«My First Days on Junk»: los orígenes de «El almuerzo desnudo»

Traduce| Gabriel Galarza.


El Almuerzo Desnudo es quizás uno de los libros a la vez más criticados y más admirados del siglo XX. Para su autor, William Burroughs, se trata de una colección de notas bien detalladas sobre la enfermedad y el delirio. La Enfermedad (como él la llamó, con mayúscula) es la drogadicción. Publicada por primera vez en París bajo el sello de Olympia Press, en julio de 1959, la obra es, según sus palabras, el resultado de quince años de adicción a la heroína y a una larga serie de derivados de opio, que lo llevó sin embargo a convertirse en una figura mítica de la literatura norteamericana y universal.

Nueve años antes, bajo el seudónimo William Lee, su autor empezaba a dar los primeros pasos de lo que sería su obra más conocida. Consecuentemente, el relato que se presenta a continuación se titula “Mi primera experiencia con drogas”, y constituye un testimonio temprano y más lúcido del primer acercamiento de William Burroughs al mundo de los narcóticos. Extracto de un primer libro titulado “Junky”, que circuló con muy poco éxito en 1953 y que más tarde formaría parte, con modificaciones, de la famosa novela, el siguiente es un relato hallado entre los de por lo menos diez otros autores que por esos años conformaban la famosa “Generación Beat” (Beat Generation), en Estados Unidos, y los menos conocidos “Jóvenes Enojados” (The Angry Young Men), de Inglaterra (entre ellos “Howl”, de Allen Ginsberg, “The Time of The Geek”, de Jack Kerouac, “Merrie England”, de Kingsley Amis), y reunidos en una curiosa edición recopilatoria de septiembre de 1959, “The Beat Generation and The Angry Young Men”, publicada por el sello norteamericano de cómics Dell Publishing.


“William Lee”
Primera experiencia con drogas

 

“William Lee” es un pseudónimo. De acuerdo con su propia
descripción, el autor es drogadicto, ladrón, pusher y cabrón.
Vástago de una de las más ilustres familias de América, no se
ha rebelado contra la ley establecida por pobreza o falta de
oportunidad. Junkie, de la cual lo que sigue es un extracto,
no es una apología. Es, más bien, la descripción de una condición
humanaun punto de descenso personal donde los frutos de la
rebelión están íntimamente relacionados con su castigo: un purgatorio
auto-impuesto donde el único objetivo es el siguiente pinchazo.

Mi primera experiencia con la droga fue durante la Guerra, en 1944 o 1945. Había conocido a un hombre llamado Norton que trabajaba por ese tiempo en un astillero. Norton, cuyo verdadero nombre era Morelli o algo por el estilo, había sido expulsado de la Armada por falsificar un cheque, y fue clasificado 4-F por mal temperamento. Se veía como George Raft, pero era más alto. Norton trataba de mejorar su inglés y lograr un estilo fluido, afable. La afabilidad, sin embargo, no le era natural. En su lugar, tenía una expresión huraña y mezquina, y sabías que siempre tenía esa mirada de avaro cuando le dabas la espalda.
Norton era un ladrón dedicado y no se sentía bien a menos que robara algo todos los días del astillero donde trabajaba. Una herramienta, alguna conserva enlatada, un par de overoles, cualquier cosa en absoluto. Un día me llamó y me dijo que había robado un arma Tommy. ¿Podía encontrar a alguien que la compre? Le dije, “Tal vez. Tráemela”.
El plazo máximo para pagar por la vivienda se acercaba. Pagaba quince dólares a la semana por un departamento sucio que daba a una escalera y al cual nunca le llegaba la luz del sol. El papel de la pared se despegaba porque el radiador dejaba escapar vapor, cuando tenía algo para dejar escapar. Tenía las ventanas selladas por completo con una masa impermeable hecha de periódicos para combatir el frío. El lugar estaba lleno de cucarachas y de vez en cuando aplastaba una chinche.
Estaba sentado junto al radiador, un poco húmedo por el vapor, cuando oí que Norton golpeaba. Abrí la puerta, y ahí estaba él parado en el oscuro pasillo con un paquete grande enrollado en papel marrón debajo del brazo. Sonrió y dijo, “Hola”.
Le dije, “Entra, Norton, quítate el abrigo”.
Desenrolló el arma Tommy y la ensamblamos e hicimos saltar el gatillo.
Dije que encontraría alguien que la compre.
Norton dijo, “Oh, aquí hay algo más que conseguí”.
Era una caja plana de color amarillo con cinco inyecciones de medio grano[1] de tartrato de morfina.
“Esta es solo una muestra”, me dijo, señalando la morfina. “Tengo quince de estas cajas en mi casa y puedo conseguir más si logras deshacerte de estas”.
Dije, “Veré qué puedo hacer”.
En ese tiempo nunca había usado ninguna droga y no se me había ocurrido intentarlo. Empecé a buscar a alguien que comprara los dos artículos y así llegué a conocer a Roy y Herman.
Conocía a un joven matón en las afueras de Nueva York que trabajaba como cocinero en Jarrow´s, “mientras se enfría todo”, como explicaba. Lo llamé y le dije que tenía que deshacerme de algo, e hice una cita para encontrarle en el Angle Bar en la Octava Avenida, cerca de la Calle 42.
Este bar era un lugar de reuniones para oportunistas de la Calle 42, una cosecha peculiar de charlatanes, aspirantes a criminal. Gente que anda siempre en busca de un “planificador”, alguien que invente trabajos y les diga exactamente lo que hacer. Como ningún “planificador” tendría nada que hacer con gente tan obviamente inepta, desafortunada y fracasada, ellos siguen buscando, fabricando ridículas mentiras sobre sus grandes botines, “enfriando las cosas” como lavaplatos, idiotas de tienda, meseros, liándose ocasionalmente con algún borracho o un marica tímido, buscando, siempre buscando ese “planificador” con una gran idea que les dirá, “Te he estado observando. Tú eres el hombre que necesito para este trabajo. Ahora escucha…”.
Jack –por quien conocí a Roy y Herman– no era una de esas ovejas descarriadas buscando a su pastor con un anillo de diamante, un arma en la hombrera y la voz ronca, firme, con conexiones armónicas, arreglos y adornos que harían sonar como algo fácil y seguro un robo a mano armada. Jack era muy exitoso de vez en cuando y podía aparecer con ropas nuevas y hasta nuevos carros. Era también un mentiroso incorregible que parecía mentir más para sí mismo que para cualquier audiencia invisible. Tenía un rostro bien definido, saludable y campal, pero había algo curiosamente enfermo en su persona. Era víctima de repentinas variaciones en el peso, como las de un diabético o enfermo del hígado. Estos cambios en el peso iban a menudo acompañados por un incontrolable efecto de inquietud, que lo haría desaparecer por unos días.
El efecto era extraño. Lo verías en ocasiones como un niño de rostro terso. Una semana más tarde volvería tan delgado, amarillo y aviejado que tendrías que mirar dos veces para reconocerlo. Su rostro estaba moldeado con una tristeza en la que sus ojos no participaban. Era un sufrimiento de sus células solamente. Él mismo –el ego consciente que miraba hacia afuera desde esos despiertos, barnizados ojos de criminal– no tendría nada que ver con ese sufrimiento de su otra persona, un sufrimiento del sistema nervioso, de carne y vísceras y células.
Se deslizó hacia la banca donde yo estaba sentado y pidió un trago de whisky. Carraspeó, puso el vaso sobre la mesa y me miró con su cabeza balanceada un poco hacia un lado y atrás.
“¿Qué tiene este hombre?” dijo.
“Un arma Tommy y como treinta y cinco granos de morfina”.
“De la morfina me puedo deshacer en seguida, pero el arma Tommy puede tomar un poco de tiempo”.
Dos detectives entraron y se arrimaron al bar para hablar con el camarero. Jack volvió la cabeza en su dirección. “La ley. Demos un paseo”.
Lo seguí fuera del bar. Caminaba a través de la puerta deslizándose con agilidad. “Te llevo con alguien que querrá la morfina”, dijo. “Quieres olvidar esta dirección”.
Descendimos hasta el último nivel del Subterráneo Independiente. La voz de Jack, hablando para su audiencia invisible, seguía y seguía. Tenía un don para dirigir su voz directamente a tu consciencia. Ningún ruido externo podía expulsarlo. “Dame una treinta y ocho cada vez. Solo hala el gatillo y déjala ir. Dejaría caer a cualquiera desde una altura de quinientos pies. No me importa lo que digas. Mi socio tiene dos ametralladoras calibre 30 escondidas en Iowa”.
Bajamos del subterráneo y empezamos a caminar sobre veredas cubiertas de nieve, entre apartamentos.
“El tipo me debía desde hace mucho tiempo, ¿ves? Sabía que tenía pero no pagaba, así que esperé a que salga del trabajo. Tenía un paquetito de monedas de cinco. Nadie puede demandarte por llevar moneda americana. Me dijo que estaba quebrado. Le rompí la mandíbula y le quité mi dinero. Dos de sus amigos estaban ahí, pero se mantuvieron al margen. Los hubiera apuñalado”.
Subíamos por las gradas de un apartamento. Las escaleras estaban hechas de un desgastado metal negro. Nos detuvimos frente a una puerta estrecha, cubierta de metal, y Jack le dio unos golpes elaborados, inclinando su cabeza hacia el suelo como un asaltante. La puerta fue abierta por un alto, flácido y joven marica, con tatuajes en sus antebrazos y hasta en el exterior de sus manos.
“Este es Joey”, dijo Jack, y Joey dijo, “Hola-hola”. Jack extrajo de su bolsillo un billete de cinco dólares y se lo dio a Joey. “Tráenos un cuarto de Schenley´s, ¿quieres, Joey?”
Joey se puso un abrigo y salió.
En algunos apartamentos la puerta principal da directamente a la cocina. Este era uno de ellos y estábamos en la cocina.
Después de que Joey saliera noté que otro hombre estaba parado allí y me miraba. Ondas de hostilidad y sospecha salían de sus grandes ojos cafés, como en alguna clase de programa de televisión. El efecto era casi como un impacto físico. El hombre era pequeño y flacuchento, su cuello suelto en el collar de su camisa. Su complexión se difuminaba de café hacia amarillo veteado, y un maquillaje del color de un panqueque había sido exageradamente aplicado para disimular una erupción cutánea. Su boca se hundía en las esquinas en una mueca de enojo petulante.
“¿Quién es éste?” dijo. Su nombre, como supe luego, era Herman.
“Un amigo mío. Tiene algo de morfina de la que quiere deshacerse.”
Herman apartó las manos con indiferencia. “No creo que quiera molestarme, realmente.”
“Está bien”, dijo Jack, “se lo venderemos a alguien más. Vamos, Bill.” Entramos en la habitación del frente. Había allí una radio pequeña, un Buda chino con una vela delante y pedazos de baratijas. Un hombre estaba acostado sobre un sofá. Se sentó al entrar nosotros y sonrió placenteramente mostrando unos dientes sarrosos y descoloridos. Era una voz sureña con acento del este de Texas.
Jack dijo, “Roy, este es un amigo. Tiene algo de morfina que quiere vender.” El hombre se enderezó aún más y retiró las piernas del sofá. Su mandíbula cayó desencajada, dando a su rostro una mirada ausente. La piel de su cara era tenue y café. Los pómulos eran gruesos y parecía oriental. Sus orejas se erguían en ángulos rectos de su asimétrico cráneo. Los ojos eran cafés y tenían un brillo peculiar, como si unos puntos de luz estuvieran brillando tras ellos. La luz del cuarto reflejaba en los puntos de luz de sus ojos como un ópalo.
“¿Cuánto tienes?” me preguntó.
“Setenta y cinco jeringas de medio grano”.
“El precio habitual es de dos dólares el grano”, me dijo, “pero las jeringas valen menos. La gente quiere pastillas. Esas jeringas tienen demasiada agua y tienes que aplastarlas hasta que la merca salga y luego prepararla” Hizo una pausa y su rostro palideció. “Podría darte uno con cincuenta por grano”, dijo finalmente.
“Creo que eso estará bien”, le dije.
Me preguntó cómo podríamos contactarnos y le di mi número de teléfono.
Joey volvió con el whisky y todos bebimos un trago. Herman asomó la cabeza desde la cocina y dijo a Jack, “¿Puedo hablarte un minuto?”
Podía escucharlos discutir sobre alguna cosa. Luego Jack volvió y Herman se quedó en la cocina. Tomamos unos cuantos tragos y Jack empezó a contar una historia.
“Mi socio estaba en medio de un viaje. El tipo estaba durmiendo, y yo estaba parado sobre él con una pipa de tres pies de largo que encontré en el baño. La pipa tenía un tiro al final, ¿ven? De pronto se levanta y salta de la cama, corriendo. Se la estampo con el extremo del tiro, y él sigue corriendo directo hacia el otro cuarto, la sangre chorreando de su cabeza a diez pies cada vez que su corazón latía”. Hizo un movimiento bombeante con su mano. “Podías verle los sesos y la sangre saliendo de ellos”. Jack empezó a reírse incontrolablemente. “Mi chica me estaba esperando afuera en el auto. Me llamó–¡ja-ja-ja!– me llamó–¡ja-ja-ja!–un asesino a sangre fría”.
Se rió hasta que la cabeza se le puso morada.

Algunas noches después de conocer a Roy y a Herman, usé una de las jeringas, la cual fue mi primera experiencia con droga. Una de esas jeringas es como un tubo de pasta de dientes con una aguja al final. Empujas una punta justo hacia la aguja; la punta agujerea el sello; y la jeringa está lista para usarse.
La morfina golpea primero la parte trasera de las piernas, luego detrás del cuello, una onda expansiva de relajación separando los músculos de los huesos de manera que pareces flotar sin contornos, como estar acostado sobre tibia agua salada. Mientras esta onda de relajación se expandía por todo mi organismo, experimenté un fuerte sentimiento de terror. Tenía la sensación de que alguna horrible imagen estaba justo detrás del campo de visión, moviéndose, al tiempo que volvía mi cabeza, de manera que nunca podía verla. Sentí náuseas; Me acosté y cerré los ojos. Una serie de imágenes pasó, como ver una película: Una inmensa barra de cocteles iluminada con neones se hacía más y más larga hasta que las calles, el tráfico y las bacheadas estaban incluidas en ella; una mesera llevando un esqueleto en una bandeja; estrellas en el cielo despejado. El impacto físico del terror a la muerte; la interrupción del aliento; el detenimiento de la sangre.
Me adormecí y desperté con un arranque de pánico. A la mañana siguiente vomité y me sentí enfermo hasta la tarde.
Roy llamó esa noche.
“Acerca de lo que discutíamos la otra noche”, me dijo. “Podría darte cuatro dólares por caja y llevarme cinco ahora mismo. ¿Estás ocupado? Iré para allá. Llegaremos a algún tipo de acuerdo”.
Unos minutos después llamó a la puerta. Vestía un traje de Glen a cuadros y una camisa café oscura. Nos saludamos. Miró alrededor sin fijarse en nada y dijo, “Si no te importa, tomaré una de esas ahora”.
Abrí la caja. Sacó una jeringa y se la inyectó en la pierna. Se arremangó los pantalones rápidamente y sacó veinte dólares. Puse cinco cajas sobre la mesa de la cocina.
“Creo que las sacaré de las cajas,” me dijo. “Son muy incómodas.”
Empezó a poner las jeringas en los bolsillos de su abrigo. “No creo que me perforen así”, dijo. “Escucha, te llamaré otra vez en uno o dos días después de deshacerme de éstas y tener un poco más de dinero”. Estaba calándose el sombrero sobre su cráneo asimétrico. “Nos vemos”.
Al otro día había vuelto. Se inyectó otra jeringa y sacó cuarenta dólares. Saqué con cuidado diez cajas y me quedé con dos.
“Éstas son para mí”, le dije.
Me miró, sorprendido. “¿La usas?”
“De vez en cuando.”
“Es algo malo”, dijo, meneando la cabeza. “Lo peor que le puede pasar a un hombre. Todos creemos poder controlarla al principio. A veces no queremos controlarla.” Rió. “Tomaré todo lo que tengas por este precio.”
Al otro día había vuelto. Preguntó si no quería cambiar de opinión respecto a vender las dos cajas. Le dije que no. Compró dos jeringas por un dólar cada una, se inyectó ambas, y se fue. Dijo que había firmado por un viaje de dos meses.
Durante el mes que siguió usé las ocho jeringas que no había vendido. El terror que había experimentado después de inyectarme la primera jeringa no era notorio después de la tercera; pero aun así, de vez en cuando, después de inyectarme me despertaba con un arranque de pánico. Luego de seis semanas más o menos eché una llamada a Roy, sin esperar que haya llegado de su viaje, pero luego oí su voz en el teléfono.
Le dije, “Hey, ¿no tienes algo para vender?, ¿del material que te vendí yo antes?”
Hubo una pausa.
“Sí-i,” me dijo. “Puedo darte seis, pero el precio tendrá que ser tres dólares cada una. Tú entiendes que no tengo muchas.”
“Está bien”, le dije. “Sabes cómo se hace. Tráela para acá.”
Eran doce tabletas de medio grano en un tubo de vidrio muy fino. Le pagué dieciocho dólares y él se disculpó de nuevo por el importe al por menor.
Al otro día me compró dos de vuelta.
“Es muy difícil comprar ahora a cualquier precio”, me dijo, buscando una vena en su pierna. Finalmente encontró una y se inyectó el líquido con una burbuja de aire. “Si las burbujas de aire mataran, no habría un solo adicto vivo.”
Más tarde ese mismo día Roy me mostró una farmacia donde vendían agujas sin hacer ninguna pregunta –muy pocas farmacias las venderían sin una receta–. Me enseñó cómo hacer un collar de papel para ensamblar la aguja a un gotero. Un gotero es más fácil de usar que una hipodérmica, especialmente para inyectarte en la vena.
Algunos días después Roy me envió a un doctor con una historia de cálculos renales, para lograr que nos diera una receta de morfina. La esposa del doctor me cerró la puerta en la cara, pero al final Roy pudo pasarla y logró que el doctor nos diera una receta por diez granos.
La oficina del doctor estaba dentro del territorio de drogas en la 102, fuera de Broadway. Era un viejo tembleque que no podía resistir a los drogadictos que llenaban su oficina y que eran, de hecho, sus únicos pacientes. Parecía darle un aire de importancia mirar su oficina llena de gente. Creo que alcanzó un punto en el que podía cambiar la apariencia de las cosas para adecuarla a sus necesidades y cuando miraba su oficina veía una distinguida y diversa clientela, vestida probablemente al estilo de 1910, en vez de unos cuantos drogadictos parecidos a ratas que venían a sacarle una receta de morfina.
Roy se embarcaba en intervalos de dos o tres semanas. Sus viajes eran transportes del ejército y generalmente duraban poco. Cuando estaba en la ciudad conseguíamos casi siempre unas cuantas recetas. El viejo gruñón de la 102 finalmente perdió la cabeza por completo y ninguna farmacia haría caso a sus recetas, pero Roy encontró a un doctor italiano allá en el Bronx que las escribiría.
Me inyectaba de vez en cuando, pero estaba lejos de adquirir un hábito. En aquel momento me mudé a un departamento en el Este bajo. Era un apartamento con la puerta principal dando a la cocina.

Empecé a caer todas las noches al Angle Bar y veía mucho a Herman. Me las arreglé para superar la mala impresión que la había causado al principio, y pronto era yo quien le invitaba los tragos y las comidas, y a quien pedía prestado dinero en intervalos regulares. Herman no tenía un hábito en ese momento. De hecho, rara vez tenía un hábito a menos que otro se lo pagara. Pero siempre estaba pegado algo –weed, benzedrina, o trastornada la cabeza con “goof-balls”. Se asomaba en el Angle todas las noches con un gran bellaco llamado Whitey. Había como cuatro Whiteys que iban al Angle y eso causaba confusión. Éste Whitey combinaba la sensibilidad de un neurótico con la disposición a la violencia de un psicópata. Estaba convencido de que no agradaba a nadie, lo cual parecía causarle una gran preocupación.
Un martes en la noche Roy y yo estábamos parados al final del Angle Bar. Subterráneo Mike estaba ahí, y Frankie Dolan. Dolan era un chico irlandés con un parche en el ojo. Era un especialista en pinchazos de pésima calidad, golpeaba a borrachos indefensos y se mantenía del lado de sus cómplices. “No tengo honor”, solía decir. “Soy una rata”. Y soltaba una risita nerviosa.
Subterráneo Mike tenía una cara larga, pálida y con dientes grandes. Se veía como alguna clase de animal subterráneo especializado que hace presa de los animales de la superficie. Era un hábil y elegante trabajador, pero no tenía un frente. Cualquier policía lo emboscaría al encontrarlo, y era bien conocido por la guardia del subterráneo. Así que Mike pasaba por lo menos la mitad de su tiempo en la Isla levantando pesas para las vencidas.
Esa noche Herman estaba ebrio de “nembies” y su cabeza caía a menudo sobre la barra. Whitey desfilaba arriba y abajo por todo lo ancho del bar tratando de conseguir tragos gratis. Los chicos en la barra estaban rígidos y tensos, escondiendo sus bebidas y guardando nerviosamente su cambio. Oí a Whitey decirle al camarero, “¿Ten esto por mí, quieres?” y pasó su enorme cuchillo con seguro a través de la barra. Los chicos estaban ahí sentados y sombríos bajo las luces fluorescentes. Todos tenían miedo de Whitey, todos excepto Roy. Roy sorbía su cerveza severamente. Sus ojos brillaban con esa peculiar fosforescencia. Su enorme cuerpo asimétrico estaba apoyado contra la barra. No miraba a Whitey, sino al otro lado, donde estaban las bancas. Alguna vez me dijo, “No está más borracho que yo. Sólo está sediento”.
Whitey estaba parado en medio del bar, con los puños en alto, lágrimas corriéndole por la cara. “No soy bueno”, decía. “No soy nada bueno. ¿Acaso nadie comprende que no sé lo que estoy haciendo?”
Los chicos trataban de alejarse lo más posible de él sin atraer su atención. Subterráneo Slim, compañero ocasional de Mike, entró y ordenó una cerveza. Era alto y esquelético, y su fea cara tenía una curiosa mirada inanimada, como hecha de madera. Whitey lo golpeó en la espalda y oí a Slim decir, “Por Dios, Whitey.” Hubo algún intercambio más pero no escuché. En algún momento Whitey debió recuperar su cuchillo del camarero. Se ubicó detrás de Slim y de pronto empujó su mano contra su espalda. Slim calló hacia delante contra la barra, quejándose. Vi a Whitey caminar hacia el frente de la barra y mirar alrededor. Cerró su cuchillo y lo deslizó en su bolsillo.
Roy dijo, “Vámonos.”
Whitey había desaparecido y la barra estaba vacía excepto por Mike, que agarraba a Slim por un lado. Frankie Dolan estaba en el otro.
Oí al otro día de Frankie que Slim estaba bien. “El gruñón en el hospital dijo que el cuchillo no había alcanzado el riñón”.
Roy dijo, “El gran canalla. Puedo aguantar a un hombre con músculos de verdad, pero un tipo como ese yendo por ahí recogiendo monedas de diez y veinticinco de la barra. Estaba preparado. Le iba a patear primero en la barriga, luego iba a coger una de esas botellas de cerveza de la docena que había en el piso y romperla sobre su cabezota.
Con un villano enorme como ese tienes que usar estrategia.”
Fuimos todos expulsados del Angle, que al poco tiempo cambió su nombre por Kent Grill.
Una noche fui a la dirección de la Calle Henry a buscar a Jack. Una chica alta y pelirroja me recibió en la puerta.
“Soy Mary”, me dijo. “Entra”.
Parecía que Jack estaba en Washington encargándose de algunos negocios. “Vamos a la habitación del frente”, dijo ella, apartando una cortina roja de algodón. “Hablo con caseros y recaudadores en la cocina. Vivimos aquí dentro”.
Miré alrededor. Las baratijas habían desaparecido. El lugar se veía como un chop suey, todo revuelto. Había mesas lacadas negras y rojas esparcidas alrededor; cortinas negras cubrían la ventana. Una colorida rueda había sido pintada en el techo con pequeños cuadrados y triángulos de diferentes colores que daban el efecto de mosaico.
“Jack hizo eso”, dijo Mary, señalando la rueda. “Debiste haberlo visto. Apoyó un tablón entre dos escaleras y se acostó encima. La pintura le goteaba sobre la cara. Le excita mucho hacer cosas como esa. Sacamos ciertos placeres frenéticos de esa rueda cuando estamos drogados. Nos acostamos de espaldas y vemos la rueda y al poco tiempo comienza a girar. Mientras más la ves, más rápido gira”.
Esta rueda tenía la vulgaridad de pesadilla de los mosaicos Aztecas, la sangrienta, horrible pesadilla, el corazón latiendo en el sol de la mañana, los pomposos rosas y azules de los ceniceros, las postales y los calendarios de recuerdo. Las paredes estaban pintadas de negro y había un personaje chino con laca roja en una pared.
“No sabemos lo que significa”, dijo ella.
“Camisetas treinta y un centavos”, sugerí.
Se viró hacia mí con su negra, fría sonrisa. Empezó a hablar de Jack. “Estoy loca por Jack”, me dijo. “Trabaja siendo ladrón como si se tratase de cualquier otro trabajo. Solía venir a casa en las noches y darme su arma. ‘¡Esconde eso!’ Le gusta hacer trabajos en la casa, pintando y haciendo muebles”.
Mientras hablaba se movía por todo el cuarto, lanzándose de una silla a otra, cruzando y descruzando sus piernas, arreglándose el interior, como tratando de ofrecerme una vista de su anatomía por partes.
Continuó contándome cómo sus días estaban contados por una rara enfermedad. “Solo veintiséis casos registrados. En algunos años no podré moverme en absoluto. Te das cuenta, mi sistema no puede absorber calcio y los huesos se están disolviendo poco a poco. Tendrán que amputarme las piernas en algún momento, luego los brazos”.
Había algo de deshuesado en ella, como una criatura de las profundidades del océano. Sus ojos eran fríos como los de un pez y te miraban a través de un medio viscoso que llevaba con ella. Podía distinguir esos ojos en una informe masa protoplásmica, ondulando sobre la oscura superficie del océano.
“La bencedrina es muy buena”, me dijo. “Tres tiras de papel o como diez pastillas. O toma dos tiras de ‘benny’ y dos ‘goof balls’. Ellas caen ahí dentro y tienen una pelea. Es un buen viaje”.
Tres jóvenes criminales de Brooklyn entraron, las caras rígidas, las manos en los bolsillos, al estilo de un ballet. Buscaban a Jack. Les había dado una pequeña parte en algún negocio. Al menos, esa era la idea general. Se explicaban menos con palabras que con significativos movimientos de la cabeza y asechando por todo el departamento y apoyándose en las paredes. Después de un buen rato, uno de ellos caminó hacia la puerta y movió la cabeza. Salieron todos en fila.
“¿Quieres drogarte?” preguntó Mary. “Debe haber una cucaracha por aquí en alguna parte”. Empezó a revolver todo buscando en cajones y ceniceros. “No, parece que no. ¿Por qué no vamos a la ciudad? Conozco algunos buenos contactos que quizás alcancemos ahora”.
Un hombre joven entró de pronto con algún objeto envuelto en papel marrón debajo del brazo. “Desháganse de esto al salir”, dijo, poniendo el paquete sobre la mesa. Desfiló hacia el cuarto que estaba del otro lado de la cocina. Cuando salimos dejé caer la envoltura revelando la caja de monedas de un baño de renta crudamente forzada.
En Times Square entramos en un taxi y empezamos a subir y bajar por las calles laterales; Mary dirigía. De vez en cuando gritaba “¡Para!” y saltaba fuera, su cabello al viento, y yo la miraba alcanzar a algún personaje y empezar a hablar. “El contacto estuvo aquí hace diez minutos. Este de aquí está esperando, pero no soltará nada”. Luego: “El contacto usual se ha ido por esta noche. Vive en el Bronx. Sólo detente aquí un minuto. Tal vez encuentre a alguien en Rich´s”. Finalmente: “No parece haber nadie en ningún lugar. Es un poco tarde para cargar. Compremos algunos tubos de ‘benny’ y vamos al Denny´s. Tienen algunos números sueltos en la caja. Podemos ordenar café y drogarnos con ‘bennys’”.
Denny´s era un lugar cerca de la 52 y Sexta donde los músicos venían por café y pollo frito pasada la una de la mañana. Nos sentamos en una mesa y ordenamos café. Mary rompió magistralmente un tubo de bencedrina, extrayendo el papel doblado, y me pasó tres tiras. “Enróllalo como una píldora y remójalo en el café”.
El papel despidió un repugnante olor a mentol. Algunas personas sentadas alrededor olisquearon y sonrieron. Casi me atoré con el pedazo de papel, pero al final lo pasé. Mary escogió algunos números y empezó a golpear en la mesa con la expresión de un idiota masturbándose.
Empecé a hablar muy rápido. Mi boca estaba seca y escupía unas bolas blancas–escupir algodón, le llaman. Caminábamos por Times Square. Mary quería localizar a alguien con un ‘piccolo’ (victrola). Yo estaba repleto de benevolentes, expansivos sentimientos, y de pronto quería llamar a gente que no había visto en meses o hasta en años, gente que no me gustaba y a quienes yo no les gustaba. Hicimos una serie de infructuosos intentos por localizar al flautista ideal. En algún punto del trayecto recogimos a Peter y finalmente decidimos volver al departamento de la Calle Henry donde al menos había una radio.
Peter y Mary y yo pasamos las siguientes treinta horas en el departamento. De vez en cuando hacíamos café y tomábamos más bencedrina. Mary nos describía las técnicas que usaba para obtener dinero de los “Johns” que constituían su principal fuente de ingreso.
“Siempre prepara a un John. Si tiene algo de cuerpo en absoluto, di, ‘Oh, nunca me lastimes’. Un John es diferente de un fanático. Cuando estás con un fanático estás alerta todo el tiempo. No le das nada. Un fanático es sólo para aprovecharse. Pero un John es diferente. Le das aquello por lo que paga. Cuando estás con él disfrutas y quieres que él también lo haga”.
“Si verdaderamente quieres joder a un hombre, enciende un cigarrillo mientras tienen relaciones. Claro, sexualmente a mí no me gustan para nada los hombres. Lo que realmente va conmigo son las chicas. Me excita tomar a una de esas niñas orgullosas y romper su espíritu, haciéndoles ver que no son más que animales. Una chica nunca es bella luego de que ha sido rota. Di, esto es algo así como el lado del fuego”, dijo, señalando hacia la radio que era la única luz en el cuarto. Su rostro se retorció formando una expresión simiesca mientras hablaba de los hombres que la acosaban en la calle. “¡Hijo de puta!” rugió. “Ellos saben cuando una chica no está buscando un encuentro”. Yo solía pasear por ahí con una manopla debajo de mis guantes solo esperando a que uno de esos pasantes intentara algo.

Un día Herman me habló de un kilo de hierba de primera clase de Nueva Orleans que podría comprar por setenta dólares. Vender hierba se ve bien en teoría, como rapar ovejas o criar ranas. Por setenta y cinco centavos el porro, setenta porros por onza, sonaba como dinero. Estaba convencido, y compré la hierba.
Herman y yo formamos una sociedad para vender la hierba. Él se contactó con una lesbiana llamada Marian que vivía en la villa y decía que era poetisa. Guardamos la hierba en el departamento de Marian, la hicimos unirse por todo lo que pudiera consumir, y le dimos una comisión del 50 por ciento de las ventas. Conocía un montón de ‘teaheads’. Otra lesbiana se mudó con ella, y cada vez que iba al departamento de Marian, estaba esta enorme pelirroja llamada Lizzie viéndome con sus fríos ojos de pez llenos de estúpido odio.
Un día, la pelirroja Lizzie abrió la puerta y se quedó allí, su cara blanca como la muerte y suavizada por sueño de nembutal. Me tiró el paquete de weed. “Toma esto y lárgate”, me dijo. Nos veía a través de sus ojos llenos de furia. “¡Bastardos!”
Le dije, “dile a Marian que gracias por todo”.
Me tiró la puerta. El ruido la despertó, evidentemente. Abrió la puerta de nuevo y empezó a gritar histéricamente. Podíamos escucharla todavía desde la calle.
Herman contactó a otros “teaheads”. Todos ellos nos daban estática.
En la práctica, vender hierba es un dolor de cabeza. Para una primera vez, la hierba es incómoda. Necesitas una maleta llena para hacer algo de dinero. Si los policías empiezan a joder en tu puerta, es como andar con un atado de alfalfa.
Los “teaheads” no son como los junkies. Un junkie te da el dinero, toma su droga y se la inyecta. Pero los “teaheads” no hacen así las cosas. Esperan que el vendedor los ilumine y se siente a hablar durante media hora para vender dos miserables dólares de hierba. Si vas directo al grano, te dicen que eres un “bajón”. De hecho, un vendedor no debería salir en seguida y decir que él es el vendedor. No, él solo vende a unos pocos “colegas” y “chicas” porque es malvado. Todo el mundo sabe que él es el contacto, pero es un mal hábito decirlo. Dios sabe por qué. Para mí, los “teaheads” son insondables.
Hay muchos secretos de cambio en el negocio del té, y los “teaheads” vigilan estos supuestos secretos con un imbécil disimulo. Por ejemplo, el té debe estar curado, o es verde y raspa la garganta. Pero pregúntale a algún “teahead” cómo curar hierba y te mirará con una estúpida mirada furtiva, saliendo luego con algún doble sentido. Quizás la hierba sí afecta al cerebro con el uso constante, o tal vez los “teaheads” son tontos por naturaleza.
El té que yo tenía era verde así que lo puse a baño maría y luego al horno hasta que adquiera el color café verdoso que debería tener. Este el secreto para curar el té, o al menos una de las formas de hacerlo.
Los “teaheads” son gregarios, son sensitivos, y son paranoicos. Si llegas a ser conocido como un “cansón” o como un “bajón”, no puedes hacer negocios con ellos. Pronto descubrí que no podría continuar tratando con estos personajes y estaba feliz de haber encontrado a alguien que me quitara la hierba de encima al precio exacto. Decidí en ese mismo momento que nunca volvería a vender té.

2012-07-22.


The Beat Generation and the Angry Young Men, varios autores, editado por: Gene Feldman & Max Gartenberg, Dell Publishing, New York, 1959.

[1] La palabra “grano” es la traducción al castellano del anglicismo “grain”, que es una medida de peso anglosajona equivalente a 60 miligramos, en este caso de morfina.

 

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