«Escrito a ciegas», un poema epistolar de Martín Adán

Escrito a ciegas de Martín Adán

Martín Adán, en una foto en la que posee cierto parentesco físico con Fernando Pessoa. Fuente. 

 

Martín Adán (Lima, 1908 ― Ídem, 1985) nació con el nombre de Ramón Rafael de la Fuente Benavides, aunque a puertas de su debut literario apenas siendo un adolescente, por consejo del ensayista José Carlos Mariátegui, redactor de un colofón en aquella primera obra, adoptó el seudónimo con el que sería conocido el resto de su vida y marcaría las vanguardias del siglo pasado en la poesía latinoamericana. 

A la temprana edad de 19 años sorprendió a los círculos literarios limeños con la publicación de La casa de cartón (1927), un libro sobre sus recuerdos de niñez y adolescencia en el balneario de Barranco escrito a los 16 años, considerado hoy una novela de culto, la que a la postre lo encumbraría como un «niño genio», a quien la fama de ese primer libro hizo alejarse de la capital pocos años después, compartiendo temporadas entre la casa familiar de la localidad de Pacasmayo (al norte de Perú) y un hospital psiquiátrico, aunque sin un argumento médico que lo sustente más allá del alcoholismo. Así de radical fue el desencuentro entre ése su primer libro, su producción literaria y el resto de su vida.

La fama del poeta peruano marcada por su formación católica y aristocrática, que a temprana edad desembocó en alguien talentoso, alcohólico, supuestamente homosexual y dominado por la locura se ha fundido en anécdotas paralelas a la del hombre, como si se tratase de dos personas distintas, tal como intenta desentrañar el periodista Daniel Titinger en su perfil Martín Adán, la vida de cartón en la antología Los malditos (2011),en Ediciones UDP. Aquel texto refiere que el poeta apenas concedió dos entrevistas en su vida, poco antes de morir: «A los dieciséis años escribí La casa de cartón y mi vida dio un vuelco completo. Todos parecieron olvidar que era un adolescente como cualquier otro, y comenzaron a tratarme como un fuera de serie», afirmó en la última de ellas.

Tras La casa de cartón publicaría los libros de poesía Itinerario de primavera (1932), La campana Catalina (1936), La rosa de la espinela (1939), Sonetos a la rosa (1942), Travesía de extramares. Sonetos a Chopin (1950), Escrito a ciegas (1961), La mano desasida, canto a Machu Picchu (1964), La piedra absoluta (1966), Mi Darío (1967), Diario de poeta (1966-1973) y el ensayo De lo barroco en el Perú (1968).

Sin embargo, ya en los cincuenta había abandonado casi por completo la literatura, había pasado del vanguardismo al barroco y de ahí al silencio. Una década después, en un avanzado estado de abandono, conoció al poeta Allen Ginsberg en la capital peruana, encuentro que el norteamericano selló en un poema y luego continuaría con un vínculo epistolar que, según revela el perfil de Titinger, habría llevado a Martín Adán a retomar la escritura por unos años más antes de volverla a abandonar definitivamente a comienzos de los setenta.

Su legado fue recolectado celosamente en los últimos años de vida del poeta por el librero Juan Mejía Baca, quien antes de morir donó el material a la Universidad Católica del Perú, la mayoría del cual permanece inédito.

El texto «Escrito a ciegas», fue un poema que redactó Martín Adán en respuesta a Celia Paschero, colaboradora de Jorge Luis Borges, mientras preparaba su tesis doctoral sobre poesía peruana, quien contactó al poeta por carta para pedirle que se describa en detalle y lo instó a que lo haga con la mayor imaginación, con la intención de publicar un artículo en el diario La Nación de Buenos Aires.  En su lugar, recibió una respuesta con toda la franqueza y lucidez que lo caracterizaban, la que por un tiempo lo había abandonado, en el que se podría decir que evoca la frase de Rimbaud que marcaría la literatura «Yo es otro» con un verso que empieza con un signo de admiración y finaliza con otro de interrogación: «!Quién soy?». Antes, en el mismo texto se definiría crudamente como «un animal acosado por su ser/ que es una verdad y una mentira».

«Escrito a ciegas» de Martín Adán forma parte de Antología (1989) de editorial Visor, el cual compartimos a continuación.

ESCRITO A CIEGAS

¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.
¿Por qué preguntas quién soy,
adónde voy?… Porque sabes harto
Lo del Poeta, el duro
y sensible volumen de ser mi humano,
que es un cuerpo y vocación,
sin embargo.

Si nací, lo recuerda el Año
Aquel de quien no me acuerdo,
Porque vivo, porque me mato.

Mi Ángel no el de la Guarda.
Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,
que me lleva mi término,
tropezando, siempre tropezando,
en esta sombra deslumbrante
que es la Vida, y su engaño y su encanto.

Cuando lo sepas todo…
Cuando sepas no preguntar…
Sino roerte la uña de mortal,
entonces te diré mi vida,
Que no es más que una palabra más…
La toda tuya vida es como cada ola:
Sabe matar,
sabe morir,
y no saber retener su caudal,
y no saber discurrir y volver a su principio,
y no saber contenerse en su afán…

Si quieres saber de mi vida,
vete a mirar al Mar.
¿Por qué me la pides, Literata?
¿Ignoras acaso que en el Mundo,
todo de nadas acumuladas,
de desengrandar infinitudes,
no sino un trasgo
eterno, sombra apenas de apetito de algo?

La cosa real, si la pretendes,
no es aprehenderla sino imaginarla.
Lo real no se le coge: se le sigue,
y para eso son el sueño y la palabra.
¡Cuídate de su atajo!
¡Cuídate de su distancia!
¡Cuídate de su despeñadero!
¡Cuídate de su cabaña!

¿Quién soy? Soy mi qué,
Inefable e innumerable
figura y alma de la ira.
No, eso fue al fin… y era al principio,
antes de donde el principio principia.
Soy un cuerpo de espíritu de furia
asentada y de aceda ironía.

No, no soy el que busca
el poema, ni siquiera la vida…
Soy un animal acosado por su ser
que es una verdad y una mentira.

¡Es tan simple mi ser, y tal ahogo,
con punzada en nervio y carne!…
Yo buscaba otro ser,
y ése ha sido mi buscarme.
Yo no quería ni quiero ya ser yo,
sino otro que se salvara o que se salve,
no el del instinto, que se pierde,
ni el del entendimiento, que se retrae.

Mi día es otro día,
algún no sé dónde estarme,
a dónde no sé ir en mi selva
entre mis reptiles y mis árboles,
libros y cementos
y estrellas de neón.
Mujeres que se me juntan como la pared y como nadie…
…….o como madre,
y el recién nacido que sobre mí llora,
y por la calle
todas las ruedas
reales y originales.
Así es mí día cabal,
hasta la última tarde.

El Otro, el Prójimo, es un fantasma.
¿Existe el aire
donde te asfixias y recreas
respirando, tu cuerpo inane?
¡No, nada es sino la sorpresa
eterna de tu mismo reencontrarte
siempre tú los mismos entre los mismos muros
de las distancias y de las calles!
¡Y de los cielos estos techos
que nunca me ultiman porque nunca caen!

Y no alcancé al furor de lo divino,
ni a la simpatía de lo humano.
Lo soy y no lo siento ni así me siento.
Soy en el Día el Solitario
y el absoluto en la Zoología si pienso,
o como carnívoro feroz si agarro.
¿Soy la Creadura o el Creador?
¿Soy la Materia o el Milagro?
¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!…
¡Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?
¡Pero no, el Otro no es!
¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!

¡Y con todos mis sueños resonados,
y con toda la moneda recogida,
y con todo mi cuerpo, resurrecto
tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!…

¡Cuando no seas nada más que ser,
Si llegas a la edad de la agonía!…
¡Cuando sepas, verdaderamente,
que es ayuntamiento de muerte y vida!…
¡Entonces te diré quién soy,
seguro sí, que ya sin voz, Amiga!

Que se curan con hierbas eficaces
los puros animales que hablan
allá, entre piedras inmateriales
el mundo real y la ciencia humana,
donde, con una pelota
los muchachos aparentes hediondos gozaban.
Sí, la vida es un delirio así, sin embargo,
en esa vida no estuvo mi nada,
ninguna, pero real, pero celeste o volcánica.
¡Qué parte llega el tiempo
a su punto de olvido o de sensibilidad!
Viene arrastrando, como el aluvión,
de cúmulo, de suelo, de humanidad.

¡Cuán a destiempo llega uno a sí mismo!
¡Cuán inesperado y desesperado cualquier ya,
todo yo que cae con el Tiempo
desde nunca siempre y para siempre jamas!
¡Qué madrugada eterna no dormida
lo del resolverme en el hacer y en el pensar!

La soledad es una roca dura
contra la que arroja el Aire.
Está en cada pared de la Ciudad,
cómplice, disimulándose.
Me arrojo o me arrojo, sin cesar
yo soy mi impedimento y mi crearme.

La Poesía es, amiga,
inagotable, incorregible, ínsita.
Es el río infinito
todo de sangre,
todo de meandro, todo de ruina y arrastre de vívido…
¿Qué es la Palabra
sino vario y vano grito?
¿Qué es la imagen de la Poética?
Sino un veloz leño bajo un gato írrito?
Todo es aluvión. Si no lo fuera,
nada sería lo real, lo mismo.

El amor no sabía
sino tragarse su substancia
y así la Creación se renovaba.
Todo me era de ayer, pero yo vivo;
y a veces creo, y la Vez me amamanta.

No soy ninguno que sabe.
Soy el uno que ya no cree
ni en el hombre,
ni en la mujer,
ni en la casa de un solo piso,
ni en el panqueque con miel.
No soy más que una palabra
volada de la sien,
y que procura compadecerse
y anidar en algún alto tal vez
de la primavera lóbrega
del ser
no me preguntes más,
que ya no sé…

Supe que no era lo que no era, no sé cómo, y todo era
hasta la cosa de mi nada.
Y fui uno no sé cuándo,
Persiguiendo, por entre numen y maraña
Dentro de ella, yo, nacido y flaco, ya con todas las armas,
yo por todo paso que me hacía,
a ello persiguiendo… a la palabra
a cualquiera,
a la de la madriguera o a la que salta.

Si mi vida no es esto
¿Qué será la vida?… ¿Adivinanza?…
Que me dé tiempo el Tiempo, a más del suyo,
y yo me reharé mi eternidad;
lo que me falta,
porque la eché… me estuvo un momento demás.

¿Sabes de los puertos encallados,
del furor y del desembarcar,
y del cetáceo con mojadísimo uniforme,
que no nada y cae ya?
¿Sabes de la ciudad tanta,
que me parece ciudad,
sino cadáver disgregado,
innumerable e infinitesimal?

Tú no sabes nada;
Tú no sabes sino preguntar,
Tú no sabes sino sabiduría
Pero sabiduría no es estar
sin noción de nada, sino proseguir o seguir
a pie hacia el ya.

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