«Visión del suburbio», poema de Ileana Espinel Cedeño

Ileana Espinel Cedeño poeta guayaquileña

La poeta guayaquileña Ileana Espinel Cedeño en una de las pocas imágenes que se conocen de ella. Fuente. 

 

Ileana Espinel Cedeño (Guayaquil, 1933 ― ibídem, 2001) fue una poeta, periodista y gestora cultural, quien actualmente es considerada una de las mayores voces líricas que tuvo la poesía ecuatoriana en el siglo XX, lo que de a poco se está difundiendo entre las nuevas generaciones.

En 1954 fue cofundadora del «Club 7 de poesía», en compañía de David Ledesma Vásquez, Sergio Román Armendaríz, Gastón Hidalgo Ortega y Carlos Benavides Vega, entre otros jóvenes autores. La agrupación editó el mismo año un poemario colectivo bajo el título del nombre que hizo conocer a los contertulios.

Entre su bibliografía constan los libros de poesía Piezas líricas (1957), La estatua luminosa y Poemas escogidos (1959 y 1978), Arpa salobre (1966), Diríase que canto (1969), Tan sólo 13 (1972) y Solo la isla (1995).  Además fue coautora de los poemarios Triángulo (1960) y Generación huracanada (1969). Su poesía ha sido incluida en numerosas antologías de poesía ecuatoriana y latinoamericana, y además, ha sido traducida al inglés, portugués, francés, italiano y griego.

La autora estuvo a cargo de la selección y el prólogo de la Antología ecuatoriana, editada por Lírica Hispana en Caracas (Venezuela), compuesta de dos tomos entre 1965 y 1966.  Participó con su voz de 11 poemas leídos en el LP  Cuatro poetas del Ecuador (1976), de la colección «El árbol que canta». Adicionalmente, algunos de sus textos han sido musicalizados en varios países de Latinoamérica.

Fue directora de la Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, redactora de la revista Semana y Nivel (México) y corresponsal en Ecuador de Economía latinoamericana (Caracas) y Cuervo International (Los Ángeles, California).  Además se desempeñó como columnista en los diarios El Universo y El Telégrafo, ambas publicaciones de su ciudad natal.

Espinel Cedeño incursionó en la política durante la década del sesenta, siendo elegida por votación para el cargo de concejala de la Municipalidad de Guayaquil, en el periodo 1967-1970 (dentro de sus funciones fue designada presidenta de la Comisión de Cultura y Bellas Artes de dicha ciudad). Uno de los festivales de poesía más importantes del Ecuador lleva su nombre, el cual hasta el año pasado había celebrado su décima edición consecutiva y en la versión de este 2018 contará con la participación de unos 80 poetas invitados, entre los que destacan la uruguaya Ida Vitale y el estadounidense Tyehimba Jess (último Premio Pulitzer de poesía), evento que coincidirá con los 85 años del nacimiento de la autora ecuatoriana.

Varios de sus poemas están marcados por el paisaje de Guayaquil, ciudad en la que siempre habitó. Es así que podemos encontrar con frecuencia polaroids cotidianas del puerto ecuatoriano dentro de sus textos. En el caso del poema «Visión del suburbio», se aprehenden conflictos sociales que caracterizan la convivencia al interior de un populoso sector guayaquileño, el cual hasta ahora se acostumbra llamarlo con esa denominación genérica ampliamente arraigada: «Suburbio».

Este vasto y abstracto sector, con una densidad demográfica similar a la ciudad española de Sevilla, está compuesto de laberínticas vías que se entretejen bajo la anárquica regulación de sus números ordinales, que suelen ser llamados más por iniciativa argótica que por descuido semántico «las avas». Tiene sus  inicios en la periferia del centro de la ciudad, rodeado por el «Estero Salado», desde el cual se alimentan sus decenas de ramales, ambos parte del estuario interior del Golfo de Guayaquil. En algunos tramos, la sobrepoblación en sus orillas y el uso indiscriminado como vertedero, han hecho que la contaminación sea parte del desolador panorama con el que conviven los pobladores que habitan cerca de ellas, despertando la añoranza de quienes sí alcanzaron a disfrutarlo como balneario urbano.

En sus inicios como sector poblado, el suburbio fue el primero en recibir la migración masiva de habitantes de zonas rurales del país desde mediados del siglo pasado, lo que pese a la pujanza de sus habitantes y a los paulatinos intentos de reordenamiento, la han mantenido en varios de sus barrios como un foco de pobreza y de sus problemas derivados. En él conviven tanto la desigualdad socioeconómica como el mensaje propagandístico del político de turno, convirtiéndolo por décadas en un codiciado botín de efectos trascendentales en una cita electoral, realidad que logra entrañar con pinceladas el poema «Visión del suburbio».

Con sus poemas referentes a Guayaquil, Espinel Cedeño se suma a una tradición poética de autores de diversas épocas que han registrado a la también conocida «Perla del pacífico» como parte viva de su obra, tal es el caso de Medardo Ángel Silva, Aurora Estrada y Ayala, Rafael Díaz Icaza, Fernando Nieto Cadena o Fernando Artieda.

El poema que aquí presentamos forma parte de la antología Poemas escogidos (1978), editado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas.


VISIÓN DEL SUBURBIO 

Las piedras enlunadas y grises del Suburbio
son hermosas con una hermosura de pena.
Pero allí no hay glamur. Ni bulevares sucios.
Ni calle pretenciosas de conocer sus nombres.
Hay vías proletarias por donde va, sonánbula
y perenne, la vida…

Ayer vi el corazón de las grutas desiertas.
Vi ropas que no cubren ni la sombra de un sexo,
colgando de zapatos y de cordeles negros;
la faz acanelada de un muchacho desnudo
durmiendo bajo el lauro de nieve de su pecho.
(Nuevo Adán suburbano masticando en la luna
pan de arena y de nada).
Vi casuchas enfermas como el amor más alto
y ventanas inútiles como sangre en los muertos;
mujeres y hombres viejos graduados en la ciencia
de ironizar lo ajeno:
la flor del trigo verde,
el agua pensativa,
el agua hecha de oxígeno e hidrógeno
y la hecha del recuerdo…

Y, de repente, un grito galvanizó mi éxtasis:
un ebrio vomitaba un ¡Viva! al Presidente…
Pero las piedras, suburbanamente,
se rieron de pena.
Y el aire se reía más que ellas.

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