Un capítulo de «El hotel de los sueños» de Laila Lalami, la primera de sus novelas traducida al español

El hotel de los sueños (2026) de Laila Lalami

 

Laila Lalami (Rabat, 1968) es autora de cinco libros, entre ellos The Moor’s Account (2014), que ganó el American Book Award, el Arab-American Book Award y el Hurston/Wright Legacy Award.

Fue finalista del Booker Prize y del Pulitzer de ficción. Con The Other Americans (2019), ganó el Joyce Carol Oates Prize y fue finalista del National Book Award.

También es autora de otras novelas como Hope and Other Dangerous Pursuits (2005), Secret Son (2009) y The Dream Hotel (2025). Además, es autora en No ficción del libro Conditional Citizens: On Belonging in America (2020). Sus libros han sido traducidos a veinte idiomas.

Sus artículos han aparecido en Los Angeles Times, The Washington Post, The Nation, Harper’s, The Guardian y The New York Times.

Ha recibido becas del British Council, el programa Fulbright, la Fundación Guggenheim y el Radcliffe Institute de Harvard. Vive en Los Ángeles.

En esta ocasión, os traemos el primer capítulo de El hotel de los sueños (Sexto piso, 2026) de Laila Lalami –titulada en su versión original en inglés como The Dream Hotel–, que está en circulación en librerías españolas desde hace pocos días y constituye el primer libro traducido a nuestra lengua de la escritora marroquí-estadounidense.


Primer capítulo de El hotel de los sueños

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Eres buena persona. Si estuvieras en posición de frenar un
desastre, seguramente lo harías. Cada vez que el asesinato de
una mujer acapara titulares, tu primer instinto es preguntar
por qué nadie hizo nada ante las heridas y contusiones que
hubo que curar, ante las repetidas infracciones de la orden de
alejamiento cometidas por el novio, ante los alarmantes men
sajes que él le mandaba y en los que exponía con detalle lo que
planeaba hacerle. Cuando hallan el cadáver de un niño en el
parque, te preguntas en voz alta si alguien alguna vez reparó
en el padre alcohólico de mal carácter, en el profesor de gim
nasia que acechaba en las duchas, en el tipo raro que vigilaba
el parque desde un banco. Imagina a esas mujeres. Imagina
a esos niños. ¿Y si pudieras salvarlos de esos monstruos? No
tienes que hacer absolutamente nada. Ya has aceptado los tér
minos de servicio.
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En cuanto nota que el sueño cede ante la realidad –o quizá sea a la inversa–, se deshace de la maraña de sábanas y sale dando tumbos al pasillo. Se queda ahí esperando hasta que el timbre deja de sonar, descalza sobre el suelo frío. Está de pie, quieta, con las extremidades rectas, los ojos fijos en un punto a media distancia; si Madison le ha enseñado algo es que la obediencia empieza por el cuerpo. El truco está en ocultar cualquier atisbo de personalidad o indicio de diferencia. En el techo, las cámaras observan desde sus cápsulas blancas.
.        Junto a ella, el resto forma una hilera, se frotan el sueño de los ojos, entrecierran los párpados bajo las luces cromadas. La iluminación data de 1939, cuando Madison era una escuela pública en la que, al llegar el otoño, se matriculaban hasta cuatrocientos niños. Por entonces, en la ciudad de Ellis había una fábrica de herramientas agrícolas, un cine, unos prósperos billares, dos hoteles modestos y unas fuentes termales que atraían a turistas de Los Ángeles, a más de ciento cuarenta kilómetros de distancia. Un siglo después, la fábrica había echado la persiana y las fuentes se habían secado. La escuela permaneció vacía y con las paredes manchadas de moho hasta que el ayuntamiento se la vendió a Segur-X. Debido a los requisitos legales que limitaban las labores de reforma, los nuevos dueños de Madison tuvieron que conservar la iluminación y los elementos de metal originales, pero tiraron las pizarras, arrancaron de las paredes los mapas estatales y los carteles con el alfabeto, subastaron el mobiliario y convirtieron la segunda planta en un módulo.
.        El día que la condujeron hasta su catre en la 208, el olor a friegasuelos industrial la descompuso. Forcejeó con la ventana hasta que los nudillos se le pusieron blancos antes de entender que estaba soldada. Pero ahora el olor a pino sintético ya no le molesta tanto. Vivir con personas desconocidas en habitaciones desnudas, ducharse junto a otra gente en cubículos abiertos, amontonarse en la cola de las telecápsulas… Todo eso la ha enseñado a permanecer alerta a aromas más íntimos. Es capaz de oler, a más de un metro, la crema que se pone su compañera de habitación en la piel para tratarse la erupción que le ha salido en la cárcel.
.        Los auxiliares se alteran cuando alguna de las mujeres llama «cárcel» a Madison. Esto es un centro de retención, dicen, no una prisión ni una cárcel. Nadie os ha condenado, no estáis cumpliendo ninguna pena. Solo se os retiene aquí hasta que concluya vuestra observación forense. Y cuánto tiempo es eso, pregunta siempre alguien. Depende, responden los auxiliares. Algunas retenidas están solo veintiún días, otras deben
quedarse un poco más. Los auxiliares nunca llaman presas a las mujeres. Dicen «retenidas», «residentes», «alistadas» y a veces «participantes del programa».
.        Hinton entra por la puerta cuando han pasado siete minutos de las seis. Se habrá encontrado más tráfico en la autovía o habrá habido algún retraso en la sesión informativa de seguridad. Esa mañana lleva el pelo como recién cortado, lo que le resalta los pómulos y los ojos, brillantes y ansiosos. Sin embargo, sus finas facciones quedan empañadas por la cicatriz de una quemadura que le recorre la base del cuello, justo por encima del borde almidonado del uniforme. Esa cicatriz es un cotilleo recurrente en Madison. Hay quien dice que Hinton resultó herido en el incendio del complejo de Tujunga, que arrasó con su casa y en el que murió su perro, un pastor alemán, supuestamente. Otra gente afirma que la marca parece antigua, así que debe de ser de algún accidente de juventud, un percance con un petardo, dicen, o una pelea junto a una fogata. ¿Quién sabe? El caso es que esa cicatriz le da personalidad, lo salva de una insulsa perfección estética.
.        Sin darse ninguna prisa, Hinton avanza por el pasillo. En la 202 reprende a dos retenidas por una toalla que hay tirada en el suelo, hecha un gurruño; ha debido de deslizarse y caerse del gancho de la pared, pero eso da igual: ellas son las responsables de mantener los dormitorios en orden. En la 205 hay otro problema, una papelera desbordada o algo así. Aunque es en la 207 donde la vigilancia de Hinton da sus frutos: ahí en
cuentra, debajo de una manta, una luz de noche a pilas, más pequeña que una uña. Permanecer despierta pasadas las diez va contra las normas, y todo el mundo lo sabe.
.       —Sois de lo que no hay –dice Hinton, y silba con fingida admiración.
.       Del bolsillo del pecho saca el Tekmerion y toca la pantalla para dar parte.
.       —Es como si ni os molestarais en bajar de puntuación.
.       Dos pasos más y estará en la 208. Desprende un olor que ella percibe ya desde ahí: huele a ramen instantáneo, un ramen que Hinton se prepara con agua caliente del grifo y se toma sentado a su mesa antes de comenzar el turno. ¿Sabrá que es objeto de tantas especulaciones? ¿Le importará? Quizá también él cotillee sobre las mujeres mientras almuerza con los otros auxiliares o mientras charlan en el vestuario al término de una larga jornada. Una cosa es segura: ese hombre se enorgullece de su trabajo. Siempre se ocupa de la revisión matutina de dispositivos, en vez de delegar la tarea en un subauxiliar. Y jamás lo hace con prisas, aunque las mujeres estén todas de pie en el pasillo tiritando de frío.
.       Da igual cuánto tarde Hinton en llegar a su altura: ella nunca baja la cabeza para facilitarle el acceso a la parte de atrás de su oreja. Se trata de un detalle menor, pero es su forma de expresar resistencia. Hinton le apunta el escáner a la parte posterior del cráneo y el aparato emite un pitido, lo que significa que la neuroprótesis de la retenida M-7493002 [nombre de usuaria: Sara T. Hussein] no se ha manipulado durante la noche.
.       Sara está a punto de darse la vuelta cuando Hinton le pregunta:
.       —¿Qué te pasa? –Los ojos fijos, sin parpadear–. Estás un poco rara hoy.
.       ¿Cómo se ha dado cuenta? Sea como sea, otra cosa que Madison le ha enseñado es a mantener la boca cerrada. Cualquier respuesta, por anodina que sea, podrá usarse en su contra. Permanece a la espera, confiando en haber adoptado una expresión lo bastante vacía, hasta que Hinton pasa a su compañera de habitación.
.       Ahora sí puede comenzar el día.
.       Es una mañana gélida de octubre, la mañana de su trigésimo octavo cumpleaños.
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Ante el pequeño espejo que hay encima del lavabo, Sara se recoge el pelo en un moño prieto. Emily ya se ha puesto los zapatos; la han asignado a cocina y tiene que estar allí temprano, antes del timbre del desayuno. Las mujeres que llevan un tiempo en Madison han aprendido a valorar la rutina, pero las retenidas más nuevas suelen volverse directas a la cama tras la revisión de dispositivos. Siguen negando su situación, repasando todos los detalles de lo que les ha ocurrido con la esperanza de identificar el momento exacto que inclinó los cálculos del algoritmo en su contra. Se quedan tumbadas de cara a la pared o mirando fijamente el techo, impasibles ante el sonido del trajín en el pasillo o el estruendo del soplador de hojas fuera. De noche salen de las habitaciones el tiempo justo para comer algo y luego retoman su meditación silenciosa. Adaptarse a Madison lleva un tiempo. Y no solo al centro en sí, sino al concepto que hay detrás.
.       Lo primero es ajustarse al propio tiempo. Cada día se asemeja al anterior en una monotonía que multiplica la aprensión de las mujeres y las hace tomar decisiones perjudiciales para sus casos. Algunas se niegan a remitir evaluaciones de estado mental o a proporcionar muestras de orina a demanda; otras llegan a meterse en acaloradas discusiones con los auxiliares. Aun así, también los escasos días que rompen con el tedio resultan, a su modo, complicados: una llamada de teléfono de un ser querido o la visita de un abogado pueden generar consuelo en la misma medida que congoja. A las retenidas les pesan tanto la monotonía como la excitación, aunque sea de formas distintas. Sara no cuenta el tiempo en días ni en horas, sino en hitos.
.       Como los primeros pasos
.       Jugar a cucutrás.
.       La palabra «mamá».
.       Y ahora su cumpleaños.
.       Se lava la cara y echa un vistazo a la habitación para asegurarse de que todo esté colocado según la normativa. En su repisa, en un marco de plástico adquirido en el economato, tiene una fotografía de sus hijos en sus tronas. Mona sonríe a la cámara mientras Mohsin mira las rodajas de plátano que hay en su plato, con los dedos posados sobre un trozo. La foto se ha quedado antigua, pero a Sara le gustan demasiado las expresiones de sus gemelos para cambiarla por una más reciente. Junto al marco hay una pila de cartas, un libro de relatos de Jorge Luis Borges que sacó de la biblioteca y un cuaderno.
.       Sara se resistió cuanto pudo a la tentación de llevar un diario. Escribir sobre su vida en Madison le parecía una especie de capitulación: la aceptación tácita de que su retención no era un malentendido que fuera a corregirse en poco tiempo, nada más aparecer las evidencias pertinentes, sino el resultado de las sospechas razonables que la AER tenía sobre ella. Por supuesto, le preocupaba igualmente que los agentes, a quienes solo les interesaban los datos y no la verdad, usaran en su contra lo que escribiese ahí. Día tras día se tumbaba en su catre y se ponía a rumiar cómo había acabado en Madison y cómo podría demostrar que era inocente de los planes violentos que, según ellos, tenía en mente.
.       Pero llegó un momento en el que se cansó de mirar fijamente paredes vacías y sus antiguos hábitos volvieron a imponerse. De formación, Sara es historiadora del África postcolonial, especializada en movimientos de independencia y creación de fronteras, aunque no ha ejercido nunca como tal, salvo unos años que estuvo de profesora en la Universidad Estatal de California. Se ha pasado la mayor parte de su carrera trabajando como archivista digital, una tarea que no le exige preparar clases, le permite escribir sobre temas que le resultan interesantes y le da acceso a un seguro de salud. O al menos así era.
.       Mientras espera que suene el timbre del desayuno, escribe sus sueños con todos los detalles que logra recordar. Anoche soñó que estaba un día mirando Printastic mientras desayunaba cuando se topó con una fotografía de 1954 de unos combatientes por la independencia de Marruecos que aparecían equivocadamente identificados como reclutas del Ejército francés. Se trataba de un error bochornoso que no cometería ni un estudiante de primero de Historia Africana, y sin embargo Sara no tardaba en descubrir, con espanto, que la fotografía se había subido desde su propia cuenta. Ya había docenas de comentarios burlándose o ridiculizándola por la metedura de pata. Pero daba igual cuántas veces le diese a Eliminar; la imagen seguía ahí y no paraban de saltarle notificaciones nuevas en su dispositivo: el agudo sonido de su desgracia. La única manera de borrar la fotografía era eliminarla del ordenador central, que se encontraba en un búnker bajo su edificio. Entonces aparecían ante ella las escaleras, y Sara las bajaba de dos en dos, con la mano rozando apenas la barandilla mientras se precipitaba hacia el sótano. De pronto, las escaleras se fundían en arenas movedizas y se le hundían los pies.
.       Otro sueño más de humillación. Al escribirlo se da cuenta de que lo que más escuece no es el momento de vergüenza pública, sino el silencio de la gente que ella pensaba que saldría en su defensa. La sensación de estar infectada y merecer el ostracismo le resulta dolorosa y le recuerda a sus primeros días en Madison, cuando aún esperaba recibir la noticia de que su amiga Myra, con la que iba muchos fines de semana a caminar por el Will Rogers State Park, había salido en su defensa. Myra se pasaba toda la ruta de subida al Inspiration Point hablando sobre lo asqueada que estaba de los hombres con los que salía y sobre sus planes de mudarse a Francia en cuanto cumpliese los requisitos del visado para personas en edad reproductiva exigidos allí. Una vez en el mirador, sin embargo, el Pacífico glaseado de sol la sumía en un silencio de ensueño. Luego hacía el camino de vuelta hablando de por qué era incapaz de dejar atrás a la gente a la que quería, a gente como Sara. Siempre era un consuelo escuchar que Myra valoraba su amistad. Y al final ha resultado que, desde que está en Madison, solo su familia ha permanecido en contacto con ella; el resto de la gente tiene miedo de que ese vínculo pueda perjudicar su puntuación de riesgo.
.       Ahora se acerca a la ventana. Si estira el cuello de un modo concreto y se rodea los ojos con las manos para bloquear la luz del techo, alcanza a ver un tramo de carretera bordeado de gobernadoras y, más allá, una montaña. Seguramente no sea tanto una montaña como una colina, pero está cubierta de más gobernadoras y de flores de rocío que tiemblan ante la mínima brisa. Esa mañana el cielo está nublado. Una bandada de mirlos se reúne en formación y vuelve a romperse antes de desaparecer de su vista. Al igual que Hinton, la señora mayor llega un poco tarde hoy. Se mueve pesadamente hasta la parada de autobús, sobrecargada con las cestas de paja, los sombreros y las alfombras, y sus largos pendientes de cuentas se balancean a cada paso. Sara interpreta que es una artista que sale de su taller tres días por semana para vender sus piezas originales en los mercadillos de las localidades vecinas.
.       Entonces llega el autobús; al detenerse, los frenos chirrían. La señora se sube, se escanea el rostro y coloca sus cosas en la balda para equipajes. El conductor espera, observando por el espejo retrovisor mientras la mujer toma asiento en la zona de prioritarios, de cara a Madison. ¿Podrá ver a Sara desde tan lejos? Es imposible saberlo. En cualquier caso, le gusta pensar en esa señora mayor como en una amiga, una buena amiga que se ocupa de saber cómo está varias veces por semana.
.       Se queda mirando hasta que el autobús sale de su vista y la escena recupera su tranquilidad. Los momentos de soledad son escasos en Madison y trata de hacer que este dure lo máximo posible, aunque se da por vencida cuando suena el timbre del desayuno.
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Tras bajar las escaleras, dobla una esquina iluminada por el ojo ciclópeo de una ventana tipo portilla. Los arquitectos que diseñaron Madison querían que fuese la encarnación del mundo moderno: le pusieron un tejado plano, balaustradas de tubos de acero y formas curvas que evocaban transatlánticos surcando el océano a una velocidad récord. Las paredes debían ser lisas y blancas; los marcos de las ventanas, de color azul marino. La Gran Depresión, el Dust Bowl, los barrios de chabolas proliferando en paisajes estériles…, todo eso pertenecía al pasado. El futuro era de la ciencia y del progreso.
.       De camino a la cafetería pasa por el mural que hay a la entrada del auditorio, financiado con las ayudas estatales del New Deal. Se trata de la única obra de arte presente en todo el centro y por ese motivo no es raro encontrarse a alguna retenida allí de pie, a cierta distancia, admirándolo. Lo pintó Victor Arnautoff y representa una escena de campo en los años treinta: jornaleros con sombreros, arrodillados entre surcos cosechando lechugas, y al fondo un capataz vestido con un peto azul, apoyado en una oxidada camioneta blanca. Los colores se conservan notablemente bien; la pintura no está expuesta a la luz directa. Para Sara, permanecer aunque solo sea un momento bajo ese mural es como retroceder cien años en el tiempo. Siempre resulta un poco impactante pasar de esa obra de arte al siguiente pasillo, una de cuyas paredes está cubierta de extremo a extremo por las brillantes pantallas de ordenador en las que se detalla la asignación de trabajos.
.       En la cafetería hay más bullicio los martes y los jueves, cuando sirven huevos y patatas para desayunar. Hoy es lunes. No hay mucha cola. Sara espera a que el sistema de reconocimiento facial la identifique y luego coge una bandeja. Las gachas de avena, o lo que pasa por serlo, borbotean en una olla enorme con el logo de NutriSegur grabado. Emily sirve ese líquido grisáceo en la bandeja de Sara y concluye la acción con un decidido toque del cucharón contra el borde. Añade una rebanada de pan de una cesta de tostadas apenas descongeladas y un vasito con fruta de la pila que hay en el otro extremo del mostrador.
.       —Regalo por madrugadora –le dice a Sara mientras se rasca la erupción de la cara con la parte interna del brazo.
.       Da igual con qué crema del economato pruebe Emily: el sarpullido se le va y siempre vuelve a los pocos días.
.       —Qué suerte tengo.
.       Sara se lleva la comida a una mesa vacía debajo de las ventanas. Las gachas son grises y están arenosas; para pasarlas necesita rebuscar un recuerdo del que alimentarse. Un plato con esponjosos beghrir, miel de lavanda en un cuenquito, una taza de té a la menta: el desayuno que solía prepararle su madre las mañanas que necesitaba un poco de ánimo.
.       El reloj de la pared del fondo marca las 6.33. El día se le presenta increíblemente largo, incluso teniendo un segundo turno. Lo único que la mantiene en marcha es la perspectiva de recibir una tarjeta de Elias y los gemelos. No se les permite enviarle nada que no se haya adquirido en uno de los dos sitios web comerciales autorizados por Segur-X; sin embargo, los dibujos infantiles son una excepción, y Sara tiene la esperanza de que sea eso lo que vayan a mandarle. Las líneas y garabatos de los gemelos aún no adoptan formas fácilmente reconocibles, pero a ella le parece que esos dibujos reflejan sus personalidades, algo que las fotos por sí solas no son capaces de captar del todo.
.       Dónde estará Toya, se pregunta, y se levanta apoyándose en los codos para inspeccionar de nuevo la cafetería, por si es que no ha visto a su amiga. En ese momento hay unas cincuenta mujeres desayunando allí, en su mayoría veteranas ya habituadas al sabor de la comida o sin suficiente dinero en su cuenta para comprar algo de picar en el economato. No hay rastro de Toya, aunque Lucy y Marcela no tardan en llegar con sus bandejas, sus sonrisas templadas y su charla insustancial.
.       Mientras moja el pan en las gachas, Marcela dice que hay una chica nueva.
.       —Llegó como a medianoche.
.       Los ojos de Lucy se abren de par en par.
.       —¿Estabas despierta?
.       —Había ido al baño, ya está –responde Marcela, y levanta una mano en gesto de autodefensa.
.       Es extraño que alguien llegue de noche, piensa Sara. Por lo general, los auxiliares traen a las nuevas durante el día, cuando el personal normal de admisión está de turno en Madison. Las someten a un examen médico, les toman las huellas dactilares y obtienen muestras de ADN y otra información biométrica en caso de que esos datos no estén ya en sus expedientes; además, les explican las normas que rigen la vida en el centro. Prohibidos los móviles y demás dispositivos inteligentes. Prohibido fumar. Prohibido hacer ruido. Prohibido merodear por los pasillos. Prohibido acumular pertenencias en exceso, es decir, cualquier elemento que genere desorden en la habitación de una retenida (los agentes de retención tienen plena competencia para evaluar el orden). Prohibido el material artístico no autorizado previamente. Prohibidos los documentos identificativos, las tarjetas de crédito y el dinero en efectivo. Prohibidas las joyas, a excepción de las alianzas de boda sencillas. Hay que llevar la camiseta remetida en todo momento. Hay que devolver y cambiar de inmediato los uniformes sucios. Etcétera.
.       Se tardan dos horas en ver el vídeo que repasa la normativa. Después de eso, las retenidas reciben un manual de políticas y procedimientos que han de seguir. El desconocimiento de una norma no exime de las consecuencias de incumplirla, y por ese motivo, en el proceso de instrucción, se aconseja a las retenidas que lean el manual de cabo a rabo. La infracción de una norma implica una amonestación por escrito, una amonestación por escrito eleva la puntuación de riesgo de la retenida y una mayor puntuación de riesgo prorroga el período de retención.
.       —¿Y dónde está esa chica nueva? –pregunta Sara mirando a su alrededor.
.       —No lo sé.
.       —¿Seguro que no fue un sueño?
.       Marcela se pasa la mano por la cara, húmeda aún de la ducha. Un tatuaje le recorre el brazo desde el codo hasta la muñeca: pone SHARP JELLO, el nombre de su grupo de música, en letras derretidas de color naranja.
.       –Supongo que ya nos enteraremos.
.       Lucy se acaba la fruta troceada y rasca el fondo del recipiente de plástico con la cuchara para rescatar la última gota.
.       Pensaba que hoy nos darían más, que para algo es festivo.
.       —¿Qué festivo es? –pregunta Marcela.
.       —El Día de Colón.
.       —¿Es hoy? No creo que les importe.
.       —Sigue siendo festivo.
.       —Ya nadie lo llama Día de Colón. Ahora es el Día de los Pueblos Indígenas.
.       —Yo lo sigo llamando Día de Colón. Dios, qué hambre tengo.
.       Tras un mínimo destello de duda, Marcela le da su vasito de fruta a Lucy. Hacen una extraña pareja, estas dos: no tienen casi nada en común. Marcela es una veinteañera; Lucy tiene cerca de sesenta. Una es guitarrista en un grupo indie de Bell Gardens, zona más bien alternativa; la otra es contable en una empresa inmobiliaria de Sherman Oaks, un barrio pudiente. Aun así, desde que empezaron a compartir habitación se hicieron aliadas. Eso no siempre ocurre en Madison. Ha habido desacuerdos entre retenidas e incluso algunas peleas que conllevaron períodos de observación más prolongados para las implicadas.
.       —Gracias, niña— dice Lucy mientras retira la tapa de plástico con cuidado para no derramar nada del jugo.
.       Se le ha ensanchado la cara y, sin sus visitas regulares a la peluquería, el pelo se le ha puesto gris. Esos cambios la hacen parecer una matriarca de edad provecta, con dos exmaridos y cinco hijos conflictivos.
.       Por fin entra la chica nueva. Es alta y está en forma, y camina muy decidida hacia el puesto de servicio. No obstante, llega tarde al desayuno, así que no recibe el vasito de fruta, solo las gachas y un único trozo de pan. Con la bandeja lista, echa un vistazo por la cafetería en busca de un sitio para sentarse. Cuando su mirada llega a la mesa de la ventana, Lucy se desliza para hacerle sitio. Una recién llegada es una agradable interrupción de la rutina.
.       —Soy Lucy Everett —dice pasado un minuto—. Esta de aquí es Marcela DeLeón. Y esa muchacha callada de ahí es Sara Hussein. ¿Cómo te llamas?
.       —Eisley Richardson —responde la chica nueva.
.       Tiene voz de presentadora de televisión y pronuncia todas las sílabas con claridad. Todavía no ha aprendido a hablar en un susurro monótono, fundiendo su voz con las de quienes la rodean para dificultar aún más la captación del sonido. Aunque su primer paladeo de las gachas le suscita una mirada de asco puro, al instante sigue comiendo resignada, como quien desempeña una tarea.
.       —La comida es horrible, pero lo que no te mata etcétera. –Lucy pasaba mucho tiempo al teléfono con clientes y cree que eso la convierte en buena conversadora–. Bueno, ¿de dónde eres?
.       —De Los Ángeles.
.       —No hace falta gritar. ¿Cómo has acabado aquí?
.       Eisley niega con la cabeza.
.       —No he hecho nada.
.       —Que bajes la voz.
.       —No he hecho nada. –Esta vez en un susurro.
.       Lucy asiente.
.       —Vale. Pero ¿qué han dicho ellos que ibas a hacer?
.       —Homicidio con vehículo a motor.
.       —¿Y cuánto tiempo te ha caído entonces?
.       —Veintiún días.
.       Pese a que Marcela y Lucy intercambian miradas cómplices, ninguna le dice a la chica nueva que poca gente sale en libertad al término de su custodia forense. Esas son las afortunadas, piensa Sara, porque vuelven a estar LIMPIAS casi de inmediato. En su mayoría, sin embargo, las retenidas son CUESTIONABLES: no consiguen bajar lo suficiente su puntuación de riesgo en veintiún días y les encasquetan prórrogas.
.       Sara levanta la vista y se encuentra a Hinton observando las, como si no bastase con las neuroprótesis, los sensores de temperatura y las cámaras equipadas con Guardiana, el software de rastreo de emociones. El sistema nunca está satisfecho con los datos que ya tiene. Siempre busca más, en nuevos formatos o de nuevas fuentes, incluidos los recopiladores humanos. Si Hinton capta algo que las cámaras no, informa de ello en su Tekmerion. Cuantos más créditos por partes tenga, más vacaciones recibirá.
.       —¿Dónde te han puesto? –le pregunta Lucy a la nueva.
.       —En la habitación 258.
.       —No, me refiero al trabajo.
.       —Solo voy a estar aquí tres semanas.
.       Sara coge su vasito de fruta y le limpia el polvo a la tapa con la palma de la mano. Cuando la ingresaron en Madison, también ella rechazó trabajar en uno de los remolques que bordean el patio. Tardó un tiempo en comprender que rechazar la asignación de un trabajo permitía al algoritmo identificarla como DESEMPLEADA. En Madison, el desempleo es un factor negativo para las puntuaciones de riesgo: provoca que cualquier infracción de las normas sea significativamente peor.
.       —Deberías trabajar —susurra Sara, y mirando el reloj que hay sobre la zona del servicio, añade—: Si vas y te apuntas justo después del desayuno, te dará tiempo de hacer el turno de hoy en algún remolque.
.       Pero la nueva frunce el ceño ante ese consejo no solicitado. Sigue comiendo mientras Lucy la interroga.
.       «Oye, ¿y por qué te trajeron a deshoras?».
.       «¿A qué te dedicas?».
.       «¿Qué significa el tatu de tu brazo?».
.       Todas las preguntas reciben como respuesta un encogimiento de hombros o un gruñido indescifrable. Lo que Lucy no entiende es que lo último que quiere una persona cuando entra en Madison es hablar, y mucho menos con otras retenidas. Si Eisley se parece mínimamente a mí, piensa Sara, todavía no se creerá que la hayan retenido, estará convencida de que es solo un error que podrá rectificarse pronto. Necesita tiempo para acostumbrarse a este sitio, nada más.
.       Terminan de comer en silencio. La luz que entra a chorros por las ventanas es brillante e impacta en las mesas de la cafetería en ángulos pronunciados. Fuera, los jardineros recortan los arbustos y limpian las hojas, y al hacerlo molestan a los cuervos que andan rebuscando larvas. El centro de retención ocupa toda una manzana de Ellis, aunque, a ojos de los coches que pasan por delante de la entrada principal, Madison conserva casi el mismo aspecto que antes de la reforma. Segur-X man tuvo incluso los palos verdes de delante; esos árboles ocultan parte del edificio principal e intensifican el encanto del lugar, sobre todo durante su floración. No hay torres de vigilancia, puertas de acero ni concertinas. No obstante, si Sara deambulase más allá de la valla metálica que rodea el patio, su neuroprótesis les revelaría a los auxiliares su ubicación exacta.
.       Antes de Madison Sara nunca había pensado mucho en el rastreo de ubicaciones. Estaba demasiado ocupada viviendo su vida. A esta hora estaría desayunando con los gemelos, inventándose cancioncillas tontas sobre plátanos y arándanos, preparándose para llevarlos a la guardería de camino al trabajo. Elias iría en el metro rumbo al hospital, el County/USC, escuchando música con los cascos mientras repasa los casos pendientes para ese día. Después de que aquel extraño virus se propagase por todo el país el año pasado, hubo un pico de niños necesitados de atención logopeda, lo que saturó la agenda de Elias. Aun así, antes de sus citas, siempre se interesaba por cómo estaba Sara, le preguntaba cómo le iba o si quería que comprase algo en el súper antes de llegar para la cena. Era una vida normal y corriente. Para volver a esa vida Sara debe mostrar una mejora en su comportamiento, dejar claro que sabe obedecer, que no es una delincuente.
.       Lleva su bandeja a los apiladores que hay junto al puesto de servicio. La chica nueva va detrás y deja los cubiertos en los contenedores pertinentes antes de firmar en el puesto de salida. Ya está aprendiéndose las normas. Pese a que las retenidas han de comer lo que se les da, hacer lo que se les dice, dormir cuando se apagan las luces, se las considera LEO.
.       Libres en observación.
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De El hotel de los sueños (Sexto piso, 2026)

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