«Emancipación», un relato de Aimee Phan sobre la Operación «Babylift» en español

Traducen | Paula Chaves y Verónica Mastrodonato


Aimee Phan

La escritora vietnamita-estadounidense Aimee Phan, autora de We Should Never Meet (2005).

 

Aimee Phan nació y creció en el condado de Orange, California. Egresó con una Licenciatura en Filología Inglesa de la UCLA y una maestría en escritura del Iowa Writers’ Workshop.

Es autora de dos libros para adultos, We Should Never Meet (2005) y The Reeducation of Cherry Truong (2012), y de una novela de fantasía para jóvenes adultos, The Lost Queen (2025).

Ha recibido becas y residencias de la NEA, MacDowell Colony, el Centro Bellagio de la Fundación Rockefeller, Djerassi y Hedgebrook. Sus obras han aparecido en The New York Times, Time, USA Today y CNN.com, entre otras publicaciones.

Aimee Phan se desempeña como profesora de escritura y literatura en el California College of the Arts en San Francisco. Reside en Berkeley, California, con su familia.

Sobre la Operación Babylift y We Should Never Meet (2005)

Hija de una trabajadora social en el barrio de Little Saigon, Aimee Phan se impregnó de la realidad de los huérfanos vietnamitas evacuados en la Operación Babylift, que aconteció antes de la caída de Saigón, en Vietnam, en 1975. Inspirada por estas vivencias e historias de vida, en We Should Never Meet crea personajes y los sitúa en lugares de Vietnam y Estados Unidos. Así, contextualizó los relatos en las etapas de pre-evacuación, evacuación y post-adopción.

La Operación Babylift, planificada por el presidente estadounidense Gerald Ford en 1975, junto con los gobiernos de Canadá y Australia, tenía como objetivo evacuar a alrededor de 3.000 niños amerasiáticos, en su gran mayoría, concebidos por padres estadounidenses militares y madres vietnamitas. El 4 de abril de 1975, despegó la primera aeronave, con aproximadamente 330 pasajeros, de los cuales la mayoría eran bebés y niños. En We Should Never Meet, la autora presenta este evento en el cuento «Bound». Por desgracia, este vuelo nunca llegó a destino. Debido a un desperfecto, la aeronave impactó pocos minutos después de su despegue. En ese trágico incidente, la mayoría de los niños y del personal sanitario y de la fuerza aérea fallecieron. Solo unos pocos lograron sobrevivir. Aunque ese día se canceló la operación, luego siguieron saliendo vuelos de la Operación Babylift.

En esta evacuación forzada, muchos infantes fueron llevados a Estados Unidos, uno de los países de destino, y terminaron en casas de acogida a la espera de ser adoptados. Algunos de los cuentos de Phan están ambientados en Little Saigon (California) y relatan, a través de las voces de los adolescentes amerasiáticos, la dificultad para adaptarse a una cultura, foránea para ellos, y la búsqueda de una identidad que les fue sustraída. En la actualidad, esta operación sigue despertando controversias. Algunos de estos niños no eran huérfanos, tenían una familia de la que fueron separados por la situación bélica. De algún modo u otro, todos debieron enfrentar la brecha entre su vida en los países de acogida y su herencia vietnamita.


«Emancipación», un relato de We Should Never Meet

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NUNCA CONOCÍ A MI padre y apenas me acuerdo de mi madre. Cuando tenía cinco años, me hicieron subir a un bote junto con otros cuarenta y ocho refugiados para escapar de Vietnam. Permanecimos tres semanas a mar abierto, casi muertos de hambre, hasta que un buque naval noruego rescató nuestro bote podrido y agujereado por el agua. Desembarqué en los Estados Unidos sin familia, sin dinero y sin casa. En el centro de refugiados, me etiquetaron como a una menor sin acompañante y me asignaron un hogar de acogida. Desde entonces, he permanecido en uno.
.         El ambiente circundante estaba tenso a su alrededor. La estática en el micrófono. La tos ocasional y el movimiento de las sillas metálicas plegables. La fricción de sus zapatos contra el piso del gimnasio sudoroso. Le faltaba el aire y necesitaba tragar al final de cada oración. Si ella levantaba la mirada, vería los rostros de los asistentes, se daría cuenta de qué pensaban y no podría terminar.
.         A Mai no le gustaba que la miraran. Se destacaba por sus estudios, no por su apariencia. Cuando las personas se quedaban mirándola, pensaba que no estaba a la altura y Mai odiaba sentirse inadecuada, en especial, para cosas fuera de su control. Hacía mucho que ya no trataba de verse linda. Había reinvertido su tiempo y esfuerzo para lograr ambiciones más realistas.
.         El mejor ensayo de admisión al college se premiaba con una beca de quinientos dólares y la lectura en la ceremonia de premios para estudiantes del último año. Mai no supo respecto de lo último hasta después de haber ganado. Una cosa era que los comités de admisión leyeran su declaración personal y otra, exponerla ante sus compañeros de último año.
.         No deberías disculparte por haber tenido una vida difícil, le dijo su profesora de inglés AP, la Sra. Ward, cuando Mai dudaba sobre leerla. Has superado muchas cosas desde muy joven y deberías estar orgullosa de eso.
.         En septiembre, la Sra. Ward había instado a los estudiantes a elegir temas únicos para sus declaraciones personales, historias que los destacaran del resto de los aspirantes. A los colleges les gustaban los ensayos sobre el triunfo frente a la adversidad y el aprendizaje de valores importantes a partir de una lección de vida. Esta sección de la admisión no se calificaba con un número o una letra. Debían sacar ventaja de esto. Muchos estudiantes tenían dificultades para que se les ocurriera algo sobre lo cual escribir. Mai no las tuvo.
.         Sin embargo, Mai no estaba satisfecha con su primera versión. Al principio, sonaba bien en papel: una refugiada huérfana de cinco años alojada en hogares de acogida durante toda su vida. La verdad era que a los nueve años de edad, una vez en casa de Karen y Sherman Reynolds, se le permitió tener una infancia, no como a sus hermanos y hermanas de acogida. En última instancia, algo bueno, pero no si intentas ser admitida en Ivy League School. Su situación se había vuelto tan afortunada, que no tenía nada sobre lo cual escribir. Resultaba extraño darse cuenta de que su vida necesitaba ser peor para valer algo.
.         Así que decidió sacarle partido. Ante el recuerdo de la compasión proyectada en ella a lo largo de su vida, Mai escribió sobre su nostalgia por su madre fallecida y su país natal y su decisión de volver a Vietnam algún día y ayudar a sus antiguos compatriotas. Aunque al principio le costó mucho exagerar sus sentimientos, Mai se dejó llevar por las ganas de embellecer el texto. Tal vez, sí lo pensaba así, consideró Mai mientras
admiraba la copia final. La Sra. Ward estaba muy emocionada tras su lectura, casi lloraba, lo que alejó cualquier duda de Mai sobre su consistencia.
.         El aplauso y las sonrisas empáticas finales mostraron que los asistentes también lo pensaban así. Mai asintió con firmeza cuando el director Baldwin palmeó su hombro. En su presentación ante el público, él había mencionado con orgullo todas las universidades que ya la habían aceptado, las becas que le habían ofrecido, de algún modo la mostraba como una chica con suerte y grandes oportunidades. Quizás quería elogiarla, pero las palabras tocaron su ego. Suertuda. Afortunada. ¿Había hablado con el consejero escolar? ¿Sabía que Mai todavía esperaba su admisión en Wellesley? ¿Pensaba que ella era desagradecida? No se trataba de suerte. Sí, una vez había sido una pobre niña huérfana, pero se había ganado esto. Desde la escuela secundaria, había trabajado para asegurarse el futuro que otros niños habían heredado.
.         Los Reynolds eran fáciles de encontrar, Sherman, con su cola de caballo pelirroja, y Karen, con su cabello gris rizado. Desde la tercera fila en el sector derecho, la saludaron. Mai había intentado desalentarlos de asistir. Habían tenido que pedir permiso en sus trabajos pues era al mediodía. Tampoco estaba segura de cómo reaccionarían a su ensayo. Aun así, ellos insistieron, sobre todo por tratarse de una ocasión especial. En cuanto Mai se acercó a los Reynolds, Karen abrió sus brazos con un pañuelo en una de sus manos.
.         No tenía idea, le susurró al oído Karen a Mai cuando se abrazaron. Eso fue hermoso[1].
.         Es solo un ensayo, aclaró Mai. Ellos la miraban asombrados por lo que habían revelado esos veinte minutos, y no los nueve años anteriores.
.         Estamos muy orgullosos de ti, aseguró Sherman.
.         Los estudiantes salieron del auditorio, despacio y sin ganas de volver a clases. Mai se sentó en una silla plegable vacía. ¿Ha llegado el correo?, quiso saber.
.         Karen negó con la cabeza. Sabes que te diríamos si llegara algo.
.         Por supuesto, la primera opción de Mai resultaba ser la última universidad en responderle. Ahora, estaba en lista de espera en Wellesley. Le habían respondido que le comunicarían la decisión sobre la admisión y la ayuda económica dentro de algunas semanas. Eso había sido dos meses antes. Desde ese momento, Mai había revisado en su cabeza la admisión una y otra vez, en búsqueda de algún error que la hiciera permanecer en este limbo miserable. Sin ser adinerados, los Reynolds vivían en un buen distrito escolar, con uno de los colegios secundarios más competitivos del condado. La certificación académica de Mai era impecable: honores y clases de AP, muchas A y A menos, con solo algunas B más en las ciencias, pero ella solicitaba admisión en un major en humanidades. Sus actividades extracurriculares (gobierno estudiantil, anuario, atletismo) obtuvieron menciones y premios. A pesar de no haber podido costear los cursos de preparación para el SAT, obtuvo un puntaje por encima del promedio de los aspirantes a Wellesley. Los profesores que escribieron las cartas de recomendación la adoraban. Solo faltaba la declaración personal.
.         No pensemos en eso hoy, propuso Sherman y le apretó el brazo con cariño. ¿De acuerdo? Es tu cumpleaños. Tenemos que celebrar.
.         No es para tanto, acotó Mai.
.         Tonterías, replicó él. Cumplir dieciocho es algo trascendental. La adultez. Nunca lo olvidarás.
.         ¿A qué hora terminará la cena con tus amigos?, indagó Karen.
.         Ustedes no tienen que hacer nada especial para mí, sostuvo Mai.
.         Sabemos que no tenemos por qué hacerlo, admitió Sherman con una sonrisa. Pero ya hice la torta. Sería muy descortés de tu parte si no nos consientes una vez más.
.         Era una tradición de los Reynolds. Para cada cumpleaños, se preparaba una torta casera desde que Mai se había mudado con ellos. Mai recordó la primera vez que conoció a los Reynolds, su asombro de descubrir que eran blancos y vegetarianos. Al principio, pensó que la trabajadora social la había puesto ahí de puro enfado. Mai no sabía cómo se sentía un hogar seguro y genuino.
.         Llegaré a casa a las diez, afirmó Mai. A las once como mucho.
.         No puedo creer que pronto te irás al college, se admiró Karen.
.         Desde el otro lado del gimnasio, la amiga de Mai, Tiffany, le sonrió y la saludó. Tiffany ya había sido admitida en Wellesley. Planeaban compartir la habitación.
.         Yo tampoco, subrayó Mai.
.         Se despidió de los Reynolds en la playa de estacionamiento. Acordaron que estaría en casa a las diez de la noche para compartir la torta y recibir los regalos. Su mirada escudriñó el sector reservado para los estudiantes, lleno de todocaminos e importados, lo más seguro, heredados de sus padres o regalos de cumpleaños.
.         A Mai nunca le gustaron los cumpleaños. Odiaba la atención, el escrutinio y el juicio, razón de ser de los cumpleaños. Existía una expectativa por pasarla bien que a ella le molestaba. Para Mai, hacer que el día fuera especial y glorioso significaba demasiada presión, la probabilidad de un fracaso inminente. Luego, la persona se quedaba solo con la decepción. Mai tenía cosas más importantes en qué pensar. No podía preocuparse por hacer que un día valiera la pena.

 

Enfrente del campus, Kim la saludó y, sin preocupación alguna, se apoyó sobre un automóvil ajeno. Mai miró alrededor, esperaba que el dueño no estuviera cerca.
.         Kim aún vestía su uniforme de trabajo, su larga cola de caballo marrón colgaba de la parte de atrás de la gorra de baseball. Aunque sudorosa y cansada, Kim se veía linda. Mai se percató de su reflejo inadecuado en el vidrio y desvió la mirada.
.         Saliste temprano, comentó Mai.
.         No fue tan difícil. Kim la observaba. Entro más temprano los sábados. ¿Qué pasa?
.         Nada.
.         ¿Segura?
.         Mai asintió con la cabeza. Iba a pasar por el restaurante.
.         Me parecía. ¿Vas a algún lado?
.         No.
.         ¿Te quedas afuera?
.         Claro.
.         Caminaron en silencio hacia un parque que estaba a varias cuadras del colegio. Se tumbaron en el pasto y estiraron las piernas en frente de ellas.
.         ¿Qué pasa, Mai?, insistió Kim. Solo dilo.
.         Mai trató, pero siempre pasaba lo mismo cada vez que ella trataba de hablarle a Kim sobre sus planes para el college. La mirada de Kim se extraviaba, sus respuestas se volvían cortantes, su evidente desinterés y palpable desprecio se manifestaban sin disculpas. Era inútil. Mai se inclinó hacia adelante para atarse las zapatillas de tenis en el momento en que Kim se le acercó para correr un mechón de cabello de los ojos.
.         Solías ser muy pequeña, recordó Kim. Ya no más.
.         Pienso que todavía estoy creciendo. Tal vez crezca más que tú.
.         No me parece.
.         Kim era la amiga más antigua de Mai. Habían vivido juntas en varias casas de acogida y compartido una cama cuando no había suficientes. Dos años mayor, Kim era una hermana mayor para Mai que la protegía de la brutalidad de hermanos sustitutos y padres sustitutos.
.         Pese a que Mai había encontrado un hogar con los Reynolds, Kim nunca lo encontró. Nunca había permanecido en un lugar más de dos años. No se suponía que fuera así. Kim estaba hecha para tener más suerte. Llegó a los Estados Unidos como parte de la evacuación Babylift y pronto fue adoptada por una familia estadounidense. De todos modos, la familia la devolvió, algo relacionado a no darse cuenta cuán difícil sería criar a una niña extranjera. Los servicios sociales pusieron a Kim en un hogar de acogida, donde Mai la conoció.
.         Más que a Karen y a Sherman, Mai iba a extrañar a Kim una vez en el college. Sus padres sustitutos estarían bien sin ella, pero no estaba segura de Kim. Se había tomado su primera separación muy mal. Una de las pocas veces que Mai la había visto llorar fue el día que la trabajadora social, la Sra. Luong, los había separado: Kim, Mai y Vihn, el niño que había estado con ellas desde el principio. A Mai no le importó separarse de Vihn. En cambio, sí lamentó dejar a Kim.
.         ¿Los Reynolds te regalaron algo?
.         No lo sé.
.         Lo harán, vaticinó Kim. Siempre lo han hecho. Miró alrededor del parque y posó su mirada sobre dos niños que se empujaban el uno al otro en los columpios. ¿Piensas que te van a extrañar?
.         ¿Extrañarme?
.         Sí.
.         Supongo. A lo mejor.
.         Creo que sí, se aventuró Kim.
.         Bueno, van a recibir a otro niño sustituto después de que me vaya.
.         ¿De verdad?
.         Sí. Mai tironeó una champa de pasto. No es para tanto. También tuvieron a otro niño antes que a mí.
.         Sí, pero ustedes han sido muy cercanos, observó Kim. ¿Qué es eso? Con su pie, empujó la mochila deformada de Mai, en la que el premio estaba metido a presión.
.         Nada, replicó Mai.
.         ¿Obtuviste otro premio?, dijo Kim en voz alta. A ver, son buenísimos. Muéstrame.
.         De mala gana, Mai sacó el premio. Kim lo sostuvo con ambas manos y manchó con sus huellas la placa enchapada en oro. Nunca me mostraste tu ensayo.
.         ¿De verdad? Mai le sacó el premio y lo puso de nuevo en su mochila. Pensé que sí.
.         No. Trae una copia a la cena de esta noche.
.         Mai se incorporó un poco. ¿Tenemos una cena?
.         ¿Acaso no la tenemos?
.         Pero… nunca hablamos de eso.
.         Kim se dio la vuelta y miró a Mai. Pensé que se daba por sentado.
.         Yo… yo no sabía. Ya más o menos hice planes.
.         ¿En serio?, entornó los ojos Kim. ¿Con quién?
.         Huan y Tiffany. Huan está en casa por las vacaciones de verano y me han invitado a cenar.
.         Oh, volvió a tirarse de espaldas Kim y contempló el cielo despejado.
.         Kim, dijo Mai.
.         Kim la miró, el mentón elevado, la mirada penetrante. Mai odiaba cuando actuaba así. Con ese modo de mirarla la hacía sentir querida o innecesaria, según la situación. Mai no podía invitarla para que fuera con ella. Kim pensaba que Tiffany se reía demasiado. Tampoco soportaba a Huan. Mai los había presentado hacía ya un par de años, había pensado que se llevarían bien por ser ambos huérfanos de la Operación Babylift. Quizás, habían estado en el mismo avión. No obstante, Mai se había olvidado de una diferencia crucial. Los padres adoptivos de Huan lo habían aceptado. Kim le hablaba a Huan en vietnamita todas las veces que se lo encontraba y siempre aducía olvidarse de que él solo entendía inglés.
.         Vamos, instó Mai, mientras trataba de pincharle en las costillas.
.         ¿Qué?, inquirió Kim a la vez que le corría la mano. Tienes planes con tus otros amigos. Vale.
.         La cena no va a durar mucho. ¿Quieres hacer algo luego?
.         No tienes que hacerlo.
.         Sí, quiero.
.         ¿Estás segura?
.         Sí.
.         Te conozco Mai. No me mientas. Nadie nunca te conocerá tanto como yo.
.         Lo sé.

 

La Sra. Luong le había adelantado a Mai que los Reynolds eran blancos.
.         Eso es bueno, afirmó. Su último niño de acogida era chino y le fue bien con ellos. Podrás practicar tu inglés y mejorar en el colegio.
.         Ya cohibida, Mai se escondió detrás de las piernas de la Sra. Luong. La puerta verde se abrió y sus caras sonrientes se asomaron. La imagen le resultó confusa: el largo cabello del hombre contrastaba con el corto de la mujer. Se veían muy jóvenes y delgados para ser padres sustitutos. Mai se aferró a la mano de la trabajadora social por instinto.
.         Demasiado incómodos para darse la mano y demasiado pronto para abrazarse, solo se sonrieron y saludaron con la cabeza en el momento en que la Sra. Luong los presentaba. Los Reynolds miraban sin reparos a Mai quien se movía nerviosa, examinaba alrededor el nuevo lugar, se acomodaba el pelo y se estiraba la remera. El escrutinio de los Reynolds llevó a Mai a reconsiderar las frustraciones que había padecido por ser ignorada en otras casas de acogida.
.         Los muebles lucían limpios y confortables. De inmediato, advirtió que no había televisor en la sala de estar. Le mostraron a Mai su habitación, su propia habitación con una cama doble, un vestidor y una mesita de luz y unos estantes. Ya había algunos libros acomodados en el primer estante. Les dio una mirada a todos. Eran para su edad.
.         Cuando Mai volvió a la sala de estar, supo que la Sra. Luong había estado hablando de ella. Las sonrisas de la pareja se habían desvanecido y las miradas, antes meramente cordiales, parecían ahora más intensas y apesadumbradas. Avergonzada, Mai colocó sus manos detrás de la espalda, esperaba que no le pidieran mostrar las muñecas como la trabajadora social lo hacía.
.         Demuéstrales que eres una buena niña, le había susurrado la Sra. Luong antes de marcharse.
.         Existían dudas, por supuesto. Nunca antes había estado sola en un hogar de acogida, menos aún, con una familia no vietnamita quien se alimentaba de comida extraña para Mai. Sin embargo, había una sensación de seguridad en esta casa que ella nunca había experimentado antes y se daba cuenta de que así se suponía que debía ser. El pasado había sido la aberración, lo malo, pero se había terminado.

 

Los padres de Tiffany eran copropietarios de un restaurante de comida de mar en Newport Beach, que ofrecía una vista panorámica del océano y del condado de Orange. Mai y sus amigos se sentaron a una mesa al lado de la ventana y brindaron con champán lleno de ginger ale. Se dividieron los pedidos de langosta, mahi-mahi y camarón, para probar todos los platos. Mai juntaba todas las migas de pan casi imperceptibles de su vestido y las colocaba con cuidado en la palma de su mano para dejarlas en la servilleta.
.         Para esta época, el año próximo, ya no nos haremos los adultos, comentó Tiffany.
.         Qué va, replicó Huan. Todavía viviré a costa de mis padres lo mismo que tú.
.         Pero no con ellos, acotó Tiffany. Estaremos del otro lado del país.
.         Huan miró a Mai. ¿Recibiste noticias de Wellesley?
.         Mai negó con la cabeza.
.         Todavía queda mucho tiempo, la alentó Tiffany. Mi hermano no tuvo noticias de Brown hasta casi junio.
.         Ambos le sonrieron, sus futuros asegurados, Huan en Brown y Tiffany admitida en Wellesley. Ellos habían ido a la misma escuela primaria privada antes de haber conocido a Mai en el colegio secundario. Mai conoció primero a Huan en la clase de Latín, los únicos vietnamitas de la clase. Huan y Tiffany ni siquiera se molestaron en completar los formularios FAFSA o en solicitar becas. Era muy fácil para ellos. No tenían ni idea de cuánto trabajo era hacer todo solo.
.         Apenas empezaron a buscar colleges, Huan y Tiffany habían convencido a Mai de considerar la Costa Este, no solo por la educación sino por la posibilidad de vivir en otro lado. Crecer no se trataba solo de clases, sino también de experiencias de vida y además, ellos ya habían vivido en California. Desde su huida de Vietnam, Mai nunca había salido del estado. Cuando les comentó a los Reynolds sus aspiraciones sobre el college, Karen la motivó para que aplicara a Wellesley. Le mostró a Mai los viejos anuarios del college y rememoró la atención especial recibida por ser una institución pequeña. Mai miró las fotografías un poco descoloridas de mujeres jóvenes sonrientes y le fue fácil imaginarse un hogar ahí.
.         Por suerte, vivenciaremos el cambio de las estaciones, celebró Tiffany y se acercó al plato de Mai para comer otro camarón. Deberíamos dar un paseo para ver el cambio de color en las hojas.
.         Ya tendré un coche para ese entonces, aseveró Huan. Podría pasar a buscarte a ti y a Mai y pasearíamos por la costa.
.         Las profesoras le habían recomendado, además, enviar solicitudes a algunas universidades más seguras en el estado y Mai así lo había hecho. Igual, confiaba en las instituciones privadas a las que había solicitado admisión y en las becas para minorías disponibles para financiarlas. Tenía los folletos de los colleges apilados y ordenados sobre su escritorio junto a los libros para mirarlos de vez en cuando, como una motivación más para continuar sus estudios.
.         Recibidos los resultados, Mai supo que debía haber sido más agradecida, pero no podía lidiar con su decepción. Aunque había obtenido la admisión en las mejores opciones tales como Sara Lawrence y Cornell, el paquete de ayuda económica que ofrecían no bastaba para cubrir los costos proyectados. Wellesley se presentaba como su última oportunidad.
.         Mi fraternidad financia un viaje de esquí a Vermont cada año, mencionó Huan. Nos alquilan un complejo de condominios para el fin de semana. Ustedes deberían venir.
.         ¿Nunca has estado en la nieve, cierto?, quiso corroborar Tiffany.
.         Mai no contestó, absorta en estrujar la tajada de limón de la copa de agua. El restaurante estaba iluminado con velas de té y luces de antorcha, que impregnaban las mesas con un destello anaranjado diáfano. Este era el lugar perfecto para cenas románticas, no para cumpleaños de estudiantes de secundaria.
.         En cuanto Mai levantó su rostro, se percató de que Huan y Tiffany se miraban de reojo, tal vez notaban que había hablado poco durante la cena.
.         Mai, ¿qué te pasa?, tanteó Huan.
.         No puedo hablar más sobre esto. Sé que ustedes están entusiasmados, pero no sé qué va a pasar el año próximo. Así que, no puedo realmente hacer planes para paseos y fines de semana de esquí.
.         No te preocupes, la consoló Tiffany. Vas a tener noticias de Wellesley pronto.
.         Tal vez no. Y aunque las tuviera, no sé cómo voy a pagar.
.         Vas a conseguir una beca. Y los Reynolds te ayudarán.
.         No, no lo harán.
.         Por supuesto que sí.
.         No. De verdad. Tengo dieciocho. Estoy oficialmente emancipada. No están obligados por el estado a mantenerme, ni siquiera a darme alojamiento mañana.
.         Mai nunca les había comentado sobre esto antes. Sabían muy poco sobre el sistema de acogida y ella siempre lo había preferido así. Tiffany y Huan quedaron mirándose. Mai quería gritarles que veía las miradas condescendientes compartidas entre ellos.
.         ¿No te van a dejar en la calle, cierto?, enfatizó Huan.
.         No. Pero no sé si volveré a casa para mis recesos escolares. Quizás, no haya una habitación disponible una vez que reciban a otro niño de acogida. No tienen más responsabilidades conmigo.
.         No se trata de responsabilidad, subrayó Tiffany. Ellos te adoran. Querrán que tú los visites.
.         Mai miró a través de la ventana las luces brillantes de la ciudad. Las laderas oscuras de los cerros donde se concentraba la riqueza del condado de Orange. Pronto, llegaría la torta, pero Mai estaba tan llena que no quería probarla. En especial, no quería que le cantaran.
.         La Sra. Luong le había comentado a Mai, ya hacía un tiempo, que los Reynolds estaban interesados en el sistema de acogida, no en la adopción. Querían ayudar a cuantos niños pudieran. Mai lo entendía, la mayor parte del tiempo. Sin embargo, había otros momentos en los cuales pensaba que les podía hacer cambiar de parecer. Hacía todo lo posible para demostrarles que sería una buena hija. Los escuchaba, nunca desobedecía las reglas de la casa y siempre respetaba el horario de llegada. Los Reynolds hablaban de lo orgullosos que estaban de Mai, de lo buena que era. Hasta ahí llegaba la admiración. Habían tenido muchos años para convertir a Mai en la hija legítima de la familia, pero nunca se había hablado de esa posibilidad.
.         Y si Wellesley me aceptó a mí, te tienen que admitir a ti también, alegó Tiffany.
.         ¿Por qué?, cuestionó Mai, ahora devolviéndoles la mirada a sus amigos.
.         ¿Bromeas?, intervino Huan. Tus notas son mejores que las mías. Además, leí tu ensayo.
.         Mai se acordó del ensayo para el college de Huan. Todavía guardaba una copia en algún lugar porque lo había usado como fuente de inspiración para escribir el suyo. Él hablaba sobre ser huérfano. Ella se sorprendió la primera vez que lo leyó, en especial, porque Huan nunca hablaba sobre lo que sentía respecto a ser adoptado. La autoridad de ese ensayo provenía de su sinceridad. El de ella no la tenía.
.         Es una ventaja que seas huérfana, le susurró Tiffany, acercándose a ella como si se tratara de un secreto terrible. Aunque sé que debe haber sido muy, muy duro. No hay manera de que te rechacen con lo que les has contado sobre tu infancia.
.         Necesitas tener fe en ti misma, le aconsejó Huan. Y relájate.
.         Para el postre, el camarero les trajo una porción de torta de tiramisú con una vela y la dejó frente a Mai. Ella observó la pequeña llama parpadeante mientras sus amigos y el camarero le cantaban «Feliz Cumpleaños». Le dijeron que pidiera un deseo. Sopló la vela.

 

Aquí está bien, indicó Mai cuando el automóvil se acercó a la orilla.
.         Huan miró el oscuro edificio de apartamentos con escepticismo. ¿Estás segura? ¿No te espero a que entres?
.         No, ¿ves justo ahí?, señaló Mai hacia arriba a una ventana iluminada. Sé que ella está en casa. Miró a Huan. ¿Quieres venir conmigo?
.         No me parece, desistió él. Gracias de todas formas.
.         Aparte de Mai, Huan no tenía otros amigos vietnamitas. Mai incluso se preguntaba si se hubieran hecho amigos en caso de no haberse presentado ella en la primera clase juntos. Huan se ponía muy nervioso alrededor de otros vietnamitas; solo mitad vietnamita y criado por padres blancos, estaba convencido de que no iba a saber cómo hablarles.
.         Mai dudó cuando alcanzó la manija de la puerta del todoterreno de Huan. Mentí. En el ensayo.
.         Huan la miró fijo por un momento. No lo creo. Te conozco. Leí ese ensayo y yo te creo.
.         Todos me creyeron, pero no es cierto. ¿Extrañas a tu madre biológica?
.         Huan apartó su mirada hacia su ventanilla. Nunca hablaban sobre su historia compartida como huérfanos. Estaban siempre demasiado ocupados con planes de futuro, sus nuevas vidas. Como él no dijo nada, Mai dio por respondida su pregunta.
.         Bueno, tampoco yo. Lo inventé todo. Soy una oportunista. Es patético.
.         Yo sí la extraño, confesó Huan. Es una parte pequeña de mí, pero está allí. Pienso que esa parte de ti escribió el ensayo.
.         Mai sacudió la cabeza. Nunca pienso en ella.
.         Pero tuviste que hacerlo, argumentó Huan. No podías evitarlo. Escribías sobre ella.
.         Mai no respondió. Parecía demasiado fácil. Él le ofrecía una excusa para su comportamiento, una explicación honorable y justificada. Ella no se lo merecía.
.         Llámame si no consigues quién te lleve a casa, ofreció Huan mientras ella abría la puerta. Incluso si es tarde.
.         Mai subió corriendo a la entrada del edificio, llamó al portero del apartamento. Cuando la puerta cedió, entró. Escuchó el coche de Huan alejarse.
.         Mai cruzó el patio descuidado, lleno de arbustos marrones y oxidados bancos descascarados. Era un complejo de dos plantas y paredes delgadas, así que podía ponerse ruidoso. Ni siquiera era el apartamento de Kim. Lo alquilaba una antigua hermana de acogida, Luan. Kim se había mudado hacía un mes, tras dejar a Vinh. Trataba de convencer a Luan de que la dejara quedarse, pues no podía pagar un lugar propio.
.         Mai se quedaría media hora, tiempo suficiente para ser amable. No más. Los Reynolds la esperaban en casa temprano. Ella no quería decirles dónde estaba porque ellos querrían ir a buscarla y Mai no quería que ellos vieran dónde vivía Kim.
.         Podía escuchar la música desde la entrada. Mai empujó la puerta ya entreabierta. La sala de estar se encontraba llena de personas. Nadie volteó cuando ella se coló.
.         Hey, la saludó Kim entre la multitud. Lucía un top azul oscuro brillante, pantalones negros ajustados y una inusual gran sonrisa en su rostro. Ya era tiempo.
.         No sabía que era una fiesta. Mai, con timidez, estiró su vestido color lavanda. Lo que parecía apropiado para cenar, ahora le sentaba tonto e infantil.
.         Es un gran día, festejó Kim. Ahora eres adulta, eres libre.
.         Oh. Mai no conocía a la mitad de los invitados en la habitación.
.         Estamos todos aquí para celebrar contigo, declaró Kim y la rodeó con sus brazos.
.         Mai escudriñó a su amiga mientras se separaban. Kim nunca era afectuosa, a menos que hubiera bebido.
.         ¿Podrás llevarme a casa esta noche?
.         Claro. Luan me dio permiso para usar su coche.
.         ¿Pero puedes?
.         Dios, no vengas a darme lecciones. Solo necesito un par de horas.
.         Entraron a la cocina donde Luan preparaba unos tragos. A Mai, el piso de linóleo se le pegaba a los tacos debido a la cerveza desparramada.
.         Aquí está, dijo Luan, y levantó la mirada brevemente para sonreírles. ¿Qué quieres tomar?
.         Mai se negó con la cabeza.
.         Vamos, la incitó Kim, apoyada en la encimera de la cocina, pataleando con sus pies desnudos hacia atrás. Es tu cumpleaños.
.         Mai sonrió con amabilidad. Estoy bien.
.         ¿Qué?, frunció la cara Luan, confundida. A menudo hacía eso, fingía no entender el acento vietnamita de Mai.
.         Dije que estoy bien, repitió Mai en voz alta en inglés.
.         Está bien, admitió Luan. Es noche de escuela para ti.
.         Mai asintió y bajó la cabeza para mirar hacia la sala de estar. Kim y Luan habían vivido juntas en una casa de acogida durante la escuela secundaria. Aunque Luan siempre se comportaba agradable con ella, Mai tenía la sensación de que solo la toleraba por Kim. No importaba cuántos años cumpliera Mai, siempre se sentiría una niña pequeña junto a ellas dos, siempre incapaz de alcanzarlas.
.         ¿Trajiste tu ensayo?, preguntó Kim. Como Mai no respondía, Kim revoleó los ojos. Ya me parecía. Sabes, Mai, yo sé leer, si eso es lo que te preocupa.
.         Te lo daré más tarde.
.         Oh, olvídalo. Ya no me importa.
.         Kim la presentó a algunas personas, la mayoría antiguos hermanos y hermanas de acogida. Estos eran los amigos de Kim, pero los presentaba como si Mai también hubiera crecido con ellos. Por encima de la música fuerte, ellos sonreían con amabilidad, chocaban sus botellas de cerveza, algunos gritaban feliz cumpleaños. Cada pocos minutos, Mai miraba su reloj, luego a Kim. Aunque se hacía tarde, no quería partir hasta que Kim estuviera sobria.
.         La fiesta se atestaba de invitados, la puerta de entrada se abría y cerraba y entraban más personas, pero
nadie se iba. Mai observaba la habitación otra vez mientras Kim hablaba con Luan, cuando reconoció a un nuevo invitado.
.         Mai tironeó del brazo a Kim hasta que ella también miró.
.         ¿Tú lo invitaste?, se sorprendió Mai.
.         Nooo, negó Kim y sacudió la cabeza con fuerza.
.         Mai no había visto a Vinh en varios meses. Entretanto, él se había rapado la cabeza, por lo que lucía más flaco que nunca. Estaba solo, algo extraño en él. En general, nunca iba a ningún lado sin Hung, su antiguo hermano de acogida, otro punk de la pandilla. Vinh pescó a Mai mirándolo y ella desvió la mirada.
.         ¿En tal caso, por qué no le pides que se vaya?
.         No sé, dudó Kim, inclinando la cabeza al compás de la música. Él tuvo una pelea con sus amigos. Muy dura. No quiero hacerlo sentir peor.
.         ¿Por qué te importa?
.         Vamos. No tienes por qué hablarle.
.         Mai lo sabía. Solo no quería que Kim lo hiciera. Por razones que Mai no podía entender, Kim gustaba de Vinh, a pesar de ser un matón, un desertor de la escuela secundaria y, peor aún, miembro de una pandilla. Por desgracia, ellos habían salido por años.
.         Mai trató de que se fueran a áreas de la fiesta libres de Vinh, pero él parecía acercarse más, un paciente y diligente acosador. Mai lo había pospuesto bastante, pero tuvo que ir al baño y eligió el de la habitación de Luan con menos tránsito. Cuando regresó a la fiesta, Vinh había acorralado a Kim en la puerta de la cocina. Se la veía aburrida en tanto él se acercaba y se inclinaba a murmurarle al oído, de todos modos, ella tampoco se alejaba.
.         Mai se les acercó y esperó hasta que Kim la notó.
.         ¿Puedes llevarme a casa?, pidió Mai y clavó sus ojos solo en su amiga.
.         Hey, pronunció Vinh, mirando a Mai de arriba abajo. La niñita por fin creció.
.         ¿Quieres irte?, preguntó Kim. Acabas de llegar.
.         En realidad no, es casi medianoche.
.         Pero es tu cumpleaños. No, es más que eso, es tu día de emancipación. Libertad del maldito estado. No más visitas o lecciones de la trabajadora social. ¿Verdad, Vinh?
.         Sip, convino él. Puedes hacer lo que quieras, cuando quieras. Nadie te va a fastidiar.
.         ¡Exacto!, aseguró Kim. ¡Incluso te puedes mudar! ¿Quieres? Podemos conseguir un lugar juntas. Sería tan divertido, justo como cuando éramos niñas.
.         Luan pasó cerca y Mai la tomó del brazo. ¿Me llevas a casa?
.         Luan se rehusó con la cabeza. No puedo manejar.
.         Mai, te dije que yo te llevaría, insistió Kim. Solo espera un minuto.
.         Quiero irme ahora, me duele la cabeza.
.         ¡Dolor de cabeza! ¿Por qué?
.         Tengo demasiado en mi mente.
.         Dios, ¿sigues obsesionada con esa universidad de Nueva York?
.         Massachusetts.
.         Bueh, lo que sea, queda muy lejos.
.         ¿Por qué quieres dejar OC, Mai?, cuestionó Luan, con su brazo alrededor de la cintura de Kim. Sus ropas casi hacían juego. Aquí hay muchas universidades.
.         Se cree demasiado inteligente para ellas, aventuró Kim.
.         Mai miró a Kim.
.         Es cierto, reafirmó Kim. Es lo que piensas, yo lo sé.
.         Ella siempre ha sido así, ¿no?, se unió Vinh.
.         Quiere una vida lejos de aquí, le sonrió Kim con dulzura a Mai, su rostro angelical. Mai quiere alejarse de quién es ella.
.         No hay nada de malo con querer crecer, sostuvo Mai.
.         Cariño, no es tan importante, agregó Kim, apoyada en Luan, casi incapaz de seguir en pie.
.         Mai respiró, de repente consciente de que todos los ojos estaban fijos en ella, esperando su derrumbe. Fijó su mirada en Kim. ¿Y cómo podrías saberlo?
.         Se miraron la una a la otra; los otros, todos los demás en la fiesta se desdibujaron por un instante. De inmediato, Kim señaló la puerta. Vete. Vete ya mismo.
.         Hey, intervino Luan.
.         ¿Vienes a mi casa y me hablas así?, la increpó Kim.
.         ¿La casa de quién?
.         Kim podía parecer fría con Mai, pero nunca antes había sido hiriente. No se sentía real, palabras despiadadas se deslizaban de sus bocas con gran facilidad y rapidez.
.         Sal, ordenó Kim. Sus ojos avellana enrojecidos. O yo te saco afuera.
.         Shh, siseó Luan y se volvió a Mai, casi con satisfacción. Tal vez deberías irte.
.         Sin decir nada, Mai salió. Cada paso exigía aunar esfuerzos para no caerse. Encontró su bolso de mano enterrado debajo de una pila de chaquetas en la sala de estar. Giraba para irse y vio a Kim sentada en el sofá, sus manos cubrían su cara. Luan y Vinh sentados a su lado.

 

Desde la cabina telefónica de afuera, Mai llamó un taxi. Pensó en contactar a Huan, pero se dio cuenta de que no quería ver a nadie que la conociera. Con cuidado, se sentó a la orilla para evitar las superficies pegoteadas con chicle y esperó. Mai se daba cuenta de que temblaba. Nunca antes habían peleado así. Pensó en volver, disculparse, explicarse, pero de repente le atemorizó enfrentar a todas las personas de la fiesta. Alguna vez había sido una de ellos, ya no más. Mai no hubiera sabido qué decir.
.         Escuchó pasos sobre la grava y de inmediato se incorporó.
.         Mai apartó la mirada al instante que Vinh se paró frente a ella. No me voy a subir a un coche contigo.
.         No te lo he ofrecido, negó él con su cabeza y una delgada sonrisa en su cara.
.         Mai se paró y dio unos pasos hacia atrás hasta toparse con el cartel de parada de autobús. Vete, dijo ella.
.         ¿Se siente bien hacer llorar a Kim así?
.         No quise hacerla enojar.
.         No, tú nunca quieres.
.         No sabes nada.
.         No sé por qué, pero Kim siempre te defendía. Incluso después de que nos dejaste por esos hippies blancos, ella decía que eras una de nosotros.
.         ¿Tendría que haberme quedado y dejado que me aterrorizaras?
.         Claro. Conseguiste tu familia de sueño americano vendiéndonos. Diciéndoles a todos que yo te golpeaba.
.         Me golpeabas.
.         Oh, vamos. En serio, Mai, ¿cómo podría pasar eso con Kim protegiéndote siempre?
.         Sucedía. Lo fulminó con la mirada. Encontrabas maneras, lo recuerdo.
.         Bien. Tal vez de niños peleábamos un poco. Pero ¿piensas que una paliza que te daba un niño de vez en cuando se compara con lo que Kim vivió?
.         No es una competencia.
.         Pero tú ganaste. ¿Piensas que es justo lo que le pasó a Kim y nunca a ti?
.         No puedes culparme por eso.
.         No es culpa de nadie, ¿verdad? Solo cuestión de suerte de quiénes te toquen como padres sustitutos. Dime, ¿qué te hace tan pura y especial?
.         ¿Quién dice que lo soy? Se alejó de él, acordándose de que Vinh era un don nadie, un desertor de la escuela secundaria, ignorante, un idiota miembro de una pandilla que cazaba entre los débiles para sentirse fuerte. Él consideraba a Mai débil, siempre lo había hecho, pero ella tenía que demostrar que no lo era.
.         ¿Y estás todavía muy limpia? Él saltaba alrededor, se paraba frente a ella e invadía su espacio personal, de modo que no pudiera ignorarlo. Probablemente no, o ya te habrían adoptado. ¿No te has preguntado nunca por qué esos hippies nunca te adoptaron? ¿Por qué nunca nadie quiso tenerte?
.         Mai se secó los ojos con el dorso de la mano. Vinh continuaba mirándola, entonces ella bajó la cabeza y dejó que el cabello le cubriera los ojos.
.         Ella nunca se lo diría. ¿Cómo podría decírselo a alguien? Jamás nadie la había tocado, ni besado, ni siquiera por lujuria, violencia o piedad.
.         Mai se obligó a alzar la cabeza, que sentía pesada. Vinh sonreía con superioridad, triunfante. No sabes nada de mi vida, le contestó ella. No tienes idea.
.         Te equivocas. Puede que seas inteligente, niñita. Pero no te creas mejor que nosotros. Hoy, has sido lanzada al mundo, como el resto de nosotros.
.         Soy mejor que tú, afirmó Mai. Eres un don nadie.
.         Vinh se abalanzó hacia adelante con las manos cerradas en puño. Mai se retorció, sus brazos cubrieron su cara.
.         No te preocupes, ironizó Vinh, a la vez que agitaba las manos en el aire y sonreía. Debe haber una razón por la que nadie te ha tocado. Yo no me atrevería.

 

La primera vez que Kim pasó la noche en lo de los Reynolds, tocó con mucho cuidado todo lo que había en la casa, como Mai lo había hecho al principio. Se ponía nerviosa con los Reynolds, solo hablaba vietnamita, incluso cuando ellos le preguntaban, de modo que Mai debía traducir.
.         Te quedas, ¿verdad?, susurró Kim debajo de las mantas mientras se suponía que dormían. Durante varias semanas, Kim pensó que su separación era solo temporal y que la Sra. Luong encontraría otro hogar para que ellas estuvieran juntas de nuevo.
.         Mai apretó su cara contra la funda de almohada limpia. Eso creo.
.         Imagino que no está tan mal aquí, expresó Kim. Parecen buenos para ser personas blancas.
.         Sip.
.         Quizás, la Sra. Luong me encuentre un hogar como este.
.         Mai se volteó y quedó cara a cara con su amiga. ¿No te gustan los Buis?
.         No sé. Todo bien con la mujer, no grita tanto como Ba Kanh. Pero el hombre es raro.
.         ¿Por qué?
.         Me mira raro. Siempre me está diciendo lo bonita que soy.
.         Mai no contestó. Todos siempre le decían eso a Kim. Una vez, en una tienda pequeña, una abuela vietnamita la llamó bonita a Mai, aun así, Mai estaba segura de que la anciana se lo decía a todas las niñas, incluidas las feas.
.         Y él entra al baño mientras me ducho.
.         Mai frunció la nariz. ¿No cierras la puerta con llave?
.         No funciona. Traté de poner la papelera contra la puerta, pero él la derribó. A veces no es solo para hacer pis, a veces él caga en el inodoro.
.         ¡Puaj!
.         Lo sé.
.         ¿Se va antes de que salgas?
.         Kim dudó. No.
.         ¿Le has dicho a la Sra. Luong?
.         Nh-nh. No sé, es muy repugnante.
.         Sip.
.         Se quedaron en silencio. Mai volvió a recostarse. Podía sentir la profunda respiración de Kim cerca de ella. Miró el techo de esta habitación, su habitación, donde Karen y Sherman siempre golpeaban antes de entrar. Todos esos hogares anteriores, de los que ella había escapado. Pero no Kim y Mai no sabía cómo volver por ella.

 

La casa estaba oscura. Los Reynolds dormían. Mai tiró su bolso de mano sobre la encimera de la cocina y se paró frente al fregadero. El dolor de cabeza le perforaba las sienes, la sangre rugía en sus oídos. Podía sentir el piso girar debajo de ella y deslizarse por encima de las paredes. Mai cerró los ojos para esperar que la casa se estabilizara.
.         Mai deslizó sus dedos sobre la superficie limpia de la encimera. El verano anterior, los Reynolds habían gastado miles de dólares para renovar la cocina. Agrandaron la despensa. Reemplazaron los azulejos e instalaron un horno isla. Eligieron un patrón de color amarillo y azul Provenzal. Su próximo proyecto, la sala de estar.
.         Pasos pesados en la escalera. Mai miró el oscuro reflejo en la ventana de la cocina. Sus ojos estaban hinchados. Los rizos de su cabello hechos con plancha ahora caían lacios y planos.
.         ¿Mai? ¿Qué pasó?, indagó Sherman en cuanto entró en la cocina. ¿Por qué llegas a casa tan tarde?
.         Se me hizo más tarde de lo que esperaba, contestó Mai, frotando su boca con un repasador.
.         Llamamos a Tiffany y a Huan. Llegaron a casa hace horas.
.         Pasé a ver a Kim. Era una fiesta sorpresa.
.         Bueno, ¿por qué no nos llamaste cuando lo supiste?
.         El dolor penetró en sus ojos. Mai curvó sus dedos sobre el borde de la encimera, pero no pudo evitar caerse al suelo.
.         Sherman se arrodilló a su lado, una mirada de preocupación lastimaba su cara. ¿Estás descompuesta? ¿Qué tomaste?
.         Mai negó con la cabeza. No bebí nada.
.         Está bien si lo hiciste, Mai, es tu cumpleaños y querías celebrar. Solo dime qué…
.         Dije que nada. No miento, ¿está bien?
.         Mai, estás gritando.
.         ¿Y qué quieres decir con que está bien si bebo? ¿Qué padre dice eso? No lo dirías si fuera tu verdadera hija.
.         ¿Por qué estás tan enojada? ¿Qué pasó?
.         Nada, ¿vale? Nada que no se suponga que pase, así que no te preocupes. Ya no soy tu responsabilidad.
.         Ven. Levántate. Necesitas un poco de agua. Empezó a poner sus brazos alrededor de ella para levantarla, pero Mai gritó y alejó sus manos a manotazos.
.         ¡No me toques! ¡Nunca me toques así!
.         Sentada en el piso, los brazos cruzados sobre el pecho por protección, miraba sin parpadear cómo el rostro de Sherman comenzó a cambiar. Mai se daba cuenta de que debía decir algo, cualquier cosa, para impedir que el rostro de él hiciera eso. Pero no pudo. Él se levantó, la mirada distante, sus hombros rígidos.
.         Deberías irte a dormir. Su voz carecía de emoción, poco familiar. Mañana tienes clases. Pegó la vuelta y abandonó la cocina.
.         Mai esperó y escuchó sus pasos en la escalera y el cuidadoso abrir y cerrar de la puerta del dormitorio principal. Imaginó la conversación ahogada que flotaba a través del techo, Sherman despertaba a Karen y le contaba lo sucedido, su horror y descreimiento, y por último, su aceptación y decepción.
.         Con una respiración lenta y profunda, Mai se levantó del piso. Dio pasos suaves y atravesó la cocina. Cuando presionó su palma contra el interruptor de la luz, reconoció unos regalos puestos con cuidado sobre la mesa de la cocina. Sin duda, si abriera la heladera, habría una torta casera de cumpleaños envuelta en aluminio. Algo sobre la mesa llamó su atención. Se inclinó hacia adelante, clavó su mirada. Un gran sobre blanco apoyado cerca de los regalos. Wellesley College. Mai apagó la luz. Subió para irse a dormir.

 

Cuéntame sobre ella, le pidió Kim. Ella sabía que Mai todavía no se había dormido. Cuéntame de nuevo. Con exactitud.
.         Ese era el ritual nocturno cuando vivían juntas. Kim estaba fascinada con que Mai hubiera conocido a su madre. Mai diría lo que podía, esforzándose por recordar, pero ella era muy chica. Si lo que Mai recordaba no bastaba para satisfacer a Kim, ella inventaba y agregaba detalles. No importaba si los atributos se contradecían de una noche a la siguiente. Kim solo quería una imagen en su cabeza que la cubriera antes de irse a dormir.
.         Creo que era hermosa. Se veía como yo espero verme cuando crezca. Cabello largo, negro brillante, hombros pequeños, piel dorada, delgada y manos elegantes. Podría haber sido más de lo que fue. Debería haber vivido más tiempo, tenido una educación superior al nivel primario, visto a su hija crecer, vivido en un país no condenado al sufrimiento, experimentado una cama confortable, comida sana y un día libre. Porque ella nunca tuvo ninguna de esas cosas, yo las tomaré en su nombre. Viviré de la manera que ella debería haber vivido.
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De We Should Never Meet (2005)


NOTA DE LA TRADUCCIÓN

[1] En la obra original en inglés, la autora no utiliza marcas gráficas para los diálogos. Por momentos, el lector puede no saber si el personaje habla, piensa, siente o recuerda.
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Acerca de las traductoras

Paula Chaves y Verónica Mastrodonato se graduaron del Traductorado Bilingüe Inglés-Español de la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo), Mendoza, Argentina. En 2019, ambas colaboraron en un proyecto del Programa de Traducción Literaria Victoria Ocampo (PVO), perteneciente al Instituto de Investigación en Lenguas y Culturas Extranjeras (ILyCE) de la FFyL. En este proyecto, conocieron la obra We Should Never Meet de Aimee Phan.

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