El primer capítulo de «La aguja dorada» de Montserrat Roig, en una nueva traducción

La aguja dorada (Consonni, 2026) de Montserrat Roig (ficha y portada)

 

Montserrat Roig (Barcelona, 1946—Ibíd, 1991) se dedicó al periodismo de investigación y a la narrativa. Se dio a conocer en 1970 con Molta roba i poc sabó (Premio Víctor Català), una colección de cuentos, y en 1989 publicó una segunda, El cant de la joventut.

En 1972 publicó su primera novela, Ramona, adéu, a la que siguieron El temps de les cireres (1977, Premio Sant Jordi), L’hora violeta (1980), L’òpera quotidiana (1982) y La veu melodiosa (1987).

Entre su obra periodística destacan Els catalans als camps nazis (1977, Premio Crítica Serra d’Or) y L’agulla daurada (1986), además de las recopilaciones de entrevistas, artículos y reflexiones Retrats paral·lels (1976), Digues que m’estimes encara que sigui mentida (1991) y Un pensament de sal, un pessic de pebre (1992).

Esta semana Consonni Ediciones acaba de reeditar La aguja dorada (2026), con traducción al castellano de Gemma Deza Guil y prólogo de Karmele Jaio, el quinto título de Monserrat Roig publicado por esta editorial. Este texto tuvo su origen como producto de una invitación de Ediciones Progreso de Moscú para que Roig viaje en 1980 a Leningrado (actual San Petersburgo), con la intención de escribir un libro sobre el asalto que padeció la ciudad durante la ocupación nazi. Durante su estancia entrevistó a supervivientes del asedio y descubrió una ciudad que, bajo la «heroica reconstrucción» de la URSS, escondía también el peso del silencio y la memoria.

De aquella experiencia nació L’agulla daurada, escrita originalmente en catalán, un texto inclasificable entre el reportaje, el diario de viaje y la crónica personal. Roig escribió con curiosidad y empatía, moviéndose entre las ruinas y los recuerdos, entre los gestos cotidianos y las huellas del horror. Lo que empezó como un encargo terminó siendo una historia de amor hacia una ciudad y hacia quienes la habitan, una reflexión sobre la resistencia y la fragilidad humanas. El libro recibió el Premi Nacional de Literatura Catalana d’Assaig de 1986.

A continuación, compartimos con vosotros «A modo de aviso», la introducción que preparó la autora a la edición original, así como el primer capítulo de este libro titulado «El segundo Rasputín (La ciudad de las piedras)».


A modo de aviso

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Estuve en la ciudad de Leningrado casi dos meses en el año 1980. Allí vi nieve, lluvia y, también, las famosas noches blancas. Me había invitado la editorial Progreso, de Moscú, para que escribiera un libro sobre el sitio que sufrió Leningrado durante la ocupación nazi de la URSS. Los de la editorial Progreso fueron muy amables conmigo. En realidad, se deshicieron en atenciones. Espero que sepan entender la pequeña broma sobre la historia de mi primer intérprete, Nikolái. Sin proponérselo, Nikolái hizo añicos mis prejuicios, que eran muchos. Con él, los rusos cambiaron de aspecto: se convirtieron en seres humanos. Y la URSS se convirtió en un país igual que el mío.
.         En el año 1980 se celebraron las Olimpiadas de Moscú. Durante unos meses, hubo línea telefónica directa con la URSS. Podías llamar desde cualquier cabina. Fue un espejismo que duró hasta mediados de 1981. Después, el hilo directo se cortó y ahora vuelve a ser bastante complicado telefonear a la Unión Soviética. El día siguiente al 23 de febrero de 1981 llamé a mis amigos de Leningrado. Todos ellos me ofrecieron su casa en caso de exilio, si triunfaba el golpe de Estado. Por suerte, no me hicieron falta.
.         Si esperáis leer un libro sobre el paraíso soviético, dejadlo estar, no sigáis. Si buscáis reflexiones de una intelectual desencantada sobre las traiciones de la URSS, también. Aquí no os hablaré ni de economía ni de avances sociales. Tampoco de gulags ni hospitales psiquiátricos. De eso ya se encargan cada día los periódicos.
.         Un día de principios de 1985 me telefoneó el escritor uruguayo Eduardo Galeano. Se despedía de mí tras una larga estancia en Cataluña. Volvía a casa: en su país ya había democracia. Un poco de democracia. Pero la suficiente para un escritor añorado. Le conté que estaba ultimando este libro que ahora tenéis en las manos y que me temía que desagradaría a los llamados prosoviéticos y a quienes se proclaman antisoviéticos. Y entonces él me explicó lo que había escrito Simón Bolívar en su diario. Eran los últimos años de su vida, perseguido y menospreciado por mucha gente. Pero le quedaba un amigo: un cura francés que escribía en París artículos elogiosos sobre Bolívar. Artículos donde todo era tan exageradamente blanco y positivo que no contribuían a su causa. Más bien la ridiculizaban. Y entonces Simón Bolívar escribió en su diario: «El bueno del abate sabe elogiarme, pero no sabe defenderme». Galeano apaciguó mis temores y me reafirmó en mis pasiones.
.         Porque, en realidad, este libro es la historia de una pasión. En 1980 me enamoré de la ciudad de Leningrado. Si alguno de vosotros comparte conmigo un poco de esa pasión, me daré por satisfecha.

.         Junio de 1985
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De La aguja dorada (Consonni, 2026)

El segundo Rasputín (La ciudad de las piedras)

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I
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El día 17 de mayo de 1980 viajaba en un avión de Aereoflot rumbo a Moscú. Las primaveras de Barcelona acostumbran a ser opacas y agobiantes, pero aquel día había dejado tras de mí un cielo nítido. Un poeta extranjero diría que «mediterráneo». Para mí era un cielo insólito. He vivido toda la vida cerca de este mar y pocas veces he visto un cielo así de resplandeciente y transparente.
.         Más allá me esperaban niebla y barro. En el avión solo había cinco pasajeros. Tres rusos, un asturiano que vivía en la URSS desde pequeño, porque pertenecía al grupo de «los niños españoles», y yo. La compañía Aereoflot tarda una eternidad en darte permiso para fumar. Mientras esperaba a que se apagara la luz del nei kurit, aferraba con las manos sudadas mi paquete de Winston.
.         Quería hablar para distraerme de mi miedo. La luz roja me tenía obsesionada. Con la mirada le ordenaba que se apagara, pero no había nada que hacer. Cada vez que me subo a un avión, pienso que me la juego, y entonces busco protección a través de las palabras. Es absurdo morirte sin que nadie, después, escriba una necrológica donde diga que has tenido una muerte digna. Hay poca gente que rechace los testigos en ese instante único —aparte del nacimiento— en que tú eres el protagonista.
.         Observaba a los tres rusos, que se habían sentado alejados los unos de los otros, como futuros cadáveres calcinados que me harían compañía entre las cenizas y los restos de latón. Era una pena: no me podría despedir de ellos. Siempre que veo cómo el aparato asciende por encima de las nubes, pienso que estoy a
las puertas de alguna galaxia celestial, y entonces intento reconciliarme con Dios. Le digo: «Mira, hagamos un pacto. No sé si existes, ahí abajo ese asunto no me preocupa, pero aquí arriba es distinto. Tú ganas. Por si acaso, vamos a hablar…». Es un pacto vil e interesado, pero todo el mundo se vuelve así cuando no hay ninguna razón que le ayude a entretener su terror individual. Y yo tengo mentalidad de tartana, no estoy hecha para entender que una máquina se aguante sin tocar con los pies en el suelo.
.         Me temblaban las piernas y el corazón me palpitaba como una centrifugadora. Entonces se apagó la maldita luz roja y, eufórica, intenté hablar con el asturiano, que iba sentado al otro lado del pasillo. Era un hombre de piel tirante y cejas gruesas de hispánico huraño. Me dijo que no fumaba y que yo no tendría que hacerlo. Me cantó las maravillas de la URSS, pero añoraba como un animal los prados verdes que acarician el mar de Asturias. Delante de mí, un ruso con las mejillas de color rosa bostezaba y se rascaba la nuca.
.         El avión, por dentro, era muy viejo. Las butacas tenían las cubiertas desgastadas por las nucas de miles de rusos que bostezan.
.         —Estamos cerca de Sheremétievo, el aeropuerto de Moscú —me dijo el asturiano.
.         El avión tardaba en aterrizar. Subía y bajaba como si no acabara de decidirse. Tan pronto veía las nubes como el río Moscova y charcos de barro. En conjunto, parecía un café con leche aguado. Había bastante niebla, pero, de vez en cuando, aparecían en un claro los bosques de abedules, esbeltos y blancos, que se estiraban hacia arriba.
.         Sobreviví otra vez a las cuatro de la tarde. Ya estaba en Rusia y me moría de ganas de fumar otro cigarrillo americano. La hora era gris. Parecía que hubiera pasado toda una estación del año desde que había dejado la primavera barcelonesa.
.         En el aeropuerto me esperaba Nikolái, el intérprete que, según las reglas, no debía dejarme ni a sol ni a sombra. Las cosas que me pasarían después me confirmarían, una vez más, que nunca puedes fiarte de ninguna regla, aunque sea soviética.
.         Nikolái me cogió las maletas con mucha ceremonia y me hizo subir a un taxi. Oscurecía. Ya era casi de noche cuando nos detuvimos delante del hotel Ucrania, un enorme mamotreto de piedras de color sucio, tan antiguas y grises como una fortaleza reconvertida en una caja de ahorros. El vestíbulo era tan grande que parecía el de una estación central de ferrocarriles.
.         En la habitación, me encerré enseguida por dentro y empecé a observar con atención las paredes, la ventana y las lámparas. No supe ver ningún micrófono. Había leído en una novela de James Bond que, para descubrir si te han registrado los cajones, has de dejar un mechón de pelo en un rincón. Me pareció una estratagema demasiado complicada, dada mi pereza habitual, y decidí llevar siempre encima mi bloc de notas. La habitación se parecía a las que hay en esos hoteles catalanes de comarcas donde van a caer viajeros con prisas y sin demasiados sofocos, y donde acostumbran a dar de cena una tortilla de un huevo o un trozo desangelado de merluza congelada. Los muebles eran viejos, el pomo de la puerta del armario se me quedó en la mano, la bañera, enorme, estaba desconchada y las toallas estaban deshilachadas. Pero, en conjunto, era confortable. No podía quejarme: me habían invitado ellos. Solo hacía diez minutos que duraba mi inspección cuando Nikolái ya me vino a buscar.
.         —Hora de cenar —me dijo.
.         Eran las siete y media de la tarde y no tenía demasiada hambre. Nikolái no me llevó al restaurante del hotel. Había decidido que comeríamos en la misma planta donde estaba mi habitación. Era como si estuviera haciendo ejercicios espirituales. El restaurante estaba encima de un laberinto de pasillos. La camarera, una mujer oronda de pechos gaudinianos, sacó del expositor el pollo que le señalaba con el dedo el intérprete y, mientras lo blandía como si fuera de cartón, parecía estar diciéndonos con pena: «¿Esto es lo que queréis?». Solo ella sabía cuánto tiempo llevaba aquel pollo detrás de aquella vitrina. Al final, encogió los hombros con resignación y lo partió en dos trozos con las manos. De primero tomamos un consomé con un huevo duro entero dentro. Y bebimos vino blanco.
.         —Pruébalo —dijo Nikolái mientras alzaba la copa dispuesto a brindar—. Por tus éxitos en la URSS.
.         En esos momentos yo todavía no sabía que el Tsinandali, un exquisito vino blanco de Georgia, me acompañaría durante aquel viaje iniciático.
.         Nikolái no hablaba demasiado bien el castellano. Notabas que lo había aprendido a la fuerza. Admiraba la lengua y la cultura francesas, como los antiguos nobles rusos. Empezó diciéndome que era medio gitano, medio judío y medio aristócrata, y parecía preocuparle que, después de la Revolución, ya nadie tuviera en cuenta esa suerte de clasificaciones.
.         En el trayecto desde el aeropuerto, le pregunté si había viajado por el extranjero y, con un tono forzadamente solemne, me contestó:
.         —¿Para qué? No nos hace falta. Este país es lo bastante inmenso, lo bastante rico y lo bastante variado para encontrar de todo.
.         Nunca supe si era cierto que Nikolái tenía sangre gitana, pero su pelo era negro y brillante. Tenía una corpulencia asténica, de hombre bien parecido, de los que atraen a las desprevenidas a simple vista. Pero sus labios no acababan de gustarme. Hay quien piensa que el carácter de las personas se refleja en los ojos. A mí me parece que es en la boca donde reconoces los rasgos que la mirada no disimula. La boca siempre es infiel a tus propósitos, y Nikolái tenía unos labios carnosos, sensuales, pero inseguros. Dejaba siempre la boca entreabierta, como si se despreciara a sí mismo.
.         Me hablaba con corrección, atento a las formas y sin pararse a escuchar. Y eso me lo hacía aburrido. Estaba claro: le habían encargado un trabajo y él se había propuesto llevarlo a cabo según las reglas. Pronto descubriría que no las conocía y que la única obsesión que tenía era que yo no las adivinara. Alguien me había dicho en Barcelona:
.         —Ten cuidado con los intérpretes, todos son agentes del KGB.
.         Quien me lo había dicho no había estado nunca en la URSS y había leído muchas novelas de James Bond. Y, sobre todo, no tenía delante a un hombre como Nikolái. Pero eso lo supe mucho después, cuando le conocí las debilidades. En aquel momento, yo solo tenía a un joven ruso vestido como un norteamericano de Texas, con colores que cantaban. Un traje de enormes cuadros marrones y una corbata verde bastante llamativa.
.         Nikolái se moría de ganas por explicarme la historia de su vida. Sin haber tenido tiempo siquiera de repelar aquel muslo de pollo que parecía de cartón, ya me estaba poniendo al corriente del capítulo más reciente. El día 7 de junio, veinte días después de nuestro encuentro, iba a casarse por segunda vez. Tenía vein-
tiséis años y consideraba que la primera lo había hecho demasiado joven. Tenía un hijo de cuatro años que, «como era natural», vivía con su primera mujer. Esta no era demasiado inteligente y él no soportaba vivir con mujeres tontas. La historia de su propia vida le impresionaba más que todos los avances de la URSS, y su tono de voz se volvía agudo cuando se refería al heroísmo soviético o al alma rusa. Transmitía un escepticismo que, en aquellos momentos, me pareció enigmático.
.         —¿Qué es el alma rusa? —le pregunté.
.         —Lenin decía que no debemos confundir el chovinismo con el alma rusa —me contestó, mientras dejaba el muslo de pollo encima del plato; había dejado el hueso repelado por completo.
.         La respuesta de Nikolái, ahora lo veo, era una invitación a que lo descubriera por mi cuenta. Pero entonces yo no se lo agradecí y me acabé todo el vino de Georgia que quedaba en la botella.
.         Después de cenar, fuimos al restaurante grande, que estaba en la planta baja. Nikolái se pasó un rato observando con frialdad a un grupo de campesinos achaparrados que seguían el ritmo de la música con movimientos descoyuntados.
.         —Vamos a dormir —me ordenó—. No me gustan estos sitios, la gente grita demasiado.
.         Era mentira. Se quería desembarazar de mí y no sabía cómo hacerlo. Bajé al vestíbulo, donde se agolpaban miles de personas, para comprar El País y un paquete de tabaco americano. Y él no me dejó hasta asegurarse de que me iba a la cama. Se despidió, aliviado y ceremonioso.
.         Me encerré por dentro. En la televisión hacían propaganda de la Segunda Guerra Mundial y de los Juegos Olímpicos. Era la primera noche que pasaba en la URSS y me vino regusto de pollo a la boca.
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De La aguja dorada (Consonni, 2026)

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