Cinco poemas de Carlos Loreiro

Carlos Loreiro nació en Castellón en 1987. Ha estudiado filología hispánica en la UV, donde actualmente cursa estudios de doctorado. Tiene poemas y otros textos publicados en La Pasión según San Ateo (Acotaciones en la caja negra, 2012), Inflexiones (Publicacions de la Universitat de València, 2012), Chénere (Servicio de Publicaciones del Cabildo Insular de La Palma, 2013), y Calle de las Impertinencias (Germania, 2013).  Los poemas de Marcelo Aguafuerte. Crónicas para el Buey Apis es su primer libro y con él se ha hecho con el I Premio de poesía joven Monteleón en el 2013, además de haber resultado merecedor del Premio Nacional de Poesía Joven en 2014.

El jurado del premio consideró la obra de Loreiro ”un poemario crítico con lo postmoderno y su trivialidad, un viaje a través del cual se insertan autores de diversas tradiciones. Es una poesía culturalista pero encarnada en las vivencias del autor, con un lenguaje personal y novedoso”.

Publicamos dos poemas incluidos en su poemario y otros tres inéditos hasta ahora:


Guillaume y Chéron repartiéndose el mercado del arte a mis espaldas

De niño habría querido montar a caballo aunque también
me conformaba con curar mi asma y conservar las piernas
con los zapatos y sus calcetines si no era pedir demasiado

Por el escorzo de su culo al inclinarse y la concavidad de su tronco
Por sus ojos grandes algo ausentes y su adicción a la cocaína
Beatriz se me antojaba un potro encabritado
De la manera en que esos cadáveres devueltos días después

de los fondos fluviales
donde la carne es como un flotador de playa alrededor del hueso
mi piel cedía igual de mansa al efecto de sus uñas
La cosa es que empezaba a enamorarme y sin embargo
los mordiscos de la espalda iban a ser el único recuerdo de ella
que perduraría. Unas heridas que obligan a dormir de pie
aunque es siempre mejor que acostarse solo cada noche

Ahora me tiene encerrado en un cuartucho trabajando
bajo los designios de marchantes que también me despellejan
La ventana que parecía suficiente se vuelve de golpe opaca
Latas de conserva compartidas con modelos tímidas, seis botellas
de grapa… Esos son mis honorarios
Todo a cambio de bocetos a la luz de las velas cuya fragilidad
se esfumará con el sol como los tres grillos de Bateau Lavoir

Existe un intervalo durante el atardecer en que las moscas
se dejan atrapar
La ociosidad ha dejado mis cualidades intactas. Una de ellas
es la inacción, otra, la indiferencia ante la vida

Y pese a todo trabajo mientras estallan los obuses y sus racimos
hacen polvo la ciudad sobre nuestras cabezas
¿Cuánto aguantarán estos pulmones acabados?

Por mí puede irse todo a hacer puñetas.


Dos figuras en una cama, con testigos

Mi estudio en un atardecer de primavera
después de una velada en el Colony Room
Un intento por reemplazar a todos los que quise
Copas de champán sobre las fotos del pobre Georgie
algunas tomadas en la Marlborough de Nueva York
y botes de pintura secándose como lagartos bajo
la radioactividad de la luna. Su luz en la naturaleza muerta
de unos huesos de pollo frito
supone una visión enternecedora. Ese satélite bastante estúpido
parece apurar los restos de mi cena. Qué imprevisible es
en ocasiones la belleza

He apartado muchas veces la carne buscando
un corazón aún crudo. Pienso en nuestras manos girando juntas
la llave del hogar, las mías enseguida abriendo sus nalgas
y eso creciendo como un caracol tranquilo

Eran los primeros estertores del amor
Pero la nostalgia perjudica mi badajo
La sangre no quiere posarse más en esta flor decrépita
Ocupados en sus funciones primarias
mis órganos trabajan sobre cosas inútiles
relacionadas con la necesidad de estar vivo porque sí

No es demasiado tarde. Los camiones de la basura desfilan por las calles
desiertas como una legión de soldados en retirada
derrotados y tullidos
¿Se sentirán la flora intestinal de una ciudad siempre estreñida?
Izquierda, derecha, izquierda

El ruido de mi cuerpo sobreviviendo
me despierta durante la madrugada.


31.01.2015

Yo no lo quiero, amada.
Para que nada nos amarre
que no nos una nada.

Pablo Neruda

La Puerta del Sol en streaming a 4.000 km
¿Una esperanza lejana, tal vez?
Y nos decimos las últimas palabras,
tristísimas. Después, la sensación
de un largo coma, la ausencia de deseo
La claridad que ya se intuye ahí fuera

Soy capaz de adivinar la próxima jornada
A las 4 de la tarde la noche será perfecta y pura

Nada aprenderé de esta ciudad
Prefiero la agonía plácida del cuarto
donde todo permanece quieto bajo una bombilla
Las cosas empeñadas en no ser
ofrecen cierta calma y sin embargo
la paz dura muy poco

Y esa manía de estar vivo

Unos cuantos videoclips más tarde
el cuerpo experimenta algunos signos de actividad
que terminan en una servilleta

Entonces la realidad toma otra vez las riendas
Echo un vistazo a mi alrededor
Pieles de naranja fermentando en una bolsa
Ondulaciones descritas en la superficie
de las botellas. Los ácaros que avanzan
Esto que parece que soy yo,
gimoteando en la cama, lamentable

Hace horas que no meo, que no hablo
Al cruzarme en el pasillo con los compañeros
la voz sale incomprensible
Apenas un ligero carraspeo

Albergo la esperanza de volver un día

Te voy queriendo un poco, mientras tanto.


Mariinsky

y el grito de los cisnes en el lago
les anunciaba el paso de la muerte,
la enfermedad y el Arte y el deseo

Antonio Colinas

Un aire lúdico estropea el conjunto de la sala
Las butacas gruñen bajo sus jinetes
que posan de espaldas a la orquesta
rodeados del destello de los móviles,
enseñando, como animales rabiosos,
los dientes. Yo he olvidado mi ballesta

Hacia el final de la tarde, con el toque de queda,
mucho antes de las salas vip y los clubs de golf,
el séquito real se adentraba en los teatros
(herencia de sus abuelas decimonónicas)
amoldando el hábito de las partidas de caza
Escondían su carne flácida bajo las lentejuelas

Tras el telón, el mundo permanece inalterable,
como envasado al vacío. Extiendo la mano
y los tapices tiemblan con una leve distorsión
Soy Sigfrido y soy Rothbart
Dos alas enfrentadas en un mismo tronco
Estoy dentro de una nevera sin tirador

Mientras me resquebrajo en un estado de doble conciencia
los cisnes en el lago entonan una canción triste
que escribí para Odette. He recibido el beso delator
Sorprendentemente, el agua estaba tibia

Al fin podemos entablar un diálogo de tregua
pero hemos decidido gemir de dolor
Es lo que hacen los moribundos cuando agonizan

Flota una claridad eléctrica en la bóveda, un ambiente
de derrota. Los soldados posan su tambor, se sientan
a descansar el hombro. La música ha cesado

Alguien de los dos ha dado ya la última nota.


Como creo que debe de sentirse un ser humano

El glaucoma de mi padre y las borracheras del arrendador
La depreciación del rublo y las políticas neoliberales
La absoluta apatía o los nervios crispados

Me cargo de rencor durante la semana y de repente
una sonrisa inesperada, una mirada afectiva
acaban por frustrar mis planes de destrucción

Envidio a esos depredadores emocionales
carentes de remordimientos, expertos en seducción
Sin conocer del amor más que su entramado
conmueven y destrozan con idéntico talento

He ido al centro comercial a encontrar a mis iguales
Entre gritos y codazos me he sentido un ser humano
esperando el turno en medio del tumulto y las rebajas
Estaba tan contento arrastrando mi carrito

Qué bien metabolizan las señoras el estrés, debatiéndose
en el pasillo de las bragas, propinando insultos

En la cola, unas chicas me han quitado el sitio
Eran tres. Tenían una sonrisa encantadora

Si hubieran advertido mi presencia
me habría lanzado a sus pies.

2 thoughts on “Cinco poemas de Carlos Loreiro”

  1. silvia says:

    Ole Carlos. Que pena que se tarde tanto en reconocer lo bueno.

  2. Pingback: Unai Velasco: tres poemas -
  3. Trackback: Unai Velasco: tres poemas -

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