El retorno de los relatos: Las niñas del Naranjel
Escribe | Victoria Verzini
La imaginación permite que nos podamos mover —en y a través del tiempo— de la manera que queramos. Es una herramienta absolutamente flexible en la literatura. Desde un presente latinoamericano en crisis —en un marco de capitalismo global, dependencia de inversión extranjera, extractivismo de recursos naturales y desigualdad económica—, Las niñas del Naranjel (2023) de la escritora, feminista y socioambientalista argentina Gabriela Cabezón Cámara pluraliza las interpretaciones del pasado a través de la ficción literaria. Si existe aún algo intrínseco que se repite, ¿cómo podemos salir de allí? Cabezón Cámara elige reescribir desde el siglo XXI relatos de la conquista de América. Se enfrenta a un presente en crisis e indaga en las memorias. ¿Qué relato quiere contarnos la literatura hoy?, ¿qué alternativas nos ofrece ante un presente en el que las comunidades ofrecen resistencia?
En las clases magistrales online facilitadas por Sudakasa —un espacio de talleres y experiencias en España creado por artistas latinoamericanos— en febrero de 2025 de las cuales participé, Gabriela Cabezón Cámara contaba sobre los comienzos creativos y el proceso de escritura de Las niñas del naranjel. Tuve la oportunidad de preguntarle si estaba familiarizada con las ideas de la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui; me dijo que no. Siendo que para mí las obras de ambas escritoras resuenan, decidí avanzar en el análisis y sostener la hipótesis de que Las niñas del naranjel forma parte de una «epistemología ch´ixi» (Rivera Cusicanqui, 2018:15).
Son necesarias nuevas miradas sobre la historia andina para «no sucumbir a un pasado pesado de emblemas de poder y de cristalizaciones duras de romper, que nos bloquean la mirada a los pasados relevantes» (Cusicanqui, 2005:5). La socióloga considera que vivimos una época de colonialismo interno. Somos nosotros quienes debemos accionar el cambio a través de la práctica haciendo uso de nuestras lenguas nativas y conceptos intelectuales en vez de ocultarlos, negarlos e, incluso, juzgarlos con racismo. Podemos yuxtaponer nuestros dos orígenes, ser tanto indígenas andinos como inmigrantes europeos. Podemos reactualizar la memoria colectiva como lo hace la novela al retornar a relatos del pasado.
La autobiografía de Catalina de Erauso —Antonio en la ficción— es publicada en 1829. Está narrada con crudeza, frialdad, distancia emocional y rapidez de acción. Catalina se escapa del convento en 1607, se trasviste de hombre y embarca al nuevo mundo en búsqueda de aventuras. Relata en primera persona sus experiencias por América, desde 1611 hasta 1624: su continua lucha por sobrevivir, los diferentes trabajos que tuvo, los asesinatos cometidos, genocidios, las huidas y, finalmente, su confesión y salvación de la condena a muerte: «La verdad es esta: que soy una mujer, que nací en tal parte, hija de fulano y sutana; que me encontraron en tal edad en tal convento, con fulana mi tía; que allí crie; que tomé el hábito; que tuve noviciado; que estando para profesar, por tal ocasión me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello; partí allí y acullá, me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente, y a los pies de su señoría Ilustrísima» (Erauso, 1829:120). Se convierte entonces en heroína: «se maravillaron todas las Indias», «tanta gente curiosa que venía a ver a la Monja Alférez» (Erauso, 1829:122). Es trasladada de vuelta a Europa en 1625, donde se presenta ante el Rey Felipe IV de España, quien le otorga una pensión por sus servicios como soldado en la conquista de América, y es concedida por la Santidad de Urbano VIII en Italia a proseguir su vida en hábito de hombre. Está comprobado, aunque no escrito, que decide volver a América y embarcarse rumbo al actual territorio de México en 1630, aproximadamente, en hábito de hombre. A partir de este momento deja de haber registro o evidencia de su trayectoria y Las niñas del naranjel comienza su relato.
Cabezón Cámara respeta la línea cronológica y los hechos principales de la historia real —los lugares por los que estuvo, las personas a las que asesinó, las formas en las que lo hizo—. Respeta también los trabajos que tuvo Erauso en la realidad, las veces que estuvo encarcelado y cuando quisieron casarlo, también el retorno a Europa. Lo que ficciona es la vuelta de «Antonio» a América. Desarrolla la gran pregunta que recorre la novela: ¿Por qué? ¿Mba´erepa? (Esta palabra proveniente del guaraní significa: Por qué. La escritora utiliza en la novela 18 palabras guaraníes que no son traducidas al español. Esta otra lengua atraviesa la novela y cumple el rol de entrelazar las cosmovisiones de Antonio y las niñas) ¿Por qué Antonio decide volver vestido de hombre al nuevo mundo? ¿Qué había dejado pendiente? ¿En quién se convierte la monja de alférez luego de haber confesado su ser más íntimo y ya no tener que huir?
Silvia Rivera Cusicanqui analiza la historia desde el punto de vista de la oralidad y la imagen como una práctica capaz de desenterrar las creencias y costumbres culturales olvidadas por el devenir histórico de una lengua oficial, la tradición escrita y los visibles detrimentos en el tiempo presente del sistema capitalista/extractivista. Propone el concepto Ch´ixi de la lengua aymara para problematizar la realidad del aquí-ahora. Lo Ch´ixi literalmente significa un color jaspeado, que no es ni negro ni blanco, sino ambos a la vez. En tanto a la epistemología y al pensamiento Cusicanqui recurre a este término andino para entender un modo de pensar y coexistir múltiple y contradictorio. No somos indígenas o europeos, somos la fuerza explosiva que implica ser ambos a la vez y para ejercer esta fuerza debemos accionar nuestros imaginarios, aquellos que también nos pertenecen. A través de la ficción y las herramientas literarias considero que Cabezón Cámara escribe una novela que apunta estos conceptos que forman la epistemología ch´ixi. Antonio reactualiza su memoria a través de la experiencia vivencial.
La novela comienza con una primera persona que escribe una carta de confesión a su tía que no sabe si estará viva o no. El uso de una lengua española antigua es un recurso lingüístico simple pero eficaz que sitúa al lector rápidamente en el presente narrativo de 1630. Se plantea desde el inicio una herida que dará lugar a una transformación inminente, un abigarramiento de cosmovisiones. La escritura de Antonio es interrumpida por un diálogo, en principio confuso, que utiliza palabras en guaraní y español, con dos niñas: Mitakuña y Michi. El trabajo constante de la pregunta: ¿Mba´erepa? (¿Por qué?) nos lleva a repensar aquel tiempo pasado en el cual aún no existía el sistema capitalista. Las niñas cuestionan a Antonio constantemente, lo interrumpen de su escritura con la intención de comprender su mundo. Quieren saber a quién le escribe, quién es Dios, por qué le obedecen, qué es un país, qué es el alma. ¿Existen otros sistemas posibles de convivencia e intercambio social?, ¿qué hubiese pasado si los conquistadores respetaban y convivían con la naturaleza y las formas de vida autóctonas en vez de destruirlas y reemplazarlas? La novela propone una opción en la que ambas cosmovisiones conviven y se fusionan a través de Antonio, las niñas, los animales y la selva: lo ch´ixi.
En capítulos entremezclados entre la primera persona, el diálogo y un narrador o narradora contemporáneo que utiliza oraciones cortas, diversos puntos de vista y diferentes lenguas —guaraní, español, vascuence, latín—, se desarrolla el relato de personajes no estereotipados que representan la diversidad. Las niñas del naranjel no sólo crea imaginarios y, dentro de ellos, un pasado posible que puede trasladarse al presente con ideas a favor de una epistemología ch´ixi; sino que además, a través de la intertextualidad, une los espacios-tiempos e intercala la lengua guaraní como una de las claves de reciprocidad entre cosmovisiones, lengua que atraviesa y define a la novela.
Detenido e inmerso en la selva, afectado por el tiempo de la quietud, luego de años de huidas, Antonio se (re)reconoce en el verdadero mundo nuevo, no en aquel modelado por una cultura importada. Un personaje que sólo podía ver lo construido por los españoles sobre las ruinas incas: las iglesias, los obispados, conventos; ahora, rodeado de naturaleza, sonidos, aromas y, sobre todo, costumbres, experiencias y acciones desconocidas para él, se ve refractado en otro. La selva actúa como un personaje vivencial, el tejido que enmarca el cruce de cosmovisiones. Con las dos niñas, dos yeguas, dos monos y una perra, se orquesta la metamorfosis hacia lo no-humano, la fusión entre naturaleza y cultura, la reivindicación de las creencias andinas, la historia oral sepultada. El personaje se cuestiona: «¿Crees que el mundo de los Justos podría ser sin animales ni arboles? ¿Puras rocas? Un desierto, querida mía, un desierto inconmensurable, hecho de piedras, desnudas todas y abrasadas por el sol ¿Podrá estar equivocado Santo Tomás?» (Cabezón Cámara, 2023:104). Antonio, desde la selva: su nueva realidad, cuestiona la veracidad de sus creencias, de su religión y fe.
Estos conceptos en la actualidad llegan para revalorizar el pasado como fuente de saber y reactivar la memoria: la novela afirma que existen otras formas de vida y que el cambio es posible más allá de que carguemos con este sistema de extracción desde el siglo XVII. El argumento logra mostrar cómo podría haber sido en vez de describir cómo fueron los hechos. La novela ofrece una alternativa a los vínculos, las conexiones y un encuentro tan simple como profundo entre las culturas y las costumbres, entre las tradiciones de lo religioso y la naturaleza. Narra, no desde la diferencia, sino desde el entendimiento, es decir, una alternativa al presente de hoy que culmina en una metamorfosis de los personajes principales y una guerra en la que la naturaleza, a través de la verdadera transformación y unión, triunfa.
En un tercer tiempo y espacio, la tercera persona narra lo que sucede en el cuartel. Lo que sucedía días antes de que Antonio llegase a la selva y luego lo que sucede en simultáneo. En esta instancia la novela hace una fuerte crítica a los conquistadores, su comportamiento y formas. A través de la ironía y del humor, de la ridiculización de las decisiones y los actos de los personajes como el capitán, el obispo y los soldados, se pone en tela de juicio la interpretación de la historia. Un Capitán violento, cruel, antihéroe, «harto de tierra y oro» (Cabezón Cámara, 2023:23), asombrado por «la conquista del Mundo Nuevo, la proeza hecha por un puñado de desnutridos que ni obedecer ni esperar una orden sabían, y se arrojaban a las llamas sin que uno, fruto de generaciones y generaciones de gente bien comidas y bien vividas les diera permiso» (p.23), observa cómo sus hombres se queman en la hoguera destinada a los indios por los cuales nadie se preocupa pues «hay un montón y los queman todos los días» (p.19).
En medio de este caos, Antonio salva su vida. Condenado a la horca, rodeado de otros condenados y en su aparente destino final por un crimen que, esta vez, no ha cometido; escucha el suave canto del coro de los niños indios que entonan una canción a la Virgen de Belén que al darle naranjas a un niño ciego con sed le devuelve la visión: un milagro. El personaje conecta con su fe interior como último recurso, en su creencia católica, y realiza una promesa a cambio de su vida: salvar a las niñas hambrientas que tiene el obispo encerradas en jaulas y darles de beber naranjas de un naranjel (inexistente en el territorio húmedo de la selva).
La selva es en la novela un personaje más que participa activamente de los movimientos y la quietud de los personajes, de sus decisiones y emociones. La selva es «no sólo el montón de árboles y animales sino algo inmaterial entre ellos. Una relación. O muchas. Cree que si se acercaran los hombres lo sabría. La urraca chillaría, otras aves batirían el aire y las ramas en la huida, otras harían silencio» (Cabezón Cámara, 2023:33). Los indígenas estaban conectados con el paisaje, no sólo desde la necesidad, sino desde la creencia de un intercambio. De aquí la importancia en el desarrollo de la historia oral, las ficciones que abarquen los puntos ciegos del pasado y el retorno de los relatos.
Las niñas del naranjel propone una revuelta del tiempo, un cambio. Silvia Rivera Cusicanqui, desde el aymara, presenta el término Pachakuti, a través del cual entendemos al tiempo como reversible y cíclico, alejado del concepto lineal y progresivo o evolutivo de pasado-presente-futuro. De esta manera, el hecho de recordar y actualizar la cultura andina permite nuevos mundos.
El tiempo narrativo de la primera persona y el narrador en tercera se unen en el final: la carta, las niñas, la selva, la naturaleza y los conquistadores del cuartel. Es esta unión la que abre una revuelta del tiempo en la que se sumergen tanto pasado como presente y futuro, desde los comienzos de la conquista en el siglo XVII hasta un sistema capitalista/extractivista en crisis en el siglo que corre.
La ficción da lugar a la transformación, a la metamorfosis, al abigarramiento. «Ha escuchado que estos indios saben hacer cosas así. Convertirse en animales o plantas» (Cabezón Cámara, 2023:97). Es el mismo Antonio el que se convierte en árbol: un español «conquistado» por la cultura andina, por las creencias colectivas y la conexión intrínseca con la naturaleza. Las niñas/yaguaretesas le hablan y él las reconoce por sus ojos, más allá de sus pelajes. Quiere ir con ellas, seguir cuidándolas, pero ellas ya no lo necesitan y él no puede, pues «está ligado a la tierra, como una planta, solo puede ir hacia el sol» (p.244).
La metamorfosis de Antonio es absoluta, es parte de la selva. Y así la guerra no es entre indios y conquistadores, entre andinos y europeos; si no entre culturas y cosmovisiones que tienen la opción de abigarrarse. Aquí el pasado se transforma en tiempo presente y abre una pregunta hacia el futuro. ¿Somos capaces de cambiar, de ser parte de la naturaleza y estar abigarrados? ¿Es posible revertir el sistema? La literatura como arte de ficción capaz de generar imaginarios colectivos se lo pregunta.
Con una estructura compleja de una voz en primera persona y un narrador en tercera que relata en diferentes lenguas y desde diversos puntos de vista, espacios, y temporalidades, la novela narra una versión ficcional de un relato autobiográfico. Es difícil discernir entre realidad y ficción. Ya de por sí la historia de la monja de Alférez es delirante, irónica y única en su propio tiempo. Cabezón Cámara desarrolla una alegoría que, en términos de Cusicanqui, nos ayuda a vislumbrar cómo la imagen podría desprenderse de sus clichés y obviedades y convertirse en una acción política. La escritora entrelaza de manera magistral esta ficción basada en hechos reales del siglo XVII desde un punto de vista del siglo XXI reconstruyendo la memoria desde una yuxtaposición de voces.
El personaje de Erauso en la ficción se desarrolla entre dos mandatos divergentes: el español y el andino, el conquistador de oro/asesino y el que convive con la naturaleza y cuida de los demás. Dentro de este movimiento interior, el personaje, desde la quietud, se encamina hacia la metamorfosis final en el que el reconocimiento del otro —no solo humano si no también animal y vegetal—, es la clave. La novela pertenece a la epistemología ch´ixi que enuncia Rivera Cusicanqui. ¿Cómo sería nuestra realidad hoy si la historia tuviese otra versión? ¿Existe la opción de ser lo hasta ahora desconocido? ¿Cómo lograr nosotros, con deseos capitalistas, desertar y conocer otra manera de vivir y ser parte de otro territorio? Creando imaginarios a través de la estructura narrativa literaria es una opción. Sostengo que la literatura interviene en las acciones del presente como práctica discursiva porque la imaginación crea una realidad que primero se percibe como ficción. Hoy, en Latinoamérica, se vuelve a narrar el pasado haciendo un uso contemporáneo del imaginario y la memoria ancestral a favor de una narrativa que represente tanto lo humano como no-humano. En otras palabras, se narra desde los márgenes que resignifican a la naturaleza, los animales, los objetos y los paisajes articulando en simultáneo presente-pasado-futuro y creando alternativas. El retorno de los relatos funciona como un puente de temporalidades interconectadas y superpuestas que rompe con lo lineal y avala otra construcción de realidad posible frente a un sistema capitalista en crisis.
BIBLIOGRAFÍA
—Cabezón Cámara, Gabriela – Las niñas del naranjel – 2ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Random house, 2023
—Erauso, Catalina – Historia de la monja de alférez – 1829.
—Rivera Cusicanqui, Silvia – Sociología de la imagen: ensayos – 1ª Ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Tinta Limón, 2015.
—Rivera Cusicanqui, Silvia – Un mundo ch´ixi es posible: Ensayos desde un presente en crisis – 1ª Ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Tinta Limón, 2018.

