Un fragmento de «Suya era la noche», la primera novela de María Ovelar
María Ovelar (Alicante, 1982) es escritora, periodista y traductora de inglés, francés e italiano.
Es profesora de escritura creativa en la Escuela Fuentetaja, autora de los poemarios Las oceánicas (Valparaíso Ediciones, 2021) y Diccionario de términos eufemísticos (Valparaíso Ediciones, 2022) y de relatos publicados en antologías y revistas.
Después de trabajar durante trece años para El País, ha seguido colaborando con este y otros medios como eldiario.es o 20minutos. Trabajó como profesora de Literatura en la India y como copy creativa.
Es la fundadora del sello LaSafo, con el que organiza retiros y tertulias, y ha participado en residencias artísticas como Axóuxere o Can Serrat. Su obra explora el lenguaje como herramienta de liberación, combinando poesía, narrativa y performance.
Suya era la noche (Consonni Ediciones, 2025) es su primera novela. Justamente de ese texto proviene el fragmento que ponemos a vuestra disposición, el cual corresponde a su primer capítulo.
Primer capítulo de Suya era la noche
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Con los ojos entornados, Mireia juega a dibujar en el techo escenas de su último fin de semana. Prácticamente no recuerda nada. Salir de la cama y recoger el piso le da tanta pereza que prefiere seguir fustigando su memoria con ese juego cruel. Se concentra en las olas de luz alrededor de la lámpara. Nada. En el traqueteo del furgón de la basura. Nada. En el calor que desprende la estufa. Nada. A cada fracaso por recordar lo que ocurrió, hunde más el colmillo en el labio, no le importa la herida, la prefiere a las horas sin dormir, sin poder rememorar lo que pasó el último fin de semana que salió de fiesta.
. El brinco de su gato sobre el colchón la hace reaccionar. Se toca el pijama y en un acto reflejo se lleva la mano a la nariz: todavía huelen las pequeñas salpicaduras de vómito. No queda papel higiénico, ni tierra ni comida de gato, ni aguacates para el desayuno. Va siendo hora de bajar a la calle. Necesita que le dé el aire, aunque sean más de las dos de la madrugada. Al menos está abierto el Carrefour de la plaza. El armario sigue tan confundido como su mente: prendas de distinto tipo en una percha, cordones de zapatillas y botas enredados, pelo de gato y mucho polvo en las esquinas. Coge el mismo pantalón negro, las mismas Vans, el mismo bolso (dentro permanecen el monedero, las gafas de sol y el paraguas) que llevaba la última vez que salió.
. La noche se le cae encima al pisar la calle. La espesa negrura de las horas en las que casi todos duermen. La soledad que siente es tan espesa que le cuesta ver sus propias manos. No se fija en el entorno, pero lo intuye: las persianas llenas de grafitis de los restaurantes; los contenedores de reciclaje cercados de cajas, botellas, bolsas, más bolsas; los bancos como crisálidas de cartón en los que duermen los vagabundos. Un veinteañero, absorto en la música que escucha, la golpea. Mireia siente el hombro palpitar. Le gustaría darse la vuelta, exigirle una disculpa, zarandearlo. Pero, en vez de eso, sigue caminando encorvada, las manos en los bolsillos.
. La artificiosa claridad del súper le hiere las pupilas, así que saca las Ray-Ban del bolso y se las pone. Le cuesta elegir el tipo de papel de váter, no se aclara con el etiquetado, ¿duran más los de capa doble? Uy, pero si también los hay de triple, ¿o salen más baratos los de toda la vida?, ¿y qué hay del reciclado?, ¿comprar un paquete de más rollos compensa? Joder, qué caros los aguacates, ¿y si los sustituye por otra cosa? No, los aguacates se quedan, por algo sigue matándose en el curro. Para Totoro, compra la tierra que no está perfumada, la otra al gato no le gusta. En la cola del súper, se arrepiente de haberse quitado el impermeable, una cara conocida, alguien de la noche, no recuerda cómo se llama, si se hubiera dejado puesto el abrigo, podría taparse con la capucha. Se cambia de fila, disimula.
. Como al final ha comprado un par de cosas más, se ve obligada a aceptar una bolsa de plástico y a maldecirse por no haber cogido una de tela. Se traga la frustración medioambiental y deja que se le solidifique junto al cansancio. Cuando deja atrás a un grupo de magrebíes que escucha reggaetón desde un móvil, se fija en las farolas y se acuerda de cuánto les gustaba a Victoria y a ella sortear sus sombras cuando paseaban borrachas de madrugada.
. Es en parte por Victoria por lo que no consigue dormir. Estaba tan colocada la noche en la que la echó, que solo recuerda fantasmas. Todas las veces que ha bajado a la calle desde la juerga de ese fin de semana ha sido para buscarla. La llama y no la encuentra. La busca y no aparece. Ha visitado los bares por donde salían; las terrazas donde charlaban sobre hombres; el olor a madera húmeda de las librerías de viejo de la Cuesta de Moyano; ha perseguido el cloqueo de los barriles que los repartidores giran por el adoquinado de Lavapiés y ha rastreado entre las servilletas estrujadas en el suelo de los bares; hasta debajo de las bolsas vacías de los gramos ha mirado. Pero no la encuentra. Y solo quiere llorar, porque sabe que es lo que siempre ha querido. Que Victoria desapareciera.
. La quiere tanto como la odia. Gracias a Victoria, la reina del pop, la instapoet, la influencer de la que hablan cientos de personas, Mireia ha conseguido en parte lo que vino a buscar a Madrid: ser aceptada y celebrada en los círculos indies, ser deseada. Pero no es suficiente: quiere ser novelista.
. Se ha jurado no drogarse. Para escribir, para editar…, necesita estar sobria: ya no se aguanta más ciega.
. El olor a pis la abofetea cuando abre la puerta de casa, así que lo primero que hace es cambiar la tierra del gato, que en seguida la estrena. Recoge la caca con una pala y la tira por el váter. El sonido del agua centrifugándose por el agujero la imanta. Se queda ahí parada incluso cuando el váter se ha tragado la deposición. Permanece quieta ante el vacío como tantas otras veces; inmóvil, como cuando se ha pasado con la coca o el spid y las palabras no le salen. Pero debe seguir. Se ha prometido cambiar.
. Tras prepararse un té de jengibre y unas tostadas de aguacate, se enfrenta al escritorio armada con la bandeja de comida. Mientras el ordenador arranca, ojea el manuscrito donde ha compilado textos sobre Victoria, que escribe cuando llega borracha a casa y que no sabe cómo estructurar. No solo quiere lanzárselo al mundo, quiere contárselo a sí misma. Escribir sobre su amiga es su terapia. Y su venganza: la quiere tanto como la detesta.
. Ella tuvo toda la culpa.
Aquel after no tuvo nada de especial: desconocidos entrando y saliendo, corrillos en la cocina; vecinos timbrando cabreados, Suertes filosofando, y el resto, un carrusel de graznidos y bailes. Mireia vuelve a tocar los rayos de sol que perforan la amplia ventana, el humo del tabaco en su lento avanzar por las paredes entre carteles de películas de Hitchcock. Las risas bailan apareadas con los latidos de la música electrónica y alguien grita «lárgate», «lárgate».
. Quien grita es Mireia.
. Pero eso fue al final, eso fue al final de la fiesta. Mireia necesita saber qué pasó antes. Borra el último párrafo y vuelve a empezar.
. Cuando regresa a la fiesta, ha amanecido de nuevo, y parece que el piso ha virado al este. Tambaleante, con los ojos achinados, evalúa su posición desde la ventana, ¿pero el piso no se encontraba en la plaza Dos de Mayo, entre una pizzería y un chino? Cuando abre una de las hojas y asoma la cabeza, no capta más que ralladuras, como si los árboles de la acera acabaran de ser repintados. Por fin, entiende: se encuentran en una zona fronteriza, en un espacio sin tiempo.
. A sus espaldas, la gente le ríe las gracias a un solista que ha tocado en el festival, pero este solo se fija en Victoria. La ha perseguido por cada rincón de ese ático en el que las plantas secas se retuercen hartas de que los invitados las rieguen con alcohol. Victoria, cansada del asedio, hace un parón para ladrar obviedades al oído de Mireia: deja de pensar en el libro, Mire, que estamos de fiesta. Va, tómate una, y le pone una pastilla en la boca. A Mireia le cuesta decidirse: mira la pastilla con aprensión. A su alrededor, todos parecen divertirse; necesita ser una más; desconectar de su timidez, diluirla en lo físico.
. Después de gatear por suelos movedizos, la lengua pastosa, Mireia observa nuevamente por la ventana: tal vez la casa ha estado siempre tan al este, pero sus límites se han ensanchado; sin duda, se perfila más grande. ¿Y Victoria? No para, Victoria no para, derrama whisky, grita con la voz astillada, se disfraza con el vestido de las apariencias, ese contestar al interlocutor exactamente lo que quiere oír, para dejarlo con la palabra en la boca cuando se encapricha de otra atracción más estimulante. Victoria ya la está empujando para que se siente en el corrillo que se ha montado alrededor de Suertes. Mireia obedece; admira al cincuentón, siempre tan perspicaz como si no estuviera drogado. Victoria le trae un chupito y Suertes se lo bebe. Victoria le alarga un cedé y Suertes esnifa.
. A la pregunta de a qué se dedica que le hace un chico, Suertes contesta que ejerce de cliente de su camello. «Nadie nos obliga a drogarnos», sigue perorando, «nadie nos obliga a consumir este producto libre, puro, sin marketing. Pero aquí estamos, con dos gramos como dos soles y un regalito. ¿Que a qué nos puede llevar? A comer techo el martes, pero estamos a domingo. ¿Que por qué soy un buen cliente? Porque cumplo. Yo pago y el dealer me da. Llama, bajo y subo con dos papelas de alegría. Porque la coca es un tablao flamenco; el duende que da. La coca es un festival; el ambientazo que da. La vida no es un horario; la vida son los camellos, que te engañen, el murmullo».
. Suertes es calvo, sus fosas nasales casi tan grandes como sus gafas de pasta. «¿Por qué no irás al festival de Alburquerque?», le pregunta el mismo chico. «Porque me lo han prohibido mi psicóloga y mi dealer. Además, ¿para qué ir pudiendo leer a Elvira Sastre o a Victoria Sanz en casa? ¿A quién se le ocurre escribir bajo un pseudónimo tan normalito como ese, Victoria Sanz? El fenómeno poetuitero, eso sí es un producto de marketing, no la coca. ¿Pero es capaz el poetuiterismo de darte el subidón de la coca? Por supuesto que no. Leopoldo María Panero, eso sí que es droga, pero eso no vende, porque en España solo vende el Valium, la sensiblería fácil». A pesar de que a Mireia le ponen hasta sus comas, no puede evitar sentirse molesta; se han reído de Victoria. Pero en vez de defenderla, sonríe ridícula y coge el cedé que le alargan.
. Tal vez no deba aceptar, ¿qué es? ¿una raya de metox?, ¿spid?, ¿ketamina?, y Victoria le arrebata el cedé y se la mete primero.
. Mireia no logra hablar, tal es el ciclón de palabras que le bombardean los oídos. Vuelve a gatear por paredes acuosas, y el aire se le hace sal; y la luz, arena, y se siente mal, como un personaje de la novela que está escribiendo.
. Es entonces cuando Victoria erupciona. Le da un beso de tornillo a Suertes, vuelca una copa y tira el cenicero de cristal que se quiebra con el chisporroteo de un horno de residuos industriales. Su ex la abronca, y el cantante se bambolea con la risa contenida. Mireia siente esa explosión en el pecho y entonces se lo dice: «Lárgate, Victoria, lárgate». Cuando Mireia despega los labios para explicarse, para decir por qué la odia, es como si intentara hablar en un sueño: solo surge una voz estrangulada. Al sentir los gestos de desaprobación y las miradas de burla, Mireia se hace bola como aquellos bichitos a los que fastidiaba de pequeña.
Con el pijama puesto, Mireia cierra el ordenador. Camina zigzagueante por la casa. Confía en que andar ordenará sus ideas.
. Piensas en ella.
. La reina del pop, la instapoet, la influencer.
. Quieres descubrir por qué la has acabado por odiar.
. Mireia también detestó a Victoria, pero jamás quiso que su anhelo de hacerla desaparecer se hiciera realidad. Sabe que la echará de menos: Victoria se lo ha enseñado todo, a disimular lo puesta que va, a aparentar interés cuando habla con pesados, a fingir un orgasmo, a sobrevivir en Madrid. Pero Mireia quiere cambiar de vida, y para ello es fundamental que no vuelva a quedar con su amiga.
. Victoria, la impenetrable, para alcanzarla sería necesario destruir edificios de cristal, prejuicios, habladurías; Victoria, la puta, tantas veces lo han repetido. La impredecible, que debió acompañarse con instrucciones de uso. La borde que engarzaba comentarios traviesos para desequilibrar a las niñas bien que se le acercaban y que ella detestaba: «A ver si te enteras, tu novio quiere follarme».
. Victoria, la bocazas.
. Mireia conoce bien los secretos de Victoria. Lo que no le contó ella, lo leyó en sus diarios. Todo ese material le sirve para escribir. Pero hay tanto que no entiende, tantas lagunas en su historia… No es solo que se pasaran con las drogas. Hay tanto que el inconsciente decidió olvidar. Mireia se siente como en un pantano después de una tormenta, con el barro hasta las rodillas. Le da miedo su imagen con los brazos removiendo el fango.
. Aun así, decide empezar por el principio.
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De Suya era la noche (Consonni Ediciones, 2025)