Un idiófono para la danza y la literatura

Escribe | Lucas Quiroga


Idiófono de Amy Fusselman

Editorial: Chai Editora (2021)
Nº de páginas: 128 páginas
ISBN:  978-987-47283-8-8
Autora: Amy Fusselman
Traductora: Virginia Higa
Idioma original: Inglés

Nicanor Parra escribió: «Todo lo que se mueve es poesía/Todo lo que no cambia de lugar es prosa»; frase moderada, aunque certera en su consecuencia. Pero, ¿qué ocurre cuando los límites de los géneros se ponen en jaque debido al desarrollo de una obra cuyo fin es correr un riesgo frente a lo convencionalmente posible de las formas? ¿Qué ocurre cuando poesía y narrativa conviven en un mismo espacio? Les respondo: literatura. De manera que, Idiófono (2021) de Amy Fusselman es un libro que es posible definir como un objeto literario no-identificado. Pues no es necesariamente un libro de «poesía», ni tampoco un libro narrativamente convencional. No es no-ficción, ni tampoco hace hincapié en el género fantástico en su totalidad. No es realismo, ni tampoco el diario personal de una poeta. Idiófono es ante todo una propuesta interesante.

El libro editado por CHAI Editora y traducido por Virginia Higa hace en primera instancia honor a su definición de manual. Pensando en la definición realizada por el sistema de clasificación Hornbostel-Sachs un Idiófono es «un instrumento musical que produce sonido a partir de su propio cuerpo». Es decir, el cuerpo del instrumento es el mismo material de resonancia que produce el sonido. De este modo, es posible reconocer que Amy Fusselman constituye un libro en dónde las palabras, como las notas musicales, resuenan calando hondo en la circunferencia del alma de cada lector. En efecto, cada una de las palabras posee su correspondiente vibración, su dinámica personal, su gravedad y también su repercusión: es en este basto terreno el que trabaja la poeta. Un terreno en conflicto, pero que intenta ser una zona segura: un terreno en el que las palabras marcan el ritmo, en dónde el espacio, la respiración y la estabilidad oscilan constantemente como una suave danza que aumenta en intensidad a través de cada página. Pues «la emoción», dice la danza a la literatura, es en efecto, una sintaxis corporal, un cuerpo articulado en el tiempo y el espacio por el ritmo discreto (pero sagaz) del lenguaje.

En Idiófono hay una certeza, como ha reconocido Inés Busquets: «Cuerpo, movimiento, espíritu, música se conjugan para enfrentar los miedos del mundo». Notamos de este modo que Amy Fusselman propone una conjugación del contenido para transformar la forma. En consecuencia, Idiófono es un texto que puede ser considerado como un híbrido, un libro hecho de preguntas, así como también de un profundo juego intertextual, donde las metáforas conviven con aspectos biográficos, donde el realismo, la danza y la ficción rozan los límites entre sí.

La autora traza un recorrido desde el origen de El Cascanueces; así como, también, desde la representación de E.T.A Hoffman hasta Alexandre Dumas, desde las obras de ballet de Vsevolozhky, pasando por las de Petipa o de Ivanov hasta las de Tchaikovsky. Sin embargo, El Cascanueces y sus múltiples representaciones no es el centro mismo del libro, sino una excusa para profundizar en un malestar humano, con problemáticas tan presentes como marginales: la maternidad, las adicciones, la inconsciencia, el alcohol, las relaciones interpersonales, las ambiciones, las necesidades. Incluso, la imaginación y la escritura, pues, en fin: ¿Por qué escribir y para quién se escribe?

Muchos de los temas que trata la escritora representan una osadía, y no solamente por lo que trata, sino cómo los trata: la fórmula que ella utiliza es romper con la pretensión, como así también con lo finitamente posible del lenguaje. Idiófono representa una osadía frente a la muerte en sus múltiples apariciones, ya sea esta la de los géneros, de las definiciones, de las adicciones, de las relaciones y/o de las repeticiones. La muerte en sí vista como un fuerte disparador creativo, que en su expresión última niega por completo la redención. Pues, tal como escribe Fusselman: «¿No es osada una obra de arte en la que nos reímos de la muerte? ¿No es osada una obra de arte que no ata prolijamente todos los cabos sueltos al final; sino que, en cambio, los abandona para algo mejor?».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *