A 50 años de Tlatelolco: lo que se escribió tras la noche que no se olvida

Escribe | Roberto Bayot Cevallos


Parece absurdo que una gresca entre estudiantes de dos colegios terminara con el paso de los meses en unos hechos que fracturaron la vida de tantas personas y la historia de México, de los que hace pocos días se recordaron 50 años. Un conflicto que, con el vértigo con el que se desarrollaron sus acontecimientos, sumó en el camino agrupaciones universitarias, diversos grupos de izquierda y actores sociales a la par que las autoridades desoyeron los reclamos e incrementaron la violencia que, en su máxima expresión de atropello, provocó el episodio conocido como la Masacre de Tlatelolco el 2 de octubre 1968 en la Plaza de las Tres culturas.

Marcha de movimiento estudiantil

Una de las marchas del movimiento estudiantil en México de 1968, previo al 2 de octubre. Fuente.

Semanas antes, las primeras agresiones desembocaron en heridos, luego en ataques a vehículos policiales y después, con los primeros fallecidos, a una espiral de enfrentamientos que iban acrecentando la sensación de impunidad y apropiándose de la capital mexicana, tal como los manifestantes lo hacían con el espacio público para dar a conocer sus peticiones especificas a través de multitudinarias marchas, huelgas, asambleas, debates y conciertos. Esto evidenció que el movimiento estudiantil no sólo había surgido ante esta coyuntura —compuesto por las dos instituciones educativas más grandes del país como Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Politécnico Nacional, entre otras—, sino que, acarreaba consigo, intrínsecamente, un conjunto de demandas reformistas a la Constitución de 1917 solicitadas transversalmente por la sociedad civil mexicana. Era el momento en que la realidad desfloraba el estancamiento de la retórica revolucionaria medio siglo después de haber sido promulgada.

Por consiguiente, un hecho de esta magnitud sacudió por décadas la literatura mexicana, por lo que este texto recordará brevemente lo que se escribió a partir de sus consecuencias, en un gesto por acercarse a la memoria histórica, tal como ocurrió en su momento cuando fueron escritos, tanto en México como en el extranjero. Pero antes creemos oportuno recordar un poco el contexto en que se produjeron a nivel global, ya que como es conocido, aquel año de 1968 estuvo marcado por las manifestaciones juveniles en favor de derechos civiles en otras grandes ciudades del mundo, donde se sintonizaba en común la oposición a la subsidiaria Guerra de Vietnam como espejo de las problemáticas arraigadas en cada una de estas sociedades.

Todos los movimientos estudiantiles, en pleno apogeo de la Guerra Fría, se caracterizaron por un rechazo a la división de los modelos políticos de vida derivados de la Segunda Guerra Mundial. De esta tensión surgió un fenómeno que hoy es observado como una revuelta global, pese a que cada levantamiento tuvo sus propias particularidades, motivaciones y reivindicaciones colectivas, en ciudades tales como San Francisco, Varsovia, Detroit, Berlín, Tokio, París, Londres, Sao Paulo, Washington o Praga.

Un denominador común que, visto en la actualidad, permite entender este intercambio de ideario e ideología en latitudes tan distantes es la rápida popularización que tuvo la televisión a mediados de los sesenta, por medio de la cual se informaba sobre el conflicto vietnamita y los enfrentamientos entre policías y estudiantes, aislados entre sí de un país a otro, en los que el Mayo parisino, las protestas hippies en Berkeley o la Primavera de Praga tuvieron un rol central. A pesar de ello, ninguno alcanzó la envergadura que sí tuvo lo ocurrido en Ciudad de México, apenas 10 días antes de albergar los Juegos Olímpicos.

Aquella tarde del 2 de octubre de 1968 se transmitía una sensación de optimismo, puesto que un par de días antes se había dado por concluida la ocupación del ejército a la sede de la UNAM. Alrededor de las 18:10, segundos antes de que terminase la jornada por la que habían sido convocados, miles de personas empezaron a abandonar el lugar. Se observó cruzar sobre la multitud una bengala verde desde un helicóptero, al mismo tiempo que algunos muchachos del gentío desenfundaban sus revólveres y empezaban a gatillarlos con un guante blanco que, sólo con el transcurso de las horas o días, adquiriría su real significado de emboscada entre los sobrevivientes. A ellos se sumarían las descargas de metralla que nadie sabía de dónde provenían, la carrera de la gente por no ser alcanzada, la estampidas, la desorientación, el desplome abrupto y definitivo de la mirada, el paso de los tanques y la llegada de más unidades armadas que ya no eran anónimas sino que estaban más que identificadas por su uniforme. A las 18:10 se dio inicio al infierno de muchos, al menos para los que pudieron saber que desde ese día se había ordenado situarlos en él.

«¿Cuántos murieron?», planteó dos años después Octavio Paz en su ensayo «Olimpiada y Tlatelolco», una especie de adendum de una reedición de El Laberinto de la soledad (1950), en el que trató de darle sentido y contexto al movimiento estudiantil mexicano dentro de las revueltas mundiales, ya a esa altura mitigadas. «En México ningún periódico se ha atrevido a publicar las cifras. Daré aquí la que el periódico inglés The Guardian, tras una investigación cuidadosa, considera la más probable: 325 muertos. Los heridos deben haber sido miles, los mismos que las personas aprehendidas. El 2 de octubre de 1968 terminó el movimiento estudiantil. También terminó una época de la historia de México», continuó en el penúltimo párrafo del texto, el más decidor de todo el ensayo, ya que hasta ahora esa es la cifra que se ha adoptado como la más cercana al número de personas asesinadas, aunque otras estimaciones son más pesimistas.

Cabe destacar que, el 4 de octubre de 1968 Paz solicitó su «disponibilidad» respecto al cargo que ejercía como embajador de México en la India en rechazo a los hechos de Tlatelolco. No obstante, en el último tiempo nuevas versiones relativizan la solicitud que hizo al gobierno en aquella época el escritor, quien dos décadas después recibiría el Premio Nobel de literatura.

Un día después de la Masacre de Tlatelolco el balance de muertos y heridos era impreciso en los medios de comunicación, que en algunos casos se refería a los estudiantes como «francotiradores» y «terroristas», mientras que otros situaban su inicio en la provocación armada de los jóvenes a los que el Ejército debió enfrentar para defenderse. En tanto, la cifra oficial del Gobierno situó en 44 personas fallecidas, la que no se movió nunca más. Los hechos empezaron a conocerse en todo el mundo a través de los pocos corresponsales extranjeros que se habían anticipado al inicio del evento deportivo, como fue el caso de la periodista y escritora italiana Oriana Fallaci, quien en verdad se hallaba cubriendo la revuelta y fue gravemente herida, al punto de haber sido dada por muerta en una morgue. Apenas pudo recuperarse denunció lo sucedido y salió del país para difundir su testimonio en Europa.

Tlatelolco Elena Poniatowska

Primera edición de La noche de Tlatelolco (1971) de Elena Poniatowska.

En 1971 apareció La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral, de Elena Poniatowska, el registro que más resonancias ha alcanzado sobre lo sucedido en la Plaza de las Tres culturas y sus consecuencias. En su interior, compuesto por una estructura coral, se recogen testimonios de todo tipo de involucrados en el movimiento con su propia voz, tanto los que relatan su evolución a través de los días como los que sufrieron la brutal represión y sobrevivieron para contarla, en muchos casos desde el confinamiento de la cárcel, así como de personas que no estaban involucradas directamente. Dado que muchos de los testimonios evidenciaban la saña con que se produjeron los hechos, algunos nombres de testigos fueron reemplazados con nombres ficticios para proteger sus identidades.

Dentro de la polifonía de voces que empleó la periodista se incluye el poema «Memorial de Tlatelolco» de Rosario Castellanos, en el que escribe estos versos: «La plaza amaneció barrida; los periódicos/ dieron como noticia principal/ el estado del tiempo./ Y en la televisión, en la radio, en el cine/ no hubo ningún cambio de programa,/ ningún anuncio intercalado ni un/ minuto de silencio en el banquete/ (Pues prosiguió el banquete)».

Los días y los años de Luis González de Alba

Edición de Los días y los años (1971) de Luis González de Alba, novela que reconstruye los acontecimientos de Tlatelolco.

A diferencia del libro de Poniatowska, Luis González de Alba enfocó su novela Los días y los años (1971) desde los acontecimientos al interior del movimiento, es decir, desde la experiencia autobiográfica dentro de la dirigencia estudiantil de izquierda, al ser el mismo autor uno de los cientos de integrantes que fueron encarcelados en la penitenciaría de Lecumberri o también conocida como «Palacio negro» a partir de mediados de 1968. Esta novela constituye un importante documento para conocer los detalles que fueron marcando el crecimiento del movimiento, a través de los diálogos de los detenidos desde su confinamiento. Por medio de ellos se conocen las primeras escaramuzas con las fuerzas policiales, cómo estas fueron paulatinamente subiendo de tono por la dureza con que eran aplacadas y la irrupción final del ejército en el conflicto para tomar el control de las instalaciones educativas en toma, hasta los hechos del 2 de octubre, momento que ya se trataba de un movimiento a escala nacional.

Mientras que José Revueltas, un intelectual y escritor que desde los inicios del movimiento mostró su compromiso, tuvo un rol clave impulsándolo en sus marchas junto a los estudiantes. Revueltas fue una especie de ideólogo y líder para muchos de los que participaron en las marchas, ya que defendía reformas que dieran pie a la autogestión de las universidades, desde donde podía existir una visión crítica al poder político representado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y a la sociedad mexicana. Una vez sucedida la matanza de Tlatelolco, Revueltas fue encarcelado en Lecumberri durante cerca de dos años. Dejó testimonio de su pensamiento político, de su posicionamiento ideológico respecto a las bases del movimiento y al confinamiento de la cárcel con México 68: juventud y revolución (1977), justamente escrito desde ese lugar pero que se publicó poco después de su muerte.

Por su parte, Carlos Monsiváis registró e interpretó el simbolismo de una de las jornadas más significativas para el movimiento como fue la Marcha del Silencio en Días de guardar (1970), uno de sus libros más recordados. Monsiváis dedicó la crónica-ensayo «La manifestación del silencio» a la jornada convocada por el Movimiento estudiantil y el Consejo Nacional de Huelga el 13 de septiembre de 1968, que culminó simbólicamente en el Zócalo, epicentro de las mayores muestras de violencia hasta ese momento.

El autor capturó así el inicio de la manifestación: «Al partir, los estudiantes se reivindican: la salida es precisa, seca, arrogante: la salida adquiere las proporciones de la épica. La palabra es terrible, pero demostrable. Los estudiantes que arengan a los soldados, los estudiantes que entonan el Himno Nacional como una manera de evocar las dimensiones perdidas de México, los estudiantes que van haciendo mítines relámpago, que van alertando a la ciudad, son un admirable proyecto épico, el vínculo de un pueblo con la espectacularidad de la Historia. La salida es un canto largo, una invocación dolorosa y rítmica que los tanques vigilan: ¡MÉ-XI-CO LI-BER-TAD! ¡MÉ-XI-CO LI-BER-TAD! No es una porra; es una imprecación. La pequeñez de la Avenida Madero acentúa los sonidos. Entre los edificios se va gestando un eco, que difunde y apresa la frase que es, a un tiempo petición y utopía, afrenta y promesa: ¡MÉ-XI-CO LI-BER-TAD! ¡MÉ-XI-CO LI-BER-TAD!».

Ya en aquella época existía un rechazo al sistema unipartidista que se había instaurado en el país a partir de su constitución de 1917, por lo que existía la conciencia de que se trataba de un sistema político en crisis que debía cuestionarse para conseguir reformas acordes a los nuevos tiempos. Monsiváis concluía en parte su texto con esta radiografía de lo que influyó para que se gestase un conflicto de esta magnitud: «En los vastos, infinitos días de 1968 se intentaba la tarea primordial: esencializar el país, despojarlo de sus capas superfluas de pretensión y autohalago y mímica revolucionaria. 1968 nos estaba entregando el primer contacto real (por lo mismo, sórdido y deslumbrante) con el universo político y social que había conocido su última figura dramática con el General Cárdenas, cubriéndose desde entonces con una bruma, con la vanidad del deber cumplido, con la opacidad de una disculpa ante las fallas mínimas de la Unidad Nacional. 1968 no inventaba o engendraba a México: sólo lo descubría, lo hacía visible y comprensible. Y ante las reiteración y la longevidad de los líderes sindicales, ante los jamás intelectuales metidos a siempre ministros, ante los representantes populares que ensalzaban la excelencia democrática de la represión, era legítimo reivindicar —aunque la actitud sobrellevase una carga decimonónica de romanticismo— la necesidad de actitudes heroicas, la urgencia de una política existencial donde las ideas fuesen asumidas espectacularmente por quienes ya no se identificaban en lo personal o en lo ideológico con la Revolución Mexicana, entre otras cosas para no incurrir en la tentación de dirigir hacia ellos mismos la espléndida gratitud del país».

Monumento de Tlatelolco

Monumento conmemorativo a los fallecidos durante la Masacre del 2 de agosto de 1968 en la Plaza de las Tres culturas.

En el mismo volumen, en el texto «Y era nuestra herencia una red de agujeros» Monsiváis traza un paralelismo entre el día de la masacre, los momentos en que se produjo y la imposibilidad de continuar festejando como una expresión de folklore y de identidad mexicana el Día de los Muertos, exactamente un mes después de los hechos, momento en que amigos y familiares recordaban a los caídos en la Plaza de las Tres Culturas. Aquí un extracto de cómo reconstruye la matanza: «Y los hombres con el guante blanco y la expresión donde la inconsciencia clama venganza dispararon y el ejército disparó y la gente caía pesadamente, moría y volvía a caer, se escondía en sus aullidos y se resquebrajaba, seguía precipitándose hacia el suelo como una sola larga embestida interminable, sin tocarlo nunca, sin confundirse con esas piedras. Los niños corrían y eran derribados, las madres se adherían al cuerpo vivo de sus hijos para seguir existiendo (…) Y el olor de la sangre era insoportable porque también era audible y táctil y visual. La sangre era oxígeno y respiración, el ámbito de los estremecimientos finales y las precipitaciones y los pasos perdidos. Se renovaba la vieja sangre insomne. Y la sangre, con esa prontitud verbal de ultraje y el descenso, sellaba el fin de la inocencia: se había creído en la democracia y en el derecho y en la conciencia militante y en las garantías constitucionales y en la reivindicación moral».

Cabe señalar que, Monsiváis, además, dedicó todo un libro al tema: El 68. La tradición de la resistencia (2008), a través del cual abordó los acontecimientos con la perspectiva de las cuatro décadas transcurridas. El texto es una crónica detallada de todos los procesos por los que pasó el movimiento, desde sus insignificantes inicios hasta la tragedia que marcó la historia de México, contextualizada no sólo en el marco local sino que esta ocasión se analiza también desde la visión regional y mundial en la que ocurrió.

En su momento, también el poeta José Emilio Pacheco dedicó el estremecedor poema «Las voces de Tlatelolco», compuesto por las escenas de horror que se observaron aquel 2 de octubre. Aquí un fragmento representativo del texto:

Le disparan a todo lo que se mueve
Y muchas balas dan en el blanco
Quedarse quieto
Si nos movemos nos disparan
¿Estás muerto?
¿Porqué no me contestas?
Voy a morir, voy a morir
Me duele
Me está saliendo mucha sangre
Aquél también se está desangrando
¿Quién, quién ordenó todo esto?
Aquí, aquí, batallón Olimpia
Aquí, batallón Olimpia
Hay muchos muertos
Hay muchos muertos
Asesinos, cobardes, asesinos
Son cuerpos, señor, son cuerpos
Los iban amontonando bajo la lluvia
Los muertos bocarriba bajo la lluvia
Les dispararon por la espalda
Las mujeres cosidas por las balas
Los niños con la cabeza destrozada
Los transeúntes acribillados
Muchachas y muchachos por todas partes
Por todas partes
los zapatos llenos de sangre
Vi en la pared la sangre
Los zapatos sin nadie llenos de sangre
Y todo Tlatelolco respira sangre

A mediados de la década del ochenta, Juan Villoro publicó su tercer libro de relatos titulado Tiempo transcurrido. Crónicas imaginarias (1986), con el que retrató a la generación surgida a raíz de Tlatelolco, donde el rock se convierte en una fuga de la realidad para quienes crecieron marcados por la brutal masacre. En los textos, titulados entre 1968 y 1985 (año del terremoto que afectó gravemente la capital mexicana), el movimiento estudiantil es constantemente mencionado por los narradores, de forma que lo sucedido queda grabado en la memoria del lector, tal como ocurrió para aquella generación de jóvenes, que con el transcurso del tiempo maduran sus recuerdos, ligados de alguna u otra manera a aquel día.

Autores del extranjero también tuvieron la necesidad de registrar Tlatelolco. El uruguayo Eduardo Galeano sintetizó en pocas líneas el núcleo de los acontecimientos en su voluminoso libro sobre la historia latinoamericana Memoria del fuego, concretamente en su tercera entrega El siglo del viento (1986). Aquí el extracto más importante en que deja constancia de lo ocurrido:

En Tlatelolco, plaza que ya fue moridero de indios y conquistadores, ocurre la encerrona. El ejército bloquea todas las salidas con tanques y ametralladoras. En el corral, prontos para el sacrificio, se apretujan los estudiantes. Cierra la trampa un
muro continuo de fusiles con bayoneta calada.
Las luces de bengala, una verde, otra roja, dan la señal.
Horas después, busca su cría una mujer. Los zapatos dejan huellas de sangre en el suelo.

Quizá la novela que mejor retrató a la generación posterior a estos hechos fue Los detectives salvajes (1998) de Roberto Bolaño, la que por su complejidad técnica ha recibido infinidad de lecturas, tanto de la crítica como del mundo académico a nivel mundial. En ella, el escritor chileno recurre a su pasado juvenil en Ciudad de México, justamente a partir de 1968, para dar cuenta de la búsqueda que emprende una pandilla de veinteañeros, encabezados por Ulises Lima y Arturo Belano (seudónimos de Mario Santiago y el mismo autor), que acompañados por el aprendiz Juan García Madero, fundan el Realismo visceral inspirados en la vida de una poeta mexicana de la que apenas tienen unos datos y casi nadie recuerda. En la vida real este movimiento fue bautizado como Infrarrealismo, el cual aglutinó una generación gestada a raíz de lo sucedido en Tlatelolco, pocos años después.

Amuleto de Roberto Bolaño

Distintas ediciones en castellano de la novela Amuleto (1999) de Roberto Bolaño.

A partir de uno de los testimonios que recoge la segunda parte coral de la novela, Bolaño bifurcó la trama de Amuleto (1999), en la que  hace un acercamiento a la ocupación del Ejército mexicano en la Ciudad Universitaria de la UNAM, prolongada 12 días, entre el 18 y el 30 de septiembre de 1968, mediante una de las miles de historias que circularon por aquellos días en México y que todavía es muy recordada, más allá de la novela. Algunas de las anécdotas del personaje, de origen uruguayo, están inspiradas en el episodio que vivió Alcira Soust Scaffo, en aquel tiempo de 44 años, quien se escondió en el baño femenino de la Facultad de Filosofía y Letras durante la presencia militar, tal como recoge Bolaño en la ficción, a través del monólogo de Auxilio Lacouture que zigzaguea antes, durante y después de dicho suceso.

Auxilio se autodefine en varias ocasiones como «la madre de la poesía joven de México», probablemente a modo de alegoría por su resistencia de la que se convirtió en un símbolo para los jóvenes, quienes según la voz de la narradora integraban «una generación salida directamente de la herida abierta de Tlatelolco». Es más, en otra ocasión la invoca así: «Ay, me da risa recordarlo. ¡Me dan ganas de llorar! ¿Estoy llorando? Yo lo vi todo y al mismo tiempo yo no vi nada. ¿Se entiende lo que quiero decir? Yo soy la madre de todos los poetas y no permití (o el destino no permitió) que la pesadilla me desmontara. Las lágrimas ahora corren por mis mejillas estragadas. Yo estaba en la Facultad aquel 18 de septiembre cuando el ejército violó la autonomía y entró en el campus a detener o a matar a todo el mundo. No. En la Universidad no hubo muchos muertos. Fue en Tlatelolco. ¡Ese nombre que quede en nuestra memoria para siempre!».

El presidente de México en 1968 Gustavo Díaz Ordaz, quien ha sido señalado por el grado de decisión que tuvo en las acciones realizadas en Tlatelolco, sin visualizar las secuelas que acarrearía, jamás reconoció las repercusiones de la tragedia ni asumió responsabilidades dentro de su mandato ni tampoco cuando fue designado embajador de México en España en 1977, cargo al que renunció poco después debido a la presión de la prensa en el extranjero. Hasta ahora, medio siglo después, no ha existido ninguna comisión que investigue lo sucedido, determine responsabilidades o establezca resarcimientos.

Pese a todo lo escrito a lo largo de estos años, además de Tlatelolco, México ha visto cómo, también en circunstancias confusas y sin resolver, se han producido otras matanzas estudiantiles. He ahí El Halconazo en 1971 o más recientemente Ayotzinapa en 2014, sin que todavía exista un mínimo atisbo de explicación y justicia, que permita aclarar un poco el absurdo al que fueron condenados los familiares de los desaparecidos.

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