Desayuno de campeones: Vonnegut, Descartes y un pene de 240 km

Escribe | Jorge Rodríguez Arroyo


Desayuno de campeones: Vonnegut, Descartes y un pene de 240 km. Jorge Rodríguez Arroyo. Revista Aullido Literatura Poesía. Blackie Books.

Editorial: Blackie Books (2022)
Nº de páginas: 312
ISBN: 978-84-18733-51-2
Autor: Kurt Vonnegut
Idioma original: inglés
Traductor: Miguel Temprano García
Ilustración de cubierta: María Medem


Philboyd Studge ha cumplido cincuenta años. Echando la vista atrás, recuerda a Phoebe Hurty, viuda rica de Indianápolis de los tiempos de la Gran Depresión, quien le enseñara, en su juventud, que la prosperidad se alcanza mediante la mala educación. Así que, como regalo de cumpleaños, se propone, desde el prólogo, vaciar su cabeza de toda la porquería que hay en ella. ¡Y cuánta porquería!

Nos enseñó a ser maleducados en las conversaciones no solo sobre asuntos sexuales, sino sobre la historia de Estados Unidos y los héroes famosos, sobre la distribución de la riqueza, sobre la escuela, sobre cualquier cosa.

Con este propósito se articula Desayuno de campeones, de Kurt Vonnegut Jr. (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007), que tras su publicación en distintas editoriales en español, vuelve con la reedición de Blackie Books (2022) en el año del centenario de su nacimiento. Dicho propósito cumple con otro precepto mayor, a saber, la proclama constante en la obra de Vonnegut: aprender de nuestros propios errores. Por ello, son muchos los temas que están manchados de esa porquería de la que ya nos avisara: racismo, esclavismo y supremacismo norteamericano; capitalismo y explotación laboral; consumismo y drogas; belicismo y política de tenencia y uso de armas; machismo y prostitución; homofobia, discriminación y alienación; ecologismo y antinatalismo; religión y sentido de la vida; salud mental y suicidio… Desayuno de campeones, como a lo largo de toda la obra del autor, está repleta de fracasos en estos y muchos otros ámbitos. Pero siguió creyendo en nosotros.

Esta esperanza de redención, que no cesa pese a las innumerables decepciones humanas, se traduce en una oda al diálogo. ¿De qué modo? Sobre las cuestiones de sus novelas, que hablan, en la mayoría de los casos, sobre los errores del ser humano, de nuestros errores, todos pueden responder. Preguntar por Vonnegut es preguntar a aquellos que nadie escucha sobre los grandes problemas de la humanidad.

¿Por qué a tantos norteamericanos los trataba su gobierno como si su vida fuese tan desechable como los pañuelos de papel? Porque así era como los autores trataban a los personajes secundarios en los relatos que inventaban.

Y otras cosas por el estilo.

En cuanto entendí que estaba convirtiendo Norteamérica en una nación tan peligrosa e infeliz de personas que no tenían nada que ver con la vida real, decidí dejar de escribir relatos. Escribiría sobre la vida. Cualquier persona sería exactamente igual de importante que otra. Daría el mismo peso a todos los hechos. Nada se quedaría fuera.

Vonnegut va un paso más allá. Así, al relato principal de la novela, que narra el encuentro entre dos hombres de mediana edad: un rico magnate perturbado (Dwayne Hoover) y un escritor fracasado y pesimista (Kilgore Trout) —el arquetípico Kilgore Trout que ya apareciera en otras obras del autor y que entra aquí en relación con personajes de varias de sus novelas, como Eliot Rosewater, de Dios le bendiga Mr. Rosewater, o Rabo Karabekian, de Barbazul—, llegan nuevos interlocutores: homosexuales, prostitutas, negros, extraterrestres, robots o levaduras. Todos tienen algo que decir. Y aquí, sus intervenciones, en la forma de cuentos, son expresiones de una tendencia al extremo, que mediante el absurdo nos lleva a la claridad del problema. ¿Qué podría decirnos un alienígena sobre la cura del cáncer? ¿Y una película porno sobre el ecologismo? ¿Y la ley de la gravedad y la propiedad privada? ¿Y el sentido de la vida con el champán? ¿Y el número de orgasmos con la presidencia de los EEUU?

¿Cuál es, por tanto, el gran error del que podemos aprender? Sin desvelar el núcleo de la narración: que no sólo existe el yo, sino, aún más, el nosotros, y es eso lo que hemos de cuidar. Porque no nos queda otra. Es en este punto donde la obra nos invita a rememorar el pensamiento cartesiano para recordarnos que una posición solipsista —esta es, la que considera que el yo (la conciencia) es lo único real y enunciable con garantías de verdad, mientras que de todo lo demás, incluidos los demás yoes, no hay tal garantía—  lleva a fracturar uno de los logros más relevantes —y a la vez más en entredicho— de la historia de la humanidad: el concepto de dignidad.

De esta conclusión, que nace en la observación de un Philboyd Studge niño a propósito de las personas que sufrían las consecuencias de la sífilis, así como de aquellos que padecían de bocio, se extrae una enseñanza mayor: en un universo puramente mecanicista, donde todo está programado, donde todo es máquina, engranaje, relojería que marca el rumor de los segundos sin conciencia alguna del paso del tiempo, no hay modo de evitar el error; ni tan siquiera tendría sentido llamarlo como tal. Pero si nos referimos a ello de esa manera, si lo sentimos como una decepción, es porque existe otra opción, la de ser libres, y por ello, somos responsables de evitar dicho error.

Desayuno de campeones: Vonnegut, Descartes y un pene de 240 km. Jorge Rodríguez Arroyo. Revista Aullido Literatura Poesía. Blackie Books.

La tentación de San Antonio, de Rabo Karabekian, personaje de la obra Desayuno de campeones.

Su narrativa merece especial mención. De entrada, Vonnegut recurre a estrategias que recuerdan a Juan Rulfo en su Pedro Páramo, con una narrativa extratemporal, que va y viene; a Miguel de Unamuno, con un encuentro autor(narrador)-personaje semejante al que se produjera con Augusto Pérez; y que a veces salta del papel para hacerse interpelación con el lector. Sin embargo, hay más. La obra lleva a plantear los propios límites de la narración. Un primer momento podemos encontrarlo en cómo, desde el inicio, Vonnegut se encarna en Philboyd Studge, pues es quien cree ser «cuando escribo lo que por lo visto estoy programado para escribir». Es decir, en la narración de una lógica mecanicista como la que plantea el hilo principal de Desayuno de campeones, esa misma narración abraza al narrador, lo acoge dentro de su espacio, lo define como un personaje más. Pero, más aún, esta narración se independiza del propio Studge, a fin de cuentas un personaje, contingente y limitado, para elevarlo hasta el papel del creador del universo:

En la oscuridad del salón de fiestas estuve a la par con el Creador del Universo. Encogí el Universo hasta formar una bola de exactamente un año luz de diámetro. Hice que explotara. Hice que volviera a dispersarse.

Y, al igual que esta independencia lo ha exaltado, lo somete, como víctima de la propia narración:

Estaba a punto de que me atacara un perro dóberman. Era uno de los personajes principales en una versión anterior del libro.

Desayuno de campeones es esto, y mucho más. Kurt Vonnegut es esto, y mucho más. Estamos ante una obra que explota la simbiosis entre literatura y filosofía, entre la más imaginativa ficción y la más cruda realidad, entre política y arte. Su obra es ejemplo de que el arte puede salvarnos. Y lo hace como mejor sabe: desde la inmensa capacidad del genio que despierta mediante la crítica y critica mediante el humor. Porque el humor, en este constante humano de tropezar dos veces con la misma piedra, es fundamental.

En esta línea, su humor encuentra una forma de simpatía en sus aclaraciones, a modo de pequeños comentarios, así como en sus dibujos, detalle este último que convierte Desayuno de campeones en la obra, probablemente, más pictórica del autor.

Vonnegut, Descartes y un pene de 240 km. Jorge Rodríguez Arroyo. Revista Aullido Literatura Poesía. Blackie Books.

Agujero de un culo.

Llegados a este punto, la enseñanza de Vonnegut es urgente. La ONG PEN AMERICA alerta del creciente número títulos prohibidos en diversos estados de EEUU. Aldous Huxley, J. K. Rowling o Federico García Lorca son ejemplos de autores señalados. Kurt Vonnegut, también. Los alumnos que no puedan acceder a la lectura de su obra tendrán menos oportunidades para llegar a entender el nosotros que comparten con los alumnos de Palestina, pero se formarán sin miramientos en el modelo de éxito de figuras como Elon Musk, cuyos experimentos con chips en el cerebro humano nos remiten, de nuevo, a la problemática mecanicista de la obra. Pero no debe quedarnos ninguna duda: Vonnegut volvería a reírse. Porque no nos queda otra.

—No sé si habla usted en serio o no -comentó el camionero.
—Yo mismo no lo sabré hasta que averigüe si la vida va en serio o no -dijo Trout-. Es peligrosa, eso lo sé, y puede ser muy dolorosa. Pero eso no significa necesariamente que también vaya en serio.

Desayuno de campeones: Vonnegut, Descartes y un pene de 240 km. Jorge Rodríguez Arroyo. Revista Aullido Literatura Poesía. Blackie Books.

Lápida del protagonista de Ahora puede contarse


Nota:

Además de la lectura de Desayuno de campeones, son recomendables otras novelas como Cuna de gato, Las sirenas de titán o la definitiva Matadero cinco, todas reeditadas bajo el sello de Blackie Books. Desde la misma editorial, Javier Peña, autor de Agnes e Infelices, presenta el podcast literario Grandes infelices, dedicando el capítulo primero a la obra de Vonnegut. Por último, no podemos olvidar el indispensable documental Kurt Vonnegut: A través del tiempo, dirigido por Robert B. Weide (2021), disponible en la plataforma Filmin.

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