que tampoco sería realmente descabellado. Igualmente, dejo mi propuesta interpretativa a juicio de los lectores y lectoras.

Al comienzo del libro, la autora plantea una pequeña historia de una mujer, madre de familia que, de buena mañana, abandona su vida, dejando atrás todo lo que tiene, y se marcha de una ciudad situada en el norte de Europa a otra al borde del Mediterráneo. Cambia de nombre y de oficio, borra todo su pasado e inventa otro para comenzar una nueva vida en la que se sienta más cómoda, más acorde con su nueva identidad. En esa vida, en ese nuevo «yo», dicha mujer se labra una carrera de éxito; pero en un momento dado, alguien reconoce que no es quien dice ser, que ella es otra persona, devolviéndola a su antigua vida, a su antigua familia, a su antigua identidad, borrando de un plumazo esta nueva a orillas del mar.

La pregunta es sencilla: ¿somos quienes decimos ser? ¿Es una la identidad? ¿Se forja, se inventa o la tenemos, digamos, de serie? ¿Se muestra a merced de cómo nos ven los demás o de cómo nos vemos frente al espejo? En mi opinión, éste es el principal motor del libro: la identidad. No hablamos de una cuestión en absoluto banal, por supuesto, pero lo es aún menos si la miramos desde la posición desde la que escribe Daša Drndić. Nacida en Zagreb en 1946, al poco de acabar la Segunda Guerra Mundial, Daša se cría en la República Federativa Socialista de Yugoslavia, un país compuesto de diversas regiones y repúblicas en la que convivían diferentes etnias y lenguas pero que, por las mismas fechas en las que está ocurriendo la disolución de la URSS, se va a acabar rompiendo de manera dramática. Para conocer en detalle las claves de esta novela, no nos viene nada mal saber gran parte del fondo de esta cuestión.

Nuestro personaje principal, que sería la narradora de la historia, la cual podríamos identificar con la propia autora —sin hacerlo del todo, ya que hay un gran porcentaje de autobiografía que vertebra la narración— nace en Croacia pero desarrolla su vida adulta y profesional en Belgrado, Serbia, ciudad donde, cuando comienza a degradarse la situación y convivencia social, empiezan a surgir tensiones cotidianas motivadas por los movimientos ultranacionalistas que van surgiendo en el seno de Yugoslavia y que a la postre van a determinar el estallido de la guerra y la crudeza de la misma. Estas tensiones se van a apreciar durante la obra en diversas situaciones y llevarán a nuestra protagonista a sentirse como una extranjera en su propia tierra. En Belgrado se la empezará a ver como croata, y por ello se marcha a Rijeka, ciudad donde se sitúa la mayor parte de la historia. Aquí, en cambio, la van a considerar serbia. Una anécdota interesante que puede reflejar este conflicto es la que sucede con los libros cuando llegan invitados a su casa:

Me he comprado un nuevo memorias de Adriano, en croata; el que perdí estaba en serbio y tal vez sea mejor que haya desaparecido, pues algunos cuando casualmente se fijan en mis libros se estremecen al distinguir el cirílico. De hecho, según ha pasado el tiempo, se han ido estremeciendo menos; antes lo hacían con una violencia irracional, por lo que una vez mi hija, entonces menor de edad, decidió volver los lomos de su Enciclopedia Infantil en seis tomos de cara a la pared coma, y luego los cubrió con una blonda de encaje de la isla de Pag.

Ya estamos desgranando dos cuestiones fundamentalmente engarzadas: la lengua y la identidad. No pueden existir la una sin la otra. Creo que la precisión de Daša Drndić en la utilización del lenguaje tiene una imbricación fuerte con todas estas cuestiones. Profundizar en la cuestión lingüística de la antigua Yugoslavia va más allá de nuestro ámbito y corremos el peligro de patinar indecentemente, pero sí podemos mencionar que la cooficialidad la ostentaban el serbocroata, el esloveno y el macedonio, y para lo que nos ocupa, debemos comentar que la lengua hablada, tanto en Croacia como en Serbia, era el serbocroata. En busca de una mayor diferenciación entre croatas y serbios, ambas lenguas se separan, pero la diferencia entre el croata y el serbio es prácticamente mínima, la mayor parte consta de típicas variaciones localistas que se pueden dar en una misma lengua. La otra diferencia es en la escritura: el croata se escribe con alfabeto latino, mientras que el serbio, en cirílico. Una de las diferencias identitarias más importantes entre las etnias yugoslavas es la religión, determinante en la mayoría de los casos para determinar la nacionalidad. Los croatas son cristianos católicos, los bosnios, musulmanes, y los serbios, cristianos ortodoxos.

Una chica comenta que un profesor asegura que no se dice «error», sino «yerro» o eventualmente «erro». «Error es serbio —afirma el profesor— y yerro, croata —y añade—: compruébelo en el diccionario ortodoxo y lo verá». (…) «¿Pero existen los diccionarios ortodoxos?». La otra chica dice que no sabe, y en caso de que existan diccionarios ortodoxos, existirán también diccionarios católicos, «¿o no?», a lo que la primera aclara que los diccionarios católicos no existen y que eso es una idiotez supina.

Este fragmento relata excelentemente lo que comentamos en el párrafo anterior, además de posicionar a la narradora frente a todo ello. Daša Drndić se considera yugoslava; no sé si serbia o croata, pero sí yugoslava, y por ello hace duras críticas a las fuertes corrientes ultranacionalistas. En las siguientes líneas, se comenta lo siguiente:

(…) un tal Aleksandar también enerva al profesor por el hecho de llamarse así, hasta el punto de que el profesor le espetó al propio Aleksandar: «Colega, usted tiene un nombre bizantino».

Lo bizantino, de nuevo, se asocia con lo ortodoxo, ya que Bizancio era la madre del cristianismo ortodoxo, protectora de la fe, que posteriormente heredaría Moscú, fuerte aliado histórico de Serbia. El relato está plagado de este tipo de anécdotas en las que podemos apreciar las fuertes tendencias identitarias que latían dentro del pueblo yugoslavo y que aflorarían con fuerza a finales de los años ochenta. Daša Drndić hace una fuerte crítica explícita a los discursos nacionalistas y a ciertas figuras públicas que los fueron alentando para construir sus propios proyectos políticos al margen de la unión de los pueblos yugoslavos y socavándola internamente.

Otra peculiaridad de Leica Format está en la forma. La novela es una mezcla de personajes ficticios con personajes reales. En una serie o cadena de sucesos fragmentarios, nos muestra a pinceladas la complejidad cultural de la zona y cómo va quedando tras los diferentes conflictos que allí se viven. La novela no sólo nos remiten a ese legado cultural que queda tras la disolución de Yugoslavia, sino que también nos habla sobre los últimos coletazos del Imperio Austrohúngaro, los periodos posteriores a ambas guerras mundiales y su correspondiente entreguerra. La forma de hacerlo es a través de diversas digresiones que se ramifican desde el tema principal, formando un conjunto continuo de analepsis y prolepsis.

Dentro de todo esto, podemos encontrar, también, desde un tratado médico de historia de la sífilis, cuestión curiosa y bastante interesante, hasta fuertes críticas a la ciencia occidental y a la experimentación con humanos. Podríamos considerar que esto es otro de los temas de la obra. Ni siquiera me atrevería a decir que es un tema secundario, dado que ocupa una gran parte de la narrativa de Leica Format; esto está también vinculado, en cierta manera, con las identidades. Daša Drndić se ha pronunciado más de una vez mostrando la preocupación o denuncia sobre cómo en nuestra memoria permanece siempre el nombre de aquellos que perpetraron crímenes contra la humanidad pero, en la mayoría de las ocasiones, sus víctimas yacen en el anonimato. En Leica Format, Daša utiliza las voces y el relato de víctimas del nazismo y de los ustachas —los homólogos de los nazis en Croacia— para denunciar, no solamente los horrores de estos regímenes criminales, sino también cómo la ciencia, tanto antes como después, se ha aprovechado de estos experimentos o ha seguido experimentando ignominiosamente con humanos, en muchos casos niños, enfermos mentales o sujetos que suelen vivir situaciones de extrema necesidad o marginación social. Podemos, pues, encontrar en esta novela, incluso, una cronología documentada de la experimentación científica en humanos con fines médicos en occidente a lo largo de la historia hasta llegar a nuestros días; o simplemente cómo la humanidad se ha aprovechado de todos esos crímenes, de manera continuada y sistemática en beneficio propio, como conjunto, o a veces, en beneficio privado.

Como digo, todo eso no tiene sentido hoy. ¿Y qué si tomé 1400 cadáveres, 1377 para ser precisos? Era gente muerta, estaban condenados, la Gestapo los asesinó y a mí me hacían falta modelos para mi atlas.

Todo se desarrolla dentro de un marco principal, que es la ciudad de Rijeka. Prácticamente, la ciudad va a funcionar como marco y como un personaje más. En diversas ocasiones, Daša va a dotar a la ciudad, en su conjunto, con sus habitantes, edificios y su propia idiosincrasia, como un organismo vivo que evoluciona a lo largo del tiempo, desde época austrohúngara hasta la actualidad, evidenciando sus cambios y la visión que transmite en cada época, haciendo, además, en síntesis, una crítica a todo lo mencionado, y vemos como de una ciudad cosmopolita, con una gran variedad de idiomas, entre ellos una influencia fortísima del italiano, una ciudad con carácter y vivaz, a una ciudad que se ha ido cerrando poco a poco, y sobre todo de golpe, con la disolución de Yugoslavia y la aparición de los ultranacionalismos, convirtiéndola en una ciudad triste, con unos ciudadanos siempre en tensión, en guardia, vigilantes, y encerrados en sí mismos y dentro de los muros de la ciudad.

Me gustaría terminar con una cita de Italo Calvino, de su obra Las ciudades invisibles, por un lado, porque es una cita que aparece en el propio libro. Leica Format es una obra que tiene las páginas plagadas de otras citas de autores que tienen mucho que ver con la ciudad y la manera de verlas, y de entre esas obras, Las ciudades invisibles tiene varios fragmentos desperdigados por la novela. Por otro lado, porque explica muy bien, para cerrar, uno de los aspectos más importantes también del libro, que es la relación de la narradora con la ciudad, en este caso con Rijeka, y las diferentes perspectivas que pueden sugerirnos un lugar dependiendo de nuestra procedencia de origen, de nuestra identidad.

La ciudad es una para el que pasa sin entrar, y otra para el que está preso en ella y no sale; una es la ciudad a la que se llega por primera vez, otra la que se deja para no volver; cada una merece un nombre diferente.

Italo Calvino, Las ciudades invisibles

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