El tono y el humor, a propósito de «Nunca mires bajo el césped» de Jaime Roig de Diego

Escribe | Manuel Sánchez-Campillo


Nunca mires bajo el césped (2026) de Jaime Roig de Diego

 

 

 

 

 

 

 

Editorial: Azimut (2026)
N° de páginas: 232
ISBN: 9791399172423
Autor: Jaime Roig de Diego
Idioma original: castellano


Quienes somos más dados a la sonrisa que a la carcajada, que la última Feria del Libro de Madrid tuviera el humor como protagonista, nos provoca atracción e indiferencia, y siempre una extrema curiosidad, como cuando vemos a un grupo humano riéndose y, con cierta distante displicencia, pensamos: «¿De qué se estará riendo esta gente?»; es decir, ¿de qué se habrán estado riendo los lectores que han curioseado por las casetas de la feria?

Uno de los que más sabe del serio asunto de la risa, el filósofo Bernat Castany, en el número del 29 de mayo-4 de junio de 2026 de la revista El Cultural (pág. 9) no da ningún nombre de un escritor actual para la pregunta «¿Cuál es el libro más divertido que ha leído a lo largo de su vida? ¿Qué lo hace tan tronchante?»; todos son clásicos: Montaigne, Cervantes, Middlemarch de George Elliot. Las obras más divertidas y cercanas en el tiempo que recomienda son Mujer que sabe Latín de Rosario Castellanos, que es de 1973, y El Pentateuco de Isaac del búlgaro Angel Wagenstein, de 1998. Esa reticencia a nombrar a un escritor vivo desopilante —palabra de moda— es común a muchos otros autores y críticos, a no ser que recurran al certero humor de Eduardo Mendoza, quien, por cierto, en el mismo número de la revista, no recomienda ninguna obra porque «No suelo troncharme leyendo», algo que también me sucede a mí. El humor de la literatura no es como el del cine o el del teatro, tiene más que ver con la sonrisa, con mantener dibujado ese gesto en tu rostro durante páginas y páginas. Es cierto que a cualquiera le resulta más fácil hacer referencia a autores clásicos que a vivos, pero no deja de ser llamativa esa reserva; de manera que uno llega a preguntarse si es que el humor, como elemento constitutivo de la escritura de algunos autores, ha dejado de estar presente en la literatura española.

Quizás podríamos aventurar que la prevalente tendencia a la autoficción ha favorecido esa escasez, pues somos pocos los que estamos dispuestos a reírnos de nosotros mismos; además, la autoficción ha consistido, en bastantes casos, en la búsqueda de aquel trauma o apego de mayor o menor consistencia —en algunos autores, una simple anécdota de la vida—, elevado a fractura de nuestra existencia. A ver quién se va a reír de eso…, de yo-escritora/escritor vulnerable. Alejándonos de la escritura como terapia psicoanalítica, puede haber otra explicación en la autocensura de muchos autores, pues si uno tiene que pensar en todos aquellos motivos que pueden llegar a convertirse en una ofensa para alguien, se le quitan las ganas de intentar hacer un chiste. Sin embargo, los buenos escritores aprovechan, precisamente, estos recelos o miedos de nuestra sociedad para tomárselos con ironía o mofa. Se me vienen a la mente Daniel Gascón, Antonio Orejudo, Felipe Benítez Reyes, Francisco Javier Rodríguez Barranco. En el ámbito anglófono, convendría leer al reciente premio Princesa de Asturias Julian Barnes, las parodias de Percival Everett o los descarnados textos autobiográficos de Vivian Gornick, que sabe hablar de sí, de su madre, de sus amantes, y reírse.

Así, con buen talante y con la intención de echar unas risas o mantener una sonrisa, me acerco a Nunca mires bajo el césped (2026) de Jaime Roig de Diego (Palma de Mallorca, 1960), un escritor, artista plástico y comunicador mallorquín que tiempo atrás publicó Cristóbal Cool-on, viajero espacial (2019), una obra, esta sí, desopilante. En su nueva novela sigue siendo fiel a los paisajes de Mallorca, en particular, la zona de Establiments, que Roig conoce a la perfección, incluyendo también su variado pelaje humano, como ese personaje alemán heredero de los nazis que se refugiaron en la isla y en todo el Mediterráneo después de la Segunda Guerra Mundial. Trata de la investigación de un posible secuestro por parte de una pareja de policías, cuya relación está bien trabada en la novela. Usan diálogos que fluyen con naturalidad, incluso cuando dan cuentas al comisario de sus pesquisas. Dos policías compenetrados, conocedores de los entresijos de la isla, que le sirven al autor para hacer una crítica suave de las relaciones y los modos de la sociedad de Mallorca.

En realidad, en ningún momento se dice que sea una novela de humor, sino que los paratextos la califican como negra. Mejor así, porque ese humor, que sigue estando muy presente —«al único lugar que Berta les acompañaba era a la puerta de salida de un despacho con una sonrisa de calibre 9 mm, como una Smith & Wesson M&P» (pág. 23)—, entra de una manera extemporánea, haciendo que la novela se resienta al perder el tono, cualidad esencial para mantener la coherencia de un texto. El tono es un elemento que constriñe al autor, este no puede contar las peripecias de cualquier manera, ya que, si lo hace, corre el riesgo de que se convierta en arbitraria la narración. Berta y Klaus, descendiente el segundo de un nazi refugiado en Mallorca, tienden una trampa a Gabriel, marido de ella, para matarlo haciéndolo caer en una especie de antiguo corredor subterráneo e introduciendo en el zulo Zyklon B. Después de una explicación, que no parece muy apropiada, sobre lo que era ese gas y sus efectos sobre los deportados a campos de concentración, Gabriel se dice: «Los asesinos de allá arriba no se podían imaginar que yo iba a estar en ese mismo momento justo abajo escuchando Radio Auschwitz» (pág. 68). No digo yo, como Adorno, que después de Auschwitz escribir poesía sea un acto de barbarie, me limito a destacar que el humor ha de ser utilizado con precisión, pues no estamos, ni de lejos, en una comedia negra. Siendo así que, justo en el párrafo siguiente, el personaje asegura que «Estaba aterrorizado». El tal Gabriel está aterrorizado, aunque no lo parece a tenor de las gracietas que sigue soltando: «tenía sed, y era urgente ponerle remedio, ya que por supuesto no podía llamar a Aquaservice» (pág. 71). Repito que, cuando nos olvidamos del tono, fácilmente caemos en la arbitrariedad, de hecho, hasta la página 76 tenemos un narrador interno en primera persona; a partir del capítulo XIII es un narrador externo omnisciente en tercera persona. ¿No hubiera sido más oportuno optar por este segundo tipo de narrador para toda la novela?

Hemos pasado de saber quién era el narrador a no saber quién narra. Tan es así, que al final el autor nos regala un glosario de cuarenta entradas que no sé muy bien a qué responde, ya que nos cuenta desde quién es Margot Robbie o la Línea Maginot hasta el significado de «plagiar» con su etimología y ejemplos. Entiendo que lo haga para los términos mallorquines, pero no para definir la estructura cuántica o qué es el Mossad. Sin embargo, se le ha escapado revisar la definición de surrealismo, que transcribe como «el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de cirugía» (pág. 24), frase que no es una definición de André Breton, como afirma Roig, sino que pertenece al Conde de Lautréamont. No pasa nada, detalles de tiquismiquis.

Con todo, la novela se lee bien y se pasa un buen rato con ella y con sus chistes si eres capaz de aceptarlos con los ojos cerrados. El humor desdramatiza y rebaja la solemnidad, siempre que se someta a las cualidades estéticas de una obra de arte. Juan José Millás, que tanto debe a Franz Kafka, Javier Marías o Rafael Reig ha sabido utilizar el humor y la ironía magistralmente. Hay más, muchos más, búsquenlos para que la vida se haga más amable, para que las páginas transcurran con el dibujo de una sonrisa o el estallido de una carcajada.

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