«Capón» y otros cuatro textos de Johan Reyes

Johan Reyes (Venezuela, 1999) es actor y estudiante de Cine en la Universidad Central de Venezuela.

Ha sido reconocido como ganador del Concurso Internacional de Poesía Bruno Corona Petit y ha recibido menciones en el Séptimo Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, en el concurso Ossi Di Seppia y como finalista en La Quema del Boto.

Sus textos han sido publicados en las revistas Casapaís, Cardenale, Colofón, Colettivo Culturale TuttoMondo, así como en la antología Sólo había frío (2023), sobre violencia de género, editada por Oriette D’Angelo.


Capón

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Siempre dejo los testículos guardados
bajo la cama
mejor en el jarrón
para que nadie los note.

Aprendí a ocultarlos observando a papá.
Él los usaba sólo en casa
con mis hermanos
con el perro
con las costillas de mamá.

Hay que tener cojones, decía.
porque el macho
tiene el sexo expuesto/desprotegido/vulnerable.

La descendencia me pesa.

Algún día iré
a que me cercenen los genitales
a que la hemorragia
el dolor agónico.                   excruciante
me deshagan la casta
como vertiendo leche en el río.

Ese día me convertiré en un impotente/eunuco/capón/inepto
por mis hijos
los hijos de mis hijos
que nunca sabrán
lo que es caber en un cuerpo
en una estirpe de hombres cobardes.
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Inédito

Las mujeres que me criaron eran dueñas de sus cocinas

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de los sacrificios
con todos sus silencios.

El aliento roto de alguna quizá quedó en el retrete,
que también era suyo
al igual que el baño,
sus cerámicas blancas,
que limpiaban con un cloro amarillento
que les despellejaba las manos.

Las mujeres que me criaron no tenían guantes.
Todos decían que sus pieles eran de cuero recio
porque eran las pieles
.                 de las pieles
.                 de las mismas mujeres
.                 de hace siglos.

Se lamían el corazón entre ellas,
curando con saliva el orden que hacía la casa.

No recuerdo que me haya alimentado un microondas.
El pan siempre lo recibí caliente de una voz que decía:
.                                                        la comida está servida
Ya en la mesa
todas sucumbían al silencio con una mueca alegre
para que yo no pensara que me estaban criando
puras mujeres muertas.
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Inédito

Ponerse la vida

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quizá el remedio no esté en las pastillas
ni en la iglesia
tampoco en los brujos
que dicen que la pena se cura
con un baño de rosas
tabaco y romero
quizá todo sea teñirse el pelo
las cejas
el bigote
perforar las orejas con aros baratos
tatuarse frases esperanzadoras
deambular callejones
dormir con extraños
probar la heroína
la coca
embriagarse hasta quebrarse los dientes
quizá veintitrés mayos
no han sido suficiente
quizá de ese modo
al final del tercer acto
hasta los muertos sean felices
.
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Inédito

A medias

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He conseguido una vida
en torno a los  «medio»:
medio acompañada,
medio digna,
medio feliz;
una vida siempre
tan apartada de la vida.
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Inédito

Mi madre me enseñó la importancia de mirar a quien habla

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Torso
manos
boca
ojos

Todo empezó cuando era niño.
Me hablaba con intención
para que mi vista se clavase en la suya.

Jugábamos a que las ojos eran puertas
que abrían otras puertas.
El propósito de cada día era hallar la emoción.
para ella, todas las miradas
guardan al menos una .                                                                                     incluso dos.

Nunca olvides
el ritmo del pestañeo
el levantamiento de las cejas
la dilatación de la pupilas
la dirección
la intensidad
la duración
los gestos faciales
ni la apertura de los párpados.

Hablábamos mucho.
Me cedía el turno con la mirada.
Esa seña encarnaba todo lo bueno
y todo lo justo que puede caber en el mundo

Ahora estoy en su velatorio.
su muerte fue un tormento.
su rostro reposa detrás de un vidrio.
me siento solo, triste y perdido,
y pienso:
¡cuantas personas le hablan sin que ella pueda mirarlas!
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Inédito

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