Desde la herida
Escribe | Pedro Gandía
Editorial: Páramo (2026)
N° de páginas: 84
ISBN: 979-13-991217-3-5
Autora: María Barceló Chico
Idioma original: castellano
Este nuevo poemario de María Barceló Chico, que obtuvo el II Premio de Poesía David González 2025, se inscribe en una tradición de escritura que concibe el poema no como vehículo expresivo transparente, sino como campo de tensión entre lenguaje, cuerpo y límite. Desde sus primeros textos, el libro propone una reflexión radical sobre el acto de escribir: no tanto qué se dice, sino desde dónde y mediante qué procedimientos formales puede aún decirse algo cuando el lenguaje se reconoce insuficiente. La intemperie que atraviesa el poemario no es solo temática; es, ante todo, una condición técnica del discurso poético.
La fragilidad que recorre Acaso el grito (Editorial Páramo, 2026) no se formula como motivo lírico ni como exposición confesional, sino como principio constructivo. El poema se edifica sobre la conciencia de un lenguaje dañado, sometido a presión, que solo puede avanzar aceptando su propia fractura: «Sostienes un lenguaje / que está roto». Este enunciado no describe un estado previo, sino que define el estatuto del verso. La ruptura se inscribe en la sintaxis, en el ritmo entrecortado, en la preferencia por versos breves y nominales, en la suspensión frecuente de los encadenamientos lógicos. El sentido no fluye: se interrumpe, se repliega, se vuelve a intentar.
Uno de los rasgos técnicos más relevantes del libro es el trabajo con el corte. El verso aparece como unidad mínima de resistencia, marcado por encabalgamientos abruptos, quiebres internos y silencios gráficos que funcionan como zonas de alta intensidad semántica. El blanco no actúa como espacio de descanso lírico, sino como interrupción significativa, incorporada al sentido del poema. En este contexto, el silencio no es ausencia, sino materia activa del decir: «Las palabras que exigen ser escritas / estallan en metálico / silencio». El poema no evita ese estallido; lo integra como procedimiento.
La imaginería dominante —metal, piedra, cuchillo, herida, frío— debe leerse desde esta lógica formal. No se admite aquí una interpretación meramente simbólica. Estos elementos funcionan como correlatos materiales del lenguaje, imágenes que traducen en términos sensoriales la dureza del trabajo poético. «No hay sílaba que / quiebre sin violencia» explicita una conciencia metapoética donde cada decisión formal implica un riesgo. La escritura no se concibe como flujo expresivo, sino como gesto incisivo, casi físico, que deja marcas visibles en la página.
Este rigor formal se acompaña de una estrategia sistemática de despersonalización del sujeto lírico. El yo no se presenta como instancia de experiencia plena, sino como lugar inestable, erosionado. El uso recurrente de la segunda persona introduce una distancia que impide la identificación directa entre voz y sujeto empírico. Esta operación técnica desactiva cualquier lectura confesional y sitúa el poema en un plano ético distinto: el de la exposición sin apropiación. Lo que se dice no pertenece del todo a quien lo dice.
En las secciones iniciales del libro, esta poética del daño se manifiesta con mayor crudeza. El ritmo se construye desde la reiteración y el golpe: palabras que regresan, imágenes que insisten, núcleos léxicos que se tensan hasta el agotamiento. La repetición no cumple una función ornamental, sino estructural. Genera una experiencia de lectura acumulativa, casi obsesiva, en la que el sentido se concentra más que desarrollarse. El poema no avanza narrativamente; martillea.
La relación entre escritura y amor se inscribe en esta misma economía formal. Amar y escribir aparecen como actos homologables en su capacidad de herir y exponerse. «Escribes / el amor clavándose en la espalda» condensa, mediante una sintaxis mínima y sin mediaciones metafóricas, esa equivalencia. La temporalidad se contrae en un presente absoluto —«aquí, / ahora»— que elimina la distancia reflexiva y obliga al poema a sostener la experiencia en acto. El lenguaje no representa el dolor: lo ejecuta.
En la parte central del poemario, el daño se desplaza hacia una dimensión reflexiva donde la crisis ya no es solo experiencial, sino epistemológica. La pregunta no es únicamente qué duele, sino cómo decir cuando el decir mismo se ha vuelto problemático. El verso se vuelve aún más desnudo, más esquemático, y la interrogación sustituye al golpe. La carencia emerge como categoría central, no en sentido temático, sino como condición estructural del poema. La cita de Octavio Paz —«eres carencia y búsqueda»— funciona aquí como marco conceptual: la escritura avanza desde la falta, no hacia su superación.
Este desplazamiento prepara el gesto decisivo del libro: el desprendimiento. Desde el punto de vista técnico, no implica una renuncia a la exigencia formal, sino una modulación del ritmo y del tono. El verso se ensancha, los cortes se espacian, la imaginería se vuelve más transparente. El vacío, que antes operaba como presión constante, comienza a figurar como espacio habitable: «la transparente flor / del vacío». El poema no intenta llenar ese hueco; lo delimita, lo hace visible.
En la sección final, «Sin exigencias», la escritura alcanza una forma de equilibrio precario. La técnica se orienta hacia una mayor apertura sintáctica y respiratoria. Aparecen verbos de estancia y acogida; la frase se alarga sin perder tensión. «Estrenas un lenguaje / sin tachaduras» no anuncia una superación del daño, sino una relación distinta con el límite. La alegría, cuando aparece, lo hace sin énfasis ni clausura, como una posibilidad rítmica más que como afirmación temática.
El poema final condensa esta ética y esta técnica del decir. Entrar en la página «solo para estar» define una concepción del poema como espacio de presencia, no de dominio. El grito que da título al libro no se resuelve ni se apaga: se transforma en respiración sostenida. Acaso el grito propone así una poética del límite reconocible en sus procedimientos formales —el corte, el silencio, la repetición, la contención sintáctica— y afirma, desde ellos, una ética de la escritura basada en la intemperie. En un contexto de saturación discursiva y afirmación identitaria, la obra de María Barceló Chico se sitúa en una línea de rigor contemporáneo donde la verdad del poema no se declara: se ejecuta en su forma.

