Amar y comer: apuntes sensoriales contra el sacrilegio de la prisa
Escribe | Sabrina Guerrero
El deseo es un pensamiento nómada: una idea que se enciende en la pelvis antes de desplazarse a la lengua
La mayoría come con prisa, ama con prisa, toca como quien marca un número telefónico equivocado. Tragan y penetran sin reconocer el arte que hay detrás: la elección de los ingredientes, el corte preciso, la temperatura justa. Olvidan que tanto la cocina como el cuerpo son altares, y que comer o amar mal es un sacrilegio.
Porque el deseo —como un buen fuego— exige paciencia, no urgencia. Nada vivo se abre de inmediato. Un cuerpo, igual que un plato, pide ser mirado, olido, esperado. Pero casi nadie espera. Casi nadie toca de verdad. Y así terminan confundiendo llenura con entrega, consumo con presencia, hambre con amor.
Un plato es una geografía: hay que explorarlo con dedos, lengua, nariz, ojos —el placer no ocurre en la boca ni en la piel, sino en ese instante donde todos los sentidos se reúnen—; un cuerpo también.
Un amante que no huele antes de besar es como un cocinero que no prueba su caldo. Un comensal que no acaricia la fruta antes de morderla es como un cuerpo que se abre sin querer sentir.
Rompe el pan con las manos.
No uses cuchillo.
Mójalo en aceite tibio.
Llévalo a la boca como si fuera piel.
El fuego fue el primer amante. Antes del lenguaje, antes del mito, hubo un cuerpo inclinado sobre una chispa. «De lo crudo nace lo humano», escribió Lévi-Strauss, y quizá también nace el deseo. En un principio, el homo sapiens no sabía de metáforas, pero supo del milagro: la carne cruda se volvió dócil, el frío cedió ante el calor, el miedo se transformó en deseo.
Desde entonces, comer es un acto de fe: el fuego reveló que lo que quema alimenta mejor. Entre lo crudo y lo cocido nació la cultura; sí, pero nació también la certeza más antigua: que el cuerpo piensa antes que nosotros. El estómago palpita, anticipa, decide.
El sexo crudo —instintivo, torpe, urgente— es todavía la cueva; el sexo cocido —imaginado, lento, aprendido— es el arte. Hay quien se queda en el hueso y hay quien sabe marinar la piel. Hay cuerpos que se asan, otros que se curan al sol, algunos que aún sangran en la lengua del otro.
El vino no es bebida: es aliento líquido. Se deja reposar en la lengua, se mezcla con otra boca, se empuja hasta que el calor se confunda con el deseo. El mango maduro no se come: se abre como un secreto, se deja gotear, se lame el rastro. El chocolate no se mastica: se derrite en la boca como un gemido que no se quiere interrumpir.
Lleva un trozo de fruta a la boca ajena.
Espera que muerda.
Muerde tú también.
Que el jugo se mezcle entre lenguas.
El primer alimento fue el pecho. Antes del fuego, antes del vino, antes del pan, hubo leche. El cuerpo ofrecido como sustento, la respiración mezclada con el latido. Ahí empezó todo: el hambre y el amor, la dependencia y la ofrenda. Cada beso recuerda esa primera comunión con la vida. Por eso el amor empieza siempre así: una boca buscando calor.
El sexo y la cocina comparten una misma ética del placer: encender, sazonar, probar, corregir, esperar. No se sirve frío lo que debe comerse ardiendo. No se apaga el fuego antes de tiempo. La lengua es la misma herramienta para recorrer un plato y un cuerpo; los dedos, las mismas pinzas para girar carne y piel.
Pero no se cocina igual en todas las estaciones.
El clima también dicta el deseo. En el frío, el cuerpo busca calor, grasa, abrigo: guisos lentos, camas compartidas, respiraciones que se juntan para no morir de intemperie. En el calor, en cambio, el cuerpo se vuelve impaciente, sudoroso, ligero: frutas abiertas, sal, piel expuesta, encuentros rápidos que refrescan. Hay deseos de invierno y deseos de verano; placeres que piden fuego bajo y otros que se comen crudos. El clima enseña cuándo esperar y cuándo lanzarse, cuándo cerrar el cuerpo y cuándo dejarlo abierto.
En un restaurante del norte de México —en Baja California, donde el desierto toca el mar— cocinaban con aire y sonido. Platos que vibraban, que olían a relámpago, que se disolvían en la boca como una mentira hermosa. Nada duraba más de lo necesario: era entrar, probar, desaparecer. Jugaban con la física del deseo, con la química de lo invisible. Eso mismo son dos cuerpos al encontrarse: la invención de un universo microscópico, efímero y efervescente.
Cocinar y amar son actos que se debaten entre la precisión y el instinto. Hay quienes dosifican la paprika ahumada, miden la temperatura del beso, calculan el tiempo exacto del gemido. Otros, en cambio, lo hacen a ojo, con fe, con la sal que cae de los dedos como si el cuerpo supiera antes que la mente. Un sofrito mal hecho puede arruinar una cena; un roce torpe puede apagar el fuego. Y sin embargo, ambos se salvan cuando hay hambre verdadera. Porque el arte no está en la fórmula, sino en saber cuándo romperla.
El cuerpo del otro es el fogón donde aparece lo que no estaba, un gesto mínimo, una temperatura precisa, una combinación que no volverá a repetirse igual. Hay encuentros que duran lo que dura el fuego y otros que, aun breves, dejan cicatrices. Ningún chef persigue la copia perfecta; ningún amante busca dos veces la misma forma. Se persigue otra cosa: ese instante frágil en el que todo coincide, donde lo que se quema no se pierde y lo que se cuece no se enfría. Y cuando sucede —cuando el cuerpo se rinde, cuando algo queda en silencio— se entiende: el buen sexo, como la cocina, no busca alimentar, sino trascender.
Todo tiene color, todo tiene textura. El vino arde en púrpura y deja un rastro tibio y rotundo en la lengua; el aceite es dorado y lento, resbala, brilla, insiste. La sal cruje como un secreto entre los dientes. El pan tibio se rompe y exhala un vapor milenario. La fruta abierta sangra luz. El cuerpo, a su vez, se tiñe de sombras, de humedad, de pequeños destellos: piel que se eriza, respiraciones que cambian de ritmo, zonas donde el tacto se vuelve más denso y punzante. Hay colores que se comen y colores que se tocan. Hay texturas que se prueban con la boca y otras que sólo se entienden cerrando los ojos. En ese cruce, el placer aprende a mirar.
Abre el higo.
Hazlo despacio.Míralo latir.
Toca su carne oscura, tibia.Acércalo a la boca.
Prueba sin morder.
Muerde después.Deja que el jugo se quede en la lengua.
Que el sabor diga lo que no dices.No lo comas.
Respétalo.Ábrelo como se abre un cuerpo:
con cuidado,
con hambre,
con el silencio de quien entiende el milagro.
Porque la boca lo es todo. Con ella se reza, se ama, se suplica, se devora. Con ella se grita, se implora, se bendice, se gime. La boca crea, destruye, redime. Rezar, amar, comer, gritar, besar, chupar, todo es un arte que se hace con la boca. Un lenguaje sagrado donde el verbo se vuelve carne y la carne palabra.
Pero no todo lo que entra por la boca salva. Hay bocados que prometen y matan despacio. Platos bellísimos que esconden su toxina en el aroma, en el brillo del aceite, en la dulzura inicial de un nervio. Sabores que adormecen antes de herir. También el deseo sabe envenenar: besos que entran suaves y dejan fiebre, lenguas que ofrecen cuidado y entregan dependencia. Comer —como amar— implica riesgo: no todo lo que se antoja nutre, no todo lo que excita sostiene. A veces el veneno se sirve caliente, bien presentado, y se acepta con gratitud.
Es el miedo a chupar los dedos, a mancharse la ropa, a que el olor se quede en la piel al día siguiente. Es el miedo a perder el control, a no saber cuándo dejar de comer o de tocar. Por eso hay quienes solo comen para llenarse y solo follan para vaciarse: nunca para sentir.
Abre la boca.
Deja entrar pan, vino, piel, fruta, gemido.
Mastica despacio.
No tragues aún.
Reconoce lo que tienes antes de dejarlo ir.
Porque comer no es ingerir, es entrar en relación. Con un ingrediente, con un territorio, con una memoria. Amar tampoco es poseer, sino exponerse entero, aceptar que algo del otro nos transforme. En ambos actos hay una entrega que no se puede fingir. El cuerpo sabe cuándo algo fue probado de verdad y cuándo solo pasó por la boca sin dejar huella. Por eso hay sabores que nos persiguen toda la vida y cuerpos que no se olvidan nunca: porque fueron atendidos con todos los sentidos despiertos. Quizá de eso se trate vivir —de aprender a no cerrar la boca demasiado pronto, de no conformarse con el primer bocado, de no amar a medias—. Porque si el cuerpo no tiembla, si la lengua no recuerda, si la piel no guarda rastro, entonces no hubo experiencia: solo consumo. Y el deseo, como el hambre, siempre vuelve a pedir más.

