Algunos apuntes sobre el registro testimonial en «Diarios de Kolimá»

Escribe| Roberto Bayot Cevallos


Diarios de Kolimá de Jacek Hugo-Bader

 

 

 

 

 

 

Editorial: La Caja Books (2019)
Nº de páginas: 339
ISBN: 978-84-17496-13-5
Traducción de Ernesto Rubio y Agata Orzeszek
Idioma original: polaco

La vulnerabilidad del ser humano, puesta a prueba en las regiones más hostiles del planeta, donde la naturaleza despliega, por ejemplo, su descomunal poderío con apenas una exhalación de su aliento o con la brutal alevosía de un zarpazo en la infinitud neblinosa, que en cuestión de segundos pueden situar entre la vida y la muerte a quien los enfrente, son incentivos vitales suficientes para la literatura. En esta ocasión, nos referimos, probablemente, a causa de sus dimensiones y lejanía, a la región más inaccesible y abstracta que el hombre ha colonizado hasta ahora para su beneficio, como es el caso del salvajemente frío territorio siberiano. Ahora, si a este factor se le suma un pasado torrencial y difuso, la corrupción institucionalizada de las fuerzas de seguridad, las mafias dominantes, el desempleo, los millonarios intereses económicos por sus recursos minerales, las añoranzas irreprimibles, el desolador aislamiento con todas sus consecuencias existenciales, el sinsentido que dejan a su paso las identidades nacionales tras el sometimiento a las minorías étnicas y una multitud de voces que nadie les ha prestado la atención suficiente, pues tenemos un sobrecogedor panorama que muy pocos están en condiciones de desentrañar.

Al menos, alguien se ha arriesgado a vivir la travesía de cruzar este territorio para narrarnos, desde su perspectiva, las vicisitudes atávicas y cotidianas con las que se enfrentan sus habitantes y ha sobrevivido a la experiencia, algo que se entenderá paulatinamente más adelante. En consecuencia, Diarios de Kolimá del polaco Jacek Hugo-Bader (La Caja Books, 2018), es el relato periodístico durante la primavera de 2010, de los 36 días de su viaje en autostop a lo largo de 2025 kilómetros de la Autopista de Kolimá, denominada en los mapas como M56, que separan las ciudades rusas de Magadán y Yakutsk, capitales del Óblast de Magadán y la República de Sajá, respectivamente. De manera que, ustedes se deben estar preguntando cuál es el sentido en esta reseña del detalle geográfico-administrativo dentro de la actual Federación Rusa en la que se sitúa el relato, pues bien, este trazado compone la ruta en la que se emplazaron aproximadamente 160 campos de trabajos forzados o Gulag (Dirección General de Campos y Colonias de Trabajo Correccional, en la traducción de su sigla) entre 1932 y 1956, período en el que se produjo la «Gran purga» o también conocida como la yezhóvschina (de 1935 a 1939) dentro de la Unión Soviética, con el subsecuente afianzamiento en el poder de Stalin.

En aquella época, la ubicación estratégica del puerto de Magadán sobre el mar de Ojotsk (adonde llegaban los prisioneros por barco) y la desconocida fama de la futura Yakutsk (de ser la ciudad más fría del mundo), ambas en el límite oriental de Siberia, configuraron el lugar idóneo para hacer desaparecer del mapa a cualquiera que tuviera la mala suerte de ser juzgado según el aterrorizante artículo 58 del Código penal soviético. Es decir, por todo lo que pueda interpretarse como «contrarrevolucionario», tentaculado desde la lógica paranoica que regía entonces, con el fin de convertirlos en un engranaje más de la colosal maquinaria sincronizada que extraía oro a punta de picos y palas, desde la zona de mayores yacimientos auríferos del mundo.

La aorta, el nervio principal kolimiano, fue y sigue siendo la Autopista de Kolimá, o sea, la Ruta. Y yo, como muchos otros kolimianos mayores, escribiré con mayúscula las palabras Autopista y Ruta. Porque ese camino de más de dos mil kilómetros está empedrado de vidas humanas. Construido sobre los huesos. Y no es ninguna metáfora. Porque si no, ¿cómo es posible que a lo largo de toda la Ruta no haya ni un solo viejo cementerio?

Por otro lado, para esta travesía el autor se apoya en las referencias del monumental testimonio recogido en los Relatos de Kolimá de Varlam Shalámov, sobreviviente a 18 años de internamiento en un campo, quien dedicó el resto de su vida a escribir este texto crucial de la literatura soviética disidente, aunque mucho menos conocido para el lector hispanohablante que Un día en la vida de Iván Denísovich (1962) o Archipiélago Gulag (1973) de Aleksandr Solzhenitsyn. De igual importancia, un libro que precedió a todos estos fue Días felices en el infierno (1962) del poeta húngaro György Faludy sobre su experiencia en el campo de trabajos forzados de Recsk (donde hoy existe un parque nacional memorial al norte de Hungría), el cual fue escrito con años de anticipación a su primera publicación en traducción inglesa, mientras estaba exiliado en Londres. Inclusive, mucho antes, autores universales de la mejor tradición decimonónica rusa como Dostoyevski en la novela autobiográfica Recuerdos de la casa muerta (1860) o Chéjov en el reportaje La isla de Sajalín (1895), denunciaron el alcance que tuvieron estas colonias penitenciarias ya en su época.  En ese sentido, hay que recordar que el sistema de trabajos forzados impuesto en los gulags siberianos tuvo su origen mucho antes en la kátorga, creada desde los primeros regímenes zaristas y que sólo interrumpió su modelo represivo tras la caída de la autocracia, por unos pocos años al inicio de la Revolución Rusa.

En Diarios de Kolimá, el reportero polaco emplea una estructura contrapuntística, entre su diario de viaje y las entrevistas con las que perfila a sus interlocutores o a sus familiares fallecidos, a veces gracias a su planificación a veces producto del azar. En ese sentido, su bitácora personal sirve de antesala para introducir al personaje que después desarrollará en profundidad, pero antes entrelaza sus propias peripecias diarias, entre disparatadas y estremecedoras, con el contexto histórico, la voz testimonial que registró Shalámov, sus quirúrgicas observaciones de cada minucia, las distancias que recorre cada jornada, los malabares que debe hacer para conseguir alojamiento, los gestos respetados por la mayoría de los locales cuando alguien necesita ser recogido en medio de la carretera. En síntesis, desde el más mínimo detalle de su experiencia vital de viajero hasta cómo halla a sus fuentes por el camino, que son quienes protagonizan realmente este libro.

Metido en un camionazo ruso de veinte años con kilometraje desconocido y además en la Autopista de Kolimá, excavada con picos en la tierra permanentemente congelada, llena de socavones, piedras, baches, grietas, hundimientos. Por la noche, tras más de doce horas de furiosas vibraciones, temblores, sacudidas, zarandeos epilépticos de todo el cuerpo, ya no sabes si has pasado el día en un vehículo o en una trituradora de carne. Tienes la sensación de que se te han caído todos los discos, rótulas y empastes, y que por dentro todo lo que no estaba enganchado al hueso se ha acabado desgajando.

Hugo-Bader se encuentra con gente en trance, ensimismada y sin expresión, como sumergida en «una pesadumbre soviética, hibernada en el asesino clima kolimaniano». Asimismo, comprueba la generosidad de muchos por el simple hecho de ser un explorador que enfrenta los obstáculos climáticos con un elevado grado de precariedad. También tropieza con quien lo toma para el cachondeo, asumiendo que es un espía que se hace pasar como un reportero que acude a la región en busca de su cuota de rublos para silenciar cualquier denuncia. No obstante, a medida que el texto avanza y que él va identificando el comportamiento social de las personas, encuentra el tono preciso con el que adaptar sus conversaciones para reducirse a un confidente cuando alguien revela algo trascendental de su pasado, mimetizar su presencia para escuchar y observar cuando irrumpe la verdadera personalidad de su interlocutor y contraatacar ferozmente cuando una de sus presas se regodea en su contradictoria vanidad.

De modo que, van apareciendo historias marcadas a veces por el absurdo, de un calado humano que sumen en la perplejidad al lector. En primer lugar, están los que su destino fue engullido por el sistema o presenciaron los vestigios de su crudeza. Y en segundo, en menor medida, los que se beneficiaron con la desaparición de la URSS. En ese sentido, es un libro que amerita una lectura minuciosa, que de ser posible se produzca en un espacio prolongado de tiempo para disfrutar de sus particularidades, para no dejarse llevar por la adrenalina con la que se adentra en cada escena, ya que el autor comparte muestras microscópicas de un mundo histórico y antropológico sumamente complejo, que está especialmente enriquecido por sus detalles, producto de una reportería previa rigurosa y de su dominio de la lengua franca con la que todos se comunican en Siberia. Aunque, en efecto, tampoco le sirve para mimetizarse del todo y pasar desapercibido como un lugareño más.

Cuando por la mañana salgo de Bolshevik para seguir viaje, hace veinticuatro bajo cero. Una hora más tarde pienso que mi suerte de reportero me ha abandonado. Camino, camino, venga a caminar… Pasa una segunda hora y sigo caminando. Para no pasar frío. ¡Para no congelarme! Así que sigo caminando. Los sacos a la espalda, la taiga profunda, el sol que se esconde tras las nubes, el frío que arrecia y que resulta desagradable. Tenía que haberme quedado esperando, así por lo menos estaría cerca de la gente.

Sobre todo, Diarios de Kolimá es un libro compuesto por testimonios magistralmente conducidos, a través de la destreza en los diálogos de cada encuentro descrito. Así conocemos seres de a pie, tales como la anciana hija del mismísimo Yezhov; la noble rusa-francesa que va en busca de las huellas de su padre prisionero; un geólogo que fue contratado para remover las tierras de una parcela llena de huesos de fusilados; una mujer que fue enviada ocho años al Gulag por llegar tarde a su trabajo; un veterano comandante del ejército rojo en Afganistán casado y divorciado nueve veces que se dedica a reparar objetos de fabricación soviética de un vertedero de chatarra; un legendario buscador ilegal de oro que gracias a su olfato dio con la mayor veta del mineral en Kolimá; una veterinaria que siempre ha vivido con un complejo entre los rusos al ser hija de dos indígenas de etnias siberianas distintas; el único habitante de un pueblo que el resto de personas abandonaron cuando se acabó el oro; ex combatientes de guerras separatistas con síndrome del campo de batalla; un hombre que sobrevivió a perderse en la taiga durante 48 días; una directora teatral que ascendió en la jerarquía del Partido Comunista administrando una biblioteca exclusiva para los seis miembros del comité regional; un yakutio que integró una revuelta por la igualdad en 1986 reivindica que su etnia fue el primer pueblo en exigir la caída de la URSS y varios temerarios borrachines rebosantes de camaradería, entre otros.

Para tener una percepción de la distribución demográfica de Kolimá, al momento en que se escribió esta obra hace casi una década, la región poseía alrededor de 50 emplazamientos humanos entre ciudades, pueblos, aldeas y asentamientos, la mayoría de los cuales están al pie de la carretera. No obstante, existe una tendencia de desplazamiento de su población hacia las grandes ciudades rusas, como registra minuciosamente el texto. Una idea que desliza sutilmente Hugo-Bader y que se podría deducir por los efectos del cambio climático a nivel mundial es que, cada año, literalmente, Kolimá se revelará como un campo de osamentas, puesto que los inviernos cada vez congelan menos y cada verano se derrite un poco más el permafrost de Siberia, lo que hace más cenagosa su superficie dejando al descubierto lo enterrado a pocos centímetros de profundidad en la taiga, sin necesidad del empleo de maquinaria pesada. Otra idea que también menciona el escritor es la carencia de monumentos que, de alguna forma, fomenten la memoria histórica de lo que ocurrió en los alrededores de la Autopista y de quienes perecieron en ella.

Los viejos dicen que este camino es el cementerio más largo del mundo. He calculado que si se colocaran una tras otra todas las víctimas de los campos de Kolimá de la época de Stalin, no cabrían. Hagamos de nuevo el cálculo. 2025 kilómetros equivalen a más de dos millones de metros. Si dividimos por metro ochenta, salen un millón ciento diez mil hombres. Y mujeres. ¿Que en aquellos años no crecían tanto? Depende de quien. Los letones y estonios, para la época, eran unos gigantes. Los japoneses, kalmukos, tártaros y las mujeres eran mucho más bajos. Incluso si dividimos por metro setenta, el resultado solo cambiaría en unas cuantas decenas de miles. Kolimá, de todos modos, se llevó seguramente por delante más de un millón cien mil o un millón doscientas mil vidas humanas.

Aunque, Diarios de Kolimá es la primera irrupción del periodista exclusivamente en dicha región, a pesar de ello es un experimentado viajero a través del territorio ruso y en la misma Siberia, ya que pocos años antes había publicado El delirio blanco (Dioptrías, 2016), un texto que en esa ocasión tomó de referencia Reportaje desde el siglo XXI (1957) de Mijaíl Vasíliev y Serguéi Gúschev. En aquel volumen, ambos reporteros de la sección científica del diario Komsomólskaya Pravda, recibieron la misión de escribir un libro en entregas, en el que se narró cómo sería la vida en la Unión Soviética medio siglo más tarde, es decir en 2007. Los periodistas basaron todas sus afirmaciones sobre el futuro en las conjeturas de varios científicos de los laboratorios de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética en Moscú. Justamente, aquel mes de ese año, nació Jacek Hugo-Bader, quien al cumplir 50 años, decidió lanzarse a realizar un viaje entre Moscú y Vladivostok a bordo de un viejo Lazhik para comprobar algunas de las exageradamente optimistas afirmaciones que escribieron sus colegas soviéticos.

En aquella expedición, el polaco recorrió en su vehículo un total de 12968 kilómetros en 55 días, durante el invierno de 2007-2008. Por lo tanto, en esa entrega profundizó en las problemáticas sociales de la actual Rusia, como consecuencia de la caída de la URSS, en referencia a historias de personas que conviven con el VIH, los efectos devastadores de la heroína en una generación, los hippies soviéticos, la epidemia del alcoholismo, la progresiva desaparición de las etnias nómades al no tener un marco legal que los proteja, el chamanismo o una comunidad aislada en Siberia donde afirman convivir con la reencarnación de Jesús. A la vez, se dio tiempo para transportar y conocer gente que pide un aventón. Resulta interesante recordar que, dadas las condiciones cómo consumó su misión en El delirio blanco, es decir en la posición de conductor, su perspectiva era la de recoger personas en la carretera, mientras que en Diarios de Kolimá experimenta exactamente lo contrario, al ser él el popútchik (compañero de viaje o persona con la que te encuentras por el camino) que hace autostop. En ese sentido, la mirada cambia notablemente, trasladando la miseria que a veces se encuentra en la carretera a su propia experiencia. Además, al final de ese libro muestra un diario de viaje, de alguna forma el borrador que vertebrará su siguiente volumen de historias.

Para finalizar, me gustaría referirme a la comparación que se ha hecho en los últimos años entre el autor en mención, su compatriota Ryszard Kapuściński y la Premio Nobel bielorrusa Svetlana Aleksiévich en torno al registro de aquella abstracta etiqueta denominada «homo sovieticus». En realidad, se trata de unos brevísimas apuntes, puesto que el tema rinde para un amplio estudio de otra naturaleza. Mientras Kapuściński, en su obra El Imperio (1993), para la que afirmaba haber recorrido 60 mil kilómetros, detallaba semanalmente para la Gazeta Wyborcza las ondulaciones que se percibían en el ambiente de las lejanas y anexionadas repúblicas soviéticas, los avances de la crisis que él interpretaba con mirada puntillosa y que terminarían meses después en la descomposición de la URSS, Hugo-Bader, bajo sus propias condiciones asiste como testigo del caos que ha quedado como secuela de esa descomposición, al interior de lo que hoy es la aparentemente inabarcable y profunda Rusia. Incluso, posee su propia agenda, su propia ruta por donde actualizar la voluminosa historia que no deja de sorprendernos de aquel país-continente.

En cambio, Svetlana Aleksiévich, quien en promedio cuando era reportera requirió unos cinco años para componer cada uno de sus libros íntegramente construidos con el testimonio coral de sus entrevistados y dedicados en su totalidad al progresivo derrumbamiento de la URSS, desde una arista que recala en decenas de bifurcaciones, donde se muestran los 360 grados de un gran conflicto. Así pues, lo que la emparenta con Hugo-Bader aunque parezca descabellado afirmarlo, es su olfato y oído para las entrevistas, para saber trasladarlas al terreno y el tono apropiados que, en el caso del polaco, se exhibe con toda su abyecta crudeza hasta la última brizna que flota en un making-of, o sea todo lo contrario en los resultados: donde Aleksiévich se camufla; Hugo-Bader posa con su ropa de hace dos semanas, un vodka en la mano, un pernil de reno en la otra y la mayoría de sus observaciones resguardadas en su cabeza.

Recordemos, a modo de colofón, un dato no menor en todo este asunto: cada una de las historias recogidas en el libro de Hugo-Bader eran enviadas desde las más remotas conexiones a internet del planeta y publicadas a diario en Polonia.

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