Alter de los desvelos, un espacio ritual
Escribe | Ángela Gentile
Editorial: Proyecto Hybris (2025)
Nº de páginas: 30
ISBN: 9786310068350
Autora: Marcela Fabiana Di Croce
Idioma original: castellano
Marcela Fabiana Di Croce, nació en Berisso en 1976, su último libro, Altar de los desvelos (2025), fue publicado por Proyecto Hybris Ediciones. Esta plaquette propone una lectura para transitar entre lo sagrado y lo descarnadamente humano. Pocos y breves poemas que construyen un espacio ritual dado en el «altar» donde el insomnio no es transitorio, sino que se convierte en una vigilia dolorosa.
El poemario logra establecer un diálogo con cierto pensamiento nietzscheano, citas que no son solamente un acompañamiento, sino que van vertebrando una temática. Subyace una dialéctica del dolor: «Solo donde hay sepulcros hay resurrecciones», pero no se detiene allí; sino que busca una voz lírica: «Diecisiete días tragando los huesos de su ausencia». El dolor se eleva a ausencia, a temporalidad.
La poeta retoma esa mirada contundente de Nietzsche sobre la maternidad: «No se da a luz por diversión». Aquí comienza una exploración sobre la feminidad que es, a la vez, el templo de los sacrificios y, contradictoriamente, la fuerza de renovación.
Es interesante ver la imagen de la mujer, la simbología donde esta se funde, se mimetiza con la naturaleza salvaje y, a veces, mitológica, como la imagen de la loba, nombrada líricamente «útero de las lobas», y adviene la identificación con las sachamanas, las madres del monte. En este punto, la conexión es ancestral y protectora porque tiene un objetivo: «sanarnos en ambas orillas». Hay una circularidad entre la maternidad y el sacrificio; no idealiza la misma, sino que incluye otra perspectiva: «dagas de sangre», «veneno» y la «escalera de la maternidad» donde la serpiente acecha. El poema: «Ella se amarra al útero de las lobas para justiciar los astros. / La electricidad de su nombre hace llorar a los diablos/del espejo. / Amamanta las higueras, ritualiza los eclipses para que no vuelvan a nacer tiranos».
Desde el título de la obra, los poemas exploran la dualidad entre la luz y la sombra, la vida y la muerte. En el poema 9 la poeta escribe: «La muerte permite a mis jazmines lamer sin piedad la desnudez del río». Lo efímero del perfume y la belleza determinan también una esencia animal y casi violenta: «lamer sin piedad», quebrando la imagen tradicional de la flor estática y convirtiéndola en sujeto depredador. Son interesantes estas personificaciones: se le otorga a la muerte la capacidad de «permitir» y a las flores de «lamer». La muerte adquiere dimensión liberadora, de apertura (Heidegger) entre lo vegetal y lo acuático, dando cierta carga erótica a la «desnudez del río», una sensibilidad póstuma. Existe otro contraste: el sensorial entre lo visual dado en la desnudez y el olfativo presente en los jazmines y el táctil al lamer. Sin duda, los poemas abarcan una perspectiva existencialista, donde la liberación es la llave para fusionarse de manera cruda con la vida.
Hacia el final del poemario, la «loba» desnuda se encuentra en ese templo invocando los vientos y enraizándose en el bosque, lo que sugiere que el desvelo es el precio de la lucidez en el acto creativo del nacimiento. En los poemas, el color azul («himno azul», «sudor azul», «proa azul de mis párpados») es recurrente, contrastando con elementos fuertes y contundentes como el barro, la sangre y las cenizas en lo efímero del silencio. Toda esta escenografía parece ser creada para lograr un clima surrealista y melancólico.
Otro tema interesante es la circularidad del tiempo, donde lo traumático adviene: «luto de la descendencia», «civilización del último gorrión de la memoria»; van desafiando los días hasta culminar en la figura materna que ya ha «encendido su escarcha».
La poeta, directora de la Casa de la Poesía de Berisso, ha publicado hasta la fecha algunos poemarios tales como Sobresaltos de soberbia (2000), Tierragua (2003), Saliva homónima (2013) y A la sombra de los gallos (2020). En definitiva, en Altar de los desvelos (2025) logra amalgamar la crudeza de la existencia con espiritualidad pagana. El mundo es observado desde la herida e invita, en cierto modo, a habitar ese universo «la mitad de una mujer que grita solsticios», a través de la aceptación del sacrificio, pero con la impronta de la resurrección dada en la poesía.

