Rolando Cárdenas, a 30 años de la partida del poeta austral de los lares

Rolando Cárdenas (Punta Arenas, 1933 — Santiago de Chile, 1990) fue un poeta profundamente marcado por las particularidades del entorno climático de su ciudad natal, a tal punto que junto a Jorge Teillier -y en cierta medida Efraín Barquero, fallecido pocos meses atrás- fueron los representantes de lo que se conoce como «Poesía lárica» o «Poesía de los lares», es decir un proyecto poético situado en los recovecos de la memoria, en la melancolía del imaginario oriundo de la infancia en provincia como símbolo de una etapa en que cada elemento del hábitat natural, de una atmósfera a veces familiar y a veces hostil, de tradiciones agónicas o al menos en declive, podía adquirir connotaciones míticas que renovaban su significado en cada texto, a tal punto que era el vehículo para conectar con el asombro ante el paso del tiempo y las experiencias esenciales.

Rolando Cárdenas y Jorge Teillier probablemente en el bar La unión chica, en Santiago de Chile.

Rolando Cárdenas y Jorge Teillier, probablemente en el bar «La Unión chica», en Santiago de Chile. Fuente. 

Esta poesía, influida en sus inicios por Dylan Thomas o Georg Trakl, de a poco se ha ido ganando un espacio entre los lectores de la poesía chilena y latinoamericana, aunque casi siempre se la emparenta con Teillier, quien la acuñó y trató de explicar en algunos artículos periodísticos y entrevistas, pero con la que poco se identifica a la obra de Cárdenas. De ambos, amigos entrañables, a quienes erróneamente se los ubica en la Generación del 50, circulan numerosas historias, acumuladas por décadas de reuniones en el bar «La Unión chica» en el paseo peatonal Nueva York del centro santiaguino. Ahora, precisamente, queremos recordar a Rolando Cárdenas, de quien se cumplieron hace pocos días 30 años de su fallecimiento.

Pese a que se dedicó a escribir desde su juventud, pareciese que buscó una profesión que de alguna u otra forma ponga orden y contradiga su obsesión por la hostilidad climática y los vaivenes del paisaje austral: ingeniería civil en la capital. Después, con el diploma de Construcción y topografía de la Universidad Técnica del Estado (UTE) -actual Universidad Santiago de Chile (USACH)-, volvió una y otra vez a la escritura, oficio que complementó esporádicamente con su profesión, de la que tal vez volvió fortalecido: extrayendo la necesidad de fijarse en la exactitud de los pequeños detalles ahora puestos al servicio de la memoria.

Su ópera prima, el libro Tránsito breve (1961) recibió el Primer Premio de poesía en el Concurso Nacional Universitario de la Federación de estudiantes de Chile (FECH), mientras que con El invierno de la provincia (1963) obtuvo el Premio Alerce de poesía. Asimismo, Poemas migratorios (1974) recibió el Premio Pedro de Oña, otorgado por la Municipalidad de Ñuñoa. Otros de sus títulos fueron Personajes de mi ciudad (1964), Qué tras esos muros (1986) y Vastos imperios (1994), publicado de forma póstuma.

La poesía de Cárdenas, marcada por una especie de conjuro encantatorio, siempre fiel al posicionamiento inicial de su estética y su ética situada en la estampa rural, apenas circula dentro de Chile, puesto que su figura y obra ha ido cayendo en un paulatino olvido en un país donde la poesía es el género literario más destacado por el cúmulo de autores de calidad que tuvo durante el último siglo.

No obstante, en años recientes han existido varios esfuerzos por rescatar la obra de Cárdenas, como la publicación de la antología El viajero de las lluvias (2015), a cargo de Descontexto Editores. Mientras que un año más tarde, Bordelibre Ediciones publicó una reedición de Tránsito breve (2016), más de medio siglo después de su primera aparición.

A continuación, compartimos con vosotros ocho poemas de distintas etapas creativas en la trayectoria del puntarenense Rolando Cárdenas, el poeta austral de los lares.

Yo te recuerdo sur. Yo te recuerdo
con tu estampa bravía y tus estrellas,
con tu silencio completo como un círculo
creciendo como un riguroso y lento musgo.
Yo te recuerdo así,
exactamente hecho de aguas duras,
perfectamente elaborado por raíces secretas
que te cruzan como un cielo terrestre.
Algo tiene que ver contigo
el rudo maderamen de tus bosques,
la fragancia de fibra
que se queda en tu ancho corazón de soledades
de donde van naciendo navíos y ciudades.
Y el viento, sólo el viento
que no le importa nada y galopa
llevando ateridas historias de sangre y fantasmas.
La porfiada presencia de la lluvia
que danza agua sola hasta anegar el aire.
Más al sur del invierno está la nieve
que se repíte siempre inagotable y sola.
Yo tengo en mis retinas, yo reconstruyo
tus contornos de luz y de ventiscas,
y a los hombres que sólo saben del sol
les doy tu geografía hecha pedazos.
Yo les digo que vengo de tus aristas duras
con un puñado de nieve en las manos
y un viento rebelde en los cabellos.
Que en tu costra escarchada el arado se angustia.
Que el cielo es un inmenso campanario
donde están las gaviotas y el granizo.
Que hay arrecifes hechos por espumas
donde el mar esculpe sus bramidos
y que en la luna yacen lo piratas
que no pudieron penetrar tus aguas.
Que a veces se estremece tu pampa solitaria
cuando pasa un rebaño de ovejas y ladridos,
donde los astros sueñan junto al alba
escuchando tonadas de lluvias y recuerdos.
Que por tu amplia ventana se desborda el paisaje
hacia donde me acerco para mirar los pájaros.

Yo te recuerdo así,
como una humedecida arboladura,
como añadir a la piedra más profundo silencio
que se asoma intacto entre algas y helados meridianos.
Todo está preparado como para un olvido
desde el día que millones de gotas levantaron el agua.
No falta ni la fugaz presencia de soles y estaciones,
ni siquiera tu complicado puzzle de canales y rocas,
ni siquiera tu arquitectura abrupta y de horizontes solos,
ni el cielo que te sobra,
ni la bruma, enemiga de la luz.

Allí te permaneces, cayéndote del mapa,
pulsando la más agreste arcilla de mi infancia,
sosteniendo tu lejanía como si fuera un aire,
siempre en actitud de esperar golondrinas.

Yo te recuerdo así,
como un regalo innecesario de sol.

De En el invierno de la provincia (1963).

Un leño añoso son las manos de mi abuela
cuando permanece inclinada sobre el huso,
su herramienta más tierna.

Silenciosa como un árbol de la noche,
es una forma inmóvil en la casa,
en la actitud de leer largas cartas,
adelgazando una lana obscura.
Tal vez es su manera de descansar sobre trigales
o de volver a sus otoñecidos caseríos
tornándolo hilo familiar y necesario.

Es como un nido de pichones entre nosotros
arrodillada después ante la trama,
hurtando un poco de sol
y los colores secretos a la tierra
para añadir claridad de agua a sus nobles choapinos.

Parecía, más bien, distante de las lluvias
entrelazando hebras con lentitud de niebla.
Toda la casa florecía como un bosque
tejiendo con sus maderos simples.

Sabias eran sus manos confortables
que alejaban a todos los inviernos.
Acogedoras como sus frazadas blancas y anchas
que nos escondían del frío.

La conocí curvada sobre su urdimbre todos los días
como si encendiera el fuego
o dispusiera la mesa,
mientras sus manos entretejían sin fatiga
ventoleras de estrellas y vigilias.

De En el invierno de la provincia (1963). 

La he mirado desde los caprichosos montes
de la Península de Brunswick,
y se parece a una larga mancha azul
como si atardeciera el horizonte.
Si los antiguos navegantes de hace cuatro siglos
volvieran a atravesar su Estrecho,
aún verían parpadear fogatas en la noche
cuando los indios se ocupaban en quemar las matas
para fecundar la tierra de nuevo
o anduvieran de caza en sus canoas de troncos labrados a machete.

Mucha veces se han enrojecido las hojas del roble
y la luna ha cambiado de forma
mientras se endurecía el agua y el aire
de de que despertó el hondo sueño de sus raíces.
El viento del oeste la recorría entera
modelando la meridional estatura del Darwin,
sus riscos más pequeños y sus costas,
con un dolor obscuro.
De su corteza se desprendía una niebla blanca

como una barba o un perfume espeso
de tierra recién abierta a una lluvia sin tardanza.

El mar es la gran muralla que la circunda,
y no hay otro rumor más poderoso,
otro estruendo desenfrenado y único
como cuando se rompe en los acantilados.
Tiembla el mar abajo, majestuosamente,
y a las estrellas les palpita su agua.

El día se precipita con sus cuatro estaciones
y despierta con chillidos de pájaros marinos.
Rostro de piedra tiene
o simplemente blanco,
antiquísimo rostro de tierra roja,
anterior al sol y a la luna,
cuando us montañas aún eran famosos cazadores.
La soledad le sopla sin de canso,
el cielo crece y no le arranca su misterio,
tal como la vieron los navegantes hace cuatro siglos.

Hacia el sur se acercan sus fogatas,
hacia donde la noche o el día permanecen por largos meses.

De En el invierno de la provincia (1963). 

Viaja la tierra y la circunda el mar,
esta tierra tan dispersa en este mar tan misterioso.
Si ella cambia de lugar, su voracidad nos acompaña sin descanso,
si nos alejamos de él, sigue resonando en nosotros.

No hemos elegido esta tierra,
ella nos habita desde entonces con su luz nocturna,
con esa claridad que precede a las lluvias,
con la nieve que blanquea en las noches de los árboles deformes,
con su obscuridad más honda en sus vegetales dormidos
y con todo lo brusco del comienzo de sus catástrofes.
Para acostumbrarnos a ella invocamos al sol.

No hemos buscado esta agua inmemorial,
esta agua que nos inunda y nos devora implacable
aunque hemos vivido rodeado de su humedad salobre,
porque de su centro vertiginoso nace el océano verde
que todo lo contiene en su resaca
como de su vastedad el horizonte
como de su forma extendida su agitar armonioso.

No se logran reconocer
todos los seres separados hoy por las aguas,
no se pueden reconstruir todas las vidas.

en esas casas que también se alejan,
seres y casas que en la bruma de la distancia
sólo nos dejan rostros disolviéndose
como un espejo frente a otro, hasta el infinito
en estas tierras que se separan en silencio.

Viaja la tierra y la circunda el mar,
esta envoltura alada que se desplaza lentamente
con todos los ausentes que llevamos en nosotros,
con los nombres de las cosas en un recuerdo blanco.
con sus fantasmas del tiempo emergiendo de los hielos
y el invierno invariable como un caballo solo en la llanura,
sus vientos rehaciendo el miedo antiguo,
con su soledad compacta trasmitida a la sangre
de donde hemos devenido como del fondo de un gran estío
para ser testigos de algo que sólo intuimos,
de lo que nos toca con su soplo bajo un cielo intacto
en este desplazamiento rodeado por las aguas.

De Poemas migratorios (1974). 

Y una luz que parecía estar a toda hora,
cuando los días comenzaban a crecer
curvándose hacia lentos países nevados.

Se trasmitía sin límites
en un quehacer casi silencioso
de los cielos rojos y llenos de colinas
donde hasta tarde navegaban los pájaros.
También parecía venir por el mar
con un rumor misterioso y un color ceniza.

Antigua claridad de los hielos que se quedó allí
desde la primera noche polar,
verificando un remoto rito que detenía las sombras,
pero que al mismo tiempo transcurría.

Se estaba con nosotros largas horas
como si nos quitara el sueño o el cansancio
envejeciendo con los pastos y el viento.

Como un recuerdo que lo inunda todo
emergen esos días meridionales
desde el tiempo del hombre que perdió su sombra
porque esas noches lejanamente iluminadas
venidas por el hielo, el mar y el cielo rojo,
no parecían extrañas en la tierra dispersa,
rodeando esa casa
perdida en un gran soplo blanco.

De Poemas migratorios (1974). 

A veces en la casa lo único que se oía
era el crepitar de la leña en la estufa
y el acompasado ruido de la devanadera
en la que se absorbía la abuela.

Todos reunidos y todos silenciosos
como llamados a presidir solemnemente el invierno,
con una actitud igual que en el sueño de las noches
pero con dos vidas detrás de esos años:
una, con miles de árboles blanqueados
y otra, que deja crecer el silencio de ahora
con la ventisca alrededor de esta casa.

El crepitar de la leña les devora las palabras
y las vueltas de la devanadera los aleja y los adormece.

Por dentro la casa es un silencio de madera,
pero después de tanto tiempo
alguien se mueve de su asiento y se acerca al fuego,
porque alguna gota de lluvia rezagada
que burbujeó en la tina
es motivo para comentar brevemente sobre el cielo despejado.

De Poemas migratorios (1974). 

Era en la tierra distante y en el comienzo de las fogatas
llanuras azotadas por despiadados vendavales,
cruzada a veces por bandadas de caranchos o bandurrias,
con un sol leve arriba como de otro tiempo.

Es posible que no siempre haya sido así,
como aquellas numerosas lagunas
que se formaban en invierno y desaparecían en verano
entre cadenas de montañas que se mueren de pronto en el Canal Beagle.

y bosques espesos de calafates, maitenes y canelos.

En esta espesura antártica
en ese pesado aire vegetal
cargado con el aroma deforme de gigantescos árboles podridos
desde el comienzo del Estrecho hasta Navarino
aparecieron en medio de la lluvia
como salidos de remotos continentes de hielo,
igual que arrancados del tiempo de la luz blanca de la noche,
en el origen de la gran familia.

Nómades de su propia lejanía,
cruzaban los silencios con la vieja sabiduría de sus dioses,
sabedores de la magia de la Festuca
que crece al sur de Río Grande
y que antes de botar sus hojas verdes
se transforman en un admirable púrpura de otoño,
dueños eternos de su primordial soledad
en sus frágiles toldos, cónicos como campanarios.

Sólo les bastaba el roble para sus arcos
y el mar para su alimento
antes de la simple faena de sus muertes
a tantas libras esterlinas la cabeza,
y aún podían celebrar la llegada del buen tiempo
adornándose la cara con colores de tierra roja
o de huesos calcinados de huanacos.

Venidos desde el agua,
más bien desde los hielos
cuando los polos empezaron a desplazarse,
hoy se alejan acurrucados dentro de un tronco por los archipiélagos.

hacia la misma soledad de sus sueños
parecido al más profundo sueño
de esa tierra milenaria y extraña,
confundiéndose con la bruma del mar,
del cielo y de las piedras,
a integrarse para siempre en los astros, los cerros, y los fiordos,
a petrificarse en el agua.

De Poemas migratorios (1974). 

Cuántos sepulcros recordamos soñando.
Nos habitan ausentes
desde ayer, hoy y mañana.
Cuánto asombro
como si fuera un fruto
al que no nos hemos acostumbrado.

Pero la nieve nos revelará
a los insepultos, a los desenterrrados,
a los que están aún -como nosotros-
con su deambular de relámpago o de ira,
sin medir los límites de su extraña habitación,
sin completar la ronda
de la noche y los días de la rosa de los vientos,
sin completar el pequeño pero perfecto círculo
del que se siente dueño del curso de su sangre
acostumbrado a tener su propio vuelo.

Gira la tierra
y es ley inexorable que nos alejemos uno de otros
asombrados de reconocer que el día es día
y la noche es parte de un mundo que nos perturba
nos regresa, nos traslada
y nos ayuda a morir con su fuerza invisible
tímidamente lúcida.

Pero nos señala al mismo tiempo,
algo que nos inquieta como un llamado muy hondo
y transformando para todos en canto blanco
nieve eterna y extraña
a la que siempre pediremos que nos revele sus secretos
para descubrir bajo ella
los rostros que amamos.

De Qué, tras esos muros (1986). 

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