Notas sobre la poesía de Rubén Darío

Escribe | Jorge Arias


El libro de Pedro Salinas, La poesía de Rubén Darío, ha sido tan elogiado que no es fácil disentir de su tesis. Sobre él, Enrique Anderson-Imbert escribió:

Desde luego, no es crítica impresionista. Salinas ha disimulado su esfuerzo, ha quitado los andamios, ha escrito con gracia imaginativa (… ) «La poesía de Rubén Darío» es una rigurosa arquitectura, de observaciones objetivamente válidas. La simpatía con que describe el proceso de la creación artística y la sutileza con que establece las correlaciones entre vida y estilo hacen creer en el ejercicio de una asombrosa facultad adivinatoria. No hay nada no-racional, sin embargo, en su aprehensión del sentido unitario de la poesía de Darío.

Emir Rodríguez Monegal escribió:

Notas sobre la poesía de Rubén Darío. La poesía de Rubén Darío, por Pedro Salinas. Editorial Losada. Buenos Aires, 1948.

La poesía de Rubén Darío, por Pedro Salinas. Editorial Losada. Buenos Aires, 1948. Fuente.

En el libro sobre «La poesía de Rubén Darío» se revela (…) el erotismo de toda esta obra lírica (…) un erotismo que (…) no reduce su ardor sensual a la apetencia física. El valor de Rubén es alzarse del erotismo natural a una especie de conciencia de lo erótico (…) a lo largo de los capítulos del libro, en magistral creación, se va señalando el tránsito del erotismo juvenil (…) al angustioso y trascendido erotismo final, cuando el poeta alcanza el sentimiento agónico: Lo erótico que lucha por no morir.

Salinas se interesa especialmente por el tema de la poesía de Rubén Darío. Dice varias veces que el tema de Darío es el erotismo, que divide en subtemas: el erotismo insatisfactorio, el erotismo como fatalidad, el erotismo agónico y el erotismo trágico (pags.205 a 207). «En los dos primeros libros (…) Azul y Prosas profanas, lo amoroso predomina sin disputa (…) no hay más de cuatro o cinco (poemas) que se aparten de este obsesivo asunto.» (pag.55). Reitera su idea en la página 215 y remata en la última página: «Radica el erotismo en el mismísimo más profundo centro (sic) de la naturaleza y la poesía de Rubén Darío» (pag. 288).

 

Antes de ingresar a una discusión ociosa, ¿por qué un poeta debe tener un tema? Creíamos que el universo entero es el tema de la poesía, desde las cosas pequeñas, desde una piedra en el camino hasta los abismos siderales. Salinas todavía dice que le figura «la función más deseable del estudio de un poeta es la delicada discriminación de su tema, su cuidadosa separación de los temas segundos o subtemas» (pag.51) Darío, ajeno a esta taxonomía de la literatura, a esta dedicación de entomólogo, dice en Ama tu ritmo: «eres un universo de universos / y tu alma una fuente de canciones».

Más grave es la idea que tiene Salinas de Eros, o el amor, una palabra empleada para objetos disímiles: amor filial, amor maternal, fraternal. En la tradición órfica, Eros puso en marcha al universo; en la tradición homérica, Eros es hijo de Zeus y su hija Afrodita; ambas tradiciones concuerdan con el extraordinario poder del Eros, que impulsa al Cosmos o nace de un incesto. Con el tiempo, el concepto «Eros» fue modificado. Primero, «el cristianismo —dijo Nietzsche—, dio de beber veneno a Eros. No lo mató, pero lo transformó en vicio». El Dr. Sigmund Freud redujo Eros a la pulsión sexual.

Los griegos clásicos definieron mejor a Eros: una conmoción de alma y cuerpo que nos invade y enciende; un vendaval que arrasa con la moral, las leyes, los juramentos y la decencia. Por ejemplo:

(…)de pronto un fuego sutil se ha extendido bajo mi piel,
no veo nada con mis ojos y mis oídos zumban.
Un sudor frío me resbala hacia abajo,
un estremecimiento se apodera de todo mi cuerpo,
estoy más pálida que la hierba,
y me parece que me falta poco par estar muerta.

(Safo)

Notas sobre la poesía de Rubén Darío. Eros y Psyche - Louis Jean François Lagrenée (antes de 1805). Revista Aullido Literatura.

Eros y Psyche – Louis Jean François Lagrenée (antes de 1805). Fuente.

Por otro lado, Ibycos:

Como azotado por el rayo
Ante los ardores destructores de Cypris,
la tormenta del Norte, la tormenta tracia
furiosamente se abate….
Eros, desde mi despertar
reina en mi corazón.

(Ibycos)

Y por último, citamos a Sófocles, que también escribió sobre Eros en su tragedia Antígona:

Eros que triunfas de todo….
Nadie puede huir de ti, ni un dios eterno
ni un hombre mortal
Sentirte es un delirio
haces injusto
hasta el corazón de un justo.
Por ti se inflama una vez más la lucha
entre padre e hijo; pues contra la poderosa voz
de la leyes originales
se alza el deseo amoroso.

(Sófocles, coro del segundo acto de Antígona)

Nada de esto hay en la obra de Darío. Salinas dice que en Azul y en Prosas profanas apenas hay cinco o seis poemas que no sean de amor; incluye como poema amoroso la cópula del tigre y la tigresa en «Invernal»; suponemos que considera erótico a «Primaveral», que no pasa de un paseo por el parque en buena compañía.

En varios poemas, Darío se identifica como mujer. Se comparó con la Bella Durmiente del Bosque en un poema, «Helda», que escribió en francés:

Je ne boirai jamais le vin de son serment,
et la coupe d’or de cette femme amoureuse
n’enivrera jamais mon âme malheureuse,
malheureuse d’Amour, ma Belle au bois dormant.

-o0o-

Nunca beberé el vino de su juramento
y la copa de oro de esta mujer enamorada,
no embriagará nunca mi pobre alma
desgraciada de amor, mi Bella Durmiente del Bosque.

Notas sobre la poesía de Rubén Darío. Azul, Valparaíso, Imprenta y Litografía Excelsior, 1888. Revista Aullido Litertur.

Azul, Valparaíso, Imprenta y Litografía Excelsior, 1888. Fuente.

«Mi Bella durmiente» aparece también en El Reino interior:

Mi alma frágil se asoma a la ventana oscura
De la torre terrible en que, ha treinta años, sueña
(…)
Ella no me responde, pensativa y risueña,
De la Bella Durmiente del Bosque tierna hermana.

El alma femenina de Darío está en la «Sonatina». Darío aparenta mostrar una princesita a quien no divierten ni el bufón escarlata ni la dueña parlanchina. Su tristeza no tiene fin, pero, «¿que tendrá la princesa(…)». Tiene la pena del artista que ansía ser fecundo, engendrar, crear. La princesa se llama Rubén Darío.

La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.
(…)
¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
(…)
«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
(…)
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

Notas sobre la poesía de Rubén Darío. Revista Aullido Literatura. Prosas Profanas.

Cubierta de la edición de Prosas profanas de 1915. Fuente.

La princesa quiere ser fecundada, un triunfo sobre la muerte. En el prólogo a Prosas profanas, Darío identifica la creación artística con la fecundación. «Y, la primera ley, creador: crear. Bufe el eunuco; cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho encintas». La idea de la obra de arte como la unión con el Cosmos a través de la fecundación está en el «Poema del otoño»:

Y hace de este globo viviente
fuerza y acción
la universal y omnipotente
fecundación.

Y también lo podemos apreciar en «Autumnal»

Y dije al hada amorosa:
Quiero en el alma mía
tener la inspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida.

Y posteriormente, también podemos verlo en el poema «Venus»

«¡Oh reina rubia! – dijele- mi alma quiere dejar su crisálida….

Se puede observar, también, que Darío declara haber sufrido la femenina desfloración en el poema «Nocturno»:

«y la desfloración amarga de mi vida
por un vasto dolor y cuidados pequeños»

Quizás, observando esta ansia de fecundación, en Los detectives salvajes, Roberto Bolaño escribió: «Rubén Darío, la más loca de todas». Es una grosería; una grosería que tiene un destello de verdad. Mas las simientes que mejor fecundan el alma de Darío no son las mujeres: son las niñas.

En la poesía de Rubén Darío, las niñas gozan de poderes extraordinarios. Prevalecen sobre sus padres, se mueven por levitación, poseen estrellas, alguna en propiedad como adorno y otra prestada, como guía; logran que Dios mienta para salvarlas de un merecido rezongo paternal, otorgan premios al mérito, se transforman en rosas cuyos pétalos y perfumes ofrecen a Dios, que les sonríe y caminan solas por el mundo sin correr peligro alguno. Los periódicos nos dicen de odiosos casos de pedofilia; para Rubén Darío las niñas fueron la vida naciente, seres algo más allá de la concepción y el parto, la inocencia, la eclosión, apenas consciente, de la vida. Fue una predilección semejante a la de Lewis Carrol por Alicia Lidell, a quien, como Darío a Margarita Debayle, contó un cuento cuyo protagonista fue la misma niña.

Notas sobre la poesía de Rubén Darío. Rubén Darío. Revista Aullido Literatura.

Rubén Darío junto a un niño. Fuente.

Las relaciones de Darío con las niñas fueron a la luz del día, en fiestas familiares y diplomáticas, en estadías en familia. En los entreactos de un seminario de literatura que dictó en Montevideo, 1952, nos dijo José Bergamín que en toda fiesta, dondequiera hubiere una niña, allí estaba Darío. Salinas ignora todos los poemas de Darío donde aparecen niñas; y sorprende que no mencione uno de sus mejores poemas, «A Margarita Debayle».

Darío estaba pasando días en la casa de playa de su médico, el Dr. Debayle, en la bahía de Corinto, Nicaragua; su hija Margarita, de ocho años, paseaba de mañana por la playa con Darío; conversaban sentados en un tronco. Inferimos del texto del poema que Margarita le pidió a Darío que le contara un cuento; tal vez Darío quería recitarle un poema. Prometió el cuento que, luego de una noche de alcohol, recitó a Margarita, a la mañana siguiente, sentados en el tronco. Hay en el poema un feliz contrapunto entre una niña que espera un cuento y un poeta que quiere iniciarla en la poesía. Darío, ducho en dialéctica, comienza la narración en tierra; en firme prosa que prepara el vuelo de las metáforas:

Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:

Del diálogo entre el acento de la niña y el viento nace la poesía, esa alondra que canta y quiere volar; empero, para no aburrir a Margarita, la alondra se refrena y regresa a tierra:

Margarita, te voy a contar
un cuento.
(…)
Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso, una perla
una pluma y una flor.

Si Margarita aceptaba esta parte, aceptaba una niña que quiere un prendedor con una estrella, un verso, una pluma y una flor. Un paso más y aparece una niña que vuela por el azul:

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;

Pero volvamos a tierra y al Dr. Debayle:

mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.
(…)
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
—«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad»

Aquí la princesa alcanza a su autor, que con su afán de infinito, quiso traernos una estrella. La princesa desobediente es obligada por su padre a devolver la estrella al cielo.

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: —«En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».

Dios, no sólo contra su infinita perfección sino contra la opinión de Descartes, que decía que el mundo es real porque Dios no puede mentir, miente para salvar a una niña del rezongo de su padre. El robo de la estrella fue una dádiva.

En el poema «La rosa niña», una niña encuentra a los Reyes Magos que vuelven de Belén; sabedora del nacimiento de Jesús, les pide la estrella como guía para ir a verlo, asegurándoles que ni el Diablo podrá robársela:

¿Dónde está el establo?
Prestadme la estrella para ir a Belén.
No tengáis cuidado que la apague el diablo,
con mis ojos puros la cuidaré bien.

Los magos quedaron silenciosos. Bella
de toda belleza, a Belén tornó
la estrella y la niña, llevada por ella
al establo, cuna de Jesús, entró.

Contra las leyes del Cosmos, la dócil estrella deshace su camino y vuelve a Belén guiando a una niña que se transformará en rosa:

¡Qué dar a ese niño, qué dar sino ella!
¿Qué dar a ese tierno divino Señor?
Le hubiera ofrecido la mágica estrella,
la de Baltasar, Gaspar y Melchor…

Mas a los influjos del hada amorosa,
que supo el secreto de aquel corazón,
se fue convirtiendo poco a poco en rosa,
en rosa más bella que las de Sarón.

Hay más hechizos de las niñas. En el poema «Cosas del Cid», Rubén Darío suplementa una anécdota de la vida del Cid, contada en verso por Jules Barbey d’Aurevilly. El Cid encuentra un leproso, que pide una limosna; el Cid no encuentra dinero en su escarcela; se saca el guantelete y estrecha la mano del leproso. Todo un gesto. Ahí termina el poema; pero Darío agrega una escena que nada tiene que ver con el poema de Barbey: una niña que dispensa al Cid, como premio a su buena acción, una rosa y una hoja de laurel.

En el hermoso poema «Balada de la bella niña de Brasil», Darío revela frecuentar la literatura infantil al mencionar a la escritora e ilustradora de cuentos para niñas Kate Greenaway:

«es una princesita rosa
que amara a Kate Greenaway»

Rubén Darío y Rafaela Contreras. Revista Aullido Literatura. Notas sobre la poesía de Rubén Darío.

Rubén Darío y Rafaela Contreras. Fuente.

Si miramos el retrato de Rafaela Contreras, la primera esposa de Darío, sentimos la mirada luminosa, inocente; lo mismo que podemos apuntar en el último amor de Darío tras enviudar de Rafaela, Francisca Sánchez. En todos los poemas que tratan de niñas, se respira un aire de calma, luz y tranquila felicidad, raro en la poesía, a menudo patética, de Darío.

A la fecundación y a la vida, que crea formas al infinito, se contrapone la muerte. Citamos, aquí, sus poemas «El claridivorcio de la abuela» y «Nocturno»:

«Y aunque al terrible viaje largo
empuja el ronco viento amargo
cuyo siniestro nombre hiela…»

-o0o-

Quiero expresar mi angustia en versos que abolida
dirán mi juventud de rosas y de ensueños,
y la desfloración amarga de mi vida
por un vasto dolor y cuidados pequeños.

(…)

El ánfora funesta del divino veneno
que ha de hacer por la vida la tortura interior;
la conciencia espantable de nuestro humano cieno
y el horror de sentirse pasajero, el horror

de ir a tientas, en intermitentes espantos,
hacia lo inevitable desconocido, y la
pesadilla brutal de este dormir de llantos
¡de la cual no hay más que Ella que nos despertará!

 Es vulgar ese temor a la muerte, es ingenua la bravura con que la convoca al poema como para exorcizarla, como si la convirtiera en palabra o verso con solo nombrarla. También sucede en «Spes»: «este espantoso horror de la agonía
que me obsede.»

Pero volvamos a los grandes temas. La poesía existirá mientras existan la vida y la muerte. Para Rubén Darío, la muerte fue un gran impulso, un acuciante punto de partida; pero su poesía no pudo con la muerte y arruinó algunos de los que debieron ser sus mejores poemas.

Esa obsesión la señala, delicadamente, Valle Inclán en Luces de bohemia, donde Darío aparece como personaje. Al Café Colón de Madrid llegan el poeta Max Estrella, personaje inspirado en el escritor Alejandro Sawa, y su sirviente, secretario o escudero, Latino de Hispalis. Se describe a Darío en forma poco halagüeña: Max pregunta si allí está Rubén y Latino le dice «Allá está como un cerdo triste». Valle Inclán advierte en Darío el superlativo temor a la muerte y le atribuye estas palabras: «Necrópolis es para mí como el fin de todo, dice lo irreparable y lo horrible, el perecer sin esperanza en un cuarto de hotel (…) la muerte muchas veces seria amable si no existiese el terror de lo incierto».

Notas sobre la poesía de Rubén Darío. Cantos de vida y esperanza, 1946, Buenos Aires, Espasa Calpe.. Revista Aullido Literatura.

Cantos de vida y esperanza, 1946, Buenos Aires, Espasa Calpe. Fuente.

Lo mismo le reprocha, no menos delicadamente, Alberto Ghiraldo en el prólogo a Cantos de vida y esperanza. «Notas de desaliento, de duda o de temor a lo desconocido, al más allá, esa preocupación profunda del fin de la existencia, que existió en el poeta desde el comienzo de su vida (…) ese pavor a la tumba como preocupación constante, como obsesión martirizadora que no le abandonó jamás en el correr de sus días.» Darío, en Historia de mis libros, reconoce su fracaso: «Este temor de la muerte, que en mi fue siempre extraordinario, llegó a mi poesía y no siempre para bien».

La muerte sólo rinde en poesía si expresa heroísmo, una virtud más fuerte que la muerte, una transfiguración. Rubén Darío intentó el tema varias veces, Inclusive en un poema donde llegó muy lejos en el campo de la música de las ideas, pero donde al final destroza el poema con el temor. Es uno de los «Nocturnos».

Quiero expresar mi angustia en versos que abolida
dirán mi juventud de rosas y de ensueños,
y la desfloración amarga de mi vida
por un vasto dolor y cuidados pequeños.

(…)

El ánfora funesta del divino veneno
que ha de hacer por la vida la tortura interior;
la conciencia espantable de nuestro humano cieno
y el horror de sentirse pasajero, el horror

de ir a tientas, en intermitentes espantos,
hacia lo inevitable desconocido, y la
pesadilla brutal de este dormir de llantos
¡de la cual no hay más que Ella que nos despertará!

Todo iba bien hasta «El ánfora funesto del divino veneno». También podemos comprobar lo mismo en el poema «Lo fatal».

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

En el «Nocturno» uno de sus mejores poemas, está a punto de caer en el mismo precipicio, cuando dice:

«el pensar que un instante pude no haber nacido,
¡y el sueño que es mi vida desde que yo nací!»

Se detiene a tiempo y reprime a los muertos:

«Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón.»

Sólo encontró las alegrías de la carne, que tienta con sus frescos racimos; pero el placer es triste.

En «El clavicordio de la abuela», tras decir «Y aunque al terrible viaje largo / Empuja el ronco viento amargo / Cuyo siniestro nombre hiela», termina con otra fuga de la realidad: «Bello es que al pobre viajador / Anime el vivo son de amor / Del clavicordio de la abuela».

Para reprimir el temor de la muerte sólo encontró el placer sexual, ese «chant seul que réprime les morts» («el único canto que reprime a los muertos»), como diría Valéry; y aún los placeres del arte, como la música.

Pero Darío buscó algo más, y su excepcional conocimiento de la mitología griega es la prenda de esa búsqueda. Buscó en la literatura griega al único pueblo que logró enfrentar a la muerte y hacerla victoria y transfiguración, como los triunfales sacrificios de Antígona e Ifigenia:

(los personajes) en la tragedia se enfrentan a la muerte, y, habitualmente, no una muerte vulgar, sino un sacrificio… Si la tragedia quiere extraer el pleno valor artístico y la belleza de la muerte, esta debe ser afrontada y vencida, en una u otra forma en su propio terreno

(Gilbert Murray, Esquilo, Austral, pag.18)

Antígona frente a Polinices muerto por Nikiforos Lytras. Revista Aullido Literatura.

Antígona frente a Polinices muerto por Nikiforos Lytras. Fuente.

Si bien la poesía de Rubén Darío no pudo triunfar sobre la muerte, en materia de verdad no tiene paralelo. «El mérito principal de mi obra, si alguno tiene, es el de una gran sinceridad. Mi corazón al desnudo», diría en Historia de mis libros. Su vida parece cumplir el precepto contenido en los últimos versos del poema de Keats «To a grecian urn» («A una urna griega»).

“Beauty is truth, truth beauty, —that is all
Ye know on earth, and all ye need to know.”
——————————–
«Belleza es verdad, verdad es belleza, esto es todo
lo que conoces en la tierra, y todo lo que necesitas saber.»

 Darío dejó una señal, y también homenaje, de su conocimiento del poema de Keats y la adopción de su precepto, en «Ama tu ritmo», donde dice:

Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo tu ley, lo mismo que tus versos
(…)
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

Rubén Darío y Francisca Sánchez. Revista Aullido Literatura. Notas sobre la poesía de Rubén Darío.

Rubén Darío y Francisca Sánchez. Fuente.

Sorprendente aparición de la urna, para nada preparada en el poema de Darío y que llega como un aerolito del poema de Keats. Como prenda de su compromiso con la verdad y abdicando también de «mi bella mentira», tenemos uno de los últimos y más conmovedores poemas de Darío, «A Francisca».

En mi pensar de duelo y de martirio
casi inconsciente me pusiste miel,
multiplicaste pétalos de lirio
y refrescaste la hoja de laurel.

(…)

Seguramente Dios te ha conducido
para regar el árbol de mi fe,
hacia la fuente de noche y de olvido,
Francisca Sánchez, acompáñame…!

 Un refugio de niño asustado en las faldas de su madre. Patético, el poeta confiesa su miedo, pero la verdad y la belleza han triunfado.

Subsiste el enigma de Darío: ¿por qué tanta angustia, tanto dolor auténtico sin nada exterior que lo justifique? Los apuros de dinero nada fueron al lado de sus francachelas manirrotas y la repercusión social de un poeta nunca fue mayor que con su obra. Darío escribió a partir del dolor, en particular del causado por el horror a la muerte y por las secuencias de sus paliativos anestésicos, el alcohol y el sexo, «le chant seul qui réprime les morts» («el único canto que reprime a los muertos», [«Anne» de Paul Valery]); y dijo del dolor de «(…)la desfloración amarga de mi vida(…)», (del poema «Nocturno»).

La poesía le fue ambivalente; a veces fue su gran amor, su razón de ser, pero también fue una «camisa con puntas de acero». El dolor canta. «Le violon frémit comme un coeur qu’on afflige» («El violín vibró como un corazón al que se hace sufrir», Baudelaire).

Salinas escribió que Darío «ha sido sufrida víctima de críticas impresionistas y juicios inconexos, en dispersión, que se ha mariposeado demasiado sobre su lírica, teniéndola por manojo de flores (…) por creer que hay que estudiarla de raíz, es por lo que me he atrevido a escribir este ensayo» (pag.51). Pero Darío no es un poeta erótico, por lo que el libro de Salinas redunda en su incomprensión y desprestigio.

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