Algunos fragmentos de «Papel de arroz» de Bernardita Maldonado
Bernardita Maldonado (Loja, 1969) es poeta y doctora en Literatura Comparada. Es una de las voces más lúcidas de la literatura ecuatoriana actual, con obras destacadas como Biografía de pájaros (2007) y Con todos los soles lejanos (2015).
Su labor como ensayista ha sido fundamental para la recuperación de la memoria literaria de su país, rescatando la obra de figuras como Héctor Manuel Carrión y Efraín Jara Idrovo. Ha sido galardonada con la Presea Mujer Destacada en las Letras (2015) y el reconocimiento Benjamín Carrión.
Su último libro es Papel de arroz (Candaya, 2026), con prólogo de Cristina Burneo Salazar, editado recientemente en España. En este texto, la poeta ecuatoriana reconstruye la memoria de un hermano que no pudo nacer y el paisaje andino que sostuvo la pérdida, una obra que se sitúa entre la elegía y la reconstrucción histórica personal, y que nace de un evento sísmico real y simbólico: un terremoto de magnitud 7.2 que sacudió la infancia de la autora y alteró para siempre el destino de su familia.
El poemario se despliega sobre un territorio fundacional: los Andes ecuatorianos. Ríos, volcanes, campos de arroz y piedras no son meros decorados, sino testigos y refugios. La naturaleza en Papel de arroz funciona como un «museo íntimo» de rituales y objetos, donde el lenguaje opera con una delicadeza sensorial extrema —tacto, olor, temperatura— para reparar lo que el tiempo ha fragmentado.
Uno de los conceptos que atraviesa la obra es el de los «Puntos Jonbar», término rescatado de la ciencia ficción para definir esos momentos críticos en los que la realidad se parte. Bernardita Maldonado utiliza esta idea para pensar la pérdida no como un cierre, sino como una apertura hacia relatos paralelos donde los vínculos familiares persisten y se transforman.
A continuación, os traemos seis fragmentos que forman parte de Papel de arroz (Candaya, 2026) de Bernardita Maldonado.
Fragmentos de Papel de arroz
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Caían esquirlas del tejado
y aullaban los perros.
El terremoto cuarteó el bahareque de las paredes
donde tantos tesoros
escondimos para ti.
La abuela impidió que tu pequeño cuerpo
fuera lanzado
a los canales del hospital.
Te dispuso en tu cajita blanca
y alimentó el misterio de tus ojos:
ojos plomizos eran,
como la crecentada cuando erosiona las montañas,
redondos, humedecidos por la garúa de agosto
cuando hay tanto viento,
apagados en la ceniza de promesas incumplidas.
Una lámina de papel de arroz apareció
entre mis ojos y los tuyos
y mi cabeza de cinco años se embarcó
como polizón en tu caja pequeña.
La abuela
fundadora de un contracosmos orgánico
preparó el puñado de cal para tu fosa:
ahí te dejó,
estrella con la clavícula rota por los fórceps.
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Y la imaginación, ¿dónde te puso?
La abuela deseaba que sus finados descansen
en paz eterna:
No los llores demasiado
no los recuerdes demasiado
se cargan en tu espalda o en tu cráneo.
El mirlo ya había picoteado mi cabeza
y confundí nubes con algodones.
Túmulos de voces derribaban los muros coronados por
botellas rotas, vencían y entraban a la única casa levan-
tada en la profundidad de la noche, donde el coro de
los grillos se confunde con músicas estelares.
En ciertas madrugadas los sueños tienen más vigor que
las imágenes de la realidad; otras noches la realidad nos
envuelve en su materia y lentamente te oigo aparecer
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Después del tintineo sísmico
tu mirada inventó mil lugares donde hacer pie,
una mota de polvo, una brizna de aire,
una esquirla de cangahua escindida de la roca madre.
Tu imagen se anegó, como las piedras del Vilcabamba
dejándose borrar por el moho, por la erosión,
como el sonido de una voz sin cabeza
flotando entre aguas agitadas.
A veces asoma una mano tuya,
a veces un mechón de pelo,
tus hombros amoratados.
El tiempo te acecha
veo el arco, la tensión, el movimiento, la herida,
pero nunca tu pecho.
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Tu fantasma aparece,
y como animalitos alveolados
merodeamos alrededor de la luz
del aire del aire del aire
del alquitrán y los jades de fondo.
Ausencias insospechadas huyen
a un remoto pasado,
se borran, se subvierten
y regresan a destiempo
perdurables y desafiantes
como lumbre
que ni se enciende ni se apaga.
Cenizas hay,
cosas hechas añicos hay.
Instantes petrificados.
La reparación nos pertenece:
abriremos los ojos,
seremos
el semblante del exilio
sobre lo arrasado
construiremos.
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¿De qué manera se puede traer lo imaginario a lo real?
¿Con qué materia se puede llenar lo real del lenguaje?
Alguna canción que alcance tus oídos ha de haber.
Agitemos como niños hambrientos el árbol
de los frutos
del lenguaje
cantemos
bajo la luz apacible de la mañana
antes de que los frutos se vuelvan amargos.
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Más allá de toda madurez, alimenté
poemas donde pasé hambre
tuve hijos bueyes, hijas tortugas
más allá de toda madurez
parí poemas tributarios de poemas ajenos
corrieron por mi cuerpo substancias inmaduras
mientras naces
. nazco
. nacemos
el hechizo
la distancia misteriosa
entre un sonajero
y el centro del pozo muerto.
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De Papel de arroz (Editorial Candaya, 2026)

