«De Santiago quiero acordarme»: Un libro de poesías, de Juan Pablo… Anaximandro
Escribe | Federico Gana Johnson
Editorial: Forza (2025)
Nº de páginas: 63
ISBN: 978-956-08140-1-2
Autor: Juan Pablo Anaximandro
Idioma original: castellano
Dan ganas de comenzar la incursión por los excelentemente bien estructurados (y bien cuidados) versos de este libro delgado y pequeño, De Santiago quiero acordarme (Editorial Forza, 2025), pero valiente y por eso mismo se engrandece, con una pregunta identificatoria al autor:
. —¿Por qué rebautizarte «Anaximandro»?
La respuesta es más sencilla de lo esperado:
. —«Fue un impulso indefinido, me pareció más llamativo y poéticamente ajustado a las características propias de la obra por la relación dialéctica entre el Quijote y Sancho y el devenir del universo de Anaximandro», dice Juan Pablo, el autor que se califica como cervantista y vaya que lo es, indudablemente. Y, para mayor ahínco, en la solapa de presentación donde aparece con un sombrero alón, se agrega:
«‘De Santiago quiero acordarme’ es su primer poemario: una adaptación fascinante de unos misteriosos versos de Álvaro Tarfe que, entre audiencias y expedientes, le tomó alrededor de un lustro».
Claro, si además de cervantista es abogado y su especialidad es la Filosofía del Derecho.
Revisando con calma, detención deseada más bien, se encontrará el lector a cada verso con sorpresas inalcanzables de comprender a primera instancia. Sin embargo, gozándolas y hasta embozando una sonrisa luego de a medio hurgar con el pensamiento, se descubre la profundidad.
Al mismo tiempo, el autor nos invita de vez en vez, a un recorrido poético por diversos lugares icónicos de Santiago de Chile, como por ejemplo en «Estado de naturaleza» el poeta enajenado grita frente a la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile la frase del Leviatán: «¡en la tierra no hay poder que se me compare!»; o en «Excelente inicio para un poema», cuando Sancho es manteado repetidas veces a los pies del cerro Huelén (nombre mapudungún del cerro Santa Lucía, ubicado en pleno centro de la ciudad, que significa dolor o desdicha); o en el «Sermón del San Cristóbal», en donde remata contra los gurús de la economía con la imagen de la Virgen Inmaculada Concepción de su cumbre «en ciudades encantadas y castillos / a los pies de una Virgen / con sus brazos extendidos; también en el poema «Camarada Deep Blue» en que tácitamente refiere a la Torre Entel: «desde lo alto de un molino / o una torre, en plena alameda / de comunicaciones»; y, entre otros lugares, hasta nos pinta un límpido río Mapocho de una Edad de Oro, en el texto «Sancho Gobernador»: «Todo tiempo pasado fue mejor / baño dos veces al día / en un diáfano Mapocho».
Se empieza a percibir la calidad poética de la que también discurre, con parecido estilo, en la contratapa de la delgada pero maciza entrega el escritor Roberto Rivera Vicencio:
Un entramado de voces y hablantes surge en De Santiago quiero acordarme. Originalmente reconocemos la voz de Álvaro Tarfe, moro natural de Granada, quien animara a el Quijote fingido de Avellaneda a participar en unas justas caballerescas en Zaragoza, para declarar luego que el auténtico Quijote es el de Cervantes, quien da fe de que estos versos son de su autoría, poseído por epifanías y desvaríos, para luego irse abriendo en múltiples hablantes en uno y otro tiempo, con el único emblema del Caballero como guía, el de Caballero Andante, auxilio de viudas y consuelo de huérfanos, esa ética fantástica de otrora.
Antes de ir a los versos propiamente tales, el propio Álvaro Tarfe pone un aviso de justa atención y resguardo:
«Advierto al lector de esta adaptación que cualesquiera oscuridades, modificaciones ilegítimas o faltas de entendimiento de mis versos son de su exclusiva responsabilidad y poco ingenio».
Manos a la prueba: en el poema «Estado de naturaleza», ya da un primer ejemplo de audacia. En su cuarta estrofa acusa:
En los tiempos de Belén
antes del pacto de unión poético
metían a un cuarto a oscuras
un saco lleno de gatos
y la vida de las palabras
era solitaria, tosca y embrutecida
insertas en un diccionario escolar
o en un manual de lavadora.
Luego, al correr de las páginas, en «Análisis económico de los versos», se advierte a sí mismo:
No debo escribir versos
es como dejar el agua correr
mientras te lavas los dientes.
Adviértase que no queda del todo claro (tal como en el Quijote y su juego meta–literario entre Cervantes, Cide Hamete y el traductor morisco) la fiel autoría de los versos de la obra. La respuesta más espontánea es atenerse a lo expresado en el poema inaugural «Dijo y declaró bajo juramento», es decir, serían versos que surgen a raíz de las epifanías de Álvaro Tarfe –personaje de El Quijote apócrifo– que atribuye a su «desborde de sentimientos por conocer personalmente, o quizás artificialmente por mero encantamiento, a dos Quijotes y dos Sanchos». La otra alternativa, es precisamente hacer caso a la advertencia del desconfiado Tarfe: la obra que leeremos es una adaptación al moderno castellano efectuada por el autor Juan Pablo Anaximandro y, por lo tanto, «cualesquiera oscuridades, modificaciones ilegítimas o falta de entendimiento de mis versos son de su exclusiva responsabilidad y poco ingenio».
¿Qué núcleo o esencia de los poemas corresponde a Tarfe? ¿Qué alteraciones injerta subrepticiamente Juan Pablo Anaximandro a los poemas? He allí el juego, el lúdico misterio meta–literario de esta obra que se agudiza cada vez que se nombran lugares de Santiago de Chile, se plantean anacronismos o se realiza un juego de máscaras en relación con la poesía chilena. En ocasiones más directo, como con La Araucana de Alonso de Ercilla, obra que Cervantes habría leído tanto al conseguir un cargo en el Reyno de Chile que lo animaría a adentrarse en los bosques de Arauco: «mientras devora con desmesura / en solitarias madrugadas / la épica de Alonso de Ercilla / Lautaro, Galvarino y Caupolicán / dejan chico a cualquier caballero»; o el «Poema 20» de Neruda con «Comiendo papas fritas ante la pantalla infinita: Puedo escribir los versos más extraños esta noche (…) Es tan corta la niñez, y es tan larga mi hipoteca / Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».
Otras veces el juego con la poesía chilena es más sutil. Así, por ejemplo, el excéntrico Cristo del Elqui de Parra tiene una tendencia permanente de ofrecer comentarios de índole moral o política, no todo lo que dice tiene una correspondencia histórica respecto a la vida del personaje y lanza aleatoriamente diversas herejías (como que Dios no existe o que la Virgen era liviana de cascos); características que también encontramos en De Santiago quiero acordarme; échese un vistazo al planteamiento de Pitágoras (para los antiguos considerado divino) sobre la naturaleza del Dios cristiano, contradiciendo el texto bíblico: «Al principio era el Verbo / dice el Evangelio de San Juan / Pitágoras, más bien diría / que el número es el principio y que Dios es medio cuadrado». Por otra parte, respecto a los comentarios morales, «Dogmático» es un ilustrativo ataque contra el relativismo moral respecto a mínimos civilizatorios: «Esclavitud / genocidios / ablación de clítoris / tres mil trescientos azotes para desencantar / Cosas culturales / Quijada, Quesada, Quijana / Para gustos colores / no sea dogmático pues, toda opinión es respetable».
En cuanto al «Sermón del San Cristóbal» obviamente es una referencia metafórica al episodio bíblico «Sermón de la montaña», pero también podría enlazarse con el primer poema publicado por el poeta chileno Raúl Zurita, de la misma denominación (1971), en cuanto al punto de la crítica al fetichismo de la mercancía: «Yo no creo en la resurrección de la carne porque los únicos que resucitan siempre son la plusvalía y el comercio». Por su parte, el poema que nos convoca señala, entre otros versos: «Bienaventurados los gurús de la economía / y sus postulados indemostrables / creadores de máximas vulgares / de monstruos racionales / y egoístas / vendedores de su propia madre».
Reitero, este libro es para pensar, con seria sagacidad y humor del bueno, cada uno de sus versos. Y, ya casi al final de sus poco más de 60 páginas, presenta «El pie en el estribo» una existencia total, con indudable firme trazo y solidez literaria. Dos ejemplos, primera y última de cinco estrofas, de que se puede decir mucho en pocas palabras:
1
Somos caballos
de galope incierto
y pelajes desgarrados
potrillos recién nacidos
de patas quebradizas
corriendo para viajar colgados
en circulares máquinas
cuncunas, amarillas
o subterráneas.5
Puesto ya el pie en el estribo
del galope terrenal
reviven nuestros recuerdos
quijotes de nobles batallas
el otro que no pudimos ser
bajo las negras y largas pestañas
que los ojos de Jano velan
en los costados de nuestra cabeza
lo que fue, y lo que nunca será.
Hay que leer con calma y tiempo libre para repasar varias veces los versos de Juan Pablo Anaximandro, que, de repente, aguijonean. Deben llegar al fondo del buen entendimiento, para que expliquen por sí solos el por qué esta obra se titula De Santiago quiero acordarme.

