«La calle de los Cinco Aromas», en una presentación preliminar escrita por Can Xue

Portada y Ficha de La calle de los Cinco Aromas (2025) de Can Xue

 

Can Xue (Changsha, 1953) —残雪 en chino mandarín—, es el seudónimo de Deng Xiaohua, quien es citada frecuentemente como una de las autoras representativas del movimiento de vanguardia de finales de los 80 y principios de los 90, así como una de las escritoras más importantes de la China contemporánea.

En 1957, su padre fue expulsado de su trabajo como editor del New Hunan Daily News y enviado a un campo de trabajo. Su madre, que también fue enviada al campo, se llevó a su hija con ella. Autodidacta comprometida, Can Xue lee literatura occidental traducida y está particularmente influenciada por el trabajo de Kafka, Borges e Italo Calvino. Comenzó a publicar cuentos y críticas en la década de 1980 e inmediatamente se estableció como una voz literaria única.

Se ha dicho que Can Xue, una experimentalista comprometida, ha llevado el vanguardismo literario hasta sus últimas consecuencias estéticas. Su estilo narrativo altamente imaginativo y de flujo de conciencia salta entre sujetos (personales e impersonales) y, a menudo, juega con la perspectiva y la secuencia temporal. Se observa una fascinación palpable por lo grotesco, la pesadilla y lo brutal.

Sus dos historias más famosas son Nubes flotantes ya envejecidas y The Hut on the Mountain, que se antologan con frecuencia. Su estilo durante este primer periodo culminará con su novela La calle de los cinco aromas, publicada en 2002 y que desde este año tiene traducción al español.

Sus cuentos y novelas continuarán con los mismos temas fantasmales, pero su estilo evoluciona con la entrada del nuevo siglo: ya no son historias ancladas en la memoria de un pasado lúgubre y doloroso, sino más universales, que reflejan el absurdo del mundo y la imposibilidad de comprenderlo y encontrar su lugar en él. Sus personajes se mueven en lugares improbables, imposibles de localizar, muchas veces bajo tierra o, por el contrario, suspendidos en el aire, en busca de salidas que no existen o cambian sin cesar, sin un objetivo evidente y sin lógica aparente.

De su obra se ha traducido a nuestro idioma sus libros de relatos Nubes flotantes ya envejecidas (Hermida Editores, 2022), Al otro lado (Aristas Martínez Ediciones, 2024) y Hojas rojas (Aristas Martínez Ediciones, 2024); mientras que en novela, La frontera (Hermida Editores, 2021) y La calle de los cinco aromas (Hermida Editores, 2025), esta última de próxima llegada a librerías españolas.

La calle de los Cinco Aromas (2025) es una de las obras más importantes de Can Xue. La novela cuenta la historia de un adulterio infundado y nos describe a la Señora X, una dama atractiva, misteriosa e inconformista que causa una agitación exacerbada entre los habitantes de la calle, quienes hablan de ella y la observan hasta la obsesión.

Can Xue nos habla en esta parodia, en un tono irónico, sobre la sexualidad, la verdad y la mentira, de manera tan lúcida y completa que los lectores ignorarán el simbolismo general y se volverán adictos al flujo interminable de las palabras. La novela se acaba convirtiendo así en un carnaval de voces y actos transgresores. Aquí se desvela no sólo la mentalidad del pueblo chino de arriba abajo, como han destacado los críticos, sino, lo que es más importante, se hace burla de toda pretensión por crear una psicología fiable y encontrar una verdad absoluta sobre los asuntos humanos y divinos. Una vez más, Can Xue nos conduce a una exploración de la parte más oscura y misteriosa del alma humana. Para este propósito, no ha escatimado en ningún tipo de persona, ningún concepto, ninguna teoría; ni siquiera la crítica de arte es una excepción. Su estilo narrativo único da a esta historia ordinaria una connotación estética extremadamente singular.

El fragmento que ponemos a vuestra disposición, «La edad de la señora X y la apariencia del señor Q», integra La calle de los cinco aromas (Hermida Editores, 2025), el cual se podría considerar como una primera parte de la novela que se vertebra con el texto de la narración como tal. En esta presentación preliminar, pieza del libro desde su primera edición en su lengua original en 1988 (y luego relanzado con su título definitivo en chino en 2002), la escritora se mimetiza entre las especulaciones de los personajes, intercalando sus testimonios y puntos de vista, sopesándolos socarronamente, preparando el terreno para un juego metaliterario en el que Can Xue se convierte en un personaje más a lo largo de la novela, de la que este fragmento apenas simboliza un aperitivo.

Presentación preliminar a la historia que se cuenta en La calle de los Cinco Aromas

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                                                      La edad de la señora X y la apariencia del señor Q
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En lo que se refiere a la edad de la Señora X[1], todo el mundo en la calle de los Cinco Aromas tenía al respecto una opinión diferente y nadie se ponía de acuerdo. En definitiva, había veintiocho opiniones diferentes sobre la edad de la Señora X que iban desde la cincuentena (para ser concretos, ya de primeras, se barajaba la cifra exacta de 50 años) hasta los 22 (ésta era concretamente la edad más joven en esa horquilla de opiniones tan variopintas como imprecisas). Quien afirmaba que la Señora X tenía 50 años era una mujer viuda desde hacía mucho, una mujer de 45[2], muy querida por la comunidad, una mujer rechoncha y con unos rasgos faciales que le daban un aire entrañable. Se decía que había visto a la Señora X maquillándose en el interior de su habitación[3]: «… Se embadurna la cara con una capa gruesa de maquillaje…, y el resultado era más que previsible: se ve obligada a ocultar las arrugas del cuello… Además, ese cuello… parece no tener músculos…».
.    Respecto a dar detalles sobre la espinosa cuestión de la edad, la Señora X, indignada, se pronunciaba de forma lacónica: «Me niego a divulgarlo».
.    El autor de esta novela ha deseado introducir discretamente algunas frases de esta viuda adorable. La Señora X tenía sin duda alguna una identidad y un rango bien establecido, o al menos lo había tenido. No era una mujer del montón y destacaba por su presencia, elegante y sofisticada, y tiene un papel importante en esta historia, cuyo autor desea confesar en estos momentos que la influencia de esta mujer sobre él ha sido decisiva a lo largo de toda su vida y siempre la ha tenido en muy alta estima.
.    Quien afirmaba que la Señora X tenía en principio 22 años comentó con sus propias palabras que una mañana brumosa se vio con la Señora X junto a la boca de un pozo. Ella le sonrió inesperadamente y su rostro entero se llenó de dientes blancos. La Señora X soltó una carcajada y sus dientes aparecieron sólidos y dignos de confianza. A ese joven, quien también tenía 22 años, la Señora X le pareció una mujer de un gran atractivo sexual, aunque la Señora X, sin duda alguna, tenía más de 22. El joven era un obrero en un depósito de carbón, y esas palabras las pronunció tras lavarse y salir del trabajo. Cuando el joven vio a la Señora X, ya no se encontraba cubierto de los pies a la cabeza con cenizas de carbón, y contó a uno de los vecinos esa anécdota estando agachado en el interior de los aseos públicos. El vecino exclamó un ¡oh! al oírla, expresando de esa manera su incredulidad. Tras revisar esta historia, el vecino pensó que era por simple egoísmo por lo que ese joven que trabajaba con el carbón afirmaba que la Señora X tenía 22 años y no 21 o 23, y por eso no le creyó. Por lo tanto, las palabras de ese joven estaban devaluadas, sin olvidar, por supuesto, el asunto de la bruma o del atractivo sexual de la Señora X, que hacía aún más extraña esa situación.
.    Otros afirmaban que la Señora X tenía 26 años. Había en realidad todo tipo de opiniones y justificaciones de esas opiniones. Cada uno tenía su punto de vista y se mantenía inflexible, no quería dar el brazo a torcer. Entre las opiniones que se daban, la de un hombre de mediana edad (un tipo muy respetado) merece ser citada. Se trataba de un amigo íntimo del marido de la Señora X, y era un tipo fiel y honesto. La conversación sobre cualquier tema involucraba necesariamente a la mujer de sus amigos, quien agarraba con fuerza la manga de su marido, convenciéndole así a cambiar de opinión, y ésta aseguraba que la Señora X tenía 35 años. El hombre justificó su cambio de opinión alegando que había visto con sus propios ojos el hukou[4] de la Señora X (la familia X era en realidad foránea en la calle de los Cinco Aromas). El hombre palideció al pronunciar esas palabras, sirviéndose de una voz temblorosa. De hecho, nadie comprendía esa manera de imponerse a los demás tan típica de un caballero de otra época, y más bien, al contrario de lo que era de esperar, atraía la antipatía, ya que creían que se inmiscuía en los asuntos de los demás o que simplemente era un hipócrita que quería sacar provecho de la situación. Ese tipo de comentarios sucios acabaron por enfermarlo, adelgazando día tras día, y de buena mañana empezó a soltar ventosidades. Quien así hablaba era una amiga de la viuda, una mujer de 48 años que aún conservaba su atractivo.
.    Un día por la tarde, de repente, se encontró una solución para ese misterio que tantas dificultades había presentado a quien quería resolverlo, pero su propuesta no tardó en ser vetada. Y debido a que finalmente fueron dos las propuestas, la gente se dividió en dos grupos grandes e irreconciliables, dos grupos enfrentados el uno al otro que nunca llegaron a ponerse de acuerdo. Era una tarde de verano de un calor bochornoso y todo el mundo se había sentado a un lado de la calle después de comer para tomar el fresco bajo una sombra. En un momento, todos vieron un par de fogonazos de luz blanca. Uno era grande, y el otro pequeño, asemejándose a unos meteoros que caían a la vista de todos. De repente vieron el cuerpo[5] de la Señora X completamente iluminado por una luz blanca, vistiendo en ese momento una falda de seda blanca, aunque un niño que estaba presente ataviado con unas ropas blancas no pudo reconocer cuál era el material. Todos, al despejárseles la cabeza, armaron un gran alboroto. Creían que el joven del depósito de carbón era el jefe de un grupo de hombres de mediana edad que sostenía que la Señora X tenía en efecto 28 años, ya que su figura era delgada y fina, y la piel de sus brazos y piernas era joven y brillante, factores que ayudaron a ese grupo a decidirse por esa edad, pensando incluso que era aún más joven. A su vez, creyeron que la apreciada viuda era la jefa de un grupo de mujeres de mediana edad que afirmaba que la Señora X tenía más de 45 años, ya que todas ellas tenían más o menos esa edad y habían observado con detenimiento el cuello de la Señora X. Habían descubierto en efecto que el cuello de la Señora X había pasado ya por lo suyo y revelaba de forma fehaciente su edad, además de exhibir unos poros en la piel grandes como granos de arroz y diversas arrugas.
.    Más tarde, las mujeres lanzaron todo tipo de improperios a los hombres de mediana edad: «¡Habéis perdido el honor!».
.    Inesperadamente, les brillaban los ojos y acusaban a los hombres de meterse bajo la falda de alguien. Los hombres sintieron que de repente se hacía la luz en medio de la oscuridad. Querían ver más de cerca a la mujer y se lanzaban con avidez a hacer preguntas a las mujeres para saber más sobre la misteriosa Señora X y su presencia en la calle de los Cinco Aromas. Querían verla por dentro y conocer su historia en una discusión acalorada que duró un par de horas. Únicamente el amigo del marido de la Señora X se mantuvo al margen, aislado y solo. En medio de gritos y llantos, todos los demás se peleaban sin descanso, y se vio a varios jóvenes llenos de vitalidad y fuerza cayendo desplomados al suelo en el fragor de la contienda. Cuando terminó la discusión, la viuda se puso a gritar subida a una mesa de piedra y anteponiendo sus pechos generosos y sexualmente atractivos: «¡Mantengamos nuestros gustos estéticos tradicionales!».
.    Con el paso del tiempo, la edad de la Señora X se convirtió en el tema de conversación más polémico de nuestra calle. En cuanto se abandonaba la conciencia de grupo[6], se entraba inmediatamente en un diálogo de sordos en el que nadie quería ceder. Veintiocho fueron las opiniones y las edades que finalmente se establecieron como posibles en la comunidad de la calle de los Cinco Aromas, y no había nadie que quisiese escuchar las razones del otro. Incluso el marido de la Señora X, un hombre apuesto de 38 años, se puso inexplicablemente del lado del joven del depósito de carbón en vez de compartir la opinión de uno de sus mejores amigos, quien pensaba que su esposa tenía 22 años. El buen amigo, sin embargo, afirmaba haberlo visto en el hukou de la Señora X. En ese documento había visto claramente 35 años.
.    El marido de la Señora X era un hombre que se caracterizaba por su falta de espíritu crítico y de confianza en los demás, incluso en sus amigos, y era perezoso mentalmente. Se apoyaba siempre en sus costumbres (las suyas, no las de los demás) y nunca se sentía confortable si se desviaba de su rutina. Buscaba siempre lo fácil, y a su mujer, a la que no veía nunca ningún defecto, la profesaba una afección continua. Por lo tanto, la opinión del marido de la Señora X resultaba a ojos de la gente del vecindario la menos fiable, puesto que no tenía la capacidad, con esos ojos, de ver la realidad tal y como era; estaba ciego y sólo podía llenar su cabeza de optimismo (las palabras de la viuda que aparecerán transcritas más tarde en este texto prueban que sus predicciones se cumplieron a rajatabla, así como su clarividencia digna de admirar).
.    La controversia creada en torno a la edad de la Señora X no halló desde un principio una solución y, en consecuencia, creó cada vez más dudas y tensiones en la comunidad. Se comentaba entre los vecinos que ella y el Señor Q —un empleado de oficina— mantenían una relación secreta y pecaminosa desde hacía un par de días. La querida viuda había encontrado una manera de introducirse en los aposentos de la Señora X y había fisgoneado en su hukou. Pudo así ver que la edad de esa mujer misteriosa había sido alterada ingeniosamente. Solamente se podía emitir una opinión en función de lo que indicaba esa enmienda torpe, y por eso la viuda se vio obligada a esbozar una predicción que, tras el paso del tiempo, resultó ser cierta sin la menor discrepancia.
.    Mientras tanto, otro amigo del marido de la Señora X —un joven con algo de barba en las mejillas— sacó otra prueba: la Señora X no tenía 35 años, sino 32, porque los dos nacieron el mismo año. Desde su más tierna infancia había visto cómo sus padres respectivos pensaban incluso en estrechar los lazos entre las dos familias. Los padres de la familia X siempre le habían mostrado cierta perplejidad, porque él no entendía en su inocencia lo que unía a los hombres y las mujeres. Nunca había tenido la oportunidad de experimentarlo, lo que no impidió que su relación con la Señora X siguiera su camino. Ahora se cumplen tres años de su relación con ella (en realidad, conviviendo juntos), algo inimaginable hace un tiempo. Hay gente a la que desde entonces le ha dado por sembrar la discordia entre ellos con el asunto de la edad de la Señora X y se ha convertido en el pasatiempo de la mayoría. Dentro de esa horquilla de veintiocho edades, uno decía treinta y siete años y medio, otro cuarenta y seis y medio, otro veintinueve y medio, y otro veintiséis y medio… Aparentemente, la disparidad distaba solamente medio año de diferencia. Ese asunto se había revelado como algo muy profundo en nuestra comunidad que requería de las teorías filosóficas más complejas para solucionarlo.
.    Y ya que la edad de la Señora X seguía fluctuando en un baile de cifras caótico y conflictivo, nosotros, para que ese asunto no fuera a más, escribimos de forma burda sobre su hukou la edad que proponía el amigo íntimo de su marido, es decir, 35 años, que era a todas luces la que más le convenía a esa mujer, aunque sólo fuese una presunción. Por supuesto, nadie veía en ella a una jovencita (tenía un hijo de 6 años), pero tampoco a una mujer mayor, como la viuda, o una mujer que rondara los 50. Su marido, sin embargo, insistía en que su esposa tenía 22, y ésa, afirmaba, era su libertad, y nadie tenía derecho a interferir en ello. Sólo había que esperar a que el deseo del marido se despertara en su cuerpo para darse cuenta de la incongruencia de su opinión (eso lo sostenía la viuda). El joven del depósito de carbón añadía cizaña al asunto con el único fin de desestabilizar a la familia X. Para él, la Señora X y su marido recibían lo que se merecían (era un mero asunto de retribución). El joven sólo quería aprovecharse de la situación de debilidad entre la pareja, y sus objetivos eran tan inconfesables como malintencionados.
.    A todos, ese debate sobre la edad de la Señora X nos dejaba siempre una impresión de desasosiego y confusión. La Señora X era una mujer de mediana edad con los dientes blancos, delgada y esbelta, pero con algunas arrugas en el cuello; tenía la piel brillante, pero dura; su voz era aguda y melodiosa, pero carecía de vigorosidad y podía pasar desapercibida; podía ser muy atractiva sexualmente y podía no serlo en absoluto. Esa sensación de confusión nos revelaba inesperadamente la cara verdadera del monte de Lushan, es decir, la verdadera naturaleza de la Señora X, inclasificable. Sin embargo, tras llegar a esa conclusión, todo volvía a ser como antes, y en ello radicaba ese profundo e insondable misterio que resultaba imposible de resolver, regresando constantemente al punto de partida y a la confusión. Todo este asunto se retomará más tarde en esta novela.
.    Respecto a la impresión que el marido tenía de ella, nosotros no la compartimos en absoluto. La razón de nuestro rechazo era sencilla: ese tema se había convertido en un problema para él mismo y para nosotros. A pesar de que era un tipo hecho y derecho, y era fino en su trato con la gente y con modales, cuando se mencionaba a su esposa, el hombre se feminizaba de golpe y se convertía en uno de esos hombres que dice sí a todo, una persona débil con espasmos repentinos, que se quedaba en blanco y olvidaba lo que estaba diciendo. De repente parecía como si un niño se hubiera puesto a jugar a la rayuela contigo. Buscaba una tiza y dibujaba unos cuadrados en el suelo. Si no saltabas con él, te ignoraba completamente y se ponía él solo a saltar sobre los cuadrados.
.    De todas esas impresiones tan dispares, la del marido adúltero de la Señora X (todo el mundo lo llamaba así), el Señor Q, era la más chocante. La viuda querida había inspeccionado durante su trabajo unas cartas que habían intercambiado y que luego habían sido destruidas entre la Señora X y su amante. Según se había hecho público, la primera vez que el Señor Q vio a la Señora X, vio en su rostro algo muy grande, algo inmenso…, un ojo amarillo que vibraba sin cesar. El hombre sintió en ese momento no ver nada y que se mareaba. Hasta el final de esa relación escandalosa, el Señor Q no había visto nunca antes la verdadera apariencia de la Señora X. No la veía nunca claramente —era incapaz de hacerlo—, y no sabía si era porque era incapaz de ver la realidad o por alguna otra razón que no alcanzaba a comprender. Cuando la Señora X aparecía delante de él, el pobre hombre sólo veía ese ojo amarillo gigantesco temblando delante de sus narices, y a él, abatido por la rabia y la tristeza, le daba por derramar unos lagrimones que daban brillo a sus ojos. Eran unas lágrimas difusas que no acababan de definirse, pero lo suficientemente molestas para impedirle ver el objeto que tenía delante. El hombre pensaba que las palabras complicaban innecesariamente las cosas, y contra su propia voluntad aceptó esa mentalidad oscura y peculiar de la Señora X, y con ella, empleaba un tipo de código para comunicarse en un lenguaje parecido a la jerga del hampa. Lo más extraño era que la Señora X le correspondía. No permanecía indiferente a ese lenguaje que hizo propio, que le permitía reconocer que quien tenía delante no era ni más ni menos que el Señor Q (esta información me la proveyó una compañera de trabajo de la Señora X, quien afirmaba que a la Señora X le gustaba expresarse de forma espontánea, sin tapujos, lo que no era particularmente inusual, ya que incluso en mujeres de diferentes temperamentos que se dedicaban al mismo oficio se daba esa tendencia a explicarle a todo el mundo lo que sentían). En ese momento, ella tomaba asiento en el interior oscuro de su habitación y con orgullo en su voz les decía con cierta desfachatez a otras mujeres que tenían la misma ocupación que ella:
.    —La razón por la cual mis ojos me son tan especiales se debe a que me resultan inseparables. No te lo escondo, a menudo paso mucho tiempo observándomelos en el espejo, ensimismada en ellos. Incluso llevo un espejito conmigo cuando salgo a la calle para poder verlos de tanto en tanto.


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[1] El personaje principal de la novela: la Señora X, o X 女士 (X nüshi), carece de nombre, y esta característica narrativa, muy kafkiana, va a marcar la manera como Can Xue va a nombrar a sus «personajes» 人 物 (renwu) en sus obras posteriores. Se trata de mostrar la pérdida de humanidad e individualidad del ser humano. Son personajes con una identidad difícil de encasillar (el personaje vacío, el personaje como «máscara», mianju 面具, detrás de la cual no hay nada), y romperá con la idea clásica en la literatura china de que la novela en lengua vernácula está formada por unos personajes claramente identificables en la sociedad por sus roles.

[2] El número «cinco» 五 (wu) se repite en la cuestión de la edad de la Señora X. El número cinco se asocia a la perfección humana (los dos brazos, las dos piernas y la cabeza, como las cinco extremidades y los cinco elementos de la ontología clásica china), y por lo tanto la cuestión sobre la edad de la Señora X es en realidad una cuestión sobre la perfección humana; pero al mismo tiempo, en la numerología china, el cinco 五 (wu) se considera un número aciago, portador de desgracias, ya que es homófono de 无 (wu), la «negación», la «carencia», aquello que falta, y en un significado más moderno, la nada y el nihilismo.

[3] ¿Es la Señora X una prostituta? La descripción de la Señora X (y el cotilleo que genera su figura, así como la percepción que se tiene de ella) se identifica ya en un primer momento con la de una «prostituta» 妓 女 (jinü) en una China en vías de industrialización (la China posterior a 1976) y que se instala en la calle de los Cinco Aromas, una calle cuyo nombre ya desvela una metáfora del «deseo sexual» 欲望 (yuwang). Una «mujer» 女 () sin un nombre identificable ni edad, que viene de fuera 外边 (waibian), no se sabe de dónde, y que ejerce un poder misterioso sobre los hombres, a los que manipula, provocando el recelo y la hostilidad de las mujeres.

[4]El hukou bu 户口簿 es un «documento de identidad» y un «registro de estado civil» utilizado en la República Popular China en el que se detallan los datos de su poseedor, como los miembros de su familia, su lugar de residencia, etc. En las últimas décadas, el hukou también ha sido utilizado como un medio de control de la población y sus movimientos en el interior del país, sobre todo el éxodo rural a las grandes ciudades.

[5] El «cuerpo» 身体 (shenti) o 体 (ti), o, expresado en otras palabras, los límites físicos (como el dolor) y mentales del cuerpo, como los principios que rigen la masculinidad y la feminidad, así como la comunicación no verbal (la gestualidad), va a representar el tema más importante en la novela y en el personaje de la Señora X. La relación (incluso la identificación) entre el cuerpo y el inconsciente, que fue introducido por Marina Abramović en su performance (o «razonamiento material» 物质性的推理 wuzhixing de tuili, según la terminología de Can Xue) Ritmo 2, en Zagreb, en 1974, que acabó convirtiéndose en un punto de referencia para la autora, va a revelarse en un ejercicio epistemológico radical en el que la conciencia va a llevarse al límite.

[6] Se trata de la «conciencia colectiva» 群体意识 (qunti yishi) o el «alma de la muchedumbre»: las creencias y los valores morales compartidos, que son la fuerza unificadora de la sociedad. Es uno de los temas principales de la novela.
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De La calle de los Cinco Aromas (Hermida Editores, 2025)

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