Selección de poemas de Fernando Benito F. de la Cigoña

Fernando Benito F. de la Cigoña (Madrid, 2001) ha vivido en Alcobendas la práctica totalidad de su vida. Es estudiante de Matemáticas en la Universidad Autónoma de Madrid, aunque actualmente se encuentra viviendo en Groningen, beneficiándose de una beca Erasmus. Paraíso descifrado (Editorial Adarve, 2021) es su debut literario en el que se recogen poemas que escribió entre los 16 y los 19 años explorando temas como la inmensidad de la naturaleza, la relación de Dios y el hombre, al mismo tiempo que los cambios vitales que suponen entrar de lleno en las responsabilidades de la vida adulta y el vigor y la desorientación propios de la juventud.

Son, sobre todo, las inquietudes espirituales el principal eje vertebrador de la poesía de Fernando Benito F. de la Cigoña, donde se puede apreciar la a veces desazón ante la vida, pero al mismo tiempo un amor a la misma que se hace uno con el poeta; un poeta que se busca así mismo en su creación y en la creación propia de un posible ser divino que ensambla el mundo sensorial que percibe y explora.


I

¿Dónde escondes tus manos
en mis tiempos dilatados de silencio
y hambre y silencio?
¿Dónde están ahora tus manos,
forja de la libertad?
¿Dónde tu calor,
horizonte de la esperanza?
Abrázame, sostenme
en tu brillo inmarcesible,
moldéame,
no me sueltes
nunca, nunca me encierre yo huido del paraíso.
Y más aún
nunca me huyas,
habita mi carne
aunque tantas veces huela aquí a podredumbre,
aunque yo te ignore y olvide
a ti
mi huésped, permanece en mí,
conmigo
para que un día pueda recordarte,
para que nunca
desde aquel futuro suelte mi mandíbula tu nombre.

II

Cárdivi tersiva neptuni duoli
mebesea delberdire caéstesis.
Cuosofórbido
despidium tartaré.

Guardemos la memoria.
Una visión para siempre
alienta nuestros pasos.

Mémbrum cuosí malik masma
(estamos ciegos)
mémbrum cuosí daeternon
(solo la memoria nos conecta a la realidad)
mémbrum cuosí tuodi tuodi.

Férbeme,
férbeme mebesea tornin:
admílabla, cleodesa ec brusum trede.
Férbeme duosi.

Retorna
incansable el nacimiento.
Su huella, su sed
nos incendian y encienden la conciencia.

Cuali suas
ob madelime,
ob carcádelo,
siempre permanecéis
en mi más absoluto presente
consumiéndome,
dándome la vida.

IV

Si existes tan grande
como dicen las palabras pequeñas
y de veras tus ojos miran al vacío sin misterio,
si siempre podré andar
bajo tu cielo estrujado sin encontrar fronteras,
pero aún quisiste tener manos
para acariciar, comer y sentir dolor,
déjame nadar en ti,
Dios.

Porque sospecho que eres un impenetrable mar de acero
dentro de una perla, al fondo de una cueva.
Dame una eternidad
para escarbarte despacio empapado de ti,
la fuente de las fuentes de las fuentes,
de la que mana mañana la muerte
(un pentágono en forma de promesa).

Déjame nadar hasta tus ojos de nieve,
al fondo del infinito,
y mojar los míos que arden morados
en tu honda pupila fría,
donde se abrazan conciencia y creación
con los puños apretados.

Gracias por revelarnos
en este camino de tierra
el milagro de la materia.

VIII

Da la vuelta, por favor,
a mis ojos.

Olvidaré
las palabras, los colores
intensos y artificiales que inyecté en mis sueños
para hacerlos parecer suficiente,
para hacer mi nombre grande en memorias futuras
a ojos de marionetas, de tristes ilusiones,
de nadie.

Da la vuelta, por favor,
a mis ojos.

Contemplaré desde entonces
el mundo frente a mí, en cualquier dirección,
abierto amorosamente a mi cuerpo y a mi espíritu,
regalado sin que pudiera pedir,
hermoso y cálido.
Contemplaré sonrisas sinceras y sencillas
de niños encendidos con aquel candor
inolvidable y místico de la inocencia,
porque solo la inocencia es mística:
así nos hemos perdido,
así a veces poseemos la nostalgia.
Escucharé
con las palmas abiertas los deseos del otro
y todas las voces volcadas
de su conciencia sobre mí,
buscando algo como todos los corazones siempre buscamos.
Y contemplaré
sobre todo los cielos cargados de apoteosis,
surcados por fantasmas de vapor que susurran
a plena luz del sol lo indescifrable;
los meditados laberintos que emergen siempre a la luz;
el océano inmenso, infinito,
inabarcable nodo de reposo e intuición de la eternidad
arrojada sobre nuestros pies descalzos con el oleaje.

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