Emilio Sierra: «Versos para nadie»

Emilio Sierra García nace el 13 de enero de 1988 en Madrid, en el seno de una familia formada por sus padres y cuatro hermanas. Estudia Teología en la UESD (Madrid), donde también se licencia en Filosofía con una tesina sobre el problema del mal en Luigi Pareyson y Dostoievski. Es ordenado sacerdote el 27 de abril de 2013. Actualmente termina su tesis doctoral sobre la verdad y la belleza en Luigi Pareyson y el último Heidegger, colaborando también en alguna clase como profesor asistente.

Recién llegado y nuevo en lo que se refiere a lo público del mundo de la poesía, es seleccionado como finalista para la 70ª edición del premio Adonáis en 2016. Tiene escritos varios poemarios inéditos, dos novelas y una obra de teatro.


Réquiem por los vivos

Réquiem por los vivos
¡Oh hermanos! ¡Oh huérfanos!
Réquiem por la luna
Que en comercio infame e ingenuo ilumina las plazas
Y en sus rayos despista a todos de sus costumbres.

Réquiem por las estrellas confusas y entremezcladas
Con las luces de las calles.
Ellas y sus rasgos oscuros, pues pertenecen a la noche.
Ellas y sus visos de luz, pues adelantan al sol.

Réquiem
¡Victoria y tragedia es!
Ya no hay poetas
Solo queda la vida
Porque la poesía no importa.
Solo la vida
Que requiere ser construida
Y no instruida.
La liturgia del tedio desea la ruina;
Lo incompleto
Que atrae porque hace que modelemos algo sólido y bello
Cuando solo el aire nos avala.
La nieve es una salida,
Puerta sin arco,
Agente de senderos nuevos
Al borrar las huellas impuras del triste barro.
Ya ha salido el Apolo y ha desaparecido lo anterior
Tan pronto como uno vino el otro se fue.

Así es la felicidad si se es feliz
En lo frío,
En lo sombrío.
Aquello que mantiene blancos los cementerios
Por la compañía de los árboles:
Su sombra.
Los cementerios
Donde duermen sin descansar,
Donde descansan sin dormir
Los hombres.

¡Réquiem por los vivos!
En lo alto del dormitorio
Donde nuestros pasos no alcanzan a pisar
Por temor o indiferencia, cobardía enferma,
Se habla a los que viven del destino de los muertos.
En las ciudades y sus cantos invisibles, apropiados silencios,
Se habla a los muertos del destino de los vivos,
Para que vivan
Y el réquiem por ellos
Sea agrio,
Dulcemente agresivo.

Que descansen
Que descansemos,
Que busquemos el descanso sin el frío,
El que se mete en los huesos, tiritando temblones,
Y de los ojos arranca tristones, sofisticado dentista,
Sin delicadeza, las aguas.
Como el débil contrabajo y sus abrazos de carne inmateriales.

Que descasen,
Que descansemos
¡Oh descanso!
Lo único que podemos saber es que alguien viene
-no es Godot ni un héroe,
Ni el dueño de las tiendas-.
Viene el que ha llegado,
Casto manjar que no deja espacio
A la fortuna
A la belleza sin sustancia,
Susto que disgusta al espíritu.

Que descansen,
Que descansemos
Que busquemos el descanso
Y encontremos a la esposa,
El manso y blando cuarto que no es cárcel;
La esposa y su espada: la gratitud.


Al Dios escondido

Los labios del viento
Pusieron un sello
Al eterno vaivén del susurro suplicante.
¡Adoro!
¡Te adoro!
En la hora del oro,
La naturaleza sabe
Que la mejor elegía
Es el silencio.
Y que las lágrimas,
Cuando se habla de amor,
Son siempre sangre.

Que severos somos,
Dios mío,
Te adoro
Porque tú me has adorado antes.
Anota en tu mano
Mi ligero amor
Contrae tu alma
En mi adagio pesar

Ya me concentras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *