Un fragmento de «Madame Vargas Llosa», la nueva novela de Gustavo Faverón
Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) es autor de las novelas El anticuario (Candaya, 2015), Vivir abajo (Candaya, 2018) y Minimosca (Candaya, 2024) —estas últimas, finalistas de certámenes como el Premio Finestres, la Hotlist de la Frankfurter Buchmesse, el Internationalen Deutschen Krimipreis y la Bienal Vargas Llosa (2019 y 2025)— y los ensayos Rebeldes (2008), Contra la alegoría (2011), Puente aéreo (2015) y El orden del Aleph (2021).
Antes de escritor, fue periodista, crítico literario y editor del suplemento Somos, de El Comercio, por aquel entonces situado en la oposición a la dictadura de Alberto Fujimori. Según el diario español ABC, fue el bloguero más influyente del mundo hispánico en los primeros años del siglo XXI. Desde el año 2000 vive en Estados Unidos, donde, tras doctorarse en Cornell, ha sido profesor en Stanford y Middlebury. Actualmente es jefe del Departamento de Literaturas Romances en Bowdoin. Vive en Brunswick, Maine, con su esposa, la académica y crítica literaria Carolyn Wolfenzon, y la hija de ambos, Zoe. Sus libros han sido traducidos a diversas lenguas, entre ellas el inglés, alemán, japonés, chino, italiano, turco, francés, ruso y árabe.
Desde esta semana circula en librerías españolas su última novela, Madame Vargas Llosa (2026), publicada por la editorial logroñesa Fulgencio Pimentel y con la ilustración de cubierta del novelista gráfico Olivier Schrauwen. Dicha casa editorial sintetiza así este texto del escritor peruano: «Un autor de telenovelas, una habitante de las favelas, el cineasta Ruy Guerra y el escritor Mario Vargas Llosa protagonizan esta fantasmagoría, a saltos entre los sertones brasileños y el vapor de Fitzcarraldo. Faverón se adentra aún más en su veta de improv-literatura, terror, sátira y viaje mental tras el terremoto que han supuesto en las letras hispánicas dos novelas como Vivir abajo (2018) y Minimosca (2024). Tatuada en el lado oscuro de las nouvelles clásicas del XIX y el XX, Madame Vargas Llosa podría ser la primera de una serie de ficciones nacidas más allá de ese umbral pero aún bajo el influjo de David Lynch, Machado de Assis, The Beatles, Joseph Conrad y Clarice Lispector».
En esta ocasión, compartimos con vosotros un fragmento del primer capítulo de Madame Vargas Llosa (2026) de Gustavo Faverón, el que lleva por título «Maria Trindade».
Maria Trindade
.
.
.
.
.
. I
.
.
.
En los años de mis expediciones al Brasil —a Bahía, a Río de Janeiro y al sertão nordestino—, vagabundeé a la buena de Dios y recogí, en aldeas, archivos y bibliotequitas municipales, con la sensación de haberme metido en camisa de once varas, información para una novela que planeaba escribir sobre la guerra de Canudos. En esos viajes conocí, de la mano del cineasta Ruy Guerra —mi antiguo compañero de armas dans les rues parisiennes, cuyas películas andaban muy de moda en aquel tiempo—, a los bichos más estrafalarios del nocturama artístico local, sobre todo el de Río de Janeiro.
. Ninguno cautivó tanto mi imaginación como un hombrecito lenguaraz de nombre Manoel Magalhães, avispado y distraído al mismo tiempo, un individuo inescrutable, pese a lo parlanchín, cuyos ojos brillaban con fuego perpetuo y que parecía solitario incluso cuando lo rodeaban docenas de personas: un sujeto oriundo de Porto Alegre que, según me dijo Ruy, era el guionista de las telenovelas más populares del país. Sus amigos, con esa afabilidad chisporroteante y juguetona que es típica de los cariocas y los fluminenses —aunque él, como digo, era gaúcho—, lo conocían como Fittipaldi, por la rapidez de correcaminos con la que despachaba sus guiones, como si una voz se los soplara al oído a través de un dictáfono invisible.
. Pálido, cincuentón, con unos rollos de más, pero pintón a su manera, Fittipaldi fue uno de los pocos camaradas que hice en la tierra de la capoeira y los infanticidios nocturnos en el viaducto, en esos días confusos del setenta y nueve, confusos para él y para todo el país, que vivía la transición de la dictadura del general Ernesto Geisel a la dictablanda del general João Figueiredo.
. En ese entonces, Fittipaldi disfrutaba de la fama y el cariño de la teleaudiencia, pero, aunque lo ignorara, estaba a punto de clausurar la temporada más alegre de su vida, la de las admiradas telenovelas que escribía para la Rede Bandeirantes, y se acercaba a trancos agigantados a los periodos más tristes: el de las pérdidas irreparables, seguido de cerca por el de la locura indiscriminada, seguido de inmediato por el periodo de los crímenes inexcusables, a su vez seguido de manera implacable por el periodo de los suicidios fallidos. Cuando me lo presentaron —guayabera de hilo, sombrerito jipijapa, una pipa en forma de cornucopia bajo el diente de oro—, ni él ni yo intuíamos ese futuro —aunque Fittipaldi, como descubrí más tarde, ya lo hubiera previsto en su obra sin darse cuenta— y, para mí y para todos, no era sino el autor exuberante de unos teleteatros que los brasileiros seguían con los ojos muy abiertos cinco días por semana.
. La primera telenovela de Fittipaldi, estrenada en el setenta y cuatro en Bandeirantes y escrita bajo el influjo de Edmondo de Amicis, se tituló O coração da escuridão, es decir, El corazón de la oscuridad, o de las tinieblas, porque también fue escrita bajo el influjo de Joseph Conrad. Era la historia de un hombre cuyos padres y hermanos, siete en total, morían en un viaje de Porto Alegre a Curitiba, al volcarse la fatal camioneta en la que iban, por las estribaciones de un monte, hacia las aguas del mortífero Iguazú. Sus cuerpos desaparecían, no se hallaban entre los restos del vehículo ni en ninguna parte, como si la jungla los hubiera secuestrado. El hombre los buscaba de aldea en aldea y de villorrio en villorrio, internándose en caseríos de caníbales desnudos y tribus no contactadas, excepto por él, que no solo las contactaba, sino que desaparecía en sus entrañas para emerger, meses más tarde, cada vez un poco más locumbeta, rumbo a la siguiente estación de su peregrinaje selvático.
. El éxito instantáneo de O coração da escuridão hizo que Bandeirantes le ofreciera a Fittipaldi una fortuna por su siguiente idea. El guionista no defraudó y, a los meses, entregó a la rede los primeros episodios de la telenovela O criminoso confuso, esto es, El criminal confundido, de visible impronta dostoyevskiana, como notaron las amas de casa brasileñas la noche misma del estreno, que se produjo, con bombos y platillos, en el verano del setenta y seis. O criminoso confuso era la historia de un showman paulista, un empresario de variedades que, un día, en su despacho en el segundo piso de su casa, recibía una llamada telefónica en la que una voz —casi inaudible— le susurraba que su familia había muerto asesinada, minutos atrás, en el piso de abajo.
. Tu esposa y tus tres hijas, decía la voz.
. Él enloquecía de inmediato y —presa de un ataque psicótico— bajaba corriendo las escaleras. En la sala, sin embargo, encontraba a su mujer y a las niñas con vida, pero era demasiado tarde, porque el showman ya estaba hundido en la locura. Corría a la cocina y regresaba a la sala con un cuchillo de carnicero con el cual —¿a quién hay que matar?— decapitaba a la mujer y a las tres niñas, para que el mundo exterior se asemejara al mundo de su mente desquiciada. De inmediato, el Raskólnikov paulista huía de la escena del crimen, tras lo cual sobrevenían múltiples e hilarantes peripecias que mantuvieron en vilo a los televidentes brasileños por dos años.
. Para cuando se transmitió el episodio final de O criminoso confuso, en enero del setenta y ocho, tras un ade lanto millonario de Bandeirantes, Fittipaldi entregó el borrador de su tercera telenovela, O psiquiatra. Espantados al escuchar el título, los críticos televisivos temieron encontrarse con un plagio o un remedo de O alienista, la nouvelle canónica de Machado de Assis, gloria mulata de las letras nacionales.
. El argumento de O psiquiatra seguía la vida de un aristócrata que ejercía la medicina en Itaguaí, una pequeña ciudad no muy distante de Río de Janeiro, aún en tiempos de la colonia, un alienista precursor de la psiquiatría moderna, de inteligencia cartesiana —el doutor Simão Bacamarte—, que quería aplicar su lógica sobrehumana y su racionalidad sin parangón al diagnóstico de las enfermedades mentales, con tan rigurosa enajenación que acababa encerrando a todos los habitantes del pueblo en un manicomio. Acto seguido, notaba que sus acciones eran un síntoma de locura, tras lo cual liberaba a los otros y se encerraba a sí mismo, solitario en el asilo para dementes —de manera que la telenovela O psiquiatra era, como habían temido los críticos televisivos, un plagio sin atenuantes de la nouvelle de Machado—. De todas formas, Bandeirantes la estrenó, colocando en los créditos una leyenda que rezaba: «Adaptación fiel de O alienista, de Joaquim Maria Machado de Assis».
. Antes de pagarle un depósito por el siguiente guion, los ejecutivos de la rede televisiva le ordenaron a Fittipaldi asegurarse de que su próximo éxito descomunal —porque O psiquiatra, como las anteriores telenovelas, arrasó en la sintonía— no fuera ni copia ni calco de ningún libro preexistente, ante lo cual Fittipaldi preguntó —con aparente inocencia— si podía basarse en un principio de Pitágoras y una novela de Jorge Amado. Bandeirantes se rehusó a responder, incluso cuando Fittipaldi anunció que ya venía trabajando en el guion y hasta tenía dos títulos provisionales: Reencarnación o Metempsicosis. ¿Cuál preferían?
. Fue por ese tiempo cuando llegué a Brasil, con la actitud alerta de un pintor viajero, en mi safari unipersonal con el objetivo de reunir información para mi novela sobre la guerra de Canudos —librada en el páramo, ocho décadas atrás, por el ejército de la Primera República y una tropa de cristeros menesterosos bajo el comando de un santón de nombre Antônio Vicente Mendes Maciel—. ¿Qué me atraía de esa historia? Me hechizaba, sobre todo, la figura de ese falso profeta a quien apodaban Antônio Conselheiro, un arúspice y un zahorí que predicó que, tras el paso de la monarquía a la república, se enmascaraba el advenimiento del anticristo, y por eso dudaba —¿qué nombre le ibas a poner a tu novela?— entre llamar a mi libro La guerra de los mundos, prestándome el título de H. G. Wells, o Le Phare du bout du monde, como el libraco de Jules Verne.
. El cineasta Ruy Guerra fue quien me presentó, en una fiesta en una terraza de Ipanema, entre jóvenes que bailoteaban alcoholizados y ancianos que miraban el mar con las camisas abiertas hasta el ombligo, junto a un estanque de pirañas que era la principal atracción del local, al reinventor de la telenovela latinoamericana, dijo: Manoel Magalhães. Pero puedes llamarme Fittipaldi, como todos, dijo el otro, ofreciéndome la mano con un gesto cordial.
.
.
.
De Madame Vargas Llosa (Fulgencio Pimentel, 2026)

