Un capítulo de «Los jardines de Silihdar», memorias de Zabel Yesayan

Los jardines de Silihdar (2025) de Zabel Yesayan (ficha y portada)

 

Zabel Yesayan, nacida en 1878 en Üsküdar, un barrio del actual Estambul (en aquella época Constantinopla) con una gran comunidad armenia. Su formación en la Sorbona de París le permitió adentrarse en la filosofía, la literatura y la política europea, desarrollando un pensamiento crítico que marcaría toda su obra.

En 1908 regresó a Estambul para denunciar los pogromos contra la población armenia y cuando en 1915 el Imperio otomano inició la deportación y exterminio sistemático de los armenios, Yesayan fue
una de las pocas intelectuales (la única mujer de la lista) que logró escapar de la captura. Mientras otros escritores y pensadores armenios fueron arrestados y asesinados el 24 de abril en Estambul, ella consiguió huir y refugiarse en Bulgaria, luego en el Cáucaso y finalmente en Francia.

En la década de 1930, Zabel Yesayan decidió trasladarse a la URSS, creyendo que allí encontraría un espacio donde su voz y su lucha serían reconocidas. Apoyó el régimen soviético y participó en el primer congreso de la Unión de Escritores Soviéticos en Moscú. Sin embargo, la realidad fue muy diferente. En 1937, durante las purgas estalinistas, fue arrestada bajo acusaciones de «nacionalismo». Enviada a Siberia, sufrió torturas y condiciones inhumanas. Su destino final sigue siendo incierto, pero se cree que murió en 1943 en algún campo de trabajo forzado en Siberia.

Desde su infancia hasta su trágica muerte, la escritora armenia Zabel Yesayan defendió la justicia social y los derechos de las mujeres. Incluso de joven, luchó contra las injusticias que presenció en la escuela, se negó a aceptar las restricciones impuestas a las niñas en su comunidad y demostró una férrea determinación por triunfar en el mundo literario en una época en la que pocas mujeres tenían acceso. Escribió varias novelas, cuentos, artículos periodísticos y un testimonio presencial de las secuelas de las masacres de los armenios de 1909.

Sus memorias de 1935, Los jardines de Silihdar, son una conmovedora narración de su infancia y un vívido relato de la vida comunitaria armenia en Constantinopla a finales del siglo XIX. Este título de Zabel Yesayan, publicado por Xordica Editorial y con traducción de María Ohannesian, llegará a librerías españolas a partir de la próxima semana.


Un capítulo de Los jardines de Silihdar

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Nací en la madrugada del 5 de febrero de 1878, según el calendario griego, en Constantinopla, Üsküdar, en el barrio de los Jardines de Silihdar.
.         Esa misma noche el Ejército ruso había llegado a San Stefano. Mi madre contaba que estaba con los dolores del parto cuando la noche del 4 de febrero los pregoneros pasaron por los barrios gritando:
.         –¡Se oirán cañonazos!, ¡no tengáis miedo!
.         Sin duda, el Gobierno había pensado que los rusos bombardearían la capital.
.         Mi madre contaba también que ese día se desató una violenta tormenta de nieve que duró toda la noche y que la gente no podía salir de sus casas. La comadrona griega que la cuidaba vivía en Kadıköy, pero ningún cochero estaba
dispuesto a uncir los caballos al carro. Mi tía Yeranig añadía que, para colmo de males, mi padre no estaba en casa y mi tío Dikran había vuelto tambaleándose borracho, y le había llevado media hora entender que había que buscar una manera de traer a la comadrona griega de Kadıköy.
.         Mi tío Dikran se había lanzado a la calle, pasado el cementerio de Haydar Pasha, y después de haberse perdido unas cuantas veces y enfrentándose a la tormenta de nieve, había llegado finalmente a Kadıköy, sacado de la cama a la
comadrona griega y, cogiéndola del brazo, la había traído a Üsküdar.
.         Mi madre también contaba que, pasada la medianoche, la comadrona griega y mi padre, mientras esperaban sentados frente al hogar mi nacimiento, se enzarzaron en una violenta discusión. La comadrona albergaba la esperanza de
que cuando los rusos ocuparan la capital «salvarían a los cristianos», mientras que mi padre no esperaba nada bueno del éxito del Ejército ruso.
.         Nací delgada y débil. Mi tío Dikran había exclamado al ver al recién nacido:
.         –Y a esto llamáis un bebé, bah… Parece una pequeña burbuja de espuma, lástima de las molestias que me tomé.
.         Hasta mis ocho o nueve años, mi tío Dikran aún me llamaba «burbujita».
.         En verdad, fui muy frágil hasta esas edades y propensa a todas las enfermedades infantiles, fluctuando continuamente entre la vida y la muerte.
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Nuestra numerosa familia se componía de personas de diferentes orígenes sociales que habían acabado bajo el mismo techo. En esos tiempos, situaciones similares no eran raras en Constantinopla.
.         Por parte materna, mi abuela había nacido en una antigua familia de Balat; su padre era un funcionario caído en desgracia. En casa todos, tanto familiares como conocidos, la llamaban Dudu. Era una mujer triste y orgullosa. No sabía leer ni escribir, pero hablaba un armenio impecable y se expresaba en turco con términos selectos. Era alta y tenía una actitud arrogante. Decían que había sido muy hermosa. Yo la conocí siempre vestida con ropa oscura, con tristes ojos negros que centelleaban en su rostro blanquecino y arrugado con la inteligencia propia de una mujer de profunda sabiduría. Mi abuela parecía tener un invencible desprecio por todo y por todos, incluso por sus propios hijos. Ese desprecio la volvió taciturna y de pocas palabras. Solo se permitía abandonar la línea de conducta que se había impuesto en relación a mi padre, al que respetaba y amaba. También amaba a sus hijos, especialmente a los varones, con un amor doloroso y torturado, que no dejaba lugar a la indulgencia.
.         En verdad, mi abuela había preservado, a lo largo de su atribulada vida, costumbres y tradiciones con inalterable perseverancia, que no coincidían con los hábitos de vida de sus hijos ni con sus posibilidades materiales, lo cual suponía motivos de sufrimiento.
.         A los catorce años la habían casado, sin pensárselo dos veces, con Hagop Shirinoghlu, un joven bien parecido de Üsküdar, de oficio cochero, que les había sido presentado por una casamentera.
.         Es así como habían ocurrido los hechos.
.         En esos tiempos, los jenízaros tenían sometida la población de la capital a un régimen de espanto y terror, y operaban con más desenfreno en las barriadas griegas de Estambul y del Cuerno de Oro. La familia de mi abuela, habiendo perdido su influencia en el Gobierno y por tanto indefensa, había encerrado a su hija Lucig entre las cuatro paredes de la casa hasta los catorce años, por temor a que llamara la atención de algún jenízaro. Sin embargo, de acuerdo con las costumbres de la época, la primera salida de una joven que alcanzaba la pubertad debía ser para ir a comulgar a la iglesia. Mi abuela contaba que en esos tiempos las mujeres no salían de sus casas, e incluso los hombres, para ir cada mañana al trabajo, se detenían en el umbral de la puerta, se hacían la señal de la cruz y se despedían con un último adiós, porque no sabían si volverían al atardecer. Cuántas veces, en las calles de Estambul, algún jenízaro había decapitado a un cristiano para probar el filo de su yatagán. Griegos o armenios, en señal de humildad, se rapaban el bigote y tapaban sus orejas con el amplio fez. Caminaban dóciles y encorvados para evitar que su mirada se encontrara con la de un jenízaro. Llevar la cabeza alta, mirar directamente a la gente, se consideraban signos de insolencia y podían desencadenar toda clase de reacciones arbitrarias. Mi abuela recordaba familias cuyos hombres habían desaparecido sin dejar rastro alguno. Hablaba de familias opulentas, cuyos hijos se habían quedado sin el pan de cada día. Incluso representantes de la autoridad y sultanes temblaban ante los jenízaros, cuyos jefes, que detentaban un poder absoluto, reinaban no solo en sus hogares, sino también en los barrios y en la capital entera.
.         Cada vez que mi abuela recordaba los atroces días de su infancia, mi tía Yeranig intervenía:
.         –Ay, Dudu –decía ella–, tu padre, tu madre, ¿no tenían juicio? ¿Cómo se les ocurría enviarte a la iglesia en semejante época?
.         La abuela explicaba que en esos tiempos el Patriarcado era poderoso, «su sombra era larga». El patriarca estaba en buenas relaciones con el jefe de los jenízaros y no solo vigilaba de cerca que su grey llevara a cabo sus obligaciones religiosas, sino que también castigaba severamente a los rebeldes y a los que no cumplían los preceptos.
.         –No me digas, Dudu –intervenía la tía Yeranig–, estabais entre dos fuegos.
.         Sin prestar atención al comentario intencionado de Yeranig, la abuela continuaba explicando con qué medios el Patriarcado ejercía su autoridad.
.         Por aquella época, las iglesias no tenían campanas de bronce. Al amanecer, el acólito encargado de la iluminación golpeaba con un mazo sobre un trozo de madera y el sacristán recorría los barrios e invitaba cantando a los fieles a la iglesia para las oraciones matinales. En las fechas de guardar, los censores del Patriarcado iban por los barrios husmeando como perros y, si de alguna casa provenía olor a carne, arrestaban al dueño, a veces le pegaban allí mismo, le azotaban en la planta de los pies, confiscaban la carne y cobraban una multa. Otras veces lo llevaban a la prisión de la iglesia y allí lo golpeaban y encerraban. En caso de que alguno se rebelara u opusiera resistencia, lo trasladaban a los calabozos del Patriarcado y allí lo mantenían preso durante meses, hasta que el «culpable» expresara su arrepentimiento. En ocasiones también lo confinaban en el manicomio como si estuviera loco, y en ese caso, ya no se tenían noticias suyas.
.         En esos tiempos oficiaba de manicomio el sótano de la iglesia Surp Hovhannes[1], de Narle Kapu. Ataban a los locos con cadenas y pasaban los grilletes por sus muñecas y pies. De esta manera, quedaban sumidos en su inmundicia y excrementos. Para hacer callar a los blasfemos durante los «santos sacramentos y ceremonias de la iglesia», los cuidadores los golpeaban de manera inmisericorde, incluso a veces hasta la muerte. Pero mi abuela decía que entonces ellos protestaban mucho más.
.         Y un día explicó bajo qué circunstancias el amira[2] Kazaz Artin decidió levantar un hospital público sufragado por él.
.         Con ocasión de una gran festividad, el patriarca oficiaba una misa solemne en la mencionada iglesia, rodeado de arzobispos y los mejores cantantes de la época, cada uno de los cuales destacaba en su barrio por la fama que le daba su voz. Mi abuela recordaba sus nombres, e incluso el del director del coro, «como el que no ha habido otro igual en el mundo». En esa misa solemne también asistían los más célebres amiras y sus séquitos, formados por los comerciantes ricos de la época y los notables de los barrios.
.         Pero los «locos» encerrados en el sótano comenzaron a vociferar sus blasfemias desde el comienzo de la misa con tal ímpetu colectivo que sus ecos sordos alcanzaban y molestaban al oficiante y a los devotos asistentes. En vano, los robustos cancerberos, «de cada uno de cuyos bigotes podía colgar un hombre», bajaban al sótano a una señal del enfurecido oficiante y ordenaban a los cuidadores que «liquidaran a esos perros».
.         Los prisioneros continuaban con sus insultos y blasfemias, incluso estando sometidos a despiadadas palizas, armando un gran alboroto en su terrible cólera agonizante.
.         Finalmente, ese día, una artesana de Samatia, a la que llamaban la desvergonzada Baitzar, de la que luego dijeron que estaba «endemoniada», conmovida por la situación de los locos del sótano, había comenzado primero a llorar en
voz alta y luego a blasfemar contra la misa y su oficiante, y, en señal de protesta, acabó tirando los cojines sobre «los devotos asistentes».
.         Después de la misa, cuando el patriarca, el arzobispo, los amiras y sus fieles notables estaban congregados en la gran sala de reuniones y con sus rostros ceñudos rumiaban sobre los acontecimientos del día, uno de ellos, dirigiéndose al amira Kazaz, le señaló la inconveniencia de tener guardados a los locos en la iglesia sede del patriarcado.
.         –Son malos tiempos, amira –le contestó él–. Con el debido respeto, el número de desobedientes y locos en el barrio aumenta de día en día y nuestro calabozo resulta demasiado pequeño. Solo tú puedes remediarlo.
.         –Oh, Santo Redentor –clamaron al unísono los eclesiásticos y el público presente–. Son malos tiempos, sálvanos de nuestros infectos corderos.
.         En ese instante, el amira Kazaz decidió sufragar la construcción de un manicomio y de la capilla del Surp Phrgich[3] fuera de las murallas de la ciudad, en una zona desierta llamada Yedi Culé.
.         Mi tía Yeranig se emocionaba oyendo esas historias y, poniéndose en el lugar de los pensamientos de la gente de esa época, decía enfadada:
.         –Dudu, qué desorientados estaban, podían haber recurrido al Gobierno, hacerse turcos o lo que fuera para salvarse.
.         La abuela movía la cabeza enfurecida y reaccionaba contra las crueles palabras de mi tía persignándose mientras decía:
.         –No había salvación miraras donde miraras.
.         Sin embargo, podía suceder que mediante sobornos o algún otro medio similar, el «culpable» encontrara un protector musulmán y el Patriarcado perdiera fuerza para ejecutar sus medidas punitivas. En esas ocasiones, según explicaba mi madre, recurría a un medio terrible, la excomunión. Desde los púlpitos de las iglesias de todos los barrios, los sacerdotes lo anatemizaban y excomulgaban y él y toda su familia se transformaban en leprosos para la comunidad. Pasados unos pocos meses, después de ufanarse, cuántos hombres orgullosos ya no podían soportar la situación y se prosternaban, pidiendo perdón de rodillas y poniendo todos sus bienes a disposición del Patriarcado para que dejara sin efecto el anatema y volvieran «a ser humanos». Algunos, contaba mi abuela, «renegaban de su fe y adoptaban el islam».
.         Así eran los tiempos en que Dudu, por primera vez a los catorce años de edad, salió fuera de su casa para ir a la iglesia, escoltada por las ancianas de la familia. En esa época, las mujeres cristianas de Constantinopla no vestían a la europea, sino como las turcas, llevaban feradje[4] y entari[5], y cubrían su rostro con yashmak[6] o un simple velo, de acuerdo con su posición social.
.         A la vuelta de la iglesia, Lucig y sus familiares se encontraron con los jenízaros, que se lanzaron sobre la tierna joven, le desgarraron el feradje porque tenía rosas de color verde, color sagrado para el islam que los infieles no tienen derecho a llevar. Pero lo más grave era que quitaron el yashmak de la cara de Lucig. Al grito de las ancianas, acudieron el diácono y el sacristán, y aprovechando una disputa entre los jenízaros consiguieron poner a Lucig a salvo en casa.
.         Pero la desgraciada ya había sido deshonrada. ¿Quién se iba a casar con una muchacha cuyo rostro había sido visto por los así llamados «paganos»? Además, ya era peligroso mantener en casa a esa chica que había sido «vista». Un día u otro los jenízaros podían raptarla. Para salvar la casa y la familia del probable deshonor, los padres de Lucig contrataron una casamentera para que le buscara un prometido.
.         La casamentera vino a Üsküdar a buscar a un joven a quien difícilmente pudiesen quitarle la mujer. Allí los jenízaros tenían una influencia menor, porque los jabadain[7] de los barrios contenían en cierta medida sus desenfrenos, sea concertando alianzas, sea luchando cuerpo a cuerpo o a cuchilladas –a sus espaldas se hallaban Anatolia y no lejos los bosques, donde podían refugiarse si fuera necesario–. Mi abuelo Hagop provenía de una familia de conductores de caravanas conocida por su intrepidez e ingenio. En esos viejos tiempos, el tránsito de caravanas confluía en Üsküdar y era célebre por sus caravasares y estaciones de caballos veloces. El padre de Hagop, Shirin, y su hermano, Farhad, guiaban las caravanas hasta Bagdad, Basora, Persia, y según mi tía Yeranig, «hasta la India y la China». Además, Shirin era trovador[8], y Farhad, cuentacuentos[9].
.         Dudu fue muy desgraciada con esa boda. No solo fue a parar de súbito a un ambiente diferente de su vida habitual, sino que Hagop, el hijo de Shirin, resultó ser un hombre extraño y con una vida desordenada. También él trovador y cochero –ya no había caravanas–, héroe de las tabernas, pendenciero y aventurero, a veces dejaba coche, casa, mujer e hijos y, obedeciendo a un impulso irresistible, cabalgaba veloz por el camino de Posda. Su huella se perdía por el valle que se extiende detrás de Chamledja. ¿Dónde iba?, ¿qué hacía? Nadie ha conseguido saciar mi curiosidad.
.         Probablemente fuera por las ciudades de Anatolia para participar en las celebraciones en su condición de trovador. Quizás simplemente al llegar a determinado lugar dejaba el caballo y erraba por senderos desconocidos como un derviche, sin un propósito determinado. En todo caso, en mis años de juventud, los viejos de Üsküdar decían que Hagop, el hijo de Shirin, era un trovador sin igual, sobre todo cuando cantaba o recitaba improvisando. Los turcos apreciaban tanto su arte trovadoresco que tomaban clases con él. Dicen que a veces ponía por escrito sus cantos, utilizando el alfabeto armenio para el turco, pero yo no he logrado encontrar ninguno de esos textos. Solo he oído tres poemas trovadorescos de mi abuelo por boca de la viuda de otro trovador de origen armenio, Hakki, que me parecieron maravillosos. Pero en esa época tenía apenas doce años. Tampoco he conseguido saber qué instrumento tocaba Hagop. Después de la muerte de su marido, mi abuela había destruido a pisotones ese instrumento, quemado todos los papeles y se negaba a dar cualquier información sobre las actividades trovadorescas de su marido, a las que consideraba el origen de sus sufrimientos.
.         Hagop volvía de sus viajes misteriosos cansado, agotado. Se entregaba silencioso a los cuidados de su mujer, recuperaba fuerzas, comenzaba a levantar cabeza y he aquí que un día se volvía a lanzar a los caminos a lomo de su caballo.
.         Durante estas desapariciones, su mujer quedaba desamparada y a veces sometida a una pobreza extrema. Siempre embarazada, maldecía a su marido, maldecía su suerte y se refugiaba en la iglesia. En estas condiciones tuvo trece hijos, de los cuales vivían nueve. Mi madre era la penúltima de ellos.
.         Por lo tanto, yo tenía cinco tíos y tres tías por parte de madre. Cuando nací, el único que estaba casado era mi tío Nahabet y vivía con su familia en Yeni Mahalle. Era herrero, como mi tío Jachig, que vivía en Pera. Mis otros tíos eran trabajadores del yazma[10], igual que mis tías, y vivían en casa.
.         Desde los primeros días de mi infancia, mis ojos han descansado en el rostro claro y sereno de mi padre. Sus risueños ojos azules, sus labios gruesos, su fisonomía regular con los pómulos un poco levantados, su estatura, sus manos patricias inspiraban sentimientos de bondad y elegancia. Su juicio era excelente y estaba dotado de una equilibrada inteligencia. Los bruscos cambios que le sobrevinieron en su vida eran capaces de abatirlo y amargarlo, pero superaba todo ello con el poder de su ética y se enfrentaba a todas las situaciones con optimismo. Cualquiera que viera su rostro blanco en su vejez, sin arrugas, con sus abundantes cabellos sobre la ancha frente, y oyera sus palabras tranquilas y ponderadas, se quedaría con la impresión de que era un hombre que había alcanzado todos sus objetivos y cuya vida había transcurrido sin obstáculos, como un río que fluye suavemente.
.         Su padre, Hovhannes, era juez en Rumelia. A los cincuenta y cinco años de edad se había quedado ciego y había vivido así veinte años continuando su trabajo. El origen de mi abuelo paterno estaba rodeado de misterio. Había entrado sangre extranjera en la familia, probablemente eslava. Sobre este asunto había alusiones por parte de los ancianos de la familia de mi padre, pero a él no le gustaba hablar de ello. Solo afirmaba, cuando se presentaba la ocasión, que ciertamente «había entrado sangre extranjera en nuestra familia».
.         Después de terminar el instituto de Üsküdar, mi padre había ido a Tiflis y había viajado a Daguestán por asuntos familiares, para resolver cuestiones relacionadas con la herencia. Sabía ruso y un poco de georgiano y mantenía correspondencia en esas lenguas. Aún se conservan algunas de las cartas que había recibido entre el fajo de papeles que dejó.
.         Sus padres habían querido fervorosamente que su hijo recibiera educación superior en Rusia, «donde tenía protectores». Mi padre aspiraba dedicarse a la medicina y se había preparado en esa dirección. Pero por motivos familiares mi madre lo hizo volver del Cáucaso y él ya no pude alejarse de Constantinopla.
.         Mi abuela paterna, Yeranuhi, venía de una familia de Agn relacionada con la Corte. Su padre era abastecedor oficial. Las tías de mi padre, las hermanas Melikian, con el tiempo llegaron a ser las damas de honor de la madre del sultán Aziz. Las dos hermanas venían a veces a Khaskugh para visitar a sus padres, con el coche oficial y acompañadas de un eunuco negro. En esa época, las mujeres armenias ya se vestían a la europea, pero las hermanas Melikian debían llevar yashmak y feradje de acuerdo con la etiqueta del palacio, aunque conservaban su nacionalidad y su fe. Algunas veces, en Navidad y Pascua, tenían hasta una semana de permiso para quedarse con sus padres. En esa circunstancia, eran libres de vestir con ropas europeas y llevar la cara descubierta. El día fijado para el regreso venía el eunuco con el coche y las llevaba a palacio.
.         Mi abuela Yeranuhi murió a los ochenta y cuatro años, dejando una herencia que provocó disputas familiares. Mi padre tenía cuatro hermanas y un hermano, y, pese a ser el menor, asumió la responsabilidad de ordenar los asuntos de toda la familia.
.         Solo conocí a una de mis tías paternas, Annig, una mujer tiránica que mantenía a sus hijos ya mayores bajo sus severas órdenes. No permitió que ninguno se casara para que no entraran extraños en la casa, en la que había instalado un protocolo perfecto de disciplina y tenía la obsesión por la limpieza. Dicen incluso que hacía lavar los leños del horno con agua y jabón.
.         Los parientes de mi padre eran serios y de palabras graves. Los varones habían recibido educación secundaria, la mayoría en el liceo de Galatasaray. Conocían bien el turco y el francés y algunos fueron funcionarios del Estado. Fueran hombres o mujeres, tenían un temperamento fuerte. Tanto los aspectos positivos como negativos de sus caracteres estaban acentuados. Mi tío era la excepción con su temperamento suave y benigno. Con apenas disimulado desdén, decían que era un hombre inofensivo y sin criterio propio. Los hombres de esa familia consideraban una cuestión de honor tomar posición y expresar su opinión a grandes voces. Surgían conflictos con frecuencia, incluso odios irreconciliables entre unos y otros. Los hombres eran en general liberales y seguidores de los principios de la Revolución francesa, y estos eran su fundamento moral. Las mujeres, en cambio, eran conservadoras, custodiaban las tradiciones y estaban dotadas de una potente agresividad, la cual, según mi padre, no solo intranquilizaba a los demás, sino también a ellas mismas.
.         Hombres y mujeres respetaban el decoro y todo lo hacían según las reglas al uso, excepto mi padre, a quien le agradaba salirse de las sendas marcadas y entregarse a sus fantasías. Eran todos altos, delgados, de tez muy clara, rubios, de ojos azules, pero en la vejez adquirían la fisonomía propia de la familia, la máscara tártara.

 

.         Siendo soltero, mi padre vivía en Vlanga, en la casa de mi tía Annig, viuda desde tiempo atrás. A causa de la enfermedad de una hija suya, se trasladaron a Üsküdar por consejo médico. Poco después, mi tía Annig riñó con mi padre porque le había aconsejado que permitiera que su hija se casara con el muchacho al que amaba. La tía Annig consideraba que ello era una invitación a deshonrar la familia. Esas eran las costumbres de la capital. Se consideraba deshonrados a los jóvenes que quizás no habían tenido ocasión de dirigirse la palabra y que con un intercambio de miradas e impulsados por un sentimiento recíproco deseaban casarse. Incluso hasta mi adolescencia he oído hablar de determinada familia con un claro tono de acusación diciendo que «se habían casado enamorados».
.         Mi padre dejó la casa de la tía Annig y se trasladó a la casa que les había legado su madre, también en Üsküdar, en la que vivían sus dos hermanas. Una tarde, mi padre, ya de cuarenta años, de visita en casa de un amigo, conoció a mi madre, una joven de dieciocho años, y quiso casarse con ella.
.         Mis tías se opusieron negándose a establecer parentesco político con la familia del «carretero Hagop». Pero mi padre se mantuvo firme en su determinación. Ocho meses después de la boda, se vio obligado a vivir en la casa de la suegra «hasta que la criatura naciera», y acabaron quedándose allí.
.         Cuando nací, mi padre, repentinamente, había perdido todo en los bonos consolidados. Este tipo de pérdidas eran frecuentes en Constantinopla. Mi padre se enfrentó a esta situación inesperada con una elevada dosis de sangre fría. Sus cuñadas confeccionaban yazmas en sus telares. Él se interesó en esta actividad e inmediatamente decidió abrir un taller donde estamparan los diseños negros del yazma. Aprendió el oficio y con espíritu imperturbable pasó de un estado a otro. Trabajaba durando todo el día y por las tardes se entregaba a la lectura. Se afanaba en buscar nuevos colores adecuados al yazma y llevaba a cabo pruebas en esa dirección en un taller que había construido en un rincón de nuestro jardín.
.         Mi padre era espléndido y le gustaba gastar con magnificencia. Pero ni las ganancias de su trabajo ni los últimos jirones de su herencia eran suficientes para satisfacer esa inclinación de su temperamento. Poco a poco, se habituó a endeudarse con intereses usurarios. De esta manera, nuestra vida familiar experimentaba súbitos altibajos: a veces vivíamos en una opulencia infinita, otras, en estrecheces que rozaban la indigencia. Los plazos de vencimiento explotaban más bien como bombas, porque hasta el último momento mi padre permanecía inmutable y actuaba como si tuviera un tesoro inagotable a su disposición. Y si resultaba que su corazón se angustiaba y la lectura no bastaba para disipar sus preocupaciones, se refugiaba en el jardín para dedicarse a sus flores.
.         Así, he nacido y vivido los años de mi infancia y adolescencia en una familia formada por tales componentes heterogéneos y sometida a condiciones económicas desiguales.

 


[1] San Juan. (Todas las notas son la de traductora).
[2] Notable de la comunidad. Representante de la burguesía armenia de Constantinopla.
[3] Santo Redentor.
[4] ‘Abrigo suelto’. En turco en el original.
[5] ‘Túnica larga’. En turco en el original.
[6] ‘Especie de velo que solo deja los ojos al descubierto’. En turco en el original.
[7] ‘Vigilantes no gubernamentales de los barrios’. En turco en el original.
[8] En armenio, ashugh.
[9] Meddah. En turco en el original.
[10] Se dice de la tela con dibujos pintados o estampados, con la que se hacían pañuelos, cojines, manteles, etc.
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De Los jardines de Silihdar (Xordica Editorial, 2025)

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