Death is not the end

Escribe | José Manuel Romero Santos

“I can’t get that image out of my mind, David and his dogs, and it’s dark. I’m sure he kissed them on the mouth, and told them he was sorry”

Amy Wallace-Havens

Esto comienzo a escribirlo el 31 de agosto de 2018, a doce días del décimo aniversario de la muerte de David Wallace, el filósofo de Illinois que solo por casualidad se convirtió en escritor. No sé si lo escribo a modo de homenaje, panegírico o carta abierta, pero la situación parece exigir al menos una reseña biográfica del sujeto. Aquí va:

Algunos retratos del joven David Wallace.

David Wallace nació en Ithaca (Nueva York) el 21 de febrero de 1962. Dos años después, nacería su hermana Amy. Para entonces, los Wallace ya se habían mudado a Illinois, a Champaign-Urbana, concretamente (su pertenencia a esa romántica región conocida como el Medio Oeste americano influiría no poco en el carácter y la voz narrativa de Wallace). Su padre, James Wallace, es un «scholar» en el campo de la Filosofía, especialmente interesado en Ética, profesor emérito de la Universidad de Illinois. Su madre es especialista en gramática inglesa, antigua profesora de instituto y autora del libro de wallaciano título Practically Painless English. El pequeño Wallace fue un alumno brillante que un día sorprendió a su padre demostrándole haber captado el razonamiento que había detrás de El Fedón de Platón. Interesado en el deporte, llegó a convertirse en un joven tenista de moderado talento traicionado por una pubertad tardía (para la crónica pseudofantástica de su juventud tenística en Illinois véase Derivative Sport in Tornado Alley [1990] o Deporte derivado en el corredor de los tornados en su traducción al castellano).

Durante los primeros años de instituto, la ya legendaria y probablemente mal comprendida depresión de Wallace hacía su primera aparición (aunque él creía que sus primeros problemas de este tipo comenzaron con nueve o diez años). Vendría acompañada de sus primeras incursiones en las drogas. El cannabis y el alcohol, sin embargo, serían las únicas constantes hasta la desintoxicación previa a la escritura de Infinite Jest.

En 1984 Wallace se matricula en Filosofía y en Inglés en la Universidad de Amherst, el alma máter de su padre, acaso cumpliendo con una necesidad de ser consecuente con la tradición académica de ambos progenitores. En la universidad, Wallace vuelve a dar muestras de excelencia, obteniendo calificaciones imbatibles. Y esto a pesar de que durante toda su época en Amherst hubo de ausentarse dos semestres completos por problemas emocionales. Allí, por cierto, conocería a uno de sus mejores amigos, el abogado y escritor Mark Costello. Durante su último año en la institución escribiría sus dos trabajos de graduación. Para Filosofía trató de demostrar la falacia del concepto de «fatalismo» propuesto por Richard Taylor, el tipo de cuestión que era capaz de obsesionar a Wallace, la posibilidad de que vivamos en un universo determinista en el que cada una de nuestras decisiones está tomada de antemano. Richard Taylor’s Fatalism and the Semantics of Physical Modality es el título del ensayo. Para su grado en Inglés escribió el que se convertiría en su primer trabajo de ficción publicado en formato libro: The Broom of the System. Fue durante la escritura de la novela cuando se dio cuenta de que su destino pasaba por la literatura y no por la filosofía, como en un principio había creído. La escoba del sistema, traducido y editado en España por José Luis Amores, es una novela que puede calificarse de «bastante buena para haber sido escrita por un muchacho de 24 años»; se trata de un texto que bebe de las obsesiones y autores que Wallace admiraba en aquel tiempo: Wittgenstein, Pynchon, Barthelme, Puig…, un texto que él mismo definiría como un diálogo entre Wittgenstein y Derrida.

Tras abandonar Amherst, el siguiente paso para Wallace consistió en matricularse en el Máster de Escritura Creativa de la Universidad de Arizona, aprovechando el empuje de su recién descubierto talento para la ficción. Mientras tanto, la agencia literaria de San Francisco Frederick Hill Associates aceptaría representar a Wallace, a través de la por entonces joven agente Bonnie Nadell. Con su ayuda, la novela sería publicada en 1987 por Viking Penguin.

Primera edición de Infinite Jest.

Ahora viene el período en que Wallace escribiría los cuentos (y la novela corta) que compondrían Girl with Curious Hair, al mismo tiempo que se hundía progresivamente en su adicción (ocurren muchas otras cosas que es mejor leer en Every Love Story is a Ghost Story, la biografía escrita por D. T. Max y traducida también por Amores). Después de su Máster decide cursar nuevos estudios de Filosofía en Harvard, y aunque su solicitud fue aceptada, su estado mental de entonces hizo imposible su permanencia en la institución por mucho tiempo: a poco de comenzar, hubo de contactar con McLean Hospital, institución asociada a la universidad, para afirmar, con una valentía especial, que temía ser capaz de hacerse daño a sí mismo. Es aquí cuando comienza uno de los peores calvarios para Wallace: tras ser informado de que si seguía abusando de las sustancias acabaría muerto antes de cumplir los 30, pasó por Granada House, una residencia para la rehabilitación en Boston, y se convirtió en un miembro de por vida de Alcohólicos Anónimos, con lo que esto significaba: estar dispuesto a, básicamente, renunciar a todos sus presupuestos acerca de lo que significaba la adoración (worshipping), el ego y la propia enfermedad.

En 1991, ya fuera de Granada House, Wallace conoce a la escritora Mary Karr, por la que desarrollaría una obsesión enfermiza y con la que saldría hasta 1993. A inicios de esa década publica, además, Signifying Rappers, un ensayo sobre la cultura del rap coescrito con Mark Costello. Su experiencia en Granada House, por otra parte, sería volcada en una de las tramas de Infinite Jest (La broma infinita), la archiconocida novela de Wallace constituida por un total de 1079 páginas y 388 notas finales que sería publicada por Little Brown en 1996 y que le reportaría un éxito rotundo, consagrándole como escritor de culto, tal vez más por la «anécdota» de la descomunal novela que por un contenido que pocos habían llegado a leer por completo. Una crónica de la gira de promoción de la novela puede leerse en Although of Course you End Up Becoming Yourself, traducida, nuevamente, por José Luis Amores (la mayor parte de la obra de Wallace, sin embargo, ha sido traducida por el narrador Javier Calvo).

Con el fin de acelerar un poco esta historia, diremos que en los años siguientes Wallace mostraría sus diversos avatares como escritor tanto en obras de ficción como de no ficción: A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again, Brief Interviews with Hideous Men, Consider the Lobster, Oblivion… hasta encallar en The Pale King, la novela que muchos argumentan ingenuamente que le costó la vida.

Los años que siguieron a sus nupcias con la artista Karen Green en 2003 fueron los más felices de su vida. Tanto fue así que en 2006 bajó la guardia: siempre teniendo en mente el postulado de Alcohólicos Anónimos por el que el paciente debía eliminar todas las sustancias tóxicas de su cuerpo, decidió que se sentía preparado para abandonar progresivamente la medicación que había estado tomando desde su adolescencia, aquella época infernal de complejos por su excesiva sudoración, paradojas mentales, círculos viciosos y terapia electroconvulsiva. En un primer momento decidió que cambiaría su medicación por una más actualizada, con menos efectos secundarios. No obstante, no consiguió superar el período de adaptación de la nueva medicación y decidió volver al Nardil, pero ya era demasiado tarde. No hacía efecto. Siguió un nuevo infierno, el último, en el que Wallace se mantuvo tan estoico como un hombre en su situación puede mantenerse. El 12 de septiembre de 2008 David Wallace se despidió de su circular y hermoso universo de máscaras de carne y peces filosóficos. Nos dejó el imperfecto El rey pálido y una extraña tristeza que va perfeccionándose cada 12 de septiembre.

Como reseña biográfica es a la vez suficiente y necesariamente incompleta. Suficiente para quienes no hayan leído la prosa de Wallace, pero intolerablemente parcial para los que nos sentimos lectores disciplinados del autor. Y hay un detalle de su vida en torno al que se ha debatido mucho en los últimos meses y sin cuya mención este artículo quizás resultara hipócrita.

El cinco de mayo de este mismo año, la escritora Mary Karr, autora de The Liars Club, escribió un tweet en el que afirmaba que la violencia que Wallace ejerció sobre ella en el pasado fue ignorada tanto por Max como por The New Yorker, alegando que esto se debía a que Wallace era blanco. Quiero que sepan que no me siento cómodo con esto, pero hoy, precisamente hoy, es necesario hacer referencia a este asunto.

La escritora Mary Karr, expareja de Wallace.

Es literalmente cierto que no conozco los detalles de la historia, pues según Karr, lo que sabemos por la biografía de D. T. Max (el comportamiento persecutorio de Wallace, la vez en que le lanzó una mesita de café o intentó lanzarla de un coche en marcha) constituyen sólo la punta del iceberg. El 2%, según Karr. Es muy posible. Estoy dispuesto a darle la razón a Karr, aunque duela. Pero estoy adelantándome. Quiero decirles a ustedes por qué me siento incómodo con esto, porque ante todo, quien suscribe es un varón de la especie humana, y de nada sirve tratar de convencerles a ustedes de que soy una especie de articulista imparcial.

Primero: me incomoda porque admiro personalmente a Wallace y su obra. En el ámbito académico de los estudios en torno al autor es cada vez más frecuente la discusión ya agotadora sobre la necesidad de estudiar su obra olvidándonos del sujeto artífice, lo cual es solo una regresión a la explicación inmanente de los textos, la nueva crítica americana, o el formalsmo ruso, si quieren, y es un tema sobre el que Claire Dederer reflexionó excelentemente en el artículo que ustedes seguramente conocen, y si no lo conocen deberían ponerse a leerlo ahora mismo, antes de continuar con este.

En la David Foster Wallace Conference de este año, un congreso anual en torno a la figura del autor celebrado en la Universidad de Illinois, esta cuestión parecía estar en boca de todo el mundo. El consenso era, y estoy siendo tal vez muy simplista, que uno debía ser capaz de dejar las emociones a un lado al enfrentarse a la obra de Wallace, y sin embargo era palpable una agria resignación bajo estas afirmaciones forzadas. Yo no puedo hacer eso. Táchenme de poco profesional, si quieren. Llevo mucho tiempo estudiando la obra de Wallace y he desarrollado algo más que simpatía por él. Por eso me dolieron tanto las nuevas declaraciones de Karr en las redes sociales, y los «flyers» con el texto «NAH I DON’T LIKE PREDATORS» que algunas personas colgaron sobre los carteles que anunciaban el congreso en los pasillos del departamento de Inglés, un intento de sabotaje más o menos velado.

Los que estudiamos a Wallace conocemos algunas de sus acciones más reprobables desde un punto de vista moral gracias a D. T. Max. Ya las conocíamos, y a pesar de eso le admiramos. Creo que le hacen más accesible, más humano, y les prometo que no trato de ser condescendiente. Me explico: en los años que siguieron a la muerte de Wallace, el culto a su figura se hizo inseparable del culto a su obra, se santificó al narrador fingidamente ingenuo de sus crónicas y se estudió el famoso discurso de graduación de Kenyon College de 2005 como el último mensaje a la humanidad de un mesías mártir de su propio tiempo. Este culto estaba basado en una percepción deformada de la «estatua del escritor». Todos sabíamos que cuanto más alta fuera la estatua, por seguir con una metáfora del propio Wallace, más dura sería la caída.

No es infrecuente la frustrante sensación de estar creando un vínculo con el autor durante la lectura de su obra y al mismo tiempo reconocer que este nunca será «tu amigo», como cierto estudioso de su obra me dijo en una ocasión. Es cierto. Wallace no nos conocía personalmente. Duele, pero es así. Del mismo modo que Salinger, Bolaño o Kafka no nos conocían. Los autores de nuestras obras de cabecera no se saben nuestros nombres. Esto no les hace crueles. Nunca prometieron aprendérselos. Sus libros son anónimos salvavidas, espejos privados que lanzan a la muchedumbre porque, quién sabe, quizás puedan ayudar a alguien. Por eso, al mismo tiempo que me duele ver ese «hashtag» asociado a Wallace, me siento estúpido, irracional, y por eso me aferro absurdamente a la duda (tal vez) razonable de los hechos. No cuestionaré aquí la decisión de Karr de insistir en los abusos años después de la muerte de su expareja, ni indagaré en la circunstancia de que la violencia en la relación era mutua, ni hablaré de la críptica respuesta de la viuda de Charles Harris (académico interesado en Wallace, además de padre de una de sus exnovias; falleció este mismo año) en la conferencia cuando se le preguntó por el asunto: «[Ms.] Harris said that Wallace has been treated unfairly in the media, and was dismissive of Mary Karr’s claims», dice Daniel Kolitz. Yo estoy dispuesto a creer a Mary Karr, aunque duela. No hay razón para no hacerlo. Lo que no estoy dispuesto a creer es que Wallace sea un monstruo.

El autor en Italia.

Segundo: me incomoda porque soy varón, porque como todos los varones puedo vislumbrar un destello reconocible de maldad en las acciones reprobables de otros hombres. Supongo que a las mujeres les ocurre lo mismo. No se escandalicen. Forma parte de la naturaleza humana. La obra de Wallace gira en torno a esto, al fin y al cabo.

Ahora voy a intentar ser racional: creo firmemente (necesito creerlo) que hay grados de «maldad» en las acciones moralmente condenables. Si esto no fuera así, todos los hombres cabríamos en ese saco que en lugar del símbolo del dólar lleva la etiqueta #MeToo, un saco en el que actualmente se agita James Franco (no solo actor, sino también escritor talentoso, discípulo de Amy Hempel), que se enfadó porque algunas actrices se negaron a aparecer en «topless» en el rodaje de una escena, junto al «monstruo» de Amstetten. La gradación depende, evidentemente, de a quién preguntemos, pero no estoy dispuesto a estigmatizar toda la vida de un hombre por un momento de maldad.

Lo que quiero dejar bien claro es que Wallace nunca se consideró a sí mismo como un santo. Más bien lo contrario. Reconocía sus impulsos más bajos y trataba de conjurarlos a través de la escritura. Del mismo modo que venció al fantasma del alcoholismo mirándolo de frente, y para ello fue consecuente hasta el final: D. T. Max nos cuenta que como parte de la terapia de rehabilitación, Wallace pidió disculpas a todos los afectados por su comportamiento y acciones pasadas. ¿Es de suponer que también pidió perdón a Mary Karr? Y si es así, ¿basta con esto? Me gustaría saber si pidió perdón, como también me gustaría conocer los detalles de los abusos de Wallace, aunque, de nuevo, duela. Para poder sufrir el choque, y superarlo, y tal vez encontrar una nueva lectura en su obra.

Dejémoslo así. Hay un límite en lo que se refiere a lo que podemos saber acerca de otro ser humano. Esto es evidente. Yo sé algunas cosas de Wallace. Con lo que sé me basta para reconocer en él, en su estatua, un alma tan compleja como cualquier otra (no hay mejor testimonio de esto que su ficción) pero un alma bondadosa y honesta. Tal vez se pregunten ustedes con qué derecho puedo afirmar esto. No es una afirmación rotunda. ¿No ha quedado claro a estas alturas que estoy dando palos de ciego? Tal vez he caído en la trampa de la falsa amistad de la que hablaba hace un momento, pero estoy dispuesto a creerme mis propias palabras. Y estoy dispuesto a creer en las de su expareja, y en las de su viuda, y en las de cualquiera que pueda iluminar su vida, su obra, con nuevas luces. Para humanizar la estatua, para dar forma al retrato del hombre que creó los textos que amo y a los que a veces me sujeto en este océano picado.

Creo que me decido por el homenaje.

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