«Elegías del río Brazos»: la poesía y sus pretéritos signos

Escribe | José Miguel Gándara Carretero


Elegías del río Brazos de J. M. Antolín

Editorial: Fundación Jorge Guillén
Año de publicación: 2018
Nº de páginas: 80 páginas
ISBN: 978-84-15046-50-9
Autor: José María Antolín
Idioma original: Castellano

                                                                                                                  .«El tiempo pasado y el tiempo futuro.
                                                                                                                    .Lo que podía haber sido y lo que
                                                                                                                    .ha sido apuntan a un solo fin, que
                                                                                                                    .está siempre presente»
.
                                                                                                                   .«Burnt Norton» de T.S. Eliot

 

Un libro, que si he de serles sincero, al comenzar su lectura se me antojaba un tanto hermético pero que, piano a piano, me fue sorprendiendo muy gratamente por su capacidad de penetración sensorial, la fuerza metafísica y existencial que desprende y su potencia altamente evocadora. Me refiero a Elegías del río Brazos (2018) de José María Antolín, poeta escasamente conocido por el público hispanohablante y teniendo en cuenta sus dotes poéticos, merecería un mayor conocimiento por parte tanto de la crítica como del público en general, en nuestro país.

Antolín, además de poeta es un artista plástico nacido en Valladolid y radicado desde 1998 en los Estados Unidos, habiendo pasado por lugares tan heterogéneos como New York, Texas o Portland. En cuanto a su faceta estrictamente literaria, es autor, además del poemario que nos atañe, de títulos como Cuenco (1996) —por la que me consta que él siente un especial aprecio—, El cuerpo del libro quemado (1999) y La coronación eterna (2002)[1].

El río Brazos es un caudaloso cauce de agua tejano al que los primeros exploradores españoles, los que por aquellas lejanas latitudes pasaran, dieron en llamar «el río de los brazos de Dios», anticipando, de alguna manera, las impresiones que siglos más tarde provocaría en la mirada del poeta, retazos e impresiones metafísicas, de inhabitual sentimiento elegiaco.

Es muy posible que el título de este poemario no esté elegido al azar, sino con la aviesa intención de hacer un guiño a los lectores primordiales que pudieran aparecer en el horizonte, ávidos de sentido y embargados por el mismo afán de búsqueda del autor, en este breve, pero intenso libro de versos.

Tal vez tengamos que posicionarnos y adoptar la postura y el lugar adecuados, como si de un dios monoteísta se tratase, para poder leer desde algún punto de la bóveda del cielo Elegías del río Brazos, es decir, con la necesaria y suficiente perspectiva.

En primer lugar, me gustaría destacar que el autor del prólogo es el gran poeta de origen cubano José Kozer, amigo personal del creador de este laberíntico poemario. Sorprendentemente, (y tal vez por oscuras razones) los cinco libros de la poesía estadounidense de J. M. Antolín, escrita durante los últimos 24 años, permanecen inéditos, a excepción de estas «Elegías», que según parece constituyen una pequeña entrega que forma parte de un libro mayor titulado «Las Paleovoces», escrito en su estancia en Texas; y los poemas que aparecieron en la antología traducida y seleccionada por el poeta americano y premio Pulitzer Forrest Gander, bajo el título de Panic Cure: Poetry from Spain for the 21th century (2013), Otis Books, Los Angeles.

Es este libro un potente intento de rastrear «Las Paleovoces» que ascienden desde la interioridad del poeta y que le ayudan a someter el presente, provisto y armado con el pasado. Por ellas, se podría entender que, son signos antiguos, primitivas esferas de luz y sombra que provienen de anteriores eras geológicas, de la conciencia. Estos mismos signos se transmutan en visiones y son catalizadoras de una más que probable sanación del autor.

«Todos oímos
Herraduras troceando el misterio
Y
Pre-aurora
Trofeo núcleo los helechos en la umbría-
Para ser encontrados por la mente humana
Perpetúan su inclinación.
Qué contraorden del rocío peinado
Por ráfagas de viento nos importa, dónde
Intuiremos
Cuál nuestra sublevación
Contra la inercia del orbe».

Para el poeta, es necesario y preciso, pues, detener esa «inercia del orbe» de la que es víctima un simple armadillo cuyos restos mortales son observados por el bardo en una lejana carretera hacia Houston. Todo ello, en su conjunto, imprime un pavor a la mirada, de la que surgen más versos que luchan por doblegar el paso del tiempo y un «no sé qué trágico»:

«Ancho mundo roto
Por la carretera nocturna hacia Houston-
Restos mortales del Armadillo
Devorado
En completa soledad por el búho inexperto,
noche de sello inolvidable
Su primera carroña tras la casa materna».

Y los ruidos, los signos junguianos siguen acechando desde algún lugar primordial o de la mano de un profeta semita, incluso, desde el más allá del todo, en una suerte de «no lugar», en un pretérito paleolítico y metafísico, porque la poesía de J.M. Antolín es una forma de meta literatura avanzada, una saturnal de las palabras desenfrenada, un acabose ígneo:

«Cálices celulares bebiendo y siendo bebidos,
Lunas amarillas, marfil rumiando y lomas rojas
a contra luz
Increíbles. Las linternas siempre hablando la
fiebre
Y avanzando a través de senos de espacio antes
opacos».

Las visiones que comparte con el poeta galés David Jones, las «nadas amonstruosadas» contra las que combate de la mano del teólogo Rosenzweig, conforman el mar sin límites, este poemario de las visiones, de los brazos que endiosaron aquellos primeros exploradores y que el autor ha convertido en un periplo elegiaco más allá del pasado, cubierto de presente, siendo tan solo un sesgo umbrío, el futuro.

¿Podrán los ruidos, los signos pretéritos, las paleo-voces interiores, salvarnos?

«O ser milagrosamente lavado en plena avenida
Cuando todo el inmenso esfuerzo de mi trabajo
era preguntarme
Que tipo de atavío
Era mi duelo».

No es la poesía una elegía de muerte, es un principio salvador, un recorrido de anónimo despertar a la vida.


[1] Catálogo retrospectivo sobre su pintura que publicó la Junta de Castilla y León en 2002.

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