Martha Asunción Alonso, cuatro poemas y un inédito

Martha Asunción Alonso nace en Madrid en 1986. Es licenciada en Filología Francesa por la Universidad Complutense de Madrid y tiene un Máster en Estudios Avanzados en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza.

Su obra ha sido reconocida y premiada en diversos certámenes como La voz + Joven por la Obra Social Caja Madrid en 2009, Premio de Poesía Antonio Machado de la Fundación de Ferrocarriles Españoles (accésit en 2009), Premio Blas de Otero de la Universidad Complutense de Madrid en 2009 por Cronología verde de un otoñoPremio Nuevos Creadores de la Academia de Buenas Letras de Granada en 2010 por su obra Crisálida (editorial Alhulia), Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal en 2011 por su libro Detener la primavera (Ediciones Hiperión), Premio Adonáis por La soledad criolla en 2013 (Ediciones Rialp), VII Premio Nacional de Poesía Joven de RNE por Wendy en 2015 (Pre-Textos). En 2014 publicó Skinny Cap con Libros de la Herida y en 2015 Autorretrato (plaquette: Valencia, Ejemplar Único). El Ministerio de Cultura la galardonó en 2012 con el Premio de Poesía Joven Miguel Hernández por Detener la primavera.

Poeta indiscutiblemente ya consagrada en el panorama literario español, es una de las poetas jóvenes con mayor proyección de nuestro país. Su obra ha aparecido en importantes revistas literarias y culturales como Quimera, Nayagua, Eñe, Ex libris, Estación de poesía o en el número Transgresiones de la revista La madeja. Actualmente realiza un lectorado en la Universidad de Tirana tras su actividad docente en Francia.

En Aullido os traemos cinco poemas, uno de ellos inédito, en el que Martha Asunción Alonso realiza un bosquejo autobiográfico.


MARTHA ASUNCIÓN ALONSO

Nació
con una oposición bajo el brazo
y largo pelo.

De camino a la clínica,
dilatando en un taxi, a su madre
se le antojó un banana split.

El Papa estaba nuevo en esa época.
Los cronistas lo saben porque andaba. Y yo me lo imagino
vistiendo un par de levis bajo las sacras faldas.

Aquel año dio comienzo en miércoles. Descubrimos diez
satélites danzando en torno a Urano. Bélgica
ganó en Eurovisión.

A lo que voy:
llegó con largo pelo, demasiada vergüenza
y el equilibrio justo para un bípedo.

Aprendió a repirar sin ruedines al cumplir veintimuchos.
Le crecían preguntas sin regarla.
Fue a la universidad por no volver al médico.

Viajó. Se drogó poco. Una vez tuvo
que defender su casa a paraguazos. Se enamoró muy mal,
peor y por fin bien.

Mantiene
todavía una estrecha correspondencia con el monstruo
del Lago Ness y el Duende del Armario.

Vive y se acabará con el trastorno
de la fe. Para que se la entienda: rebusca
poesía.

(Inédito)



Los conejos blancos

El primer conejo blanco que recuerdo fue una cría de gorrión
que nos cayó del cielo.

Era la época de la ductilidad y el miedo a la cicatriz:
cualquier duda de fe,
la varicela o el amor, podían dejarnos marca.

Las monaguillas lo metimos, igual que en un sagrario,
entre algodones, en una caja de quesitos,
dándole de rezar migas de pan.

Según cuenta la Biblia, le crecieron las alas esa noche:
el conejo debía ver el mar y nosotras debíamos
ser solas.

Por eso nos tocó, cada verano en fiestas de nuestra adolescencia,
el cordero blanquísimo en la rifa.

Les fabricábamos biberones con botellas
de Coca-Cola. Supimos, a cambio, de la higiene
sentimental del topetazo.

Y el balido,
a trotar en la búsqueda y no apartar
el llanto cuanto ante ti degüellen lo que amas.

Devorar, caníbales en defensa propia,
devorar el dolor
crudo que nos devora.

(De Wendy, Madrid, Pre-Textos 2015)

VII Premio Nacional de Poesía Joven de RNE, 2015


The house among the roses (Monet, 1925)

Todos la señalaban con el dedo, asentían,
se alejaban para observar mejor, muy fijamente,
como niños siguiendo una cometa por la playa.

Una mujer incluso usaba unos prismáticos,
muy seria y sigilosa, la cabeza inclinada,
igual que si escrutase un mapa falso del tesoro.

Yo me sentía imbécil. Recuerdo que pensé: quizá
la casa entre las rosas esté fuera del cuadro,
donde nadie la piensa,
allí donde se nubla tu mirada.
Quizá hayamos perdido el tiempo buscando el animal,
nunca su sombra;
el destello del sol sobre la fuente, no la sed.

Seguí pensando un rato, como ciega,
mientras los japoneses sonreían.

Porque tal vez la casa sólo fuera las rosas
y aquel cielo turquesa,
alegría compacta y lumbre fácil.

Hoy creo que la casa entre las rosas siempre fuimos
nosotros. En su busca.

(De Detener la primavera, Madrid, Hiperión 2011)

Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal en 2011 y Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2012


Lost generation

Era un mundo sin protección solar.

Los sueños, las inmensas
antenas parabólicas sobre los tejados,
monos azules
tendidos en patios interiores: mapamundis
proféticos tras las manchas de aceite.
No teníamos miedo.
Fuimos a escuelas donde los maestros
habían llevado luto por nosotros,
que estábamos llamados a heredar
la transparencia.
Dicen que a la salida alguien nos daba
caramelos con droga.
Yo nunca tuve dudas. Era nuestro destino:
ser una nueva raza de gigantes,
hombres libres, mujeres que haríamos
el trabajo de cien hombres.

¿Cómo no ser valientes? Pasábamos
agosto con abuelos
que habían sudado todo el frío del país.
Fumaban y tosían
y aflojaban bombillas porque la luz
no es gratis, no. También tuvimos padres,
una nación sonámbula de padres
que venían del sur.
Por la noche, volvían tarde a casa
y exclamaban: “¡Señor,
ya me sacas al menos dos cabezas!”.

Éramos los mayores.
Crecimos un centímetro diario y
estrenamos mallas, ternura primogénita,
zapatillas Paredes
que atravesaban yonquis en la noche
para aprender francés.
Duendes únicos. Magos
de la calcomanía. Todo se nos quedó
pesquero tan deprisa:
el Colacao, los paraísos para mascotas
olímpicas, los cromos,
la fe de nuestra primera comunión.

Cuando al fin llegó el metro a nuestro barrio,
fue demasiado tarde.

Ya estaba preparado el plan de fuga.

(De La soledad criolla, Madrid, Rialp 2013)

Premio Adonáis  2013



 No es verdad

No es verdad Blancanieves, los bosques de esperar
lenguas azules que nos despierten
al dolor de los pezones.

No somos elegidas
de los dioses para la transparencia:
ellos también son cuentos.

Porque la poesía,
igual que los sepulcros de cristal o ser mujer,
no será nunca un don.

No nos hace más nubes, ni más madres,
ni ha de encontrarnos siempre
trabajando.

A menudo, nos halla
menstruando, acariciando gatos sucios.

Sacando la basura.

(De Skinny Cap, Libros de la Herida, 2014)

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