«El hombre creado por la soledad», un cuento de «Una serpiente en Alemdağ» de Sait Faik Abasıyanık

Una serpiente en Alemdag (Caleidoscopio de libros, 2026) de Sait Faik Abasiyanik

Sait Faik Abasıyanık (Adapazarı, Imperio otomano, 1906—Estambul, 1954). Estudió en la Facultad de Literatura de la Universidad de Estambul y posteriormente en Grenoble, Francia.

Debido al estilo de vida bohemio, donde el consumo excesivo de alcohol y el insomnio eran la norma, en 1935 ya contaba con una salud muy frágil. En 1948 le diagnosticaron cirrosis y murió en Estambul en 1954. Antes de morir fue elegido miembro honorífico de la Asociación Mark Twain de Estados Unidos en 1953 y, tras su muerte, se comenzó a organizar el Premio Sait Faik de relato breve. Tuvo tres matrimonios frustrados y nunca llegó a casarse debido a su condición de homosexual, que ocultó con deliberación en los círculos literarios y en la vida política para mantener su reputación.

Destruyó las formas narrativas clásicas dentro de la literatura turca y su escritura fue de una modernidad radical. Habló de la naturaleza y se centró en los problemas del individuo dentro de la sociedad más que en los problemas sociales, intentó comprender la verdad del hombre empleando una prosa poética y brillante. Por todo esto fue apodado «el Chéjov turco» por la crítica.

Desde hace pocos días circula en librerías españolas Una serpiente en Alemdağ (Caleidoscopio de libros, 2026) de Sait Faik Abasıyanık, con traducción del turco de Suleyman Matos. Este título es considerado uno de los libros más irreverentes de la literatura turca, en el que el autor se enfrenta contra el orden establecido retratando los fragmentos no asimilados de la sociedad turca.

Organizado como un compendio de narraciones breves, publicado el mismo año de la muerte del autor, convoca a los personajes más diversos: provincianos ridículos pero entrañables, mujeres disolutas y madres de familia, pescadores griegos, proxenetas de Estambul, peces moribundos y gaviotas. Y a la manera de Fellini, como el pintor que en sus últimos cuadros ya no se preocupa por los contornos definidos, sino que expone en su máximo esplendor el color, el movimiento y la cadencia visual, Sait Faik despliega su pequeño mundo de perdedores como un espectáculo abigarrado y fascinante.

Un libro de corte surrealista donde las imágenes impresionistas conquistan la narración, asistiendo así a una liberación en la que la pulsión creadora se abre paso rompiendo las tradiciones y los tabús.

A continuación, os traemos íntegramente el cuento «El hombre creado por la soledad» del autor estambulí, que forma parte de la reciente edición de Una serpiente en Alemdağ.


El hombre creado por la soledad

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Cuando vi que levantaba el cuello de borreguillo de su abrigo, me pregunté si tendría frío. De hecho, su rostro moreno había palidecido a ojos vistas.
.         —Tienes frío —insinué.
.         Levantó una ceja. No había sangre bajo el absceso que tenía en la mejilla. Me detuve, tomé su cara entre mis manos y la froté.
.         —¿Por qué estás así? —pregunté.
.         Se rio, escupió hacia la oscuridad y meneó la cabeza de lado a lado con vehemencia.
.         —Así estoy de cuando en cuando —contestó.
.         —Vayamos a algún lado.
.         —Vale —aceptó—. Entramos, pero no bebemos más.
.         —No, bebamos —dije.
.         —Ay, que te vas a morir.
.         —Pues me muero.
.         Nos quedamos mirando los vasos que teníamos en la mano. Guardaba silencio y su rostro se veía sosegado y vivaz, a pesar de que su tez bronceada había palidecido un tanto.
.         —Tienes cara de cansado —espetó.
.         —Cansado, sí.
.         Comió pistachos, bebió cerveza. Comí pistachos, bebí cerveza. Un pitido en el oído estuvo a punto de hacer que me desvaneciera, mientras él me observaba con atención.
.         —Cuánto has envejecido —dijo de repente.
.         —He envejecido, sí.
.         Observó mi pelo y mis ojos y se rio.
.         —Da igual. —Gruñí—. ¡Deja de mirarme, por favor!
.         Debía de haber entrado en calor, porque se quitó aquel abrigo con cuello de borreguillo. «Ese abrigo suyo con el cuello de borreguillo, ese abrigo suyo con el cuello de borreguillo», repetí para mis adentros. Algo en mi interior dijo: «¿Y entonces, ahora qué?». ¿Ahora qué? Pues que me voy a hacer uno igual.
.         —¿No te voy a volver a ver? —pregunté.
.         Se enfadó.
.         —Eso es cosa mía —replicó.
.         Dos días después le consulté a no menos de veinte personas qué pudo haber querido decir con eso de que era cosa suya, y nadie supo darme una respuesta convincente. Pero aún no habían pasado esos dos días y todavía estábamos en la taberna… No conseguía vislumbrar nada de lo que me rodeaba. A él tampoco. ¿Acaso podemos ver el aire? Me sumí en mis pensamientos.
.         —Venga, en pie, nos vamos —anunció.
.         —¿Adónde?
.         —Al partido.
.         —¿Al partido? —repetí—. ¿Hay partido a estas horas?
.         —En Europa claro que hay partidos nocturnos.
.         —Aquí no hay nada de eso.
.         Descendimos por la pendiente y, al llegar a cierto punto, nos detuvimos y comenzó a desvestirse para mezclarse con los futbolistas que jugaban a media luz en la proximidad de una escalinata. Oí sus voces, sus silbidos, sus insultos. Miré a mi alrededor y había miles de personas. En un momento dado se aproximó a mí.
.         —¿Tú juegas? —pregunté sorprendido.
.         —¿Estás ciego?
.         —¿Y yo qué hago?
.         —Tú también estás jugando —contestó.
.         —¿Así que estoy jugando? ¿A qué estoy jugando?
.         Se rio y pude ver sus dientes. Uno de ellos tenía el borde mellado.
.         —Juegas a ser espectador —puntualizó.
.         —¡Ah, claro!
.         Ya que jugaba a ser espectador, comencé a patear el suelo y a aplaudir. Sentí frío y levanté el cuello de mi abrigo. Algún día conseguiría uno con borreguillo como el suyo, ya podía sentir el cosquilleo de la piel contra mis mejillas. Entonces dejé de moverme y los espectadores, al igual que los futbolistas, desaparecieron. Unos momentos después se me acercó.
.         —El partido ha terminado —anunció.
.         —Muy bien —respondí—, ¿y quién ha ganado?
.         —¡Los otros!
.         —Vaya, ¿en serio?
.         —¿Y quién querías que ganase? —preguntó.
.         —Los nuestros —contesté.
.         —¿Quiénes son los nuestros?
.         —Vosotros.
.         —¿Nosotros? —comentó con asombro—, ¿querías que ganásemos nosotros?
.         —Claro, por supuesto —afirmé.
.         —¿Por qué?
.         —¿Quizá porque no conocía a nadie del otro equipo?
.         —¿Y había alguien conocido en el nuestro?
.         —Estabas tú.
.         —Qué tontería. Yo no estaba —objetó.
.         —Yo bien que te vi.
.         —¿Y en qué posición estaba jugando?
.         —¡De defensa!
.         —¿En serio me viste? —preguntó.
.         —Alguien te tiró al suelo.
.         —Cierto.
.         —Estás cojeando —observé.
.         —¿Y a ti qué te importa si cojeo?
.         —Nada —indiqué—. A mí nada.
.         Le cayó como una bofetada. De pronto le perdí de vista. Lo llamé:
.         —¡Panco, Panco!
.         No obtuve respuesta, pero alguien gritó mi nombre en la oscuridad:
.         —¡İshak, İshak!
.         No respondí. Aquella no era su voz, pero después sí que me pareció oírla a mi espalda.
.         —¿Qué pasa? —dije azorado.
.         —¡İshak, İshak! —repitió la voz.
.         —¿Pero qué pasa? Estoy aquí.
.         —¡He reconocido los pasos que se me acercaban! —exclamó Panco. A su lado había tres jóvenes. Uno bajito, con pinta de armenio. Otro llevaba una chaqueta de pescador y tenía un rostro absurdo. El tercero era un tipo alto. Intercambiaban palabras que he oído mil veces, pero en una lengua cuyo significado desconozco, por lo que no entendí nada. Subimos por una cuesta, ellos delante y yo detrás. Llegamos a una avenida, una avenida asfaltada e iluminada con el suelo aún mojado, a pesar de que la lluvia ya había cesado.
.         «Ha llovido», reflexioné.
.         Los perdí de vista, pero los volví a encontrar en la taquilla de un cine. Allí estaba esperando él, en la puerta, mientras uno de ellos compraba una entrada y el pescador intercambiaba con el más alto una sonrisa taimada. Parecía sombrío, relajado e inmóvil y, aunque no miraban en mi dirección, me pareció que hablaban de mí.
.         Esperé a que no me viesen para comprar una entrada. Ellos se encontraban justo enfrente, así que me quedé inmóvil a un lado y observé cómo Panco se movía de izquierda a derecha en la oscuridad, igual que el tipo que se encontraba ante él. En un momento dado se detuvo y se llevó la mano a la mejilla mientras miraba a su alrededor, se puso rígido y comenzó a morderse las uñas. Un hombre entre la multitud, de unos cuarenta años y con un abrigo, le gritó:
.         —¡No te comas las uñas!
.         Se rio. Las luces se encendieron, pero sus tres amigos habían desaparecido ya. El hombre que le había gritado que no se mordiese las uñas se le acercó y se sentó. Algo dijeron que no pude oír. Mi viejo amigo, siempre con su abrigo con cuello de borreguillo, sacó de la manga una bufanda y se la puso alrededor del cuello. Me fijé en su pelo azabache mientras se volvía y miraba hacia mí, pero no me reconoció, como si en vez de mirarme a mí estuviese mirando un muro o una piedra.
.         Abrí la boca para decir: «Soy yo, coño, soy yo, İshak, tu amigo».
.         El aire viciado que salía del cine me inundó los pulmones como si fuese agua. Callé. Se incorporaron y echaron a andar a lo largo de las tiendas iluminadas, mientras yo los seguía y los observaba con pesar. Me sentía como si me hubiese quedado completamente solo. En vez de dirigirme a él, entré en un restaurante cuya dueña era una mujer con un lunar en la mejilla que me recordó a una niña de mi infancia. Me saludó con una sonrisa que me hizo sentir como si volviera a tener veinte años.
.         Cada vez que me ponía muy enfermo y la fiebre se acercaba a los cuarenta, las manos se me hinchaban como las de un gigante. Me pasaba con frecuencia durante mi infancia. «Se me están hinchando las manos», advertía.
.         Mi abuela o mi madre las tomaban entre sus manos frías y decían: «¡No es nada, mi pequeño, no es nada! Mira, tengo tus manos entre las mías», y eso me tranquilizaba durante un rato. Mis manos estaban volviendo a agrandarse, vaya si se me estaban hinchando. ¡Ay, Dios, hasta dónde crecerían! Al salir al frío de la calle comenzaron a deshincharse y me puse a deambular. Yo era uno contra miles, uno contra decenas de miles. «¡Panco, Panco!», grité en mi interior.
.         Vi un reloj y me di cuenta de que eran las once menos cuarto. Las calles estaban desiertas, los cines aún no se habían vaciado y los borrachos evitaban chocar conmigo cuando me escurría entre ellos como una serpiente. Todos se parecían a Panco; todos iban al partido. Corrí detrás de un joven que llevaba levantado el cuello de borreguillo de su abrigo. Se me pasó por la cabeza agarrarlo por el pescuezo y decirle: «Venga, vamos al partido», o incluso: «No, no, mejor te llevo a ese restaurante alemán donde hacen ensalada de patata. ¿Te apetece comer un spitzel?».
.         Lo que daría por volver a la taberna de aquella galería comercial y sentarme justo en la misma mesa, mientras las parejas entran y se acomodan y yo estoy solo. Solo entre millones. La sensación de amargor se hace cada vez más dolorosa, como la del melón o la del veneno, como algo que encontramos después de haberlo perdido. ¿Sabes de lo que te hablo? ¿Sabes de lo que te hablo? ¿Acaso no sabías que para encontrar algo antes tienes que perderlo? ¿Quién miró por la ventana y por qué lo hizo? Cierra los ojos, ciérralos. ¿Se te están hinchando las manos? No, no, para nada. No se hinchan, no se hinchan, fíjate. Pero duelen; no, no duelen, no mientas. Es como tener algo en el corazón, ¿no es cierto? Mentira. Está claro que eso lo has leído en algún sitio, o alguien te lo ha contado, o es algo que se te ha metido en la cabeza. No tienes nada en tu corazón, únicamente soledad, la hermosa soledad. No, no tiene nada de hermosa. El amargor del melón… ¿En qué consiste el amargor del melón?
.         Apareció un hombre que llevaba pasteles de hojaldre calientes. Yo en su lugar me los habría comido, lo que no sé es cómo no se los comía él. El cuello de su abrigo era de borreguillo, tenía en la mejilla una cicatriz diminuta, vestigio de un viejo absceso, ya de un color algo parduzco, como si la sangre no fluyese bajo la piel, y el pelo negro, como los ojos, aunque eso carece por completo de importancia. Si en vez de negros fuesen de otro color, como de un pardo bajo el que no circulase la sangre, o quizá de un tono más intenso, también me gustarían. Lo que no me gustaría sería encontrarlo en otra persona.
.         Contemplé las estrellas. Las estrellas, ya me entiendes. También puede haber estrellas en una taberna, así que contemplé las estrellas y me metí en un cine.
.         El otro día iba corriendo por la calle a eso de las cinco menos cuarto y vi que entraba en el cine a la carrera, porque llegaba tarde a la sesión matinal, pero yo me quedé fuera, incapaz de decidirme a entrar. Es un tipo obstinado, de los que no suelen hablar, ni tan siquiera dejar escapar un sonido. Entonces empiezo a sudar a mares, como si acabase de salir de un lugar inundado de vapor, y al momento se pone a nevar y los copos se acumulan uno a uno. Mi mente se pone de nuevo a pensar en pistolas y en cuchillos. No me gustan los cuchillos, pero una pistola, sin embargo, es como un agujero pequeño en algún lugar de nuestro cerebro, con todo negro a su alrededor. Un agujero extraño del que brota la sangre con suavidad. El cerebro ha taponado el agujero y ha comenzado a salir algo parecido al pus.
.         Pero eso a él no le importa, este agujero en mi cerebro es cosa mía. ¿Debería abrirlo? Sí, debería. ¿Acaso hay otra manera de deshacerse de la soledad? ¿Morir solo? No. ¿Qué son dos muertos entre un millón, entre toda la gente? Tres muertos, cuatro muertos, cinco muertos. Deja ya de contar los muertos, esta es tu quinta cerveza y va siendo hora de olvidarse de esta taberna. Él está al otro lado del ventanal, no va a entrar. ¡Ja! Pero si estábamos en el cine… De un platillo volante sale un hombre y coge la pequeña linterna eléctrica de bobina mientras un niño sale tras él. Dos guardias vigilan el platillo volante y un robot permanece muy erguido ante el artefacto.
.         No se había quitado el abrigo y el borreguillo de su cuello aún estaba frío, así que apoyó contra ese frescor la mejilla marcada por la cicatriz de aquel absceso. Mientras recibía los besos velludos del borreguillo se sobresaltó al acordarse de mí y se desperezó. Sobre la mesa había una figura de yeso de un marinero que, tiempo atrás, me habían dado por comprar en una ciudad europea turística y muy lejana. Puse dinero debajo.
.         —¿El marinero te ha dado su dinero? —preguntó.
.         —Y tanto. Dios bendiga al marinero.
.         —Dios lo bendiga —coreó.
.         En los días de verano, siempre me quedaba dormido con él a mi lado, aunque no veía nada en mis sueños, nada. ¿Puede haber algo más hermoso que la nada? Si lo hay, métele un buen bocado. En este preciso instante, no hay nada tan hermoso como la muerte.
.         Otro hombre llegado de las estrellas baja del taxi de un salto, con un ejército entero persiguiéndole. Los soldados tienen orden de abrir fuego, así que lo rodean y disparan.
.         Me cabrea que haya llegado tarde y me enfurezco cuando el sonido de sus pasos en la escalera se vuelve extraño. Entonces vuelve oírse el sonido de sus pasos. Me he dejado la puerta abierta. Tiene aspecto de llegar de otro planeta. Beso sus ojos.
.         La película se ha acabado, así que yo también debo salir de aquí y me veo obligado a caminar por las calles cargando a mis espaldas mi suerte, cargando hasta conmigo mismo. Tengo que adentrarme en las profundidades del barrio y contemplar sus casas y las ventanas que se iluminan de manera tenue después de medianoche. Me siento sobre un montón de escombros y examino con detalle la casa número dos hasta que aparece el guardia. Hay macetas en los balcones de los pisos superiores, que están en ruinas, igual que la planta baja, aunque la del medio está en perfecto estado. ¿En cuál de esas plantas en ruinas vivirá? No hay ninguna luz encendida y me encuentro avanzando paso a paso por un pasillo.
.         —¡Ladrones, ladrones!
.         Casi echo a correr hacia la calle al sentir que tengo detrás de mí a los guardias, a los policías y sus silbatos. Pero no, nadie ha oído nada, por lo que abro la puerta de una habitación pequeña y veo que del camastro destartalado sobresale un pie. Dos pies, en realidad. Los tapo con la colcha al tiempo que él inspira profundamente y gira la cabeza hacia el lado opuesto mientras lo observo. La cicatriz del absceso está en la otra mejilla. En su extraño rostro, pálido y colérico, se aprecia un dulce tono rosado. Sus cejas están húmedas y sus labios resecos.
.         El candil está a punto de apagarse y Meryem está temblando. ¿Quién está en el camastro pequeño? Me inclino para ver mejor y compruebo que tiene unos ojos enormes y piel de animal salvaje. No puede gritar.
.         —Calla, calla —le ruego.
.         Le tapo la boca a la niña con la mano y ella se revuelve.
.         —Si no gritas —le digo—, aparto la mano.
.         Sus ojos oscuros parpadean cuando retiro la mano de su boca y al momento me siento en el otro camastro. Él todavía duerme. Recorro con la vista el espacio que me rodea y descubro su abrigo con el cuello de borreguillo allí colgado. Me lo pongo y deambulo por la habitación encorvado y con las muñecas extendidas ante mí mientras la niña me observa y se tapa la boca con la mano, al tiempo que ríe. Salgo de entre los escombros y llego a la calle. A estas horas, los únicos que andan por las calles son los borrachos solitarios, los proxenetas y otra gente por el estilo, todos ellos unos chicos estupendos, todos ellos cargando a sus espaldas su suerte y cargando consigo mismos, completamente solos. Incluso cuando se acuestan con una mujer, están solos. Me tomaría con gusto otra cerveza, así que busco algún local que esté abierto, pero todo está cerrado. Él aún duerme y sus cejas están todavía húmedas. Acerco mi cara para sentir su respiración y cojo una de las dos almohadas sobre las que descansa su cabeza para colocarla a los pies de la cama, me echo allí y me acurruco. Las manos se me hinchan más y más, más y más.
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De Una serpiente en Alemdağ (Caleidoscopio de libros, 2026)
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