«Donde los sistemas se tocan: el yo en la ecopoesía», un ensayo de Jason Harris

Traduce| Lucas Quiroga


Jason Harris es un escritor, artista y docente estadounidense que vive en Cleveland. Actualmente se desempeña como editor de poesía para Gordon Square Review.

En 2020, se convirtió en becario de posgrado en poesía de The Watering Hole. En 2021, se desempeñó como escritor residente de Barbara Smith en Twelve Literary Arts. Algunos de sus poemas han aparecido o pronto aparecerán en revistas literarias en inglés tales como Et Cetera Literary Magazine, Sleeper Service, Winter Tangerine, Riggwelter, Long Long Journal, entre otras.

Su primera recopilación de poemas aparecerá próximamente en Twelve Arts Press. Para leer más de su trabajo, puede visitar su sitio web: https://jasonharriswriter.com/. Su cuenta de Twitter es @ecopoems.

El presente ensayo de Jason Harris «Donde los sistema se tocan: el yo en la ecopoesía» («Where systems touch: the self in ecopoetry») fue publicado en su versión original en inglés en Longleaf Review el 17 de marzo de 2021.


DONDE LOS SISTEMAS SE TOCAN: EL YO EN LA ECOPOESÍA

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                                           .DONDE LOS SISTEMAS SE TOCAN: EL YO EN LA ECOPOESÍA
                                                                             .Un texto de Jason Harris
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No sabía qué era la ecopoesía hasta que me inscribí en una clase nocturna en mi antigua universidad hace algunos años. Era 2018 y la temporada de huracanes se encontraba vigente. El huracán Florence había trastornado la vida de quienes vivían en las Carolinas y Virginia. El huracán Michael desmanteló las calles y frentes de playa y avenidas de Florida, Georgia, Carolina del Norte y Virginia. Puerto Rico todavía buscó alivio del daño del huracán María el año anterior. Los incendios forestales dejaron en cenizas grandes franjas del norte y sur de California; durante un tiempo, cuando pensaba en California, todo lo que podía ver era naranja. Tres años después de conocer la ecopoesía, sigo sin poder explicar con certeza qué es la ecopoesía. Tal vez, en esencia, la ecopoesía es una forma de vida, una conciencia que requiere humildad, una desegregación de la confrontación entre nosotros y nosotros. Ese aspecto binario que ha sido gran parte del siglo XXI. Cuando salgo y miro el cielo, el suelo o un pájaro, recuerdo que no hay separación entre el Yo del Ser y el Eso del Pájaro, el Suelo o el Cielo. Cualquiera que haya amado alguna vez sabe cuán raramente las palabras capturan la emoción que deseamos transmitir. Así que aquí estoy tratando de nombrar algo que amo, sabiendo muy bien que tal vez no lo logre con totalidad.
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Como muchas cosas en mi vida, la ecopoesía se ha convertido en una forma de expresión que siento más de lo que podría describir. Cuando mi profesor de ecopoética asignó diferentes textos: —Layli Long Soldier’s Whereas, Tommy Pico’s Nature Poem, Inger Christensen’s Alphabet, Craig Santos Perez’s from unincorporated territory [guma]— Supe de inmediato de que se trataba este cuerpo de trabajo en dónde se alineaba mi escritura. Este curso y su material de lectura me enseñaron que no soy lo más importante del mundo, pero también me enseñaron, sin embargo, que el hecho de estar aquí es importante en el mundo. En el pasado, cuando consideraba el cambio climático y el futuro de nuestro planeta, lo pensaba como un problema distante; como un problema social, cultural y personal para el cuál aquellos que vivirán después de mí, después de nosotros, deberían resolver. Esta clase de ecopoesía me animó a entender mi lugar en este mundo más allá de pensar en mi largo pero breve futuro. Aprendí a decir: sí, estaré aquí mañana. Y sí, los gases de efecto invernadero seguirán llenando la atmósfera, pero: ¿Qué puedo cambiar para ayudar a aligerar la carga que enviamos al cielo a diario? Empecé a andar en bicicleta con más frecuencia antes de que llegaran los helados inviernos del noreste de Ohio. Empecé a llevar bolsas reutilizables al supermercado. Invertí en un termo y cuando compré café en las tiendas locales, pedí llenar mi termo en lugar de que me dieran una taza para llevar. Tomé las acciones más pequeñas que pude, sabiendo que mis acciones más pequeñas pueden ser las que salven lo que queda del planeta de nuestros ecosistemas.
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Nacido en los años 90 y criado como afrodescendiente en Charleston, Virginia Occidental, crecí rodeado de vida silvestre. Venados cola blanca de pie como estatuas en el patio delantero. Ratones de campo correteando por el bosque detrás de nuestra casa. Murciélagos electrificando el aire nocturno junto a las luciérnagas. Zorros rojos dormidos junto a los pequeños insectos. Ríos anchos y lentos que cortaban las montañas, que a veces eran del tamaño del cielo, limpios por la mitad. La luna: a veces un pórtico sobre la ciudad; a veces un foquito de luz en un cuarto oscuro; siempre debajo de él, un cuerpo que se mueve dentro o fuera del camino: hacia la caricia de los dedos de un ser amado o tal vez fuera del camino del puño de un ser amado.
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En 2008, un año antes de comenzar mi carrera universitaria, Forrest Gander preguntó en el blog Harriet de la Poetry Foundation: «¿Puede la poesía ser ecológica? ¿Puede la poesía valorar la ‘economía de la interrelación entre los reinos humano y no humano?’» En la publicación del blog, Gander hace una distinción clara entre la ecopoesía, la poesía pastoral y la poesía de la naturaleza. Para Gander, y en estos puntos estoy de acuerdo, la poesía pastoral es un tipo de poesía que centra el paisaje; asimismo, la poesía de la naturaleza es una poesía que centra la naturaleza. La ecopoesía, tal como la define Forrest Gander, no quita, sino que agrega, la forma en que un poeta entiende su papel en el mundo, es una poesía que «investiga, tanto temática como formalmente, la relación entre la naturaleza y la cultura, el lenguaje y la percepción».
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Ocho años después, en 2016, el año en que comencé a aplicar a las escuelas de posgrado, John Shoptaw escribió, en la edición de enero de Poetry Magazine, un ensayo matizado pero increíblemente revelador sobre ecopoesía. Shoptaw reconoce la opinión de Gander sobre la ecopoesía, pero la lleva más allá. Shoptaw se basa en ideas sobre ecopoesía compartidas por Ursula K. Heise y Juliana Spahr. Heise define la ecopoesía como una poesía que está «relacionada con el género más amplio de la poesía sobre la naturaleza, pero que puede distinguirse de ella por su descripción de la naturaleza amenazada por las actividades humanas». Siguiendo la opinión de Heise, Shoptaw comparte una cita de la colección de poesía de 2011 de Juliana Spahr, Well Then There Now, publicado por Black Sparrow Press: «incluso cuando [el poema de la naturaleza] acertaba con los pájaros, las plantas y los animales, tendía a mostrar el pájaro hermoso, pero no incluía aquella excavadora al costado suyo que destruía el hábitat del pájaro».
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Lo que más me gusta de la ecopoesía es su capacidad lenta pero constante de acumular, como hemos visto hacer en Shoptaw al andamiar la definición de ecopoesía. Para Shoptaw, la ecopoesía es una poesía que necesita ser ambiental y ambientalista. Por ambiental, Shoptaw quiere decir dos cosas: «primero, un ecopoema debe tratar sobre el mundo natural no humano, en su totalidad o en parte […]. La segunda forma en que un ecopoema es ambiental es que es ecocéntrico, no antropocéntrico». Sobre el concepto de ambientalista, escribe que un ecopoema «representa el daño o el riesgo ambiental, que retóricamente: es urgente».
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Women and Children’s Hospital, el hospital en el que nací, se encuentra directamente en el río Kanawha, un afluente del Ohio. El río fluye noventa y siete millas. Se extiende desde Gauley Bridge, West Virginia; hacia abajo a través de Charleston y South Charleston y Dunbar; eventualmente finaliza en Point Pleasant, Ohio, donde se originó el folclore de Mothman. Conocido por sus salmueras, gas natural y pozos de petróleo, el río Kanawha también es un lugar, en mi campo de memoria, donde se acumula la falta de atención comunitaria y el desprecio ecológico. Mi última visita a casa caminé por la orilla del río. El río estaba alto. Marrón. Había envoltorios de comida rápida y cajas de cigarrillos vacías y bolsas de papas fritas arrugadas esparcidas por la acera. Los desechos humanos eran grotescos, pero estaba feliz de estar en casa: caminando a lo largo de un río en el que una vez pesqué.
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Dos recuerdos me vienen a la mente cuando pienso en mi relación con la tierra. En los recuerdos, veo claramente lo feliz y hermoso que era un niño negro, lleno de curiosidad y miedo, tanto de lo que estoy lleno hoy. En el primer recuerdo tengo siete años y estoy sentado en el patio delantero, me miro las manos. Los neumáticos del auto en la carretera al otro lado de la calle silban a mi espalda. Mi palma es amarilla. No sé quién me enseñó a hacerlo y no sé cuándo aprendí a hacerlo y no sé cómo aprendí que se podía hacer, pero cuando era niño, y una o dos veces en mi vida adulta: sentí una sensación de alegría o ternura hacia algo, hacia mí mismo—saqué un diente de león de la tierra y lo froté en mi palma. En el segundo recuerdo tengo diez años y estoy en un barco con mi familia. Mi madre está ausente pero mi padre está allí y está emocionado de tener a sus hijos compartiendo el fin de semana. O tal vez fue solo por un día. Estamos en un bote y estamos sentados ociosos en medio del río Kanawha. Estamos pescando sin experiencia en el arte de lanzar la línea, enrollo la caña y la lanzo por encima del hombro. El gancho atrapa mi camisa por la espalda. El miedo aturde mi cuerpo. Estoy gritando y dando vueltas alrededor del bote en pánico como un pez. Todos se están riendo, diciéndome: estás bien, estás bien, es solo la línea. Entonces aprendí que el lenguaje se queda corto para mitigar ciertas emociones que se sienten sobre el cuerpo en este mundo.
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Dos años y medio después de mi experiencia en la escuela de posgrado con la ecopoesía, un amable amigo mío me presentó una antología llamada Black Nature: Four Centuries of African American Nature Poetry. Editado por Camille T. Dungy, Black Nature: se remonta a cuatrocientos años atrás para dar vida a una colección de estadounidenses negros que escriben sobre su relación con diferentes ecologías. En la introducción Dungy escribe que «el alcance histórico de Black Nature demuestra las formas en que los poetas negros investigaban la alineación entre el hombre y la naturaleza mucho antes de que se confirmara la popularidad de la ecopoética contemporánea». En muchos de los poemas, nuestros hablantes están arraigados no solo en sus mundos microcósmicos, sino que también están simultáneamente comprometidos y comprometidas con un mundo más grande. Viviendo en un siglo que traza claras distinciones entre lo que es humano y lo que no lo es, frente a lo que es para nosotros y lo que no lo es: me permití pensarme superior al mundo natural. Black Nature me enseñó que no soy ni mejor ni peor que el oso negro que duerme en el bosque o el pulpo que se aleja de un depredador, sino que soy un halcón peregrino: dentro y fuera de la naturaleza y la ciudad, en efecto, existo en los límites de dos ecologías.
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En 2008, cuando comencé a escribir poesía, deseaba escribir sobre mis experiencias con la naturaleza: lo bueno y lo malo, los puntos en los que una ciudad se encuentra con un parque nacional, los puntos en los que un lago se encuentra con una autopista, pero me faltaba el coraje para hacer eso. ¿Qué lugar tenía yo, un niño negro de West Virginia marcado como violento o peligroso o problemático, para hablar de árboles o pájaros o la atmósfera y nuestra relación con esos seres vivos? Con frecuencia no me sentía incluido cuando le contaba a la gente el tipo de poesía que escribía. ¿Qué sabes de la naturaleza?, me preguntaban, Eres un chico de ciudad. Ojalá pudiera recordar a las personas que me dijeron estas palabras. Quisiera recordarlos solo para entregarles un ejemplar de Black Nature. Dungy, en la introducción de Black Nature, escribe que la antología se publicó para proporcionar una «herramienta crucial para ampliar nuestro concepto de lo que significa escribir sobre la naturaleza». Black Nature cambió, tanto estructural como característicamente, lo que significaba considerarme un ecopoeta, o lo que significaba considerarme un escritor preocupado por diferentes ecologías que a menudo se sorprende e inquieta por las acciones de mis semejantes, incluso: por mis propias acciones.
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Se puede argumentar como es que la ecopoesía siempre ha existido. Cuando lo que sea que hizo que el mundo, tal como lo hemos conocido los seres humanos, comenzara, trajo consigo el lenguaje, el marco, el género de la ecopoesía. Al llegar a la mayoría de edad en un vecindario predominantemente blanco, a menudo me sentía desplazado y etiquetado para comportarme de una manera que encajaba con el estereotipo de los jóvenes negros, en lugar de deleitarme con el Yo que realmente era. Yo era un niño negro tierno. Lloré mucho. Fui al bosque cada oportunidad que pude. En el bosque, me sentí seguro. Podría bajar la guardia de mi «chico negro». Nadie lo sabe, pero he llorado y gritado frente a árboles cuyos nombres desconozco. Casi treinta años después, ahora entiendo por qué el bosque fue un refugio para mí. Tal vez algún pariente lejano me llevó allí, a la zarza y la maleza, a los palitos delgados que tantas veces se atascaban en los cordones de mis zapatos. En su libro Belonging: A Culture of Place, Bell Hooks escribe que la naturaleza es un «santuario […] un refugio, un lugar para sanar heridas». Puedo con facilidad y transparencia, ahora, darme cuenta de cómo la naturaleza y la ecopoesía me han curado: mi sentido de identidad y pertenencia en un país, en un mundo, que ha cambiado mi «cuerpo negro». Además, la ecopoesía ha sanado, de alguna manera tangencial, la eco-ansiedad que sentía, y que tantas veces siento. Tal vez la ecopoesía sea, simplemente, una forma de sanación.
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Mis primeros recuerdos de compromiso consciente con la tierra son la forma más fácil de definir la ecopoesía: un cuerpo de poesía que se ocupa de las experiencias vividas y las consecuencias de entidades humanas y no humanas. La ecopoesía, por decirlo de otro modo, es un caleidoscopio de perspectivas vividas. La ecopoesía es un efecto límite. ¿Qué significa ser un río ancho y lento que corta montañas? A su vez: ¿Qué significa ser una montaña en riesgo de que le quiten la cima? ¿Qué significa ser conocido como un rolly-pollies en West Virginia pero como un bicho bolita en otras partes del mundo? ¿Quién tiene el poder de definir a una cosa como se la define? ¿Qué significa ser un diente de león arrancado de la tierra por la mano de un negrito? ¿Qué significa ser un niño que alimenta a un pájaro con pequeños trozos de pan? ¿Qué significa ser un niño negro de Charleston? ¿Virginia Occidental que se mudó por amor y se encontró caminando a la sombra de los rascacielos y la arquitectura brutalista? En el corazón de la ecopoesía está la conexión; es una investigación del hilo sobre el cual se tocan los extremos de la naturaleza y la cultura, el lenguaje y la percepción.
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Cuando reflexiono sobre experiencias tan tempranas de la vida con y en la naturaleza, descubro que ciertas experiencias me conmovieron tanto que me tomó más de veinte años nombrarlas como partes integrales de mi identidad. Me tomó un poco menos de tres décadas adoptar el lenguaje que necesitaría para explicar qué conexión sentí con la tierra. Habiendo llegado finalmente a este punto, me pregunto a menudo: ¿Hasta qué punto podemos usar el lenguaje en la ecopoesía? ¿Cómo puede el lenguaje de la ecopoesía conducirnos a la libertad de expresión? ¿Cuántas maneras hay para nombrar una buganvilla cómo una buganvilla? ¿Cuántas formas hay para llamar ánade real a un ánade real? ¿Un pantano un pantano? Cuando considero la intersección entre mis primeras experiencias de vida y el lenguaje, me encuentro descansando suavemente en la ecopoesía; un género de poesía que me ha convertido en un escritor operando siempre en un estado de humildad; comprender que, si bien el acto de crear es ilimitado, el lenguaje que usamos para describir las experiencias vividas, tanto de seres humanos como no humanos, es limitado. Pero aun así lo intentamos. Pues lo que impulsa la ecopoesía es el intento, y a veces el intento fallido, de nombrar el punto de contacto de dos ecosistemas.
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Título original: Where systems touch: the self in ecopoetry

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