Reseña: «Los niños bomba», de Bea Cantero

Escribe| José Manuel Romero Santos

$photoName2Editorial: Sloper (2015)
Nº de páginas: 136
ISBN: 9788494338004

No se debe pensar en el cáncer como una enfermedad de causa única, sino más bien como el resultado final de una interacción de múltiples factores de riesgo. La gran mayoría de los cánceres, aproximadamente el 90-95 % de los casos, tiene como causa factores ambientales. El 5-10 % restante se debe a factores genéticos.

Anand, P; Kunnumakkara, AB; Sundaram, C; Harikumar, KB; Tharakan, ST; Lai, OS; Sung, B; et al.


Para empezar, podríamos calificar el libro de Bea Cantero de novela corta, una novela corta un tanto confusa, esa es la verdad, con un hilo conductor endeble, en ocasiones difícil de rastrear, pero que esconde, por ello, ricas indeterminaciones, deliberados desórdenes listos para ser reconstruidos por el lector.

VISITING es un nuevo concepto de turismo nacido, suponemos, en un futuro cercano o un presente bastante pesimista: se trata de un proyecto que permite a cierto número de participantes conocer los entresijos de un hospital, pero no estamos hablando de un paseo guiado para admirar la estructura arquitectónica del edificio, o de una visita vocacional con el fin de conocer el trabajo de los distintos miembros del personal. Es otro tipo de personal el que morbosamente quieren conocer los turistas: se trata de examinar el cuerpo sin tapujos, la corporeidad del dolor y la miseria de ser un ser humano.

Por el momento VISITING tiene como único guía homologado a Marc, una persona difícil de querer (Bea Cantero se encarga de que así sea). Marc pertenece a una tipología de persona que existe desde los mismos albores de la humanidad: una especial mezcla de hipócresía y egocentrismo da como resultado a un individuo doblemente enfermo, su enfermedad física espejo de su enfermedad espiritual; una doble moral retorcida, un doble polo magnético que aleja a los seres más cercanos y que atrae a las masas desconocidas.

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pintura de John Edwards

En fin, a VISITING pueden apuntarse los enfermos que encuentran un placer malsano en servir de escaparate a los no menos morbosos turistas de la enfermedad. Se trata de dar conversación al enfermo, un quid pro quo en el que el enfermo encuentra cura a su soledad y el turista alivio para su curiosidad en torno a la materialidad del hombre (“envejecer, morir,/ es el único argumento de la obra.”).

Satélites de esta problemática principal se presentan nuevos fenómenos gestados en esta sociedad quasidistópica: los Cascos Blue, los desempleados en ingreso para investigación y, sin un nexo definido con el resto del panorama, los llamados niños bomba, niños que, aparentemente inocentes, explosionan llevándose consigo a otros escolares y a adultos.

Respecto a esto, como con otros detalles de la novela, mi opinión no es positiva: son demasiadas preguntas y demasiado pocas respuestas: el hilo conductor se rompe en este punto y es difícil encontrar una relación entre los niños bomba (presuntamente tan importantes que dan título al libro) y el resto de acontecimientos. Tengo una hipótesis, sin embargo: Bea Cantero ha tratado de describir una sociedad enferma en todos los sentidos: la enfermedad ocurre sin previo aviso, las células sanas no tienen ninguna razón inicial para multiplicarse descontroladamente hasta convertirse en un tumor e invadir, como los niños bomba, a sus compañeros, a los demás tejidos. Así, el fenómeno de los niños bomba es otra enfermedad sin causas conocidas, un efecto más de la metástasis que se produce entre todos los niveles corruptos de la sociedad postmoderna: los niños bomba nacen, aunque la conexión no sea clara, del terrorismo, de la enfermedad, de la guerra, de los traumas bélicos, de la incomunicación, de los VISITING, del paro, de la corrupción… La sociedad es un cuerpo y los niños bomba una enfermedad más, cuyos síntomas son tan irrefutables como oscuros. O tal vez no…

Los niños bomba es una novela postmoderna sobre la sociedad postmoderna, y Bea Cantero lo sabe: de ahí su lenguaje, su desprecio (en el buen sentido) por las formas convencionales del diálogo y por el argumento conciliador y sin fisuras. La voz de su narrador es, en mi opinión, demasiado pedante (eufemismo de “listillo”), y en ocasiones hace que escueza la lectura. Me pregunto además si es útil, como diría diría David Foster Wallace, diagnosticar una enfermedad sin aportar un remedio. Y esto, en mi humilde opinión, y muy a mi pesar, es lo que hace Bea Cantero.

Por lo demás, Los niños bomba es una novela divertida y reflexiva, es una toma de conciencia que, aunque lamentablemente se quede en eso, no desmerece una lectura atenta y amena. El diagnóstico es cosa de los lectores.

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