Una guía para (re)lectores: del ruido a la música, de la superficie a los cimientos

Escribe | Claudio G.ª Sangil


Pink Cadillac Man (2024) de Domingo Alberto Martínez

 

 

 

 

 

 

 

West Indies Publishing (2024)
N° de páginas: 406
ISBN: 978-9916-9291-1-7
Autor: Domingo Alberto Martínez
Idioma original: castellano


Quien lea Pink Cadillac man (West Indies Publishing, 2024) de Domingo Alberto Martínez por primera vez va a disfrutar de una novela extraordinaria: la prosa barroca es acumulativa, el carnaval de voces que salta sin avisar del español cubano al inglés chicano y de vuelta al castellano con diversos matices, el humor negro que irrumpe en los momentos más tensos, la sátira feroz del sistema carcelario americano, el retrato coral de los olvidados en una prisión federal perdida en medio del desierto. Todo está ahí, todo funciona, todo tiene una calidad que pocas novelas españolas contemporáneas pueden igualar. La primera lectura es un placer completo.

Y, sin embargo, esta primera lectura se queda en la superficie. No porque la superficie sea engañosa o falsa, sino porque es tan rica y tan exigente que el lector queda atrapado en ella y no ve los cimientos. La prosa barroca no es solo un estilo, es también una pantalla. El virtuosismo verbal, la acumulación sensorial, el ruido y la furia de cada capítulo son, entre otras cosas, una estrategia de distracción. Como escuchar una improvisación de Thelonius Monk sin percibir que debajo late una estructura tan sólida y precisa como la de una sinfonía de Bach. Esta guía está escrita para quien ya conoce el libro y quiere escuchar la música —o para el lector que no lo ha leído y no le importa saber quién fue el asesino.

VI. La arquitectura invisible: la cuenta atrás
El primer cimiento que hay que ver es el más visible y, paradójicamente, uno de los más ignorados. Los capítulos de Pink Cadillac man van numerados del diez al uno. En la primera lectura esto parece un detalle de diseño, quizás un guiño cinematográfico. En la segunda se revela como una declaración de destino. Desde el primer capítulo hay un punto final que se acerca con independencia del ruido ambiente. No importa cuánto humor negro haya, cuántas digresiones, cuántos personajes secundarios memorables; el mecanismo cuenta —o mejor dicho, descuenta— y no se detiene. El condenado que espera la silla eléctrica quizá sea Sonny o quizá no lo sea, pero la cuenta atrás es para todos.

Este mecanismo implacable, este fondo de reloj funcionando bajo la comedia y la sátira, es uno de los avisos del autor. Eh, parece decirnos, esto no es solo una novela costumbrista carcelaria. Wilbur canta sus trovas sureñas capítulo a capítulo, y cada capítulo que pasa es uno menos. Cuando en el último la balada de Wilbur llega literalmente a su fin —en uno de los finales más poéticos que he leído en mucho tiempo— y el guardia entra corriendo para desconectar la megafonía, el lector que no había visto el reloj lo siente de golpe. El que lo vio desde el principio lo estaba esperando, y eso cambia por completo la experiencia de la novela.

Con la cuenta atrás, hay una segunda arquitectura temporal, menos obvia todavía: la novela no avanza en línea recta, sino en espiral; el presente en la cárcel se interrumpe constantemente con saltos al pasado de Sonny, su infancia en Cuba, el exilio familiar en Nueva York, los años en la calle, el crack, la violencia policial, las noches en los túneles del metro. Esos saltos no son digresiones sino excavaciones. Cada uno profundiza en el mismo territorio: cómo Sonny llegó a ser quien es y a estar donde está. La forma de la novela es la forma de una memoria que trabaja, que vuelve siempre a los mismos lugares buscando una explicación que nunca termina de encontrar.

V. El meollo oculto: una novela sobre padre e hijo
La novela abre con una promesa narrativa que parece sencilla: «Que yo sepa, mi padre lloró tres veces en su vida». Y nos cuenta las dos primeras. La primera, al pisar suelo americano. El padre, que es un cubano bien macho, se arrodilla y besa el suelo, y luego niega haber llorado y lo jura por la Virgen de la Concepción Inmaculada. La segunda, ante la Estatua de la Libertad, cuando le dice a su hijo: «mira, mi hijo, esto es América, ¡América!, y se le inflaban los carrillos de grandes palabras y frases hechas». Y el bigotazo de revolucionario cubano le cortaba el paso a las frases y lo dejaba sin aire, y el pequeño Sonny, a punto de vomitar en el ascensor de la Estatua encima de «una gringa vestida como un seto con floripondios», lo veía todo y así lo recuerda luego, a su padre moqueando «como un chama».

Dos llantos, dos rendiciones del orgullo cubano y una promesa implícita que el libro va a cumplir más adelante. La tercera vez, convenientemente aplazada hasta el penúltimo capítulo, bajo el epígrafe «La otra vez que lloró mi padre», es el verdadero núcleo de la novela, el momento al que todo lo demás apuntaba sin que el lector se hubiera dado cuenta.

Los padres de Sonny viajan desde Nueva York para visitarle en El Secadero. El padre llega «flaquito y revejido, medio mascado por la edad; el cabello escaso, los ojos entre arrugas y el bigote, antes orgulloso, desflecado y feo, amarillo a trechos». El cáncer lo tiene bien masticado, al pobre. En este momento, Sonny revela lo que se ha resistido a contar durante toda la novela: su homosexualidad, la fractura que lo separó de su padre, el muro de años hecho de silencio y distancia. Y ambos, sin palabras explícitas, en el único lugar y el único momento en que podían hacerlo, se perdonan mutuamente y se perdonan a sí mismos.

La tercera vez que el padre llora es la más cargada de sentimiento, precisamente porque es la más pequeña. No es el llanto a moco tendido del principio, las lágrimas gordas de la Estatua de la Libertad. Es un llorar «quedito», casi secreto, el del hombre que no puede evitar el llanto, pero que tampoco se permite mostrarlo del todo. En ese diminutivo tan tierno cabe todo: el orgullo cubano que durante años le impidió aceptar a su hijo como era y la rendición final de ese orgullo ante algo más grande todavía. La imagen tiene una precisión devastadora, y el hecho de que Alberto haya tardado toda la novela en llegar a ella, haya aplazado la promesa del primer capítulo durante cientos de páginas, demuestra un instinto narrativo que solo se entiende con claridad tras una nueva lectura.

Leída la novela por segunda vez con este foco, todo se reorganiza. Los flashbacks cubanos, los recuerdos del Harlem hispano, las menciones a René, el hermano de Karina, que acaba destruido, arrollado por la vida, adquieren un peso diferente. No son pinceladas de color local sino las piezas de un rompecabezas cuyo centro es la relación entre un padre que quiso que su hijo fuera un hombre según sus términos y el hijo que no pudo serlo. Todo lo que Sonny es, todo lo que lo trajo a este desierto, tiene que ver con esa fractura. Y la visita de los padres, ese viaje desde Nueva York de un hombre masticado por el cáncer, es el cierre del único arco que importa.

IV. El collage: la novela explicando su propio método
En el capítulo final, Sonny está en su celda con unas tijeras infantiles de puntas redondeadas, recortando imágenes de revistas, catálogos de muebles, etiquetas de latas de comida, cómics, portadas de discos, construyendo composiciones que mezcla y retoca durante horas, a veces durante días enteros. Los collages de Sonny son, en la superficie del relato, esos paisajes coloridos, la afición que se convirtió en negocio, un soplo de aire fresco en el interior de las celdas. La alcaidesa tiene un Sonny original en su despacho y también el Tino Seisdedos tenía uno con los cuervos de Dumbo posados irónicamente en un arce, titulado El Gran Lago de los Esclavos.

Nada es gratuito en la prosa del autor. Los collages de Sonny son también, y esto es lo que la primera lectura no revela, la declaración del método de la novela misma. Pink Cadillac man es un collage, por supuesto; una composición de voces, registros, saltos temporales y fragmentos que construyen, en su conjunto, no la realidad objetiva, no los hechos como ocurrieron, sino la versión de Sonny. Su «coartada», si queremos llamarla así. El narrador nunca dice directamente qué hizo para acabar en el corredor de la muerte. Lo que nos ofrece a manos llenas es su reconstrucción de los hechos, recortada y recompuesta con la misma habilidad con la que selecciona las imágenes de las revistas. La prosa barroca, el humor que irrumpe en los momentos más tensos, la acumulación sensorial que marea al lector, son también estrategias del collagista: técnicas para desviar la atención, para construir una imagen que tiene la textura de la verdad. Un juego de manos.

Y aquí entra como un elefante en una cacharrería Matthews, el personaje del periodista con una crisis galopante de los 40, que visita la prisión en un principio para entrevistar a la alcaidesa —esa alcaidesa que a mí, particularmente, me hizo pensar en alguna presidenta de comunidad española de cuyo nombre no quiero acordarme—, charla después con los presos y finalmente toma notas para un libro que, según le dice a Jesse, su camarero de cabecera, «va a poner el sistema penitenciario en general y la administración de El Secadero en particular a caer de un burro». Alberto no lo explica, pero la lógica narrativa de la novela lo sugiere con insistencia: lo que leemos es la confesión de Sonny a Matthews, el relato que el periodista ordenará y acabará publicando más adelante. La voz de Sonny que nos llega con toda su intensidad y su desvergüenza, con su humor y su dolor, es el material en bruto de un libro que Matthews está por escribir. El collage que Sonny hace con tijeras y revistas en su celda es la misma operación que Sonny hace con su vida al contársela al periodista. Y la novela que tenemos en las manos es el libro que Matthews está escribiendo.

El epílogo termina de cerrar el juego. La voz que habla ya no es la de Sonny ni es exactamente la de Matthews, aunque tiene un poco —o un mucho— de ambas, sino que es la del propio autor, el zaragozano Domingo Alberto Martínez, contándonos en primera persona cómo empezó a escribir este libro siendo universitario, nos habla de los premios y los cajones, del confinamiento durante el Covid, momento en el que decidió reescribir la obra de arriba abajo. La novela se pliega sobre sí misma. Sonny hace collages. Matthews construye su libro con los materiales de Sonny y de otros presos. Alberto levanta pieza a pieza su novela con los materiales de todos. Las tres operaciones son la misma: seleccionar, recortar, componer una imagen que tiene la textura de la verdad, sin ser simplemente la verdad.

III. La luciérnaga: el símbolo que lo alumbra todo
En el último capítulo, mientras Sonny espera la ejecución de Wilbur y piensa en su padre y en lo mezquinos que nos volvemos a veces con las personas que queremos, algo cruza por delante… Una luciérnaga. No una mosca, ni una polilla; una luciérnaga, perdida en el interior de una prisión federal en mitad del desierto. Sonny la sigue con la mirada, se levanta despacio para no espantarla, extiende la mano y la atrapa. Y entonces se ríe, sin saber muy bien por qué lo hace, entusiasmado como el chico «que cacha una bola de jonrón en el Yankee Stadium». Separa las palmas lo justo para verla por la rendija. Ahí la tiene, esa chispita de luz.

En este punto, la prisión vibra. Los fluorescentes chisporrotean, la silla eléctrica funciona. Sonny se sobresalta y cierra los puños sin querer. Cuando despega las palmas observa el garabato aplastado. Las alas torcidas de la luciérnaga, que ha dejado de alumbrar.

Para entender por qué este final es tan devastador, tenemos que traer a colación un sueño de infancia de Sonny, que seguramente nos habrá pasado desapercibido, medio oculto entre fragmentos más interesantes de su memoria. Siendo un niño en Cuba a cargo de la tía Amaranta, Sonny soñaba que era un cocuyo, una luciérnaga, un gusano de luz que atravesaba la paramera, y de pronto algo se cerraba sobre él y lo atrapaba: la mano sin carne de un muerto, toda tendones y venas, era su jaula, y la ciudad en ruinas que aparecía en el sueño, la tía Amaranta, lectora fanática de la Biblia y castrista a pies juntillas, la llamaba Sodoma, esa Sodoma desértica que imaginariamente no queda tan lejos del desierto de Sonora ni de la prisión de El Secadero, en la que habitan los muertos —la novela está salpicada de estas resonancias. Sonny soñó de niño su destino sin saberlo. La luciérnaga atrapada por un habitante de Sodoma con pinta de zombi de serie B prefigura lo que va a ocurrir después. El cubano cargó con esa imagen desde la infancia, en una ironía trágica muy euripidea. La jaula siempre estuvo ahí, esperándolo.

La imagen final funciona en varias direcciones simultáneamente, que es la marca de los mejores símbolos. La luciérnaga es el Sonny de antes, el niño cubano lleno de luz propia que cruzaba el desierto. Al aplastarla sin querer, Sonny aplasta algo de sí mismo, la luz que tenía antes de todas las decisiones que lo han traído hasta donde se encuentra. Es también la vida de Wilbur, que se apaga exactamente en ese instante en que los fluorescentes chisporrotean. Y el hecho de que sea un gesto involuntario, que Sonny no lo quiera hacer, sino que le ocurra porque la prisión vibra, es la declaración más honesta sobre el libre albedrío dentro de un sistema diseñado para aplastarte: puedes tener las mejores intenciones y aun así acabar siendo el instrumento de tu propia destrucción, porque el contexto hace que cualquier gesto sea potencialmente fatal. Aquí es cuando la ironía se viste por completo de tragedia.

El momento en que el Estado mata a un hombre y Sonny aplasta sin querer la luciérnaga no es una coincidencia dramática. Es una ecuación moral: la violencia del sistema se filtra por las paredes de la celda y encuentra su eco en ese gesto involuntario. Nadie es completamente inocente en ese instante. Ni el Estado ni la mano que, sin querer, aprieta.

II. Contar como acto de resistencia
Hay una pregunta que la novela no responde de manera explícita, pero que lo organiza todo: ¿por qué cuenta Sonny su historia? Durante casi toda la obra Sonny es un observador. Ve cómo Franks el indio se rebela con todas sus fuerzas y es aplastado, enterrado literalmente. Sonny no es tan valiente, él no quiere luchar. Tiene miedo, como tenemos miedo muchos de nosotros cuando nos enfrentamos con algo más poderoso. «I fought the law, and the law won», recuerda el estribillo de la canción. El sistema lleva la banca y la banca tiene todos los triunfos. ¿Quién querría apostarse el pellejo?

Sin embargo, en el penúltimo capítulo algo cambia. La visita de los padres, ese padre masticado por el cáncer que aun así cruza medio país para ver a su hijo, la revelación de la homosexualidad y el perdón implícito que la sigue, produce en Sonny un movimiento que la novela no describe directamente, pero que el lector puede inferir con precisión: si su padre fue capaz de vencer su orgullo y su distancia para venir hasta ese desierto, Sonny puede ser capaz de vencer su miedo para luchar por su vida de la única manera que tiene. No con los puños y la fuerza, como Franks, ni con la inteligencia, como don Rafael. Sino con la voz.

La confesión a Matthews, el relato que el periodista convertirá en libro, es el acto de resistencia del hombre que no puede saltar las tapias de la prisión, pero que sí puede contar su versión, exigir que el sistema responda a su historia, solicitar el juicio justo que su abogado ya ha pedido por presuntas irregularidades en el proceso. Sonny no lucha con el cuerpo, lo hace artísticamente, con su collage. Y ese collage es la novela que tenemos entre las manos. El Sonny que al principio de Pink Cadillac man era incapaz de enfrentarse a nada no es el mismo que al final decide contarlo todo. El personaje evoluciona, pero lo hace de manera tan discreta, tan enterrada bajo el ruido de la sátira y el humor negro, que solo se ve con claridad cuando uno se pone a rastrear ese cambio.

El detonante de esa transformación, conviene no olvidarlo, es el padre. El mismo cubano bien macho que lloró tres veces en su vida. La novela es, en último término, la historia de un hijo que aprende de su padre y de un padre que aprende de su hijo. Eso es lo que está debajo del barroquismo y el virtuosismo verbal, debajo del carnaval de voces y los personajes secundarios memorables y la sátira feroz del sistema americano. Una historia sencilla y universal disfrazada de jazz cubano y desierto yanqui.

I. Para terminar: por qué el lector no lo ve
El problema de Pink Cadillac man no es su calidad, que está fuera de toda duda y es verificable en cada página. El problema es que su autor es demasiado buen escritor de superficie. La prosa de Domingo Alberto Martínez deslumbra en la primera lectura, y ese deslumbramiento, paradójicamente, impide ver lo que hay más allá. Los lectores que se han acercado a la novela han salido hablando de la sátira del capitalismo y el retrato de las cárceles americanas, del humor negro, del lenguaje cubano, ese variado y rico friso que forma el lenguaje, y que el autor maneja con precisión de filólogo. Todo está ahí y es tan intenso y colorido como los neones de Broadway, como los fuegos artificiales un 4 de julio, y por lo general nos deslumbra. Por eso la historia de un padre y un hijo que se perdonan todo en un locutorio de una prisión federal, entre silencios, el collage como metáfora de la propia novela, el sueño de la luciérnaga que Sonny tuvo en Cuba y que se cumple en el último capítulo, pocos lo han visto.

Como los mejores magos, Alberto no muestra sus mecanismos, no nos explica los trucos, no los subraya. Pone los ingredientes y espera. Podría lanzarnos una cuerda en algún momento clave, he llegado a plantearme, pero en su lugar nos deja chapotear a nuestras anchas; confía en nuestra capacidad deductiva, lo cual a veces es mucho confiar. La segunda lectura de Pink Cadillac man es una experiencia completamente distinta a la primera, no porque la novela sea otra, sino porque el lector, como el buen perro trufero, intuye ya dónde tiene que escarbar. Y lo que encuentra es una arquitectura de una solidez y una elegancia que la superficie brillante y ruidosa raramente permitía adivinar.

Vuelva al principio, es mi consejo. Encuentre las tres veces que el padre llora. Busque el sueño de la luciérnaga, que tanto enriquece el final. Y no solo eso, todo lo otro también, lo que no cabía aquí, las sorpresas, los giros, cuando el autor detiene su mirada en el esplendor y la caída de Sweetwater o en el hundimiento del SS Diamond Queen, la huida del Tino Seisdedos por los pasillos de la residencia o la batalla de pasteles contada por un enano a un ciego, la detención del conductor de la funeraria, las quejas sottovoce de Caviar, la drag queen, los quesos… ¡y las ventosidades! Preste atención a las tijeras de Sonny recortando revistas, a la ironía, la imbricada red de referencias. Siga el hilo de Matthews guiándonos por el laberinto de El Secadero desde su primera aparición. Y lea el final sabiendo que la prisión va a vibrar.

Porque la luciérnaga está ahí, todo está ahí. Solo hay que saber mirar, sumergirse en la prosa hipnótica de su autor. Y tener paciencia.

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