Evelio Rosero: «Se escribe para ser más libre. Sufro, pero también suelo reír»
Escribe | Albeiro Arciniegas
Es un autor que combina reconocimiento crítico internacional con profundidad literaria y una exploración persistente de las violencias históricas y morales de Colombia.
Evelio Rosero (Bogotá, 1958) pertenece a la generación posterior al llamado Boom latinoamericano y ha centrado su obra en una Colombia íntima, más sombría y moralmente fracturada, lejos del universo real maravilloso de Gabriel García Márquez y su entorno. En 1998 presentó su novela El incendiado en el Paraninfo de la Universidad de Nariño en Pasto, Colombia. Por esas malas ocurrencias que tuve en la vida cursaba estudios de Derecho, carrera que abandonaría muy pronto, pues la literatura y el periodismo hervían en mi sangre. Y, como estudiante, hice parte de quienes acompañaron a Evelio en la presentación de El incendiado. Lo escuché con atención; al concluir el evento, me acerqué como uno más de los anónimos que se aproximaron a él y pregunté: «¿Qué significa recrear en literatura?» Me miró, sin decir una palabra. Mi estampa de adolescente sin fortuna debió inspirarle desconfianza.
Esta anécdota que revelo por primera vez y que el gran novelista que es hoy Evelio Rosero, estoy seguro, desconoce se suma a un hecho: Al concluir mis estudios de Filosofía y Letras, en la misma universidad, mi tesis de grado se centró en la novela que presentó esa noche, la historia de un obeso que terminó entre llamas.
Desde entonces seguí la pista a este autor que con los años fue madurando hasta consagrarse con obras de mayor envergadura como Los ejércitos (2006) y La carroza de Bolívar (2012), las cuales lo llevaron al reconocimiento internacional a través de galardones de primera línea: el Tusquets de Novela en España, el Independent Foreign Fiction Prize en el Reino Unido y el Premio Nacional de Literatura en Colombia.
Retraído, de pocas palabras –incluso lo acoquinan las entrevistas–, es Rosero, sin embargo, vértigo lingüístico cuando se trata de contar historias. El eterno monólogo de LLO (1981), que muchos podrían considerar libro menor, es una manifestación poética de elevados matices cuya ambigüedad hechiza en la trama de su «poema novelado». Es el virtuosismo de quien nació para la polifonía y la polisemia. La negación de su aparente parquedad en el lenguaje. «Cuando LLO asomó por vez primera a la primera ventana de la tierra, una paloma muerta se dejó caer sobre un planeta y un puñado de arroz sobre la boca de una vieja (…) LLO se hizo dueño de la mejor montaña en el caño pútrido del barrio, la insuperable montaña, una bandera ondeaba en su cima, era de barro la bandera, la montaña era como un seno de la tierra».
La literatura de Rosero, escrita siempre bajo la premisa del respeto al lenguaje poético y los espacios ficcionales, explora acciones insertas en la vida cotidiana. Es así como Los ejércitos, quizá su novela más lograda, se convierte en voz y testimonio de la violencia armada que vive su país. En lo que respecta al terreno de la narrativa corta, se recogió en sus Cuentos completos (2019), volumen el que se encuentran piezas destacadas como «Cuento para matar un perro», «Como nunca en la vida» o «La otra muerte de Johan Hughes», pequeños y no tan pequeños textos caracterizados por su precisión y un particular atributo de ambigüedad y lirismo.
No se siente cómodo repitiendo en la radio lo que, según él, está cansado de expresar en diferentes medios, quizá porque el diálogo de esta entrevista se da en los días cuando se desarrolla la Feria Internacional del Libro de Bogotá y es la época cuando los escritores están de moda. Me pregunta si estaré presente. Le digo que no. Que estoy en el sur, en esa tierra que no le es indiferente a su creación literaria. Que quizá, después.
La conversación se estableció, entonces, a través de un cuestionario y las respuestas del autor de Mateo solo (1984), Juliana los mira (1987), Las muertes de fiesta (1995), Los almuerzos (2001), En el lejero (2003), Plegaria por un Papa envenenado (2014), Toño Ciruelo (2017), son claras y precisas. Al final, invita a una fuga amorosa como alternativa ante la escritura literaria, pues el humor fino es otra de las características de este colombiano grande.
—¿En qué momento sintió que la escritura dejó de ser una inquietud y se convirtió en una necesidad vital?
—Desde niño. Seguramente después de la lectura del Robinson Crusoe. Descubrí que yo también quería escribir libros como esos. Fue como una iluminación, y, a continuación, el sosiego: ya sabía para qué diablos me encontraba en el mundo.
—¿Qué autores o lecturas marcaron de manera decisiva su formación literaria?
—De niño el ya mencionado Robinson Crusoe, una Enciclopedia de la Fábula, todo Julio Verne, Stevenson, Kipling; después Homero, el Quijote, todo Poe, García Márquez, Rivera, Isaacs, Víctor Hugo, Flaubert, Balzac, Conrad, y sobre todo los grandes escritores rusos del siglo XIX.
—¿Cómo influyó su infancia y su entorno en la construcción de su imaginario narrativo?
—La infancia es definitiva para cualquier autor. La mía transcurrió en Bogotá y Pasto; las dos ciudades, tan opuestas, determinaron ese «imaginario narrativo». Fueron dos grandes e indelebles experiencias.
—La violencia es un eje recurrente. ¿Es ella una elección estética, ética o es inevitablemente el reflejo del contexto colombiano?
—Es mi país.
—En novelas como Los ejércitos, la mirada del narrador es profundamente humana y vulnerable. ¿Cómo construye esa voz?
—Todas las voces las construyo a partir de la temática de la obra, a partir de lo que esa temática me afecta, a partir de mi vida y mi memoria. No es una elección de voz voluntaria, planeada. Inciden la intuición, los sueños, pero también la cotidianidad.
—¿Cómo es su rutina de escritura? ¿Es disciplinado o trabaja por impulsos?
—Ambas cosas. A veces se requiere una gran disciplina, a veces eso que usted llama los impulsos, que son como recreos, pero que desembocan otra vez en jornadas diarias de trabajo, sobre todo en la madrugada, de 3 a 6, que es cuando enfrento la hoja en blanco. Lo importante es no imponerse cadenas. Se escribe para ser más libre. Sufro, pero también suelo reír.
—¿Qué tanto reescribe sus textos antes de considerarlos terminados?
—Mucho. Soy un escritor que escribe palabra por palabra, frase por frase. Y eso no garantiza el resultado, pero es mi manera de escribir. Voy y vuelvo, voy y vuelvo hasta llegar al punto final.
—¿Siente una evolución como escritor desde novelas como El incendiado a Los ejércitos?
—Sí, por supuesto. Pero en las novelas primerizas yo era un escritor feliz. Quiero decir que no dudaba tanto. La espontaneidad le ganaba a la minuciosidad.

Las dos últimas novelas publicadas por Evelio Rosero hasta el momento, Casa de furia (2021) y Lluvia de frailes en la selva (2026).
—¿Cómo ve el panorama actual de la literatura colombiana?
—Ya he dicho que lo veo color de hormiga.
—¿Piensa en el lector mientras escribe o prefiere mantener distancia de esa figura?
—A veces pienso en determinados lectores, amigos, parientes o conocidos, y siento que les hago guiños de entendimiento. Pero en el resto de lectores, los desconocidos, no pienso. Mi compromiso con ellos es mi compromiso con la literatura.
—¿Qué libro suyo siente más cercano a su experiencia personal?
—Los Escapados. Es una novela autobiográfica a plenitud. Y también El Incendiado.
—¿Hay temas que aún no ha explorado y que le interesaría abordar?
—He explorado y desarrollado muchos temas. Me gustaría ahondar en la ciencia ficción y en el humor total.
—¿Qué le sigue inquietando como escritor hoy?
—Mi país. Estos presidentes, estos comandantes, estos ladrones, estos fanáticos, estos mentirosos. Y, en medio de todo, este baile, esta alegría, este fútbol, esta felicidad desmesurada. Estos muertos a la fuerza y estos vivos indiferentes.
—¿Qué consejo daría a quienes intentan escribir desde contextos marcados por la violencia o experiencias diferentes?
—Que se fuguen con la novia de paseo.


