«Birds in the Night», un poema de la etapa londinense de Paul Verlaine
Traduce | Pedro Gandia

Foto de Paul Verlaine en el Café François de París, fechada entre 1890 y 1896. Fuente.
Paul Verlaine (Metz, 1844–París, 1896) escribió «Birds in the Night» en el otoño de 1872, durante su estancia en Londres con Arthur Rimbaud, en el 8 de Great College Street, en Camden Town (en la actualidad, 8 Royal College Street). Lo compuso en un momento decisivo de su vida: había abandonado a su esposa, Mathilde Mauté, convivía ya con Rimbaud y atravesaba una crisis sentimental en la que se entrecruzaban el remordimiento, la memoria del matrimonio roto y el vértigo de una nueva pasión.
La crítica ha identificado tradicionalmente a Mathilde como la destinataria del poema. Sin embargo, los estudios más atentos advierten que reducir «Birds in the Night» a una simple confesión autobiográfica empobrece su sentido. Escrito desde la nueva vida junto a Rimbaud, el poema vuelve aún la mirada hacia Mathilde y ocupa un lugar de transición en el itinerario afectivo de Verlaine: el de una voz suspendida entre una despedida y un comienzo.
No deja de ser significativo que Luis Cernuda retomara el mismo título para uno de los poemas de Desolación de la quimera (1962), dedicado a la relación entre Verlaine y Rimbaud. Ese homenaje invita a releer «Birds in the Night» no solo como la elegía de un amor perdido, sino también como un poema situado en el umbral de una nueva etapa de su vida.
Mi interés por este poema surgió tras la publicación de mi traducción de Una estación en el infierno, de Arthur Rimbaud (Averso, 2026), obra concebida en aquellos mismos meses de convivencia londinense. Si Una estación en el infierno se gestó en el corazón de esa experiencia compartida, «Birds in the Night» permite acercarse a la voz de Verlaine en ese mismo período. Quise escuchar cómo resonaban en su poesía el remordimiento por el matrimonio perdido y la violencia apasionada de una relación que marcaría de forma decisiva la vida y la obra de ambos poetas.
Birds In The Night / Birds In The Night (Traducción)
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Vous n’avez pas eu toute patience,
Cela se comprend par malheur, de reste.
Vous êtes si jeune! et l’insouciance,
C’est le lot amer de l’âge céleste!
Vous n’avez pas eu toute la douceur,
Cela par malheur d’ailleurs se comprend;
Vous êtes si jeune, ô ma froide sœur,
Que votre coeur doit être indifférent!
Aussi me voici plein de pardons chastes,
Non, certes! joyeux, mais très calme, en somme,
Bien que je déplore, en ces mois néfastes,
D’être, grâce à vous, le moins heureux homme.
Et vous voyez bien que j’avais raison,
Quand je vous disais, dans mes moments noirs,
Que vos yeux, foyer de mes vieux espoirs,
Ne couvaient plus rien que la trahison.
Vous juriez alors que c’était mensonge
Et votre regard qui mentait lui-même
Flambait comme un feu mourant qu’on prolonge,
Et de votre voix vous disiez: «je t’aime!».
Hélas! on se prend toujours au désir
Qu’on a d’être heureux malgré la saison…
Mais ce fut un jour plein d’amer plaisir,
Quand je m’aperçus que j’avais raison!
Aussi bien pourquoi me mettrais-je à geindre?
Vous ne m’aimiez pas, l’affaire est conclue,
Et, ne voulant pas qu’on ose me plaindre,
Je souffrirai d’une âme résolue.
Oui, je souffrirai car je vous aimais!
Mais je souffrirai comme un bon soldat
Blessé, qui s’en va dormir à jamais,
Plein d’amour pour quelque pays ingrat.
Vous qui fûtes ma Belle, ma Chérie,
Encor que de vous vienne ma souffrance,
N’êtes-vous donc pas toujours ma Patrie,
Aussi jeune, aussi folle que la France?
Or, je ne veux pas, — le puis-je d’abord?
Plonger dans ceci mes regards mouillés.
Pourtant mon amour que vous croyez mort
A peut-être enfin les yeux dessillés.
Mon amour qui n’est que ressouvenance,
Quoique sous vos coups il saigne et qu’il pleure
Encore et qu’il doive, à ce que je pense,
Souffrir longtemps jusqu’à ce qu’il en meure,
Peut-être a raison de croire entrevoir
En vous un remords qui n’est pas banal,
Et d’entendre dire, en son désespoir,
À votre mémoire: ah! fi! que c’est mal!
Je vous vois encor. J’entr’ouvris la porte.
Vous étiez au lit comme fatiguée.
Mais, ô corps léger que l’amour emporte,
Vous bondîtes nue, éplorée et gaie.
Ô quels baisers, quels enlacements fous!
J’en riais moi-même à travers mes pleurs.
Certes, ces instants seront entre tous,
Mes plus tristes, mais aussi mes meilleurs.
Je ne veux revoir de votre sourire
Et de vos bons yeux en cette occurrence
Et de vous, enfin, qu’il faudrait maudire,
Et du piège exquis, rien que l’apparence.
Je vous vois encor! En robe d’été
Blanche et jaune avec des fleurs de rideaux.
Mais vous n’aviez plus l’humide gaîté
Du plus délirant de tous nos tantôts.
La petite épouse et la fille aînée
Était reparue avec la toilette
Et c’était déjà notre destinée
Qui me regardait sous votre voilette.
Soyez pardonnée ! Et c’est pour cela
Que je garde, hélas! avec quelque orgueil,
En mon souvenir qui vous cajola,
L’éclair de côté que coulait votre œil.
Par instants je suis le pauvre navire
Qui court démâté parmi la tempête,
Et ne voyant pas Notre-Dame luire
Pour l’engouffrement en priant s’apprête.
Par instants je meurs la mort du pécheur
Qui se sait damné s’il n’est confessé,
Et, perdant l’espoir de nul confesseur,
Se tord dans l’Enfer qu’il a devancé.
Ô mais! par instants, j’ai l’extase rouge
Du premier chrétien, sous la dent rapace,
Qui rit à Jésus témoin, sans que bouge
Un poil de sa chair, un nerf de sa face!
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Bruxelles–Londres. Septembre–Octobre, 1872.
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No tuviste tú toda la paciencia.
Eso, por desgracia, de sobra se entiende.
¡Eres tú tan joven…! Y esa inconsciencia
es la suerte amarga de la edad celeste.
No tuviste tú toda la dulzura.
Eso, por desgracia, también se comprende;
eres tú tan joven, ¡oh, mi fría hermana!,
que tu corazón sea indiferente.
Heme aquí, así, lleno de castos perdones,
no alegre, ¡en verdad!, mas muy calmo, en suma,
aunque, en estos meses nefastos, deploro
ser, por ti, el menos feliz de los hombres.
Ves perfectamente que tenía razón
cuando te decía, en mis horas negras,
que tus ojos, lumbre de mis viejos sueños,
no incubaban ya más que la traición.
Jurabas entonces que aquello era falso,
y tu mirar, que mentía por sí mismo,
ardía como un fuego muriente que alargan,
y, con tu voz misma, decías: «¡te amo!».
¡Ay!, siempre se aferra uno al deseo
de ser feliz pese a la estación…
Pero fue un día de amargo placer
cuando advertí que tenía razón.
¿Por qué, al fin y al cabo, habría de gemir?
No me amabas, el caso está cerrado,
y yo, no queriendo ser compadecido,
lo padeceré con alma resuelta.
¡Sí, padeceré puesto que te amaba!
Mas padeceré como un buen soldado
herido, que parte a dormir por siempre,
lleno de amor por un país ingrato.
Tú que fuiste mi Bella, mi Querida,
aunque de ti venga mi padecimiento
¿Acaso no eres todavía mi Patria
tan joven y tan loca como Francia?
Ahora bien, no quiero… —¿es que acaso puedo?—
sumergir en esto mis miradas húmedas.
No obstante, mi amor, que tú crees muerto,
tiene al fin, tal vez, los ojos abiertos.
Mi amor, que no es sino remembranza,
aunque, bajo tus golpes, sangre y llore
todavía y deba, a mi parecer,
sufrir largo tiempo hasta morir de ello,
quizá acierte al creer que entreveo
un remordimiento que en ti no es banal
y de oír que dice, en su desespero,
tu recuerdo: ¡ah!, ¡qué vergüenza!, ¡qué mal!
Todavía te veo. Entreabrí la puerta.
Estabas en cama, como fatigada.
Mas, oh cuerpo leve que el amor se lleva,
saltaste desnuda, llorosa y alegre.
¡Oh, qué besos, oh, qué locos abrazos!
Yo mismo me reía de ello entre lágrimas.
Sin duda estos ratos serán, entre todos,
mis más tristes, pero también mis mejores.
No quiero volver a ver tu sonrisa
ni tus tiernos ojos en esta ocasión,
ni a ti, en fin, al que yo maldeciría.
ni la dulce trampa, tan solo apariencia.
¡Sigo viéndote! En ropa de estío
blanca y amarilla con flor de cortina.
Mas ya no tenías la más delirante
húmeda alegría de nuestras tardes.
La pequeña esposa y la hija mayor
reapareció con el atavío,
y era entonces ya nuestro destino
el que me miraba bajo tu velito.
¡Seas perdonada! Y es por eso que
atesoro, ¡ay!, con un cierto orgullo,
en mi remembranza que te acarició,
el brillo de lado que vertían tus ojos.
Por momentos, soy el pobre navío
que desarbolado corre en la tormenta
y, al no ver brillar a Nuestra-Señora,
para el hundimiento, rezando se apresta.
Por momentos muero la muerte del réprobo
que se sabe réprobo si no se confiesa
y, sin la esperanza de un confesor,
se crispa en los ínferos que anticipó.
¡Oh!, mas, por momentos, me embarga el rojo éxtasis
del primer cristiano, bajo voraz diente,
que a Jesús, testigo, sonríe sin mover
ni pelo del cuerpo ni un nervio del rostro.
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Brselas–Londres. Septiembre–Octubre, 1872.
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