Cinco poemas de «Tala» de Gabriela Mistral, en una nueva edición española
Lucila de María Godoy Alcayaga (Vicuña, Chile, 1889–Nueva York, 1957), conocida como Gabriela Mistral, fue la primera escritora latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura (1945).
Poeta, prosista, maestra y diplomática, dejó un extenso y valioso legado a través de obras que abarcan temas como la naturaleza, la muerte, el compromiso social y político, la infancia y el mundo indígena, entre otros. Su obra ha sido reconocida ampliamente por la maestría de su lenguaje y la hondura humana que posee.
En Tala, publicado en 1938 en Buenos Aires, conviven la memoria de su tierra natal, la intensidad de la maternidad y la pérdida, la mirada hacia la infancia y una profunda reflexión sobre América y España.
Con un estilo que combina lirismo, ternura y una expresividad sobria, el libro despliega un abanico de tonos que van de lo íntimo a lo universal. Concebido como ofrenda solidaria a los niños españoles víctimas de la Guerra Civil, Tala se erige como una obra esencial que confirma la vigencia y la grandeza de la voz mistraliana.
A continuación, compartimos con vosotros cinco poemas de Tala (Ediciones Torremozas, 2025), con introducción de María Inés Zaldívar Ovalle, en una edición que acerca a los lectores contemporáneos la obra de la gran poeta chilena.
La copa
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Yo he llevado una copa
de una isla a otra isla sin despertar el agua.
Si la vertía, la sed traicionaba;
por una gota, el don era caduco;
perdida toda, el dueño lloraría.
No saludé las ciudades;
no dije el elogio a su vuelo de torres,
no abrí los brazos en la gran Pirámide
ni fundé casa con corro de hijos.
Pero entregando la copa, yo dije
con el sol nuevo sobre mi garganta:
—«Mis brazos ya son libres como nubes sin dueño
y se mece mi cuello en la colina,
de la invitación de los valles».
Mentira fue mi aleluya: vedme.
Yo tengo la vista caída a mis palmas;
camino lenta, sin diamante de agua;
callada voy, y no llevo tesoro,
y me tumba en el pecho y los pulsos
la sangre batida de angustia y de miedo!
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De Tala (Ediciones Torremozas, 2025)
La extranjera
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A Francis de Miomandre
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—«Habla con dejo de sus mares bárbaros,
con no sé qué algas y no sé qué arenas;
reza oración a dios sin bulto y peso,
envejecida como si muriera.
En huerto nuestro que nos hizo extraño,
ha puesto cactus y zarpadas hierbas.
Alienta del resuello del desierto
y ha amado con pasión de que blanquea,
que nunca cuenta y que si nos contase
sería como el mapa de otra estrella.
Vivirá entre nosotros ochenta años,
pero siempre será como si llega,
hablando lengua que jadea y gime
y que le entienden solo bestezuelas.
Y va a morirse en medio de nosotros,
en una noche en la que más padezca,
con solo su destino por almohada,
de una muerte callada y extranjera».
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De Tala (Ediciones Torremozas, 2025)
Todas íbamos a ser reinas
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Todas íbamos a ser reinas,
de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía con Efigenia
y Lucila con Soledad.
En el Valle de Elqui, ceñido
de cien montañas o de más,
que como ofrendas o tributos
arden en rojo o azafrán.
Lo decíamos embriagadas,
y lo tuvimos por verdad,
que seríamos todas reinas
y llegaríamos al mar.
Con las trenzas de los siete años,
y batas claras de percal,
persiguiendo tordos huidos
en la sombra del higueral.
De los cuatro reinos, decíamos,
indudables como el Korán,
que por grandes y por cabales
alcanzarían hasta el mar.
Cuatro esposos desposarían,
por el tiempo de desposar,
y eran reyes y cantadores
como David, rey de Judá.
Y de ser grandes nuestros reinos,
ellos tendrían, sin faltar,
mares verdes, mares de algas,
y el ave loca del faisán.
Y de tener todos los frutos,
árbol de leche, árbol del pan,
el guayacán no cortaríamos
ni morderíamos metal.
Todas íbamos a ser reinas,
y de verídico reinar;
pero ninguna ha sido reina
ni en Arauco ni en Copán.
Rosalía besó marino
ya desposado con el mar,
y al besador, en las Guaitecas,
se lo comió la tempestad.
Soledad crio siete hermanos
y su sangre dejó en su pan,
y sus ojos quedaron negros
de no haber visto nunca el mar.
En las viñas de Montegrande,
con su puro seno candeal,
mece los hijos de otras reinas
y los suyos no mecerá.
Efigenia cruzó extranjero
en las rutas, y sin hablar,
le siguió, sin saberle nombre,
porque el hombre parece el mar.
Y Lucila, que hablaba a río,
a montaña y cañaveral,
en las lunas de la locura
recibió reino de verdad.
En las nubes contó diez hijos
y en los salares su reinar,
en los ríos ha visto esposos
y su manto en la tempestad.
Pero en el Valle de Elqui, donde
son cien montañas o son más,
cantan las otras que vinieron
y las que vienen cantarán:
—«En la tierra seremos reinas,
y de verídico reinar,
y siendo grandes nuestros reinos,
llegaremos todas al mar».
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De Tala (Ediciones Torremozas, 2025)
Ausencia
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Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
se van mis manos en azogue suelto:
se van mis pies en dos tiempos de polvo.
¡Se te va todo, se nos va todo!
Se va mi voz, que te hacía campana
cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se van mis gestos que se devanaban,
en lanzaderas, delante tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
cuando te mira, el enebro y el olmo.
Me voy de ti con tus mismos alientos:
como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti con vigilia y con sueño,
y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron en llanos ni en sotos.
Sangre sería y me fuese en las palmas
de tu labor, y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuera, y sería quemada
en marchas tuyas que nunca más oigo,
y en tu pasión que retumba en la noche
como demencia de los mares solos.
¡Se nos va todo, se nos va todo!
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De Tala (Ediciones Torremozas, 2025)
Canción de la sangre
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Duerme, mi sangre única
que así te doblaste
vida mía, que se mece
en rama de sangre.
Musgo de unos sueños míos
que te me cuajaste,
duerme así, con tus sabores
de leche y de sangre.
Hijo mío, todavía
sin piñas ni agaves,
volteando en este pecho
granadas de sangre.
Sin sangre tuya, latiendo
de la que tomaste,
durmiendo así, tan completo
de leche y de sangre.
Cristal dando unos trasluces
y luces, de sangre;
fanal que alumbra y me alumbra
con mi propia sangre.
Mi semillón soterrado
que te levantaste;
estandarte en que se para
y cae mi sangre;
Camina, se aleja y vuelve
a recuperarme.
Juega en la duna, echa
sombra y es mi sangre.
¡En la noche, si me pierde,
lo trae mi sangre!
¡Y en la noche, si lo pierdo,
lo hallo por su sangre!
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De Tala (Ediciones Torremozas, 2025)

